Capítulo 37
La culpa lo acompañaba desde que comprendió que su comentario sobre el periodista había precipitado la reacción del Albañil.
Necesitaba hacer algo.
Tomó una decisión impulsiva.
Viajaría a Springfield.
Tal vez encontraría algo que López hubiera pasado por alto.
O quizá el Albañil hubiera regresado a la casa de Basima Mophy.
No informó a James.
Pensó que volvería antes de que su ausencia llamara la atención.
Muy temprano, el sábado, Harold descendió del automóvil dos calles antes del domicilio de Basima Mophy.
Vestía ropa completamente casual.
Aparentaba ser un vecino más dando un paseo matutino.
Al llegar frente a la casa se agachó para fingir que ajustaba las agujetas de sus zapatos.
Aprovechó ese instante para comprobar que nadie lo observaba.
Después cruzó rápidamente el pasillo lateral.
Forzó con facilidad la puerta trasera.
Y entró.
Cerró con cuidado.
Permaneció inmóvil.
La casa transmitía una extraña sensación.
No parecía abandonada.
Pero tampoco habitada.
Era como si alguien hubiera salido apenas unas horas antes.
Avanzó lentamente por la cocina.
Todo permanecía impecablemente ordenado.
Demasiado.
Subió al segundo piso.
La habitación principal resultaba sorprendentemente sencilla.
Una cama matrimonial ocupaba el centro.
Sobre ella descansaba una colcha color marfil perfectamente extendida.
Los cojines estaban alineados con absoluta precisión.
Sobre una cómoda reposaban una caja de pañuelos, un reloj digital y la única fotografía familiar visible en toda la casa.
El retrato mostraba al difunto esposo de Basima.
Harold continuó observando.
Las revistas estaban acomodadas por tamaño.
Los libros, por altura.
Las zapatillas formaban un ángulo idéntico respecto al buró.
Ni una sola prenda fuera de lugar.
Aquello ya no parecía orden.
Parecía conservación.
Como si alguien necesitara que cada objeto permaneciera exactamente donde lo había dejado.
Abrió el cajón del buró.
Las medicinas estaban perfectamente alineadas.
Algunos espacios vacíos indicaban que varias cajas habían sido retiradas recientemente.
Los recibos aparecían organizados por fecha.
Las plumas descansaban paralelas entre sí.
Harold cerró lentamente el cajón.
Comprendió que aquel orden probablemente era una obsesión familiar.
Era demasiado meticuloso.
Demasiado parecido al Albañil.
La segunda habitación permanecía prácticamente vacía.
Solo había una cama individual y un pequeño escritorio junto a la ventana.
Abrió los cajones.
Nada.
En el tercero encontró una carpeta negra.
Se sentó sobre la cama.
La abrió.
Las primeras páginas contenían mapas.
Boston.
Connecticut.
Bismarck.
Olympia.
Pierre.
Sioux Falls.
Harold sintió un escalofrío.
Varias calles aparecían marcadas con tinta roja.
También había horarios de vuelos.
Matrículas de vehículos.
Nombres de hoteles.
Pasó otra página.
Encontró una impresión de la partida de ajedrez.
Varias jugadas estaban subrayadas.
Junto a ellas aparecían fechas y coordenadas.
Tomó inmediatamente varias fotografías con su teléfono.
Después encontró una hoja más.
Contenía nombres.
James Miller.
Bruno López.
Greta Miller.
Harold Brooks.
Algunos estaban marcados con una línea negra.
Otros con un círculo rojo.
Harold sintió un fuerte golpe en el pecho.
No era una lista de víctimas.
Era un tablero.
Ellos eran las piezas.
***
A más de mil kilómetros de distancia apareció una notificación en el teléfono de Paul.
«Movimiento detectado. Cámara 4.»
Observó tranquilamente la imagen.
Harold estaba exactamente donde él esperaba.
Sonrió.
No porque hubiera descubierto al detective.
Sino porque el detective había hecho exactamente lo que él había previsto.
Tomó un teléfono desechable.
Marcó al 911.
—Emergencias.
»¿Cuál es su situación?
Paul modificó ligeramente la voz.
—Creo que alguien acaba de entrar a una casa vacía de mi vecindario.
»Parece estar en la planta alta.
