Capítulo 40
—No puede ser.
Golpeó la mesa con la palma de la mano.
Las fotografías se deslizaron varios centímetros.
López lo observó sorprendido.
—¿Qué sucede?
—La publicó.
—¿La dama?
—Sí.
—Pero Dubov dijo que era poco probable.
—Exactamente.
James comenzó a caminar alrededor de la sala.
—Sabía que la estábamos esperando.
»Sabía que la considerábamos una jugada improbable.
»Sabía que estaríamos buscando otra cosa.
Se detuvo de pronto.
Todos guardaron silencio.
Bradox hizo ademán de hablar, pero cambió de opinión.
López rompió finalmente el silencio.
—Creo que está disfrutando esto.
—¿Disfrutando qué? —preguntó Bradox.
James volvió la vista hacia el tablero.
—Demostrar que puede obligarnos a mirar exactamente donde él quiere.
»Hemos estado intentando adivinar la mejor jugada.
»Y el Albañil no está jugando para encontrar la mejor jugada.
»Está jugando para ganar.
***
Nueva Orleans.
Miércoles 7 de junio.
Greta terminó su turno poco después de las siete de la tarde.
Había pasado gran parte del día atendiendo consultas rutinarias y a un pastor alemán que parecía convencido de ser el verdadero dueño de la clínica.
Cuando salió al estacionamiento encontró a Jamal apoyado sobre el automóvil.
—¿Vienes a rescatarme o a secuestrarme?
—Depende de cómo haya ido el día.
—Entonces rescátame.
Jamal abrió la puerta del copiloto.
—¿Algún paciente complicado?
—Uno mordió a un asistente.
—¿Y el asistente sobrevivió?
—Apenas.
Mientras avanzaban por las calles de Nueva Orleans, Greta observó cómo varios trabajadores instalaban estructuras metálicas y anuncios cerca del centro de convenciones.
—Ya empezaron con eso otra vez.
—Falta poco para el torneo.
»Poco más de dos semanas.
—No entiendo cómo alguien necesita tantas mesas para mover dieciséis piezas.
Jamal sonrió.
—Treinta y dos.
—Lo que sea.
—Hace tres semanas estabas emocionada.
—Porque pensé que sería una experiencia de ajedrez.
»No convertir media ciudad en un tablero gigante.
—Todavía puedes arrepentirte.
—No después de presumirle a mi padre que iba a participar y que te ganaría.
—Eso fue un error estratégico.
Más tarde, ya en el departamento, Greta llamó a Sofía.
La conversación comenzó hablando del trabajo.
Continuó con James.
Y terminó, inevitablemente, hablando de ajedrez.
—Jamal dice que, cuando vengan al torneo, logrará distraer un poco a papá.
—Buena suerte con eso.
—Le prometió que, si gana una partida, le invitará la cena.
Sofía soltó una carcajada.
—Entonces James ya perdió.
—Eso mismo le dije.
—¿Ya tienen lista la agenda del torneo? —preguntó Sofía.
—Más o menos.
Habrá conferencias, exhibiciones y algunos invitados importantes.
—¿Importantes? ¿Qué tan importantes?
—No lo sé.
»Políticos.
»Patrocinadores.
»Empresarios.
Eso comentó uno de los organizadores.
—Mientras no te obliguen a escuchar conferencias de ajedrez todo el día.
—Si eso pasa, fingiré una emergencia veterinaria.
—Como cuando tenías doce años y fingiste fiebre de 45° para no ir a la escuela.
—Exactamente igual.
***
Jueves 8 de junio.
A las ocho de la mañana, la sala de juntas del Precinto 34 estaba más concurrida de lo habitual.
James había solicitado la presencia de todos los involucrados en la investigación.
Alrededor de la mesa se encontraban López, Harold —ya liberado—, los agentes del FBI Durham y Bradox, el jefe del precinto, Lucas Walker, y Boris Dubov, quien permanecía junto al tablero observando la posición en silencio.
Lucas cerró la puerta.
—Bien, señores.
»Estamos aquí porque el Albañil publicó una nueva jugada y porque Harold tiene información nueva sobre Springfield.
»Quiero que salgamos de esta sala con una dirección clara.
James asintió.
—Harold, comienza.
Todos dirigieron su atención hacia él.
Harold respiró profundamente.
—La casa de Basima Mophy estaba prácticamente vacía, pero no a falta de muebles, sino, extremadamente minimalista.
Poco o nada de objetos personales, no encontré fotografías recientes y todo parecía preparado para abandonar el lugar en cualquier momento.
López tomó algunas notas.
—¿Encontraste algo que relacione directamente a Paul con los asesinatos? —preguntó Lucas.
—No.
—Entonces el allanamiento ilegal no produjo gran cosa —apuntó Durham, sonriendo con sorna.
Harold ignoró el comentario.
—Pero encontré algo más importante.
La sala quedó en silencio.
—Alguien sabía que yo estaba allí.
James levantó la vista.
—Explícate.
