Veintitrés Capítulo 8
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Capítulo 8

En Connecticut, desde la ventana de un hotel, Paul Mophy observaba un tablero magnético idéntico al que había enviado a James Miller.

Antes de estudiar la siguiente jugada permaneció inmóvil durante varios minutos, como si escuchara una voz que solo existiera para él.

Mophy no mantenía una vida social activa, a pesar de ser excelente para relacionarse con las personas, vender y cerrar negociaciones complejas.

Analizaba cuidadosamente a quienes lo rodeaban y encontraba la forma de convencerlos de que el proyecto que les proponía era una oportunidad única.

Durante los últimos cinco años había sido elegido empleado del año en la constructora donde trabajaba: más contratos cerrados, más clientes nuevos y mayores ingresos generados.

Sin embargo, jamás asistía a las cenas de reconocimiento.

No se sentía cómodo frente a grupos de personas.

Siempre tenía la sensación de que lo observaban, lo juzgaban o lo rechazaban por su origen y apariencia.

Desde luego, todo aquello existía únicamente en su mente.

Eran heridas que nunca habían terminado de sanar: los traumas provocados por experiencias de su padre y el trato déspota que había recibido de algunos maestros y compañeros durante su infancia.

Mophy había sido un alumno por encima del promedio.

Aun así, pasaba los días entre el miedo y el enojo.

En el fondo se consideraba un hombre superior.

Simplemente pensaba que el mundo aún no era capaz de reconocerlo.

Seis meses antes de terminar la preparatoria decidió abandonar los estudios para trabajar y ayudar económicamente a su madre.

Entonces comenzó a construir una nueva versión de sí mismo.

Imaginó que usaría una máscara.

Una máscara que los demás admirarían.

Tomó cursos de actuación por internet y aprendió cómo los actores modifican sus gestos, emociones y lenguaje corporal para dar vida a distintos personajes.

También leyó libros y ensayos sobre Programación Neurolingüística, con el propósito de comprender mejor el comportamiento humano.

En escasos ocho meses había desarrollado la personalidad del vendedor perfecto.

No vendía productos.

Creaba necesidades.

Comenzó trabajando en una ferretería y poco después consiguió empleo en una constructora.

Cada dos años cambiaba de empresa.

Siempre por otra de mayor tamaño.

Ahora trabajaba para la tercera constructora más grande del país.

Mophy recordó entonces cómo su padre reservaba tiempo cada semana para jugar al menos una partida de ajedrez con él.

Le enseñaba estrategias, aperturas, celadas y finales.

Para Paul, su padre era el mejor jugador de ajedrez entre todos sus compañeros de trabajo.

Lo sabía porque, en un par de ocasiones, lo acompañó a la obra un sábado de media jornada.

Cada vez que llegaban, varios trabajadores exclamaban:

—¡Ya llegó el campeón del ajedrez!

Después preguntaban sonriendo:

—¿Y tú también juegas tan bien como tu papá?

Aquello hacía sentir especial a Paul.

Por primera vez en mucho tiempo encontraba un lugar donde era motivo de orgullo y no de burla.

Su padre no era un hombre cualquiera.

Era un albañil excepcional.

Cuando Paul tenía apenas ocho años vio llegar a su padre con la frente ensangrentada.

Era un sábado por la tarde.

Amin Romei intentó tranquilizarlo.

—No te preocupes, hijo. Estoy bien. Solo tuve un accidente de trabajo.

Mientras la madre de Paul limpiaba la herida, pidió al niño que fuera con la vecina por el botiquín de primeros auxilios que le había prestado días antes.

Paul salió corriendo.

Regresó pocos minutos después.

Antes de entrar escuchó la conversación de sus padres.

—Unos policías pasaban frente a la obra y nos vieron jugando ajedrez.

Amin hizo una pausa.

—Mi error fue ganarles.

Continuó hablando con evidente tristeza.

—Desde las primeras jugadas noté que apenas conocían el juego. Sin embargo, insistían en que un albañil no podía derrotarlos.

Suspiró.

—Jugamos una partida tras otra. Cada derrota los enfurecía más. Cuando comprendí que realmente estaban perdiendo el control intenté dejarme ganar... pero fue peor.

Guardó silencio unos segundos.

—Dijeron que estaba haciendo trampa.

»Uno de ellos me golpeó con la macana en la frente.

»Caí sobre el piso.

»Las piezas salieron volando.

»Quedé cubierto de tierra y cemento fresco.

Amin respiró profundamente antes de continuar.

—Mis compañeros se asustaron porque otro policía puso la mano sobre la empuñadura de su arma.

»No la desenfundó.

»Solo quiso que todos la vieran.

»Después apoyó el pie sobre mi espalda mientras repetía:

"Son unos tramposos".

»Un minuto más tarde se marcharon riéndose.

Paul permanecía inmóvil junto a la puerta con el botiquín entre las manos.

No entendía cómo alguien podía golpear a otra persona únicamente por perder una partida de ajedrez.

Aquel instante quedó grabado para siempre en su memoria.

Entró finalmente a la habitación.

—¿Por qué tardaste tanto? —preguntó su madre.

—La vecina tardó un poco en encontrar el botiquín. Dice que ya repuso las vendas que había tomado prestadas.

Paul se acercó a su padre.

—¿Papá, estás bien?

Amin sonrió.

—Sí, hijo. Solo es un rasguño. Ya sabes lo mucho que sangra la cabeza.

Le guiñó un ojo.

—Más tarde jugaremos nuestra partida.

Aquella partida nunca llegó.

La madre de Paul le pidió que dejara descansar a su padre.

Paul obedeció.

Comprendía que necesitaba recuperarse.

Sin embargo, ese día en la imagen del héroe que tenía frente a él.

Surgió la primera grieta.

Mophy volvió al presente.

Sus ojos regresaron lentamente al tablero magnético.

Ya no era aquel niño que admiraba a su padre.

Ahora era él quien movía las piezas.

James todavía no lo sabía.

Pero la verdadera partida apenas comenzaba.