Veintitrés Capítulo 32
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Capítulo 32

—¡Por aquí! —respondió James con amabilidad.

A James nunca le molestó colaborar con otras corporaciones, siempre que el objetivo permaneciera claro y el trabajo en equipo prevaleciera sobre el protagonismo personal.

—Hola, detective James. Soy el agente Durham y ella es la agente Bradox.

—Bienvenidos. Él es el detective López, de Boston. También forma parte de esta investigación.

Durham tomó la palabra.

—Leímos todos los informes, pero necesitamos revisar con ustedes cada detalle para definir la estrategia.

James levantó una mano.

—Un momento.

»Quiero aclarar algo desde el principio.

»Vamos a trabajar juntos.

»No vamos a ejecutar órdenes unilaterales.

»Primero: el Albañil únicamente habla conmigo. Al parecer me considera el rostro de todo aquello que odia de la policía.

»Segundo, y más importante: si descubre que el FBI participa en la investigación, podría desaparecer... o volverse todavía más violento.

»Es un hombre extremadamente metódico.

»Así que colaboramos como un solo equipo...

»o no colaboramos.

Durham sostuvo la mirada durante unos segundos.

Después asintió.

—Tiene razón.

»Me expresé mal.

»Trabajaremos juntos.

Aquel fue el primer intento del FBI por asumir el liderazgo de la investigación.

Y también su primer fracaso.

Durham conocía el prestigio de James y comprendió que insistir solo generaría un conflicto innecesario.

Todos se reunieron en la oficina de Lucas.

Repasaron cronológicamente cada asesinato.

Las llamadas.

Las jugadas.

Las hipótesis.

Las ciudades.

Las estrategias implementadas hasta ese momento.

La siguiente jugada debía publicarse hoy.

Era una respuesta obligada.

James rompió el silencio.

—Antes de continuar...

»¿alguno de ustedes juega ajedrez?

Bradox respondió inmediatamente.

—Sí.

»Ambos tenemos un nivel aproximado de mil ochocientos puntos Elo.

»Fue uno de los requisitos para asignarnos este caso.

James sonrió ligeramente.

—Perfecto.

»Entonces coincidiremos en que nuestra jugada:

»Cxd4, es la mejor opción, tomando en cuenta que estamos en jaque y ese alfil es un francotirador a distancia.

Bradox observó el tablero unos segundos.

—Inevitable.

»Y lo más probable es que el Albañil responda también con Cxd4.

James asintió.

—Exactamente.

»Eso significa que la próxima víctima ya debe estar elegida.

»Muy probablemente en una ciudad relacionada con la letra C o con el nombre del caballo en otro idioma.

»Necesito revisar nuevamente el algoritmo con mi asesor.

»A la publicación de hoy agregamos el mensaje:

«Ya no podrás esconderte mucho más tiempo.

Estamos muy cerca de ti.»

James pretendía provocar al Albañil.

Esperaba que respondiera con una llamada telefónica para burlarse nuevamente de la policía.

Necesitaban ganar tiempo.

No sabían si el siguiente asesinato ocurriría ese mismo día...

o tres días después.

***

En Pierre, Dakota del Sur, Anton Dupree llegó a un motel económico.

Después de pagar la habitación, tomó una ducha, cenó algo ligero y abrió la computadora portátil.

Sacó una libreta.

Comenzó a preparar cuidadosamente una lista de preguntas.

No quería escribir una nota sensacionalista.

Quería construir el reportaje que lo llevaría al Premio Pulitzer.

Cuarenta y cinco minutos después marcó el número de Paul.

—Buenas noches, Paul.

»¿O debería decir señor Mophy?

Paul ya había decidido cómo afrontaría aquella conversación.

Necesitaba averiguar cuánto sabía realmente el periodista.

—¿Quién habla?

—Tu amigo...

»el reportero.

Paul sonrió.

—Curiosa forma de hacer amistades.

Dupree ignoró el comentario.

—Ya te lo dije.

»No quiero entregarte.

»Quiero convertirte en el asesino más famoso del país.

—¿Y quién dice que quiero ser famoso?

—Nadie.

»Pero si tienes un objetivo...

»quizá quieras que el mundo lo conozca.

Paul respondió con calma.

—Mi objetivo solo me pertenece a mí.

Dupree sonrió.

—Perfecto.

»Entonces hablaré únicamente del mío.

»Quiero convertirme en un periodista reconocido.

»Y tú vas a ayudarme.

»Quiero conocer todos los detalles.

»Cómo planeaste los asesinatos.

»Cómo los ejecutaste.

»Los motivos puedo inventarlos yo.

»Volveré a llamarte mañana por la noche.

»Y procura colaborar.

»Porque, si no lo haces...

»llevaré toda esta información al detective James Miller.

Pronunció deliberadamente aquel nombre con lentitud.

Quería medir la reacción.

Funcionó.

Solo escuchar el nombre de James despertó una profunda irritación en Paul.

Aun así consiguió mantener la voz firme.

—Muy bien, señor reportero.

»Esperaré su llamada.

»Aunque preferiría que habláramos frente a frente.

Dupree negó inmediatamente.

—Eso tendrá que esperar.

»Por ahora seguiremos hablando por teléfono.

Colgó.

Dupree respiró profundamente.

Tomó tres tragos de ron.

Necesitaba calmar los nervios.

Las manos todavía le temblaban ligeramente.

La emoción era mucho mayor que el miedo.

Paul recuperó la serenidad antes de entrar nuevamente a la habitación del hospital.

Abrazó afectuosamente a Basima.

—Hola, hijo.

»Pensé que ya me habías olvidado.

Paul soltó una carcajada.

—Solo me entretuve un poco más de lo previsto.

»¿Cómo te sientes?

—Muchísimo mejor.

»Creo que ya podríamos volver a casa.

—Todavía no.

»Solo unos días más.

»Quiero que completes el tratamiento.

»La casa seguirá esperándonos.

Basima sonrió.

—Eres tan terco como tu padre.

Paul volvió a reír.

—Gracias.

»Aunque creo que esa terquedad la heredé de ti.

Los dos rieron.

Permanecieron conversando largo rato sobre Amin Romei.

Recordaron cómo relacionaba el ajedrez con situaciones cotidianas.

Entonces Paul recordó una antigua explicación de su padre.

Durante años no había vuelto a pensar en aquella conversación.

Los rayos X en ajedrez.

Una pieza aparentemente inmóvil que ejerce influencia a través de otra.

De pronto abrió mucho los ojos.

—¡Eureka!

Basima lo observó sorprendida.

—¿Qué ocurrió?

Paul reaccionó inmediatamente.

—Nada.

»Solo se me ocurrió una idea para resolver un problema del trabajo.

Basima sonrió.

—Tu padre sigue ayudándote.

»Incluso ahora.

Paul asintió.

—Lo sé.

»Debo irme.

»Mañana regresaré temprano.

»Ojalá ya tengamos fecha para tu alta.

Se despidieron.

Basima se quedó dormida pocos minutos después.

Paul salió del hospital.

Ahora sí tenía un plan.

Y, por primera vez...

también tenía un posible cómplice.

Una sonrisa apenas perceptible cruzó su rostro durante unos segundos.