Capítulo 36
Antes de continuar la partida debía convencer a Basi de abandonar definitivamente Springfield.
Probablemente sería el sacrificio personal más difícil que le imponía su propio plan.
Aunque su madre siempre lo había apoyado, cambiar de casa y de ciudad no sería sencillo, especialmente a su edad.
Basi era una mujer profundamente sociable.
Además, poseía una habilidad extraordinaria para conducir cualquier conversación hacia el resultado que deseaba.
Parecía hablar de asuntos cotidianos.
Sin embargo, terminaba convenciendo a los demás de aceptar exactamente la idea que ella había sembrado.
Paul recordó entonces un episodio ocurrido durante la escuela.
Aquella mañana el director había citado a Basi por un problema de conducta.
Al terminar la reunión, ya de regreso en casa, ella le preguntó a Paul:
—¿Por qué le dijiste a tu profesor que no sabía nada de historia universal...
ni de ajedrez?
Paul respondió sin titubear.
—Porque era verdad.
»Dijo que el ajedrez era un juego para personas con demasiado tiempo libre.
»Y además aseguró que era relativamente moderno.
»¿No te parece una tontería?
Basi sonrió.
—Quizá.
»Pero eso no significa que debieras decírselo de esa manera.
—No fue la primera vez.
»Además, me regañó delante de todos.
»Dijo que, si seguía pensando únicamente en ajedrez, nunca llegaría a ningún lado.
Basi permaneció unos segundos en silencio.
Después preguntó con tranquilidad:
—¿Por qué crees que dijo eso?
Paul reflexionó unos instantes.
—Tal vez porque una vez lo corregí mientras jugaba una partida en la computadora con otro profesor.
»Le señalé una mala jugada.
»Terminó perdiendo.
Y desde entonces dice que el ajedrez es aburrido.
Basi sonrió.
—Si entiendes cómo piensa una persona...
»muchas veces será ella quien llegue sola a la conclusión que tú deseas.
Paul la observó intrigado.
—¿Qué le dijiste al director?
»¿Por qué terminó felicitándome?
Basi respondió con serenidad.
—En toda adversidad existe una oportunidad.
»Solo hay que descubrirla.
»Hice que comprendiera que no tenía un alumno problemático.
»Sino un estudiante con capacidades especiales que aún no encontraba al mentor adecuado.
Después añadió:
—Por cierto...
»¿sabías que el director era aficionado al ajedrez?
Paul negó con la cabeza.
—Nunca lo vi jugar.
—¿Recuerdas cómo era el pisapapeles de su escritorio?
Paul cerró los ojos unos segundos.
—Sí.
»Era una torre.
»Y su pluma tenía forma de alfil.
—Exactamente.
»Eso bastó para comprender cómo pensaba.
»Con unas cuantas preguntas confirmé mi hipótesis.
»Y dirigí la conversación hacia el terreno donde él se sentía cómodo.
Paul permaneció maravillado.
—Entonces...
»¿lo convenciste sin que se diera cuenta?
Basi sonrió.
—Exactamente.
»Y eso también es ajedrez.
Después besó a Paul en la frente.
Aquel gesto quedó grabado para siempre en su memoria.
El recuerdo desapareció cuando Paul terminó la llamada con el agente inmobiliario de Luisiana.
Todo estaría preparado para el sábado 3 de junio.
Ahora solo faltaba convencer a Basi de no regresar jamás a Springfield.
***
Harold llegó nuevamente a las oficinas de la *Tribuna de Bismarck*.
Antes de alcanzar la recepción, el editor salió a recibirlo.
—¿Otra vez por aquí, detective?
Harold fue directo.
—Anton Dupree apareció asesinado en Huron.
»Necesito toda la información que les haya enviado.
»Y también cualquier dato sobre sus últimos movimientos.
El editor quedó completamente inmóvil.
Tardó varios segundos en reaccionar.
Se dejó caer sobre uno de los sillones de la recepción.
Harold esperó pacientemente.
Poco después un joven se acercó.
—Soy Martin.
»Trabajaba con Anton.
»Creo que puedo ayudarlo.
Explicó que la última llamada de Dupree había sido desde Pierre.
También recordó que hablaba constantemente del reportaje que finalmente le daría el Premio Pulitzer.
Había rentado un automóvil con cargo a la cuenta del periódico.
Y parecía convencido de que estaba a punto de descubrir algo extraordinario.
Harold preguntó:
—¿Le comentó si iba a reunirse con alguien?
—No.
»Pero puedo revisar si utilizó la cuenta del periódico para hospedarse en otro lugar.
Minutos después Martin regresó.
—No.
»Solo aparece el hotel de Pierre.
Le imprimiré el comprobante.
Harold le entregó una tarjeta.
—Si recuerdan cualquier otro detalle...
» llámenme inmediatamente.
***
James, López y Bradox regresaban en avión a Bismarck.
El Albañil había vuelto a desaparecer.
Sin registros en aeropuertos.
Sin movimientos en terminales terrestres.
Nada.
James desplegó nuevamente el tablero magnético.
Bradox observaba la misma posición desde la fotografía almacenada en su teléfono.
James rompió el silencio.
—¿Lo ves?
López respondió inmediatamente.
—Sí.
»Esos dos caballos dominan prácticamente toda la posición.
»Amenazan la dama.
»El alfil.
»Y condicionan todos nuestros movimientos.
James asintió.
—Exactamente.
»Eso significa que el próximo asesinato probablemente corresponderá a una pieza de mucho mayor valor.
López permaneció observando el tablero.
—¿Todavía existe alguna forma de defendernos?
James frunció el ceño.
—Sí.
»Todavía tenemos una.
»Jugaremos:
»Dd3.
»Con ese movimiento retiramos la dama del alcance del caballo.
»Y, al mismo tiempo, defendemos el alfil de c2.
»Ganaremos algunos días.
»No muchos.
»Pero quizá los suficientes para adelantarnos.
López respiró con alivio.
—Entonces todavía tenemos margen.
James tomó el teléfono.
—Hablaré con Jamal.
»Necesitamos actualizar nuevamente el algoritmo.
»Sigue siendo nuestra mejor oportunidad para anticipar la siguiente jugada del Albañil.
Bradox permaneció en silencio.
Comprendía que la mejor arma de aquel equipo no era el FBI.
Era la combinación entre la experiencia de James, la intuición de López, el análisis matemático de Jamal y el juego estratégico de Dubov.