Capítulo 10
Antes de abrir la Tribuna de Bismarck respiró hondo. Desde que había comenzado la partida esperaba encontrar, por primera vez, una jugada capaz de inquietarlo.
Abrió el periódico en la sección de clasificados.
Inmediatamente localizó la respuesta del detective Miller:
El texto decía:
«Ya conozco tu aspecto».
Mophy sintió coraje y nervios al mismo tiempo.
Durante unos segundos creyó haber cometido un error que permitiría identificarlo.
Se colocó los lentes oscuros y cambió de asiento, buscando una mesa junto a la pared.
Las palabras de James habían surtido efecto.
Cuando Franco llegó al hotel, incluso tardó algunos segundos en encontrarlo.
Finalmente, Mophy le hizo una discreta seña con la mano.
—Hola, señor Mophy. ¿Cómo está?
—Hola, Franco. Muy bien; sin embargo, acaban de avisarme que debo viajar urgentemente a Boston. Si te parece, vayamos a la obra y, después, ¿podrías llevarme al aeropuerto lo antes posible?
—Desde luego que sí —respondió Franco.
Durante los escasos treinta minutos que permaneció en la construcción, Mophy fue incapaz de concentrarse en otra cosa que no fuera salir cuanto antes de Bismarck.
Ya en el avión rumbo a Boston recuperó poco a poco la calma.
Repasó mentalmente el asesinato de Marla y descartó, uno por uno, todos los posibles errores.
Cuando recordó el parque sonrió.
Podían describir perfectamente la ropa que llevaba puesta.
Pero nunca su rostro.
Sacó el tablero magnético y actualizó la jugada Ac4.
Observó la posición durante varios minutos antes de murmurar:
—Gambito de Rey, variante tradicional...
Era evidente que terminarías jugando esto, detective.
No has sido muy creativo.
Ahora empieza la verdadera partida.
Al llegar al aeropuerto de Boston envió inmediatamente su respuesta a la Tribuna de Bismarck.
No buscaba únicamente responder una jugada.
Pretendía recuperar la iniciativa psicológica.
***
Eran las 18:30 horas cuando James llamó a López.
Había decidido tensar la cuerda.
El mensaje publicado en la Tribuna podía obligar al Albañil a reaccionar antes de lo previsto.
—Incluso podría provocar que regrese a la escena del crimen —dijo James.
—Tengo todas las cámaras funcionando y enlazadas con la estación —respondió López.
Se despidieron y terminaron la llamada.
James regresaba a casa.
La noche era calurosa.
Conducía con las ventanillas abajo y el aire seguía siendo cálido a pesar de que ya había oscurecido.
En ese momento sonó su teléfono.
Contestó utilizando el manos libres.
Era Greta.
Su voz sonaba agitada.
—¿Qué pasa, Greta? ¿Estás bien?
—Sí... yo estoy bien —respondió con dificultad—. Es Jamal...
—¿Qué pasó con Jamal?
Greta tardó un momento en responder…
—Lo asaltaron al salir de la universidad. Lo golpearon y ahora estamos en el hospital. Lo están revisando.
—Tranquila, hija. ¿Lo hirieron con algún arma?
—No. Al parecer solo fueron los golpes, pero una enfermera me dijo que llegó sangrando mucho en la ambulancia.
Hizo una breve pausa.
—Después te llamo, papá. El médico acaba de entrar.
La llamada terminó.
James permaneció varios segundos en silencio después de colgar.
La noticia sobre Jamal despertó en él una culpa que no esperaba sentir.
Por primera vez se preguntó si estaba permitiendo que la investigación contaminara su juicio.
Cuando llegó a casa contó lo sucedido a Sofía.
Ambos permanecieron pendientes del teléfono, esperando noticias de Greta y, sobre todo, conocer el verdadero estado de salud de Jamal.
Apenas veinte minutos después —aunque para James parecieron dos horas— sonó nuevamente el teléfono.
Era Greta.
James activó el altavoz.
—Hola, hija. ¿Cómo está Jamal?
Greta respiró profundamente antes de responder.
—Está fuera de peligro, afortunadamente. Lo que le robaron fueron los exámenes del día. No puede hablar mucho por los golpes en el rostro, pero el médico dice que en cinco días estará mucho mejor.
Hizo una breve pausa.
—La policía me hizo algunas preguntas y esta noche me quedaré con él en el hospital.
Sofía intervino inmediatamente.
—Mañana estaré con ustedes lo más temprano posible.
Greta aceptó agradecida.
James sintió cierto alivio al saber que Sofía acompañaría a Greta y que, además, podría valorar personalmente el estado de Jamal.
Al día siguiente llevó a Sofía al aeropuerto.
Ella abordó el primer vuelo con destino a Nueva Orleans.
Se despidieron con un abrazo.
—Dile a Greta que estaré pendiente de cualquier cosa que necesiten ella o Jamal.
