Capítulo 3
Nadie imaginó que aquella pequeña caja era la primera pieza de un plan construido a lo largo de más de tres décadas.
—¡Aquí estoy! —respondió James desde el escritorio situado junto a la única ventana de ese piso.
James necesitaba tener vista al exterior para no sufrir ataques de claustrofobia. Los espacios cerrados lo afectaban notoriamente.
Dejó la caja sobre el escritorio.
Estaba envuelta en celofán blanco y negro, medía apenas 15 × 15 cm y no tenía remitente.
La observó durante algunos segundos sin tocarla.
Era demasiado pequeña para contener un artefacto peligroso, pero lo suficientemente extraña para despertar su curiosidad.
Miró alrededor de la oficina.
Varios detectives seguían trabajando con aparente normalidad.
—¿Muy ocupados para las bromas hoy? —preguntó con una ligera sonrisa.
Nadie respondió.
James volvió a mirar la caja.
Inicialmente pensó que alguno de sus compañeros había decidido gastarle una broma.
No sería la primera vez.
Cortó la cinta adhesiva y movió lentamente la tapa con la yema de los dedos para abrir la caja.
En su interior descansaba una única hoja de papel color marfil, doblada exactamente por la mitad.
La tomó con cuidado.
El papel era grueso, de excelente calidad, cuidadosamente doblado.
No había membretes, fechas, firmas o alguna marca particular que permitiera identificar su origen.
Todo parecía haber sido preparado con una precisión casi obsesiva.
Antes de desdoblar la hoja, James miró a sus compañeros, esperando encontrar en alguno de ellos la sonrisa que delatara la broma.
No encontró ninguna. Desdobló la hoja.
En la parte superior, centrado con absoluta simetría, el texto decía:
«Reglas:»
• Número uno: debes jugar y publicar tu jugada en la Tribuna de Bismarck, en la sección de clasificados, en un tiempo no mayor a 72 horas.
• Número dos: no está permitido rendirse; debe ser jaque mate.
• Número tres: si no juegas, igual alguien pierde.
• Número cuatro: este juego es intransferible, a menos que mueras.
James permaneció inmóvil.
Las leyó de nuevo.
Esta vez más despacio.
Ya no buscó la sonrisa de sus compañeros.
Volvió a mirar el interior de la caja.
Creía haber retirado todo su contenido.
No era así.
Debajo de la hoja descansaba un pequeño tablero de ajedrez.
Lo tomó entre las manos.
Era un tablero magnético de excelente manufactura, con piezas imantadas perfectamente acomodadas en la posición inicial de una partida.
Algo llamó inmediatamente su atención.
El marco del tablero mostraba dos inscripciones.
En uno de los lados podía leerse:
«POLICÍA»
En el lado opuesto:
«EAMIL BINAA»
James frunció el ceño.
Volvió a leer la inscripción.
—¿EAMIL BINAA?
Nadie respondió.
Durante unos segundos, el tablero pareció un objeto tan absurdo como la propia nota.
James volvió a colocarlo dentro de la caja.
Todavía no sabía que acababa de sostener entre sus manos todo lo necesario para resolver el caso.
Al observar las jugadas «e4» y «e5», un mal presentimiento recorrió a James.
La tarjeta adjunta lo confirmaba.
Aquello era mucho más que un reto.
James leyó el mensaje una y otra vez.
Con cada lectura, la amenaza parecía menos una provocación y más una promesa.
Guardó silencio unos segundos antes de levantarse para buscar a Lucas.
—Esto puede no ser nada. O simplemente una mala broma. Acabas de enfurecer a algún desequilibrado con tus comentarios en la Tribuna de Bismarck —dijo Lucas con tono áspero.
James sabía que no tenía sentido aclarar que aquel comentario no había sido suyo.
Sin embargo, también intuía que aquello terminaría convirtiéndose en un problema muy diferente de todos los que había enfrentado antes.
—La nota está impresa y no refleja absolutamente nada que pueda darnos una pista.
»Revisen si tiene alguna huella y verifiquen si tenemos a algún asistente al torneo reportado como desaparecido.
Lucas hizo una pausa mientras observaba la hoja.
—Ah... y esos tres puntos de la esquina superior izquierda.
James levantó la vista.
—¿Qué tienen?
—Probablemente nada.
Alguna marca de impresión, una referencia del fabricante o cualquier tontería de papelería.
Le devolvió la hoja.
En efecto, se apreciaban tres pequeños puntos en la esquina superior izquierda, apenas visibles.
—Pero documentemos todo.
James ya caminaba de regreso hacia su escritorio cuando respondió:
—Voy a solicitar los reportes de todos los eventos ocurridos en la ciudad en las últimas 72 horas.
»Quiero absolutamente todo: desde infracciones de tránsito hasta accidentes.
»No podemos excluir nada.
»También pedí localizar al remitente del paquete, aunque la caja no trae sello ni etiqueta.
Lucas asintió.
—Sé que no hace falta decírtelo, pero definitivamente no puedes responder a esto en el periódico.
»Esperemos y veamos si solo se trata de un gracioso que quiere llamar tu atención.
»Mientras tanto, obtengan cualquier pista o huella.
El resto del día transcurrió entre reportes, llamadas y revisiones sin resultado.
La ausencia de respuestas resultaba más inquietante que cualquier evidencia.
Antes de marcharse, James guardó el tablero magnético en el bolsillo interior de la chaqueta.
Sin saber exactamente por qué, tenía la sensación de que muy pronto volvería a necesitarlo.