Capítulo 12
Antes de contestar, miró instintivamente el tablero magnético que llevaba en el bolsillo de la chaqueta.
Era Sofía.
—Hola. ¿Cómo están? —preguntó James de inmediato.
—Mucho mejor. Jamal se está recuperando y no tendrá secuelas, más allá del dolor que irá disminuyendo con el paso de los días. Greta ya está mucho más tranquila.
James sonrió.
—Excelente. ¿La policía local les ha dicho algo?
—No demasiado. Están revisando las cámaras del campus para identificar a los atacantes. Ya detuvieron a uno y esperan que delate al resto.
Hizo una breve pausa.
—¿Y tú cómo estás?
—Todavía estoy en el precinto. En un rato iré a casa. Quiero salir a caminar con Rufus; hace muchos días que no paseamos.
James sonrió por primera vez en todo el día.
—Me parece una excelente idea —respondió Sofía—. Y de paso podrías cambiarle la cama. Ya volvió a romper la colchoneta y prácticamente está durmiendo en el piso.
—Claro que sí. Hoy mismo estrena cama nueva.
Se despidieron.
James tomó las llaves y salió inmediatamente.
Mientras conducía seguía tocando el tablero magnético que llevaba en el bolsillo, como si esperara que pudiera transmitirle alguna respuesta.
Antes de llegar a casa pasó por la tienda de mascotas donde acostumbraba a comprar todo lo necesario para Rufus.
El establecimiento también contaba con servicio veterinario.
Al entrar, la dependienta lo saludó con una sonrisa.
—Hola, James. ¿Cómo está Rufus?
—Muy bien. Pero otra vez necesito comprarle una cama.
La mujer soltó una pequeña carcajada.
Cada tres meses aproximadamente Rufus destruía la que tenía.
—Acaba de llegar un modelo nuevo. Tiene un refuerzo adicional, es térmico y bastante resistente.
—Perfecto. Vamos a probarlo.
—Además está en oferta... solo para clientes frecuentes.
James sonrió.
—Ese sí es mi Rufus.
Salió de la tienda y tomó nuevamente la ruta del puente Memorial, una de sus favoritas.
Al llegar a casa, Rufus realizó su espectáculo habitual.
Saltó, giró en el aire y cayó de costado simulando estar herido.
—Hola, campeón.
Dame unos minutos y nos vamos a caminar.
Como si hubiera entendido perfectamente, Rufus se echó junto al automóvil mientras esperaba.
Veinte minutos después ambos caminaban rumbo al pequeño lago que se encontraba cerca de la casa.
James soltó la correa.
Rufus salió disparado detrás de las aves.
Ellas parecían jugar con él.
Le permitían acercarse unos metros antes de levantar el vuelo y volver a posarse un poco más adelante.
Mientras observaba correr a Rufus comprendió cuánto necesitaba aquellos momentos de normalidad.
Durante casi una hora el Albañil dejó de ocupar el centro de sus pensamientos.
Después recordó el tablero magnético.
Lo sacó del bolsillo y revisó la posición con ayuda de un simulador de ajedrez instalado en el teléfono.
Las probabilidades de ganar habían disminuido considerablemente desde que se publicó «d3» en lugar de «d4».
James respiró profundamente.
«Si el Albañil es únicamente un asesino, atacará de inmediato. Pero si quien realmente está jugando es su orgullo, entonces buscará un movimiento mucho más elaborado.»
Rufus regresó caminando lentamente.
Respiraba con dificultad y llevaba la lengua completamente afuera.
—Veo que ya hiciste suficiente ejercicio, amigo.
James sacó un pequeño cuenco plegable que siempre llevaba consigo y le dio agua.
Después ambos descansaron unos veinte minutos sobre el pasto.
Mientras acariciaba a Rufus, James sintió por primera vez en varios días una ligera sensación de tranquilidad.
Regresaron caminando lentamente.
Eran casi las 18:00 horas cuando sonó nuevamente el teléfono.
Era una llamada del Precinto 34.
—Detective Miller.
La operadora respondió:
—Detective, tiene una llamada de... un albañil.
Supongo que usted querrá hablar con él.