Sofía respondió únicamente con una ligera sonrisa y un movimiento de cabeza.
Sabía que James estaba realmente preocupado por Jamal.
El mal momento vivido días atrás parecía haber quedado atrás.
Después de despedirse, James condujo directamente hacia la oficina.
Eran las 06:15 horas.
Tomó la ruta más corta y, por alguna razón que no supo explicar, decidió detenerse en un puesto de periódicos.
No era una costumbre entre semana.
Normalmente leía los periódicos cuando llegaban al precinto.
Se detuvo frente al primer puesto que encontró.
Algo parecía llamarlo.
El Albañil había respondido de inmediato.
La nueva jugada era:
Ag7 (alfil a g7)
El mensaje decía:
«Así que ya me conoces. Bueno, eso no me importa, porque yo también te conozco... y aún seguimos jugando».
James comprendió al instante que había conseguido inquietar al Albañil.
Aquello podía obligarlo a cometer un error.
Entró en el automóvil y condujo hasta el Precinto 34.
Durante todo el trayecto visualizó una y otra vez la posición del tablero.
Cuando se dio cuenta ya estaba entrando al estacionamiento.
Actualizó el tablero magnético.
Identificó inmediatamente las amenazas derivadas de la nueva jugada.
El problema era doble.
Capturar una pieza equivalía a un asesinato.
Pero, además, capturarla no significaba resolver el caso.
Debía minimizar los ataques mientras terminaba de descubrir el patrón, la estrategia y la verdadera identidad del Albañil.
Permaneció varios minutos observando la posición.
Finalmente comprendió que seguir esperando solo favorecería a su adversario.
Había llegado el momento de obligarlo a responder.
No podía seguir reaccionando.
Tenía que empezar a imponer el ritmo de la partida.
James llamó a Harold y le pidió que revisara los vuelos entre Bismarck, Boston y Connecticut, prestando especial atención a hombres cuyas características físicas coincidieran con la descripción proporcionada por López.
Mientras le mostraba la posición actual del tablero, añadió:
—La jugada obligada es d4. Protege el peón de b2 y, al mismo tiempo, pelea por el control del centro. Publícala el próximo sábado.
Hizo una breve pausa.
—Esta vez solo agrega el texto: «Juguemos en línea. Así ahorramos tiempo».
—Entendido —respondió Harold.
En cuanto James salió de la oficina, Harold llamó a un oficial de nuevo ingreso.
—¡Morris!
Carlton Morris apareció de inmediato.
Tenía veinticuatro años, medía 1.74 metros y era de complexión media.
Desde niño había soñado con convertirse en policía y apenas tres días atrás había logrado ingresar al Precinto 34.
Todavía caminaba con esa mezcla de orgullo y nervios propia de quien apenas comienza una carrera.
Harold escribió la jugada en un Post-it y se lo entregó.
—Publica esto en la sección de clasificados de la Tribuna de Bismarck.
Después escribió el texto que debía acompañar la publicación.
—No cometas errores.
—Sí, señor.
Carlton salió del edificio.
Justo al cruzar la puerta apareció Ivette, la joven que cada mañana vendía pan dulce recién horneado frente al precinto.
Como ocurría casi todos los días, Morris no pudo evitar mirarla.
En ese breve instante de distracción el pequeño Post-it resbaló de su mano y cayó al suelo sin que él lo advirtiera.
Tropezó con el marco de la puerta, recuperó el equilibrio y siguió caminando como si nada hubiera ocurrido.
Ivette observó toda la escena.
Sonrió discretamente para no avergonzarlo delante de los demás policías.
Nadie más pareció darse cuenta.
Minutos después Morris llegó a la Tribuna de Bismarck.
Preguntó por Anton Dupree, el único reportero de clasificados para recibir aquellas publicaciones.
La intención era evitar que otras personas conocieran el contenido y provocaran rumores innecesarios.
Cuando Anton apareció, Morris buscó el papel con la jugada.
No estaba.
Lo buscó nuevamente en todos los bolsillos.
Nada.
Sintió un vacío en el estómago.
Intentó recordar la anotación.
Pensó durante unos segundos.
Finalmente dijo:
—La jugada es... d3 y debe incluir este texto —dijo mientras le entregaba el Post-It que aún conservaba.
Anton Dupree tomó nota sin hacer preguntas.
Era reportero de la sección de sociales además de los clasificados.
Desde hacía varios días aquellas publicaciones despertaban su curiosidad.
Algo no encajaba.
Cuando Morris se marchó, Anton permaneció observando el papel durante algunos segundos.
Después abrió un cajón de su escritorio.
Sacó un pequeño tablero de ajedrez.
Comenzó a reconstruir todas las jugadas que habían aparecido en la Tribuna de Bismarck durante las últimas semanas.
Anotó las fechas de cada publicación.
Comparó los movimientos.