»Tal vez sea un ladrón.
Proporcionó la dirección.
No necesitaba decir nada más.
Colgó.
No volvió a mirar la pantalla.
Sabía exactamente cuánto tardaría la patrulla en llegar.
Harold seguía fotografiando los documentos cuando escuchó un ruido.
Después otro.
Finalmente, una voz.
—¡Policía!
»¡No se mueva!
En ese instante comprendió la verdad.
No había descubierto una pista.
Había activado una trampa.
Y quien había preparado aquella carpeta sabía desde el principio que, tarde o temprano, James o alguno de sus detectives terminaría entrando en aquella casa.
***
En el Precinto 34, James caminaba de un lado a otro frente al tablero magnético.
López permanecía observándolo en silencio.
Los agentes Durham y Bradox informaban las novedades al FBI.
James rompió el silencio.
—¿Alguien ha visto a Harold?
Un oficial respondió:
—Todavía no llega, señor.
James frunció el ceño.
—Comuníquenme con él.
»¡Ahora mismo!
»Algo no está bien.
Tomó inmediatamente el teléfono.
Marcó al profesor Dubov.
—Profesor.
»Necesito una opinión sobre jugar Dd3.
Dubov observó el tablero unos segundos antes de responder.
—La dama entra definitivamente en juego.
López intervino.
—¿Qué significa eso para el Albañil?
—Concentración.
»Todas las piezas comienzan a mirar hacia el mismo objetivo.
»El ataque deja de estar disperso.
»Se vuelve inevitable.
»Y ...
»no se tiene margen para elegir otra jugada.
James asintió lentamente.
—Eso mismo pienso.
»Seguimos jugando movimientos obligados.
»Solo esperamos que el Albañil continúe respetando la lógica de la partida.
En ese momento Morris entró apresuradamente.
—Señor...
»ya localizamos al detective Harold.
James levantó la vista.
—¿Dónde está?
Morris tragó saliva.
—Está detenido en Springfield.
»Por allanamiento de morada.
James permaneció inmóvil unos segundos.
Después tomó el informe.
Miró a López.
—¿Sabías que iba a regresar a la casa?
—No.
—Hace apenas unos días acordamos que nadie volvería allí sin una orden judicial —dijo Durham.
James respiró profundamente.
—Morris.
»Habla con Lucas.
»Necesitamos sacarlo inmediatamente.
»Y después publica la jugada el domingo.
»No podemos retrasarla.
***
En Luisiana, Paul observaba en silencio las imágenes de la detención.
Sonrió apenas.
—Ese regalo estaba pensado para López...
pero tú también serviste, detective Brooks.
***
El sábado, 03 de junio, Paul y Basima llegaron a su nueva casa en Luisiana.
Para sorpresa de Paul, ella aceptó el cambio con bastante serenidad.
Solo puso una condición.
—Quiero volver pronto por nuestras cosas.
Paul sonrió.
Inventó una explicación médica.
Habló del clima de Illinois.
Del riesgo para su salud.
De una casa de un solo piso donde viviría con mayor comodidad.
Basi aceptó.
Aunque en el fondo intuía que su hijo ocultaba algo.
No insistió.
Sabía cuánto la quería.
Y decidió confiar.
***
James acudió como cada domingo al puesto de Duke para comprobar la publicación de la nueva jugada.
Durante el trayecto no dejaba de hacerse la misma pregunta.
¿Cómo era posible que el Albañil conservara siempre la iniciativa?
¿Por qué siempre terminaban investigando el lugar equivocado?
En ese momento sonó el teléfono.
Era Dubov.
—He revisado nuevamente la posición.
»Existen tres movimientos muy probables.
»Df6.
»Af7.
»Y Db6.
»Por ese orden.
»La más lógica es Df6.
»Conecta las torres.
»Protege el caballo.
»Y aumenta la presión por el flanco de rey.
»Pero recuerda...
»el Albañil nunca juega únicamente la mejor jugada.
»Siempre juega la que también le proporciona una ventaja estratégica fuera del tablero.
James permaneció unos segundos en silencio.
—Lo entiendo.
»Seguiré trabajando con Jamal.
»Necesitamos convertir esas jugadas en ciudades antes de que vuelva a matar.
Se despidieron.
La partida continuaba.