Capítulo 33
Decidieron revisar una vez más cada uno de los asesinatos.
Los tiempos.
Las llamadas.
Las circunstancias.
Y las posibles relaciones entre todos los eventos.
Durham, café en mano, rompió el silencio.
—Tengo algunas preguntas.
»Quizá ya las analizaron, pero necesito confirmarlas.
»¿Han investigado si el Albañil está reproduciendo alguna partida histórica de ajedrez?
James comprendió inmediatamente hacia dónde apuntaba la pregunta.
—Fue una de nuestras primeras hipótesis.
»Sin embargo, la descartamos.
»Si el Albañil quisiera desviarnos, bastaría con imitar una partida conocida durante unas cuantas jugadas.
»Eso consumiría recursos valiosos, sin ningún resultado.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Aun así, consulté a un antiguo gran maestro ruso.
»Hasta ahora no encontramos un patrón que permita asociar esta partida con otra ya existente.
»Lo único realmente consistente es el algoritmo que relaciona las ciudades con los nombres de las piezas en distintos idiomas y las llamadas que realiza el Albañil.
Durham asintió lentamente.
Después de varias horas de análisis todos llegaron a la misma conclusión.
El caso era mucho más complejo de lo que parecía.
El nivel de planificación del Albañil superaba cualquier investigación convencional.
Finalmente decidieron reunirse nuevamente al día siguiente.
Necesitaban nuevos enfoques.
O esperar una nueva jugada del asesino.
***
Cerca de las 21:00 horas James recibió una llamada de Jamal.
—Buenas noches, James.
—Buenas noches.
»Dime que tienes buenas noticias.
—Tengo algunas posibilidades.
»Después de la jugada Cxd4, el algoritmo considera muy probable que el Albañil responda con Cxd4 utilizando el caballo procedente de c6.
»Eso ya lo sabíamos.
»Pero la ciudad más probable vuelve a ser Connecticut.
»Aunque Pierre continúa apareciendo con menor probabilidad.
James observó nuevamente el tablero.
—Tiene sentido.
»Connecticut ya apareció anteriormente asociada al caballo.
Harold deberá comenzar a investigar inmediatamente todas las obras importantes en ese estado.
Después cambió de tema.
—¿Ya están listos para el torneo?
Jamal sonrió.
—Muy listos.
»Y debo confesarte algo.
»Greta está jugando extraordinariamente bien.
»Creo que podría llegar a la final.
James sonrió.
—Eso me alegra muchísimo.
»Ahí estaremos para apoyarlos.
Se despidieron.
Pero James siguió pensando durante varios minutos en una sola palabra:
**Connecticut**
Finalmente llamó a Harold.
—James...
¿ya viste la hora?
James soltó una breve risa.
—Lo siento.
»No me di cuenta.
»Necesito que mañana mismo investigues todas las construcciones importantes en Connecticut.
»Creo que allí ocurrirá el próximo asesinato.
Harold respondió con resignación.
—Lo haré a primera hora.
»Porque, a diferencia de ti...
»la gente normal duerme por las noches.
Ambos rieron.
Después colgaron.
***
Anton Dupree dejó pasar el día con calma antes de llamar nuevamente a Paul.
Quería que el miedo trabajara a su favor.
A las 21:00 horas marcó el número.
Paul dejó sonar el teléfono tres veces antes de contestar.
También estaba jugando.
Mientras hablaba inició discretamente un programa en su computadora.
—Estoy listo.
—Perfecto, señor Mophy.
»Comencemos por Marla Pendleton.
»Cuénteme exactamente cómo la asesinó.
Paul respondió con absoluta frialdad.
—La conocí por casualidad en una academia de Boston.
»Escuché que todos los domingos acudía al mismo parque.
»La seguí.
»Entablé conversación.
»Ella misma me invitó a su casa.
»Eso simplificó mucho las cosas.
Dupree intervino.
—Entonces...
»¿mantuvieron relaciones sexuales?
El silencio duró apenas un segundo.
Paul estalló inmediatamente.
—¿Quién dijo eso?
»No soy un violador.
»Tenga mucho cuidado con lo que escribe.
Dupree levantó las manos, aunque Paul no pudiera verlo.
—Solo era una pregunta.
»Continúe.
Paul respiró profundamente.
—La sedé.
»La llevé hasta su habitación.
»La inmovilicé procurando no causarle daño innecesario.
»Después utilicé un distractor mandibular.
»Le tapé la nariz.