Por primera vez sospechó que aquellas notas ocultaban mucho más que una simple partida de ajedrez.
Mientras tanto, Carlton regresó al Precinto 34.
—Ya quedó publicada, señor.
—Perfecto —respondió Harold, sin imaginar que aquel pequeño error terminaría teniendo consecuencias mucho más graves que cualquier equivocación administrativa.
***
El sábado 15, poco después de las 07:00 horas, James condujo directamente al puesto de periódicos.
No buscaba noticias.
Buscaba confirmar que su jugada había sido publicada.
Presentía que un simple detalle podía cambiar el destino de la partida.
—Hola, Duke. ¿Qué es lo más relevante del mundo hoy?
Duke sonrió ampliamente antes de responder.
—Hoy, James, lo más importante es que algunos seguimos vivos... y tenemos trabajo.
James no pudo evitar sonreír.
Duke siempre encontraba una respuesta optimista.
Aquellas breves conversaciones lograban recordarle que la vida seguía existiendo más allá de los asesinatos y de la investigación.
—Una vez más tienes razón.
Dame la Tribuna, por favor.
Mientras le entregaba el periódico, Duke comentó:
—Pero parece que la noticia ya la conoces. Solo vienes a comprobar que esté publicada.
James levantó la vista.
—Eres muy observador.
—A veces juego ajedrez con mi hijo.
—Ahora entiendo.
James sonrió.
—Ser observador ayuda mucho en este juego.
Duke respondió con tranquilidad.
—Y también en la vida.
Si aprendes a observar antes de actuar, normalmente cometes menos errores.
James permaneció unos segundos en silencio.
Aquella frase quedó resonando en su cabeza.
—Gracias, Duke.
Hoy me llevo dos buenas enseñanzas.
Que tengas un gran día.
Entró al pequeño café de la esquina.
Era su mesa favorita.
Desde ahí podía observar toda la cafetería sin llamar la atención.
Pidió un desayuno americano.
Comió lentamente.
Pidió otra taza de café.
Solo entonces abrió el periódico.
Bastó una mirada.
Todo su rostro perdió expresión.
La jugada publicada era:
d3
James sintió un vacío en el estómago.
Aquello era exactamente la jugada que el Albañil esperaba.
Había quedado abierta la diagonal para que respondiera con Ab2.
Y para James una pieza no significaba material perdido.
Significaba una persona muerta.
Pagó la cuenta.
Salió inmediatamente del restaurante.
Mientras caminaba hacia el automóvil llamó a Harold.
—¡Harold! —gritó. ¿Qué demonios ocurrió con la jugada?
Harold, completamente desconcertado, respondió:
—¿De qué estás hablando?
—Revisa el maldito periódico.
Voy para allá.
Colgó.
Harold sintió que algo iba terriblemente mal.
Miró alrededor del precinto.
—¡Morris!
El joven oficial apareció casi de inmediato.
—Consígueme la Tribuna de Bismarck de hoy.
¡Ahora!
Menos de tres minutos después Morris regresó con el periódico.
Harold abrió directamente la sección de clasificados.
Su expresión cambió al instante.
La publicación decía:
d3
Sin poder contenerse sujetó a Morris por la corbata.
—¿Qué demonios hiciste?
»¡Te escribí claramente "d4"!
¿De qué se trata esto?
Morris sintió que las piernas dejaban de responderle.
Recordó inmediatamente el momento en que se distrajo viendo a Ivette.
Su voz apenas salió.
—Perdón... señor...
Perdí el papel...
Intenté recordarlo...
Y… parece que me equivoqué.
En ese instante James entró al precinto.
Bastó una mirada para comprender lo sucedido.
Separó a Harold de Morris.
—¿Qué ocurrió?
Harold bajó la vista.
Respiró profundamente y dijo.
—Fue mi culpa.
No debí enviar al muchacho.
James quería controlarse, no hablar aún.
Todavía estaba furioso.
Pero comprendía que aquello había sido un error humano.
No una traición.
Sacó el tablero magnético.
Lo colocó sobre el escritorio.
Movió lentamente el alfil negro.
Lo dejó en b2.
Después levantó la vista.
—¿Entienden lo que significa esto?
Nadie respondió.
James señaló la posición.
—Para nosotros esto es una mala jugada.
Para él...
es una víctima.
Guardó silencio unos segundos.
Después continuó.
—Acabamos de decirle que no sabemos jugar.
Y eso puede acelerar sus ataques.
El silencio invadió todo el precinto.
Nadie se atrevía a pronunciar una sola palabra.
Desde el fondo de la oficina, Carlton Morris observaba el tablero.
Sentía un peso insoportable sobre los hombros.
Comprendió que portar una placa implicaba mucho más que hacer cumplir la ley.
También significaba vivir sabiendo que un pequeño error podía cambiar el destino de otras personas.
Apretó los puños.
En silencio hizo una promesa.
Nunca volvería a fallar.