James activó inmediatamente la grabadora del teléfono.
La operadora seguía sin comprender qué hacía un albañil llamando a un detective un sábado por la tarde.
Simplemente transfirió la llamada.
—Hola, detective Miller —dijo Mophy con una calma desconcertante—. Veo que has decidido arriesgarte. Al parecer no te importan demasiado las vidas de los demás.
James apretó los labios antes de responder.
—Al contrario. Me importan mucho. Además, considero que tienes un nivel aceptable de ajedrez. Por eso creo que no capturarás ese peón.
Mophy soltó una leve risa.
—Ahora resulta que mi ajedrez es "aceptable". Curioso... normalmente los policías solo menosprecian a los demás.
Hizo una breve pausa.
—En fin... eso ya no importa. Veo que ahora juegas más rápido. Me gusta. Así yo también podré jugar más rápido y enseñarte cuánto cuesta un error.
James decidió cambiar el rumbo de la conversación.
—Dime una cosa, Albañil.
¿También les enseñas a tus hijos a jugar de esta manera?
¿Atacando a personas inocentes?
Hubo unos segundos de silencio.
Finalmente respondió.
—No hace falta enseñarles eso.
»Seguramente tú sí le enseñaste a tu hija a jugar como tú.
»Los hijos aprenden observando a sus padres.
James aprovechó el momento.
—Veo que sabes mucho sobre mí.
»Te gusta jugar con ventaja.
»Eso no es ganar.
La respuesta fue inmediata.
—No seas ingenuo.
»Todo buen jugador estudia a su adversario.
James contraatacó.
—La diferencia es que yo no tengo la misma oportunidad contigo.
»Eso hace que la partida no sea justa.
Mophy guardó silencio unos instantes.
Después habló con una serenidad casi nostálgica.
—Te diré algo.
»Siempre he sido un jugador estratégico.
»Juego desde niño.
»Mi padre me enseñó a pensar.
»Lamentablemente al demostrarles mi padre a los policías que era mejor que ellos, abusaron de su autoridad para no reconocer la derrota.
»Su orgullo no se los permitió.
»Yo sí lo haré.
Hizo una última pausa.
—Debo irme.
»Sé que esta vez no podrás rastrear la llamada.
»Mañana conocerás mi siguiente jugada.
»Y recuerda...
»A veces existen peones envenenados que es mejor no capturar.
La comunicación terminó.
James reprodujo inmediatamente la grabación.
Había un sonido que durante la conversación apenas había percibido.
Escuchó otra vez.
Y otra.
Hasta que estuvo completamente seguro.
Gansos canadienses.
«Illinois...»
Abrió el buscador del teléfono.
Escribió:
«Gansos canadienses primavera Illinois».
El primer resultado hacía referencia al Parque Washington, en Springfield.
Meses atrás James había visto un documental precisamente sobre las rutas migratorias de esa especie.
Reconoció sin dificultad el canto característico de aquellos animales.
Guardó lentamente el teléfono.
Por primera vez sintió que el Albañil había dejado una pista auténtica.
«Springfield...»
Pensó unos segundos.
«Ahí debe vivir... o, al menos, ahí está su base de operaciones.»
Llamó inmediatamente a López.
—Necesito que investiguen escuelas de Springfield, Illinois.
Quiero alumnos que hayan pertenecido a clubes de ajedrez y, especialmente, conocer la profesión de sus padres.
López respondió:
—Eso llevará tiempo.
Pero empezaremos de inmediato.
Hizo una breve pausa.
—¿Cómo llegaste hasta ahí?
James miró nuevamente el tablero.
—Acabo de hablar con el Albañil.
»Me dio mucha más información de la que cree.
»Creo que es un hombre soltero, probablemente hijo único.
»Y con antecedentes de maltrato a su padre, no sé exactamente que pudo ser.
»Planifica demasiado.
»Estudia a sus víctimas.
»Y sabe mucho más sobre mí de lo que imaginábamos.
López respondió con serenidad.
—Te mantendré informado.
La llamada terminó.
James volvió a mirar el tablero.
La distancia entre ambos comenzaba a reducirse.