—La policía apareció demasiado rápido. Mucho más rápido de lo normal para una denuncia por invasión de propiedad privada.
—¿Vecinos? —preguntó Lucas.
Harold negó con movimiento de cabeza.
—Lo pensé al principio. Pero antes de salir alcancé a ver al menos dos dispositivos instalados estratégicamente, ocultos a la vista.
James frunció el ceño.
—¿Qué tipo de dispositivos?
—Cámaras de visión periférica, invisibles si no se observa con atención.
Nadie habló durante varios segundos.
Fue Durham quien rompió el silencio.
—Entonces Paul te observó entrar.
—O alguien que trabaja para él —añadió López.
James sintió un nudo en el estómago.
—Si vio entrar a Harold, sabe exactamente cuándo llegamos a Springfield.
—Y sabe qué habitaciones revisamos —agregó Bradox.
—Y sabe que seguimos interesados en Basima —dijo Lucas.
Durham golpeó la mesa con la palma de la mano.
—Esto es exactamente lo que intenté evitar.
Harold giró inmediatamente hacia él.
—¿Evitar qué?
—Que un detective se creyera por encima de la ley.
—Lo dice el hombre que lleva semanas sin producir una sola pista útil —replicó López.
—Lo que digo es que comprometió una investigación federal
—Y yo digo que ustedes están más preocupados por los procedimientos que por detener a un asesino.
La tensión se volvió palpable.
Durham se puso de pie violentamente, su silla salió despedida hacia atrás
—Tal vez ya es hora de que el FBI tome el control absoluto del caso.
López también se levantó.
—Inténtelo.
—Caballeros —intervino James.
Ninguno de los dos pareció escucharlo.
—Quizá el problema es que algunos aquí no entienden cómo funciona una investigación compleja —continuó Durham.
—Y quizá el problema es que algunos creen que una credencial los vuelve inteligentes —respondió López.
Lucas golpeó la mesa.
—¡Basta!
La sala quedó en silencio.
El jefe del precinto observó a ambos hombres.
—El Albañil ya tiene demasiada ventaja para que además nos dediquemos a pelearnos entre nosotros.
Durham levantó la silla y volvió a sentarse.
López hizo lo mismo.
Lucas miró a Bradox.
—¿Algo que agregar?
El agente del FBI asintió.
—Solo una cosa. Si yo fuera el Albañil, estaría encantado viendo esta discusión.
Nadie respondió.
Porque todos sabían que tenía razón.
Fue entonces cuando Dubov avanzó hacia el tablero.
Tomó la dama negra y la colocó sobre b6.
—Volvamos a lo importante.
Todos dirigieron la vista hacia la posición.
—La jugada publicada fue exactamente la menos probable de las variantes que analizamos.
James cruzó los brazos.
—Y fue la que eligió —dijo con desdén.
—Correcto —replicó Dubov.
Dubov señaló el tablero.
—Eso nos deja dos continuaciones razonables.
Tomó un marcador y dibujó una línea sobre una fotografía ampliada de la posición.
—La primera es una continuación conservadora.
»Mantiene la presión y mejora lentamente la posición, está conectando sus Torres y puede reforzar la columna “C”, “D” o “E”.
Luego señaló el caballo negro ubicado en d4.
—La segunda es mucho más agresiva.
Su dedo descendió hasta la casilla c2.
—Caballo por alfil.
La sala permaneció en silencio.
—¿Cuál cree que elegirá? —preguntó Lucas.
Dubov tardó unos segundos en responder.
—Si el Albañil piensa como creo que piensa, elegirá esta.
Volvió a señalar c2.
—¿Por qué? —preguntó James.
—Porque destruye más que una pieza.
—Explíquese.
—Porque elimina una conexión importante del tablero.
James observó la posición.
Luego observó el mapa de Estados Unidos colocado en la pared.
Y comprendió inmediatamente hacia dónde iba el razonamiento.
—El alfil.
Dubov asintió.
—Exactamente.
López se acomodó en la silla.
—Entonces debemos averiguar qué representa.
—No una persona —dijo James pensativo.
—Una ciudad —completó Dubov.
James tomó una fotografía del tablero con su teléfono.
—Tengo a alguien trabajando precisamente en eso.
Lucas levantó una ceja.
—¿El matemático de Nueva Orleans?
—Sí.
—¿Confías en él? —preguntó Durham.
James guardó el teléfono.
—Más de lo que confío en algunas agencias federales.
Durham lo miró con evidente molestia.
James lo ignoró.
Mientras la reunión concluía, ya tenía claro cuál sería su siguiente llamada.
Necesitaba que Jamal analizara nuevamente todos los datos.
Las ciudades.
Las llamadas.
Los asesinatos.
Los desplazamientos.
Y, sobre todo, la pregunta que ahora dominaba la investigación.
¿Qué ciudad representaba el alfil blanco en c2?
Dubov permaneció observando el tablero unos segundos más.
Parecía haber terminado, pero de pronto tomó la pieza blanca del rey y la señaló.
