Capítulo 19
El ejercicio había relajado su cuerpo.
No así sus pensamientos.
Springfield seguía repitiéndose una y otra vez en su cabeza.
López estaba en la línea justo a su llegada.
—He revisado las cámaras durante todo el fin de semana.
Encontré nuevamente a la mujer que vi en el parque.
Todavía no conozco su identidad, pero aparecía acompañada por un hombre obeso, aproximadamente de la misma estatura que nuestro sospechoso.
James levantó la vista.
—¿Llevaba una gorra de los Chicago Bulls?
López frunció el ceño.
—Sí.
»¿Cómo lo sabes?
—Los vi justo antes de entrar a la biblioteca.
»Pero en ese momento estaba atendiendo la llamada de Harold.
»Estoy casi seguro de que era él.
¿Ya tienes su nombre?
—Dentro de un momento tendré la lista oficial de participantes completamente validada.
—Perfecto.
Hablamos en un par de horas.
La llamada terminó.
Inmediatamente sonó nuevamente la extensión telefónica.
James respondió.
—Detective Miller.
La voz apareció con la misma serenidad de siempre.
—Hola, detective Miller.
James reconoció inmediatamente al Albañil.
—Veo que eres una persona llena de rencor.
»Odias a los policías.
»Pero decidiste convertirte en juez y verdugo de personas inocentes.
Hubo unos segundos de silencio.
Después respondió:
—Fue el precio por permitir que un policía humillara a personas mucho mejores que él.
Un castigo justo para un mediocre.
Mientras hablaban, Harold dejó discretamente un papel sobre el escritorio.
Solo contenía dos palabras:
Olympia.
Washington.
James comprendió inmediatamente que habían localizado el origen de la llamada.
Volvió a concentrarse.
—Albañil...
»¿Qué harás el día que finalmente te dé jaque mate?
La respuesta llegó sin vacilar.
—Soy un jugador honorable.
»A diferencia de ustedes.
»Si consigues darme jaque mate...
»me entregaré personalmente.
»Aunque ambos sabemos que eso jamás ocurrirá.
»Porque eres un pésimo jugador.
James aprovechó el momento.
—Estuvimos muy cerca de conocernos en Springfield.
Durante una fracción de segundo solo hubo silencio.
Aquella pausa confirmó que había tocado un punto sensible.
Finalmente respondió.
—¿Ah, sí?
»¿Y cuándo ocurrió eso?
—El viernes.
»En el torneo.
El Albañil soltó una pequeña risa.
—Si eso te hace sentir mejor...
»adelante.
»Pero me preocupa que cada vez confundas más tus suposiciones con la realidad.
»El tiempo se está acabando.
»Y tus errores serán cada vez más costosos.
La llamada terminó.
***
Paul permaneció inmóvil unos segundos.
Si James realmente había logrado identificarlo de alguna manera, tarde o temprano intentaría localizar a Basima.
No podía correr ese riesgo.
Tomó el teléfono.
—Hola, Basi.
»Tengo una excelente noticia.
»Conseguí un especialista en problemas de várices que puede atenderte aquí, en Washington.
Basima no ocultó su entusiasmo.
Llevaba años soportando molestias cada vez más intensas.
—¿De verdad, hijo?
—Sí.
»Me gustaría que vinieras mañana mismo.
»Podemos aprovechar para pasar más días juntos.
A Basima nunca le gustó viajar en avión.
Paul le compró un boleto de autobús para la mañana siguiente.
Aunque el trayecto superaba las doce horas, disfrutaba contemplando el paisaje durante el viaje.
Después de despedirse de su madre, Paul publicó electrónicamente la siguiente jugada:
Ae6
Acompañada por el mensaje:
«No seas ingenuo.»
Dejó el teléfono sobre la mesa.
La conversación que había tenido con James apenas había durado unos minutos.
Pero fueron suficientes para comprender que el detective comenzaba a reconstruir el tablero con demasiada precisión.
Había percibido el cansancio.
La frustración.
Y la necesidad creciente de encontrar una lógica que todavía permanecía oculta.
Paul caminó lentamente hasta la ventana.
Las luces de Olympia comenzaban a reflejarse sobre la bahía.
Durante unos minutos observó el paisaje.
No pensó en James.
Tampoco en la policía.
Su atención se dirigió hacia un asunto mucho más antiguo.
Abrió la computadora portátil.
Entró en una carpeta perfectamente ordenada.
Solo tenía un nombre:
HALPERN.
No era una simple colección de documentos.
Era el estudio completo de un objetivo preparado durante años.
La abrió.
Cientos de archivos aparecieron perfectamente organizados por fecha.
Artículos.
Entrevistas.
Ponencias.
Conferencias.
Más de veinte años resumidos en una sola carpeta.
Paul recordó perfectamente la primera vez que leyó uno de aquellos trabajos.
No fue por interés académico.
Fue simple curiosidad.
Con el tiempo aquella curiosidad terminó convirtiéndose en obsesión.
Durante años observó cómo Richard Halpern explicaba el comportamiento humano con la misma seguridad con la que otros explicaban las leyes de la física.
Patrones.
Probabilidades.
Predicciones.
Tendencias.
Paul siempre había considerado arrogante aquella certeza.
Especialmente porque personas como Amin aparecían una y otra vez dentro de aquellas estadísticas.
Sin nombre.
Sin historia.
Reducidas únicamente a porcentajes.
A variables.
A conclusiones.
Abrió una de las publicaciones más recientes.
Congreso Internacional de Estrategia y Sistemas Complejos.
Austin, Texas.
Del 12 al 17 de junio.
Moderador principal:
Richard Halpern.
Permaneció observando la fecha durante varios segundos.
Después abrió otra ventana.
Confirmación de registro.
Participante:
Amin Romei.
Hotel reservado.
Habitación confirmada.
Llegada prevista.
Todo estaba listo.
Paul tomó la libreta negra donde llevaba años registrando cada observación.
Buscó una anotación escrita semanas atrás.
12 de junio.
Austin.
C2.
Debajo añadió una única frase.
«La pieza continúa exactamente donde debía estar.»
Cerró lentamente la libreta.
La serenidad de aquel gesto resultaba inquietante.
Sonrió.
No porque hubiera descubierto algo nuevo.
Sino porque, después de tantos años...
Richard Halpern seguía comportándose exactamente como él esperaba.
Y las personas predecibles...
siempre terminaban ocupando la casilla que les correspondía sobre el tablero.