Veinte meses de fuego Capítulo XX #5
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Capítulo XX #5

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Cartas después del asedio

Huesca (en tránsito), 25 de marzo de 1938

Querida Lola:

Tres días después de que terminara el asedio y todavía no he salido de Huesca. Hay cosas que hacer, órdenes que esperar, una cantidad enorme de trámites militares que el Ejército gestiona con su ritmo propio que no siempre coincide con el ritmo de las personas que lo integran.

Pero voy a aprovechar para contarte algo que no te conté en la carta del veintidós porque estaba demasiado lleno de todo para ponerlo en palabras.

Cuando el sargento Enciso dijo "el asedio ha terminado", el primero en reaccionar fue el Caspi.

No con palabras ni con gestos: sencillamente se volvió hacia el este, hacia donde está Caspe, y se quedó mirando en esa dirección durante un rato largo.

Como si pudiera verlo desde aquí. Como si los ojos pudieran hacer el viaje que el cuerpo todavía no podía hacer.

El Ángel se sentó en el suelo y lloró. Lloró con la cara entre las manos durante diez minutos y nadie lo interrumpió y nadie se apartó de él. Lo dejamos llorar porque era lo correcto.

Ferando llamó a su mujer. No por teléfono —no había manera en ese momento—, sino en voz alta, en valenciano, mirando hacia el sur donde estaba Valencia. La llamó por su nombre, Mercedes, y le dijo algo en valenciano que no entendí pero que entendí perfectamente.

Esteban me abrazó. Esteban, que es el hombre más físicamente bravo que he conocido y que durante diecisiete meses nunca le vi una duda, me abrazó con una fuerza que revelaba todo lo que había guardado dentro durante todo ese tiempo.

Y yo pensé en ti.

Vengo, Lola.

Miguel

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Plasencia del Monte, 28 de marzo de 1938

Miguel:

Tu carta del veintidós llegó ayer. La del veinticinco llegó esta mañana, con un solo día de diferencia. El correo, que llevaba diecisiete meses torturándome, ha decidido ser razonablemente eficiente justo cuando más lo necesitaba.

He leído las dos en la acequia. Era por la tarde y el sol estaba bajo y el agua sonaba como siempre. He leído el Caspi mirando hacia Caspe y el Ángel llorando y Ferando llamando a Mercedes y Esteban abrazándote, y he tenido que dejar de leer un momento para respirar.

Esa gente, esos hombres que has descrito en cuarenta y tantas cartas, ya los conozco. Ya son reales para mí. Diles que aquí también los queremos, aunque no los conozcamos de nada. Así es como funciona esto.

Ven, Miguel. Ya puedes venir.

Lola

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Capítulo XXIII-bis

La conversación larga

Estuvieron en la acequia desde el mediodía hasta que el sol empezó a bajar y el frío de la tarde les recordó que abril en la Hoya de Huesca todavía tenía invierno dentro.

Nadie los buscó. La señora Pilar, que sabía perfectamente dónde estaban, guardó el guiso en el fuego bajo y esperó.

El herrero Ferrer, que también lo sabía, se fue al taller a trabajar y dejó la puerta entornada.

Hablaron de todo. De las cosas que estaban en las cartas y de las que no estaban.

De Francisco Roca, el hombre que murió aquella tarde de abril del treinta y siete, cuyo nombre Miguel pronunció en voz alta por primera vez desde entonces, como si pronunciarlo fuera la manera de no dejar que la memoria se convirtiera en herida no examinada.

De los bombeos del catorce de octubre, cuando el suelo no paró de temblar durante doce horas.

De la jota del Caspi en Nochebuena. De los calcetines que Lola tejió con la puntada irregular.

—¿Sabes cuándo supe que te quería? —dijo Lola en algún momento de la tarde, con la voz de alguien que ha pensado mucho esto y ha decidido que ya es el momento de decirlo.

—¿Cuándo? —dijo Miguel.

—El día que recibí tu carta del primero de noviembre del treinta y seis.

La de Día de Difuntos, los claveles en la ventana.

Cuando la leí supe que no era solo un amigo que me escribía.

Que lo que me dolía cuando tardaban las cartas no era el silencio sino la posibilidad de perder algo que ya era mío sin saber que lo era.

Miguel lo pensó.

—Yo lo supe antes —dijo.

—¿Cuándo?

—La tarde de las ranas. Seis años. Cuando te sentaste a mi lado sin decir nada.

Lola lo miró.

—Tenías seis años.

—No lo sabía entonces —dijo Miguel—. Pero lo recuerdo con una claridad que no tengo de muchas otras cosas. Y cuando busco el principio, ese es el principio.

Lola no dijo nada durante un rato. El agua corría. Los pájaros hacían lo que hacen los pájaros en abril.

—Pues llevamos mucho tiempo perdiendo el tiempo —dijo ella finalmente.

—O guardándolo —dijo Miguel.

Lola consideró esto.

—Guardándolo —dijo—. Sí. Eso también vale.

Se quedaron en silencio otro rato. Era el tipo de silencio que ya no necesita rellenarse porque está hecho de todo lo que se ha dicho.

Cuando el sol acabó de bajar y el frío empezó a ser argumento suficiente para levantarse, se levantaron. Lola cogió la mano de Miguel igual que lo había cogido aquella tarde antes de que se fuera. Igual, pero diferente: sin la prisa de la despedida, sin el peso del adiós. Con tiempo.

Caminaron de vuelta al pueblo con el mismo paso de siempre. Con el paso de dos personas que han crecido juntas en el mismo bosque y que saben que van en la misma dirección.

Epílogo ampliado

Lo que sucedió después

El sargento Enciso recibió una condecoración que nunca mencionó y que sus hombres sabían que merecía.

Se retiró del Ejército en 1945 y volvió a Tarazona, donde abrió una librería pequeña que sobrevivió casi treinta años.

Entre los libros de la librería siempre había, