Capítulo 4
Había transcurrido una semana desde la llegada del tablero magnético y, por primera vez, James empezaba a creer que todo había sido una broma de mal gusto. Diez minutos después descubriría que estaba equivocado.
James volvió a preguntarle a Harold si se había obtenido alguna información del paquete.
—No se tienen datos del remitente, James.
El paquete fue pagado con una tarjeta de prepago, en un despachador automático y sin una cámara de video en funcionamiento, como ya te había informado.
Seguro es un resentido que no tiene nada que hacer y quería alterarnos —dijo Harold con palabras entrecortadas, sin dejar de alternar mordidas a su dona con sorbos de café negro mientras respondía.
—Detective Miller.
Era fácil detectar cuándo James Miller estaba alterado: su voz, normalmente cálida, adquiría un matiz tajante en cada palabra y dejaba claro que no había espacio para charlas sin sentido o de simple cordialidad. Sentía que pronto tendría noticias de su retador.
Al otro lado del auricular se escuchó una voz que prescindía de toda formalidad entre miembros del cuerpo de policía.
—Buenos días, detective Miller. Habla el detective López, del Precinto 18 de Boston. Hemos encontrado el cuerpo de una joven de aproximadamente veintiséis años, muerta en su apartamento—
—¿Y por qué me llama a mí, detective, si esto ocurrió en Boston? —James lo interrumpió.
—Hay varias razones —respondió López—, las cuales explicaré una vez que se presente con nosotros en Boston. Solo puedo adelantarle que hay un peón de ajedrez en la víctima —López guardó silencio, esperando alguna reacción de Miller—
Miller no dijo nada
—Y la principal: hay una nota dirigida a usted.
»Avíseme en qué vuelo llega e iré por usted al aeropuerto.
—De acuerdo —dijo James, y colgó.
James permaneció inmóvil unos segundos. El tablero no había sido una provocación: era el primer movimiento de una partida real. Lo que más lo inquietó no fue el asesinato, sino que hubiera ocurrido a cientos de kilómetros de Bismarck.
—¡Jefe! Han dejado una nota para mí en Boston, en el cuerpo de una mujer de veintiséis años. »Aún no tengo más detalles, pero seguramente es el mismo que envió el tablero de ajedrez. »Salgo para Boston en el próximo vuelo.
—De acuerdo, James. Mantenme informado y asegúrate de que no se filtre a la prensa; seguramente es lo que busca este criminal.
James asintió, dio media vuelta hacia su escritorio, tomó el tablero de ajedrez, lo guardó en el bolsillo y salió hacia su casa para después tomar el próximo vuelo.
Ya en casa, James solo le comentó a Sofía que habían solicitado su apoyo en Boston y que estaría fuera unos días. Esto no le causó extrañeza, ya que en varias ocasiones le habían pedido asesoría desde distintos estados del país para casos complejos.
En el avión, James sacó de su chaqueta el tablero de ajedrez, pero este no le daba ninguna pista. No entendía qué jugada podía relacionar a una joven de Boston con el tablero en juego.
Tomó su teléfono y escribió a Harold:
«Revisa en qué localidades se publica la Tribuna de Bismarck. ¿Hay membresías en internet o alguna forma de rastrear quiénes la compraron el 23 de marzo o en los días posteriores? Necesito que sea a partir de esa fecha».
Harold, no muy dispuesto, respondió casi de inmediato:
«Lo reviso y te informo, pero te anticipo que la Tribuna de Bismarck se distribuye mayormente en formato impreso y de manera gratuita en toda la ciudad».
Al llegar al Aeropuerto Internacional Logan, James se encontró, a la salida del avión, con el detective López, quien lo identificó de inmediato.
—¡Detective Miller! Por aquí. Soy el detective López. Sígame, por favor.
Bruno López medía 1.82 metros, igual que James. Vestía traje y corbata gris, camisa blanca y zapatos negros impecables. Llevaba la placa de detective a la vista, en la solapa del traje.
Una vez en el auto de López, James hizo la pregunta obligada:
—¿Qué dice la nota que encontraron?
—Léelo por ti mismo —respondió López.
Sacó la nota de una pequeña bolsa plástica que llevaba en el saco y se la entregó a James.
Era una hoja de papel igual a la que había recibido con el tablero una semana antes. El texto impreso decía lo siguiente:
«Detective James Miller, de Bismarck, Precinto 34: como no hiciste tu jugada, la hice por ti: 2. f4 exf4».
James sacó el tablero magnético del bolsillo y realizó la jugada correspondiente a las piezas blancas, seguida de la captura de las negras.
El mensaje presentaba la misma pulcritud, color y tipo de papel que el primero recibido en Bismarck:
«Te recomiendo no volver a omitir tu jugada. Esta vez solo fue un peón».
Una avalancha de ideas cruzó por la mente de James y tuvo que tomar aire para controlar sus pensamientos.
—¿Estás bien? —preguntó López.
—Sí, estoy bien. ¿Cuánto falta para llegar?
—Estamos a dos minutos del lugar.
Eran las 17:30 horas cuando llegaron al domicilio de Marla Pendleton, en la calle Quincy.