—Hay algo más.
James volvió la vista hacia el tablero.
—¿Qué ocurre?
—Todos estamos concentrados en la siguiente jugada del Albañil.
El anciano señaló la posición.
—Pero antes debemos preguntarnos ¿cuál debería ser la respuesta de las blancas?
López se acercó.
—¿No es obvio?
Dubov negó lentamente.
—Nada es obvio cuando el rey está bajo amenaza, está a rayos x.
Tomó un marcador y escribió varias variantes sobre el pizarrón.
—Si las blancas intentan jugar agresivamente, aparecen problemas inmediatos.
Movió algunas piezas.
—Por ejemplo, una expansión precipitada en el flanco de dama.
Nueva variante.
—O intentar crear contrajuego sobre el rey negro.
Volvió a detenerse.
—Incluso movimientos que parecen razonables terminan debilitando casillas críticas.
James observó el tablero.
—¿Y cuál es la mejor respuesta? Insistió López
Dubov tomó el rey blanco.
Lo desplazó una sola casilla.
Rh1.
—Ésta.
La sala quedó en silencio.
López frunció el ceño.
—¿Retirarse? ¿Perder un tiempo?
—Protegerse —dijo Dubov.
—Parece demasiado pasiva —dijo López que aún estaba alterado por los comentarios de Durham.
Dubov sonrió.
—Precisamente por eso muchos jugadores no la encuentran.
El anciano señaló la columna g.
—Las piezas negras ya están coordinadas.
»La dama.
»El caballo.
»Las diagonales abiertas.
»Todo apunta hacia el rey.
James comenzó a comprender.
—Si las blancas ignoran la amenaza…
—Pueden quedar perdidas en pocas jugadas —completó Dubov.
Tomó nuevamente las piezas y mostró una breve secuencia.
Nadie necesitó ver más de dos movimientos.
La posición blanca colapsaba de inmediato.
—Jaque mate —murmuró López.
Dubov asintió.
—A veces una posición exige valentía.
»Y otras exige humildad.
Volvió a colocar el rey en h1.
—Ésta es una de esas ocasiones.
James permaneció observando el tablero.
Algo en aquellas palabras le resultó incómodo.
Porque no hablaban únicamente de ajedrez.
Dubov parecía estar describiendo exactamente la situación de la investigación.
Durham quería atacar.
Harold quería atacar.
López quería atacar.
Todos querían obligar a James a reaccionar.
Pero quizás…
Quizás estaban olvidando proteger aquello que todavía podían perder.
—Entonces la siguiente jugada debe ser rey h1 —dijo finalmente James.
—Si quieren seguir vivos en la partida —respondió Dubov—, no veo otra alternativa.
James permaneció observando el tablero y asintió lentamente.
Mantenerse vivo, pensó.
Eso era exactamente lo que habían intentado hacer desde el primer asesinato.
Anticipar.
Prevenir.
Proteger.
Llegar antes que el Albañil.
Sin embargo, cada vez que lograban comprender una parte del tablero, descubrían que él ya
había previsto su reacción.
James volvió a observar la posición.
Las blancas seguían en la partida.
Pero la iniciativa pertenecía completamente a las negras.
Se preguntó si existía otra forma de jugar una posición perdida.
No para salvar todas las piezas.
Ni siquiera para ganar.
Sino para obligar al rival a mostrar finalmente sus intenciones.
La idea apareció apenas un instante.
Demasiado vaga para convertirse en un plan.
Demasiado peligrosa para compartirla con alguien.
James apartó la vista del tablero.
—Bien —dijo—. Averigüemos qué representa ese alfil.
La reunión comenzaba a dispersarse cuando James llamó a Harold.
—Necesito que publiques la respuesta.
Harold tomó la hoja donde Dubov había anotado la variante.
—¿Rey a h1?
—Sí —dijo James.
Harold observó nuevamente el tablero.
—No parece precisamente una declaración de guerra.
—No lo es.
James guardó silencio unos segundos.
—Y quiero que siga pareciendo eso.
Harold comprendió inmediatamente.
—¿Quieres que piense que estamos retrocediendo?
—Quiero que piense que estamos solo preocupados por las muertes.
Lucas levantó una ceja.
—¿Y lo estamos?
James observó la posición.
—Lo suficiente para que resulte creíble.
Harold sonrió levemente.
—Entonces necesitaremos una nota.
James tomó un bolígrafo y escribió unas líneas sobre una hoja.
Luego se la entregó.
—Publica exactamente esto.
Harold leyó el texto.
Esta vez no hizo ninguna pregunta.
Simplemente asintió.
—Lo haré inmediatamente.
Cuando Harold abandonó la sala, James volvió la vista hacia el tablero.
Por primera vez desde el inicio de la investigación, no estaba intentando adivinar la siguiente jugada de Paul.
Estaba intentando que Paul creyera haber adivinado la suya.
«En ocasiones, la mejor decisión no es avanzar, sino proteger aquello que aún puede salvarse».