Capítulo 9
James salió de casa antes del amanecer. Necesitaba silenciar el ruido que el Albañil instaló en su cabeza.
Le tomó diez minutos cambiarse y, de inmediato, comenzó a hacer estiramientos. Sabía que un calambre a las seis de la mañana, en una alberca vacía, no era nada agradable.
Terminó el calentamiento y se lanzó de clavado a la alberca. Comenzó a nadar en estilo libre, con una respiración pausada.
Los primeros veinticinco metros transcurrieron sin dificultad.
Después incrementó ligeramente la velocidad, tomando aire cada cuatro brazadas.
Para entonces ya había logrado llevar su mente al presente.
Sentía la resistencia del agua al rozar su piel, la fuerza que ejercían sus músculos para avanzar y el aire frío sobre el rostro cada vez que emergía.
En ese momento no existían el Albañil, Jamal ni Marla.
Solo existía la sensación del ahora.
Nadar siempre lograba en James una desconexión absoluta de cualquier problema o situación cotidiana. Era un reinicio físico y mental que le permitía liberar el estrés.
Nadó durante aproximadamente cincuenta minutos.
Alternaba tramos de dos brazadas por respiración a un ritmo muy lento con otros de cuatro brazadas por respiración a mayor intensidad.
James sabía administrar su energía igual que un maratonista.
Cuando terminó estaba completamente exhausto, pero también experimentaba la satisfacción y la tranquilidad que había ido a buscar.
James salió del centro acuático rumbo al Precinto 34.
Observaba con curiosidad cómo las personas se precipitaban cada mañana hacia sus destinos y, en muchos casos, ni siquiera recordaban el recorrido que acababan de hacer.
A él le gustaba observar a su alrededor: los niños, los animales, los puestos de comida y el kiosco de periódicos, todos inmersos en su propia prisa a esa hora del día.
De pronto pensó:
«El Albañil me está acelerando. Está generando presión y, en lugar de crear mi estrategia, estoy pensando únicamente en defenderme. Tengo que tomar la iniciativa».
Comprendió entonces que había aceptado el ritmo impuesto por el Albañil.
Si quería derrotarlo, tendría que obligarlo a reaccionar, no limitarse a responder.
Llegó a su escritorio, sacó el tablero magnético, se sirvió un café y tomó dos rosquillas.
«Muy bien, Albañil... vamos a desarrollar las piezas y lanzar el ataque», pensó.
Llamó a Harold para comprobar la jugada que le había pedido publicar en la Tribuna de Bismarck, así como también el texto.
Después imprimió una plantilla de un tablero de ajedrez y comenzó a incorporar toda la información reunida hasta ese momento.
Colocó las jugadas realizadas, las ciudades relacionadas con el caso, los lugares desde donde había llamado el Albañil y la traducción de los nombres de las piezas en árabe y español, además de la jugada inicial.
Cuando terminó de completar la cuadrícula dejó de observar piezas aisladas y comenzó a descubrir relaciones entre ellas.
Por primera vez tuvo la sensación de que el patrón empezaba a revelar su verdadera estructura.
—Muy bien, Albañil... creo que empiezas a tomar forma. No pueden ser casualidad todos estos datos —.