Veintitrés Capítulo 7
12%

Capítulo 7

—¿Qué tenemos? —preguntó Lucas, sin preámbulos.

James tardó algunos segundos en reaccionar y respondió con voz calmada:

—Tenemos una amenaza de asesinato. Aún no sé dónde ni cuándo, pero sé que todavía estamos en la apertura. Eso significa que aún tenemos tiempo... si aprendemos a pensar como él.

James seguía revisando la información que tenía sobre Marla cuando sonó la extensión telefónica.

—¡Detective Miller!

—Hola, detective Miller —dijo una voz grave, serena.

No sonaba como un asesino—.

»¿Ya has pensado tu jugada?

James hizo de inmediato señas para que rastrearan la llamada y, al mismo tiempo, respondió:

—Ya tengo un par de opciones... «Albañil».

La voz respondió sin alterar el tono.

—Bueno, un par me parecen pocas para un supuesto campeón. Veo que ya hiciste la traducción.

El Albañil, como James había identificado lo escrito en el tablero magnético (Eamil Binaa), hablaba sin prisa, otorgando peso a cada palabra.

James retomó el mensaje que había publicado con su última jugada.

—Podemos terminar esta partida tú y yo. No hace falta que sigan muriendo inocentes.

La voz respondió:

—No es por menospreciarte, pero soy mejor que tú y, a diferencia tuya, no lo presumo ni abuso de mi posición.

James esperó,

—Entonces demuéstralo. Juguemos solos tú y yo. Dime el lugar y la hora. Ahí estaré.

El Albañil tardó unos segundos en responder.

Mientras tanto, James insistía con señas a Harold para conocer la ubicación del teléfono.

Harold solo movía la cabeza de un lado a otro.

Todavía no la tenían.

La voz suspiró.

—Si realmente los policías son los mejores, tendrán que demostrarlo. De lo contrario, habrá muchos muertos.

James lo interrumpió.

—¿Qué pasará cuando yo capture tus piezas?

El Albañil respondió con absoluta serenidad.

—Es muy sencillo. Cada pieza que captures te acercará a la victoria. Cada error, en cambio, tendrá un nombre... y un rostro.

Colgó.

—¿Qué tienes, Harold? —preguntó James con tono severo.

—Solo sé que está en Connecticut, pero no tenemos el punto exacto. Es un celular desechable.

James tomó nota del lugar.

Sacó el tablero magnético.

Colocó pequeños Post-it con el nombre de la ciudad donde habían asesinado a Marla y otro indicando que la llamada provenía de Connecticut.

Permaneció inmóvil frente al tablero.

Comprendió que, si se equivocaba, cada movimiento tendría un costo humano.

Todo su cuerpo se tensó.

Durante toda su carrera como detective había iniciado investigaciones desde escenarios igual de complejos, pero siempre conservando la sensación de control.

Esta vez era diferente.

El Albañil parecía estar extraordinariamente preparado y poseía una de las mayores virtudes de un gran ajedrecista: anticipar las reacciones de su rival.

Finalmente respiró profundamente.

Solo entonces se dio cuenta del nivel de tensión que estaba soportando.

Se secó el rostro y miró el reloj.

Habían pasado más de treinta minutos observando el tablero.

Tomó un poco de agua.

—Está amenazando mi caballo en f3 con la siguiente jugada...

Levantó la vista.

—¡Carajo!... Después vendrá el jaque mate.

Guardó el tablero y salió del precinto.

Caminó un par de cuadras.

Mientras caminaba sudaba incluso más que cuando permanecía concentrado frente al tablero.

La temperatura rondaba los 34 °C y, aun así, el calor le resultaba agradable.

James acostumbraba a nadar todas las mañanas, pero desde que recibió el tablero magnético había abandonado esa rutina.  Esos cuarenta y cinco minutos dentro de la alberca podrían ayudarlo a recuperar la claridad.

En ese momento recordó la condición física del sospechoso descrita por López.

Sacó el teléfono y llamó por videollamada a Greta.

—Hola, papá. ¿Cómo estás?

—Muy bien, hija. ¿Y tú? ¿Llegaron bien?

—Sí. Todo perfecto.

—Excelente. Quiero volver a disculparme por lo del fin de semana. Ya sabes... cosas de policías.

Greta sonrió.

—No te preocupes, papá. Sea lo que sea que hayas pensado, sé que tenías buenas intenciones.

Conversaron durante unos minutos.

La charla derivó hacia la natación.

James comentó que llevaba varios días sin entrenar y preguntó si ella y Jamal practicaban algún deporte.

—Con mi trabajo hago suficiente ejercicio —respondió Greta—, pero Jamal corre entre ocho y diez kilómetros todas las mañanas.

James sonrió.

—Debe mantenerse en forma para seguirte el paso.

Hizo una pausa.

—No te quito más tiempo. Tus pacientes deben estar esperando a su doctora. Te mando un beso.

Greta sonrió y colgaron.

James seguía sin descartar completamente a Jamal.

Sin embargo, empezaba a reconocer que el Albañil estaba consiguiendo exactamente lo que buscaba: sembrar desconfianza incluso dentro de su propia familia.

La voz no coincidía con la de Jamal.

Aunque, pensó, una voz también puede disfrazarse.

Regresó al precinto y llamó a López.

—Hola, James. No tenemos nada nuevo sobre el sujeto. Hemos llegado a varios callejones sin salida. ¿Tú tienes algo?

—No mucho. El Albañil ya hizo su siguiente jugada y llamó desde Connecticut. No pudimos localizar el punto exacto, pero, como verás, se mueve constantemente y eso hace mucho más difícil encontrar un patrón.

Guardó silencio unos segundos.

—¿Puedes darme un poco más de información sobre la descripción física? Necesito asegurarme de no cometer un error.

López respondió:

—No hay mucho más de lo que ya te había dicho.

Permaneció unos segundos en silencio.

—Espera... acabo de recordar algo. Inicialmente pensamos que tenía entre treinta y cuarenta años.

Sin embargo, revisando nuevamente las cámaras creemos, con un alto grado de certeza, que su edad está entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco años.

Está en muy buena condición física y eso fue lo que nos confundió.

James sintió un enorme alivio.

Después de unos segundos respondió:

—Gracias, López. Con eso puedo descartar una duda importante.