Al entrar al edificio se veían rostros nerviosos en algunas puertas; algunas miradas del personal policial escrutaban a James al pasar, finalmente entraron al apartamento en el tercer piso, donde aún había personal de medicina forense recolectando evidencias, tomando fotografías y recolectando muestras que pudieran dar pistas sobre el responsable del asesinato.
López y Miller pasaron por el recibidor hasta la recámara, despacio y sin hablar, el cuerpo de Marla ya se encontraba dentro de una bolsa negra.
López le dio un par de guantes a James y le indicó que revisara la garganta de la joven.
James, sin tocar nada más que la mandíbula de la occisa hizo presión para abrirle la boca y pudo ver que tenía atorada en la garganta un peón de ajedrez.
Marla presentaba marcas en las muñecas, los tobillos y el cuello.
—¿Y esas marcas? —preguntó James.
—La encontraron atada de brazos y piernas en la cama —respondió López—. También se encontró un distractor mandibular. La entrada al departamento no fue forzada y, de acuerdo con los vecinos de este piso, tampoco se escucharon ruidos ni gritos.
En ese momento se acercó un policía a López para confirmarle que habían encontrado restos de cloroformo en el recibidor.
—¿Tienen información de la víctima? ¿A qué se dedicaba? —preguntó James.
—Sí. Era asistente de Dirección en la Academia Latina de Boston. Soltera. Nada especial —dijo López—, al menos nada a primera vista.
—¿Sabes si jugaba ajedrez o participaba en alguna actividad relacionada con este juego?
—También revisamos eso, pero no encontramos nada. Al parecer, no jugaba ni bingo.
James se levantó y observó la habitación.
Inspeccionó cada rincón: comenzó por los cuadros decorativos; después, la lámpara de lectura, un reloj cucú, un diploma de danza artística... De pronto, fijó la vista en una fotografía donde aparecían tres personas abrazadas, con el Fuerte Abraham Lincoln de Dakota del Norte al fondo.
—López, ¿saben quiénes son los padres de la occisa? —preguntó James.
—Lo averiguo de inmediato.
—¡Carter, ven aquí! Investiga quiénes son los padres o familiares de Marla, de dónde son originarios y, si Marla era de Dakota del Norte, cuándo llegó a Boston.
Mientras Carter se alejaba, James continuó inspeccionando la habitación.
Pudo apreciar marcas sobre el piso, similares a las que deja el tacón de una zapatilla cuando una persona es arrastrada.
—¿Cuál es tu teoría hasta el momento? —preguntó James.
López se recargó en el marco de la puerta antes de responder.
—Creo que esto ocurrió la noche del domingo, aproximadamente entre las 21:00 y las 22:00 horas, de acuerdo con el rigor mortis que presentaba el cuerpo. Ella conocía a esta persona o la estaba esperando; por eso abrió la puerta y la dejó entrar.
Hizo una breve pausa.
—Con lo que tenemos hasta ahora pienso que primero la sedó, después la inmovilizó y el resto lo tienes a la vista, hasta provocarle la asfixia.
Señaló la cama.
—También encontramos restos de tierra sobre las sábanas, por lo que creemos que el agresor, o la agresora, permaneció sobre ella para evitar que pudiera reaccionar mientras se ahogaba.
James guardó silencio.
López continuó.
—Hasta el momento no tenemos huellas de calzado ni huellas dactilares distintas de las de Marla.
James permaneció pensativo unos segundos.
—¿Ya revisaron las cámaras?
—Sí; lamentablemente dejaron de funcionar hace dos días, así que por ese lado no tenemos nada. Estamos revisando las cámaras de las calles cercanas para intentar obtener alguna pista.
En ese momento regresó Carter.
—Marla era hija de Carl y Marie Pendleton, originarios de Bismarck, Dakota del Norte.
James apretó los puños.
Comprendió que el asesino no estaba eligiendo víctimas al azar.
Estaba construyendo un mensaje.
Y él era el único destinatario.
López interrumpió sus pensamientos.
—Vamos a la estación. Revisemos los videos. No creo que encontremos algo más aquí.
James asintió, aunque antes hizo una última pregunta.
—¿Cómo se enteraron del cuerpo? Si los vecinos no escucharon nada...
—Recibimos una llamada anónima, indicando que había ruidos extraños en el departamento. Los oficiales acudieron, tocaron varias veces sin obtener respuesta y solicitaron al conserje que les abriera. Fue entonces cuando encontraron lo que ya conoces.
Hizo una breve pausa.
—La llamada se hizo desde el teléfono público que está justo frente al edificio. No dejó datos. Quien llamó dijo que no quería involucrarse en problemas de pareja. Solo sabemos que era una voz masculina y sonaba realmente preocupada.
López negó con la cabeza.
—Tampoco encontramos huellas en el teléfono. Estaba completamente limpio.
Al llegar al Precinto 18 de Boston, James se sentó junto a López para revisar los videos de las calles Magnolia y Mascoma.
Nada parecía tener importancia.
Después de varios minutos, James preguntó:
—¿Tenemos forma de saber dónde estuvo Marla durante ese día?
—El conserje del edificio comentó que Marla acostumbraba ir todos los domingos al Parque Franklin.
—Bien. Revisa las cámaras del parque y veamos si encontramos algún rostro conocido cerca de Quincy.