»Introduje un peón de ajedrez en su garganta.
»Y esperé.
Dupree permaneció varios segundos en silencio.
Después preguntó:
—¿Por qué Marla?
»¿Y por qué el ajedrez?
Paul respondió con calma.
—Porque Marla era hija de un importante benefactor de la policía de Bismarck.
»Y porque todo esto...
»es una partida de ajedrez.
»Las ciudades.
»Las piezas.
»Y las víctimas.
»Todo está relacionado.
En ese momento Paul sonrió discretamente.
Mientras hablaba había conseguido rastrear la ubicación de Dupree.
Ya sabía dónde encontrarlo.
—Es tarde, señor reportero.
»Mañana continuaremos.
»Le contaré el resto.
Dupree aceptó.
—Mañana a las 19:00 horas.
»Y esta vez quiero conocer todos los detalles.
La llamada terminó.
Paul revisó cuidadosamente la información obtenida.
El periodista seguía en Pierre.
En un pequeño motel.
Ahora debía resolver dos problemas.
Eliminar a los chantajistas.
Y preparar el siguiente asesinato.
***
Antes de salir organizó cuidadosamente una pequeña maleta.
Guardó un esmeril portátil.
Un taladro inalámbrico.
Un martillo.
Y, finalmente,
una caja de cemento para hueso humano.
Se dirigió al hospital para ver a Basima.
Ella desayunaba resignada la comida del hospital.
—Hola, Basi.
»¿Cómo amaneciste?
—Muy bien.
»Pero ya quiero volver a casa.
Paul sonrió.
—Solo tres días más.
»El viernes podremos irnos.
»Además...
»te tengo preparada una sorpresa.
Basima sonrió.
—Prometo portarme bien.
Paul la abrazó.
Ahora debo viajar Basi, solo serán un par de días.
Después salió rumbo al aeropuerto.
***
Dupree regresó de desayunar.
No podía dejar de escribir.
Ya imaginaba el reportaje que lo convertiría en ganador del Premio Pulitzer.
Su teléfono sonó varias veces y recibió varios mensajes de texto.
Era un oficial Brooks, alcanzó a leer.
Decidió ignorarlo.
No quería perder tiempo con la policía.
Solo pensaba en Paul.
A las 15:30 horas Paul estacionó un Ford Fiesta plateado cinco habitaciones más allá del motel donde se hospedaba Dupree.
Abrió nuevamente la computadora.
Confirmó que el periodista seguía allí.
Solo debía esperar a que anocheciera.
A las 17:00 horas Dupree salió hacia la cafetería.
Paul permaneció oculto dentro del automóvil.
Dos cámaras vigilaban continuamente el pasillo del motel.
Necesitaba estudiar cuidadosamente sus ángulos muertos.
Paul decidió seguir a Dupree y al ver que entraba en la cafetería aprovechó para dirigirse rápidamente al sanitario, tenía varias horas sentado.
Al salir se cruzó con un oficial de policía.
Ambos se saludaron cortésmente.
Nada más.
A las 18:20 horas Dupree regresó al motel.
Entró nuevamente en su habitación.
Paul se colocó unos guantes negros.
Preparó un paño impregnado con anestésico inhalable.
Cuando vio salir nuevamente a Dupree comprendió que no realizaría la llamada desde la habitación.
Se ocultó detrás de una columna fuera del alcance de las cámaras.
Dupree regresaba de la administración hacia su cuarto, pero…
pasó de largo hacia la máquina expendedora de café.
Dupree permanecía completamente concentrado observando cómo la máquina llenaba lentamente su vaso de café.
Paul apareció detrás de él.
Sujetó firmemente su cuerpo.
Cubrió nariz y boca con el paño.
El efecto fue casi inmediato.
En pocos segundos Dupree perdió completamente el conocimiento.
Paul lo cargó sin dificultad.
Lo introdujo en la cajuela del automóvil.
Le inmovilizó manos y pies.
Lo amordazó.
Después tomó la llave de la habitación.
Y se colocó el chaleco del periodista.
Entró cuidadosamente al cuarto.
Sobre el escritorio encontró una credencial.
‘Anton Dupree’.
Tribuna de Bismarck.
También descubrió la lista de preguntas.
Notas sobre los asesinatos.
Información de la empresa donde él mismo trabajaba.
Y, finalmente...
su tarjeta de presentación.
Sonrió.
Todo comenzaba a tener sentido.
—Así fue como me encontraste...