Capítulo 4 #2
—¡Carter! —llamó López.
Casi de inmediato apareció el oficial.
—Dígame, detective.
—Necesito que el equipo de sistemas revise todas las cámaras del Parque Franklin correspondientes al domingo. También quiero cruzar esas imágenes con las de las calles cercanas al departamento.
—Enseguida.
Carter salió prácticamente corriendo.
López volvió la mirada hacia James.
—Te llevaré al hotel. Está muy cerca de aquí.
Durante el trayecto, López rompió el silencio.
—¿Qué hiciste en Bismarck para que ahora tengamos a un fulano matando gente en Boston?
James se pasó una mano por el cabello y soltó lentamente el aire.
—No sé si sea hombre o mujer, pero todo indica que haber ganado un torneo de ajedrez despertó la ira de algún resentido.
Tengo claro que el ajedrez será el lenguaje con el que intentará comunicarse conmigo, pero con tantas posibilidades dentro del juego no tengo la menor idea de hacia dónde enfocar la investigación.
López comprendió perfectamente la frustración del detective.
—Bueno, Miller, si esto va a desarrollarse como una partida de ajedrez, entonces tendremos que jugar nosotros también, ¿no te parece?
James guardó silencio.
López continuó.
—¿Cómo podríamos hacer que este tipo crea que nos lleva ventaja? ¿Cómo lograr que se muestre y cometa un error? Igual que en una partida.
Las palabras de López provocaron un cambio inmediato en la expresión de James.
Aquella observación acababa de abrir una posibilidad completamente distinta.
—Hemos llegado. Mañana pasaré por ti a las 7:30.
James bajó del automóvil y entró al hotel.
Una vez en la habitación llamó a Sofía.
Le explicó que todo marchaba bien y que permanecería algunos días más en Boston.
No le habló del asesinato ni de los detalles del caso.
Ambos tenían un acuerdo desde hacía años: cuando alguno viajaba, debía avisar al llegar y mantenerse en contacto para tranquilidad del otro.
Después de despedirse, James dejó el teléfono sobre el buró y se sentó en la cama con el tablero magnético sobre las piernas.
Actualizó la posición.
«Gambito de Rey».
Qué conveniente para ti.
Ya contabas con que no respondería a la jugada inicial.
Su primer impulso fue consultar un motor de análisis para revisar las mejores continuaciones de la apertura.
Descartó la idea casi de inmediato.
El asesino no estaba jugando únicamente ajedrez.
Estaba jugando con personas.
Necesitaba una jugada sólida, que no comprometiera material, le permitiera ganar tiempo y, sobre todo, evitara caer en una línea predecible.
Pidió un club sándwich y una cerveza para cenar en la habitación.
Mientras comía seguía observando el tablero.
En la apertura existían demasiadas posibilidades.
Además, muchas variantes terminaban transponiendo a otras aperturas completamente distintas.
Terminó la cena.
Continuó analizando durante casi una hora.
Finalmente tomó el teléfono y llamó a Harold.
Eran las dos de la madrugada.
—¡¿Qué carajos, James?! —respondió Harold apenas contestó.
—El miércoles publica en la Tribuna de Bismarck el siguiente mensaje:
«J.M. Mi jugada es Cf3 (caballo f3). Dime, ¿por qué involucrar a otros? Juguemos solos tú y yo».
—De acuerdo. Cuenta con ello.
***
4 de abril
09:10 horas
Mophy caminaba por Blue Hills Avenue, en Boston.
Se detuvo a comprar el periódico como cualquier ciudadano, pagó, colocó el ejemplar bajo el brazo y entró al café más cercano.
El lugar estaba ocupado aproximadamente a la mitad de su capacidad.
Poco después se acercó una mujer de baja estatura y gesto poco amable.
—¿Qué va a tomar? —dijo con presteza.
Mophy, sin levantar la vista, pidió un desayuno Full Boston y un café negro, sin dar importancia a los modos de la mesera.
La mesera se retiró tan rápido como había llegado.
Desayunó con cierta prisa y, después del último sorbo de café, abrió el periódico y buscó las notas policiacas.
La principal decía:
«Encuentran a una joven muerta en su departamento por posible ahogamiento. No se conocen más detalles; sin embargo, hubo un importante despliegue policial».
El rostro de Mophy se tensó.
«¿Habrán llamado a James... o creen que pueden resolverlo solos?», pensó.
Pagó la cuenta, dejó una generosa propina y caminó hasta un teléfono público.
Marcó al Precinto 34 de Bismarck.
—Precinto 34.
—Busco al detective James Miller.
—No se encuentra. Si gusta dejar su nombre, con gusto le daremos el mensaje.
Mophy soltó una carcajada larga y, después de tomar aire, respondió:
—Dígale al detective Miller que espero su próxima jugada.
Colgó inmediatamente.
Al salir de la cabina verificó que la cámara instalada en la esquina de la avenida no pudiera captarlo mientras se alejaba caminando en dirección contraria.
—¡Harold! —gritó un oficial desde recepción.
—¿Qué pasó?
—Acaban de llamar buscando al detective Miller.
—¿Y eso qué tiene de especial?
—Después de una carcajada bastante extraña, dijo que espera su próxima jugada.
Harold reaccionó de inmediato.
—Rastrea el origen de esa llamada.
Menos de cuatro minutos después ya estaba marcándole a James.
Uno...
Dos...
Tres timbres.
Finalmente contestó.
—Detective Miller.
—James, acaba de llamar el maldito loco desde un teléfono público ubicado en Julian y Blue Hills Avenue, en Boston. Dijo que espera tu próxima jugada.
James y López salieron inmediatamente hacia ese punto.
Llegaron pocos minutos después.
No encontraron a nadie con actitud sospechosa.
Revisaron las cámaras cercanas al teléfono público.
No obtuvieron absolutamente nada.
Desde el quinto piso de un edificio contiguo, Mophy observaba toda la movilización policial.
Sonrió.
Le divertía contemplar cómo decenas de policías corrían de un lado a otro sin saber siquiera en qué dirección buscar.
Se volvió hacia las personas que lo acompañaban.
—Tendrán una excelente oficina en este piso. La vista es magnífica. Nuestros arquitectos entregarán hoy la propuesta definitiva. Las dos semanas de evaluación han sido muy productivas y, con su aprobación, podremos comenzar la obra de inmediato.
Mientras tanto, James y López seguían recorriendo la zona.
Sabían que el asesino debía encontrarse cerca.
Sin embargo, era como buscar una aguja en un pajar... con los ojos vendados.
Las cámaras más próximas al teléfono público tampoco ofrecían ninguna imagen útil.
James terminó por aceptar que no encontrarían nada más ese día.
Miró a López.
—Llévame al aeropuerto. Debo regresar a Dakota.
Hizo una breve pausa.
—Envíame todo lo que encuentren. Seguiremos en contacto.
Durante el vuelo de regreso a Bismarck, James volvió a sacar el tablero magnético.
Mientras observaba las piezas comenzó a formular nuevas hipótesis.
«¿Cada pieza representa a una persona de Bismarck?»
Negó lentamente con la cabeza.
«No... falta algo.»
Sacó el teléfono celular y envió el mismo mensaje a López y a Harold.
«¿La víctima o alguno de sus familiares tenía relación con el ajedrez?»
Quince minutos después recibió la respuesta de Harold.
«El padre de Marla fue jugador aficionado durante la secundaria.»
James dejó el tablero sobre la bandeja del asiento.
Las piezas permanecían inmóviles.
Sin embargo, tenía la clara sensación de que la partida seguía avanzando... incluso cuando nadie movía una sola pieza.