Capítulo 11
Paul Mophy pasó el fin de semana en casa de su madre, Basima.
A diferencia del hombre calculador que perseguía James, allí parecía simplemente un hijo que disfrutaba del desayuno preparado por su madre.
Precisamente ese contraste era lo que lo hacía más peligroso.
Basima disfrutaba cada visita de Paul.
Mientras lo observaba servirse la shakshuka, veía en él el mismo porte sereno que había distinguido a Amin Romei.
Nunca imaginó que también había heredado las heridas que su esposo dejó sin resolver.
—Dime, hijo, ¿cómo te va en el trabajo? ¿A dónde estás viajando ahora?
Paul respondió con absoluta naturalidad.
—Bueno, estoy regularmente en Dakota del Norte por una obra importante, pero también he ido a Boston, Connecticut y ahora estoy en Springfield, Illinois... con mi bella Basi.
Basima sabía que su hijo era un alma solitaria.
Durante los últimos años nunca le había mencionado a ninguna novia, amiga o alguien especial.
Aquello la angustiaba profundamente, porque temía que, cuando ella ya no estuviera, Paul se quedara solo.
—Y en todas esas ciudades, hijo mío... ¿no has conocido a alguna muchacha?
Paul comprendía perfectamente las preocupaciones de su madre.
Respondió sin vacilar.
—Sí, mamá. Hay una chica llamada Marla. Es de Boston. Aún no hay nada serio.
Paul sostuvo la mirada de su madre con absoluta naturalidad.
Mentirle le producía una incomodidad pasajera, pero verla tranquila le parecía un precio pequeño.
—Me alegra mucho, hijo. Cuando quieras puedes invitarla a esta casa. Solo avísame antes para tener todo preparado.
—Sí, mamá. Lo haré. Aunque todavía no hay nada formal.
Paul sabía que esa pequeña mentira le regalaba tranquilidad.
Más adelante siempre podría decirle que la relación no había funcionado.
Mientras tanto, ella sería feliz.
Terminaban de desayunar cuando sonó una notificación en el teléfono celular de Paul.
Reconoció inmediatamente el sonido.
Era la alerta que había configurado para la versión digital de la Tribuna de Bismarck.
El tono decía:
«Jaque mate».
—¿Qué fue eso? —preguntó Basima.
—Solo una notificación, mamá. Me llegó el periódico.
Basima, que utilizaba poco la tecnología —aunque sabía manejarla—, comentó con una sonrisa:
—Cada vez inventan más cosas para vender sus productos.
Paul recogió los platos y comenzó a lavarlos sin que ella se lo pidiera.
Aquellos gestos eran completamente sinceros.
El problema era que podían convivir con una oscuridad que nadie alcanzaba a imaginar.
Alrededor de las 10:45 horas salió al patio trasero y se sentó en una cómoda mecedora.
Sobre ella había un grueso cobertor con aroma a lavanda.
Basima siempre procuraba que estuviera limpio y perfumado.
Paul se acomodó.
Sacó el celular.
Abrió la notificación de la Tribuna de Bismarck.
En cuanto leyó la jugada publicada sonrió.
«Estos policías son estúpidos o intentan tenderme una trampa».
La publicación mostraba:
d3
y el mensaje:
«Juguemos en línea. Así ahorramos tiempo».
Paul volvió a acomodarse en la mecedora.
La sensación de superioridad lo relajó tanto que terminó quedándose dormido.
Un par de horas después Basima salió al patio.
—Despierta, hijo. Recuerda que tenemos que ir al mercado.
Paul abrió lentamente los ojos.
—Claro, mamá. Voy por las llaves del auto.
Mientras conducía, alternaba sus pensamientos entre la conversación con su madre y la posición del tablero.
Era capaz de vivir ambos mundos sin que uno contaminara al otro.
—Estás pensando en Marla... ¿verdad? —preguntó Basima.
Paul con una leve sonrisa respondió.
—Me atrapaste.
Una vez en el mercado, pasaron el resto del día entre compras, comida y caminata.
A las 17:30 horas, mientras Basima hacía sus últimas compras, Paul aprovechó unos minutos para entrar en un café internet.
Desde allí envió la siguiente jugada a la Tribuna de Bismarck:
h6
El mensaje decía:
«Policía, para ser un campeón pareces un novato... o simplemente no te importan las personas. Las reglas del juego ya las conoces... y no van a cambiar».
Salió al área común cerca del lago y realizó una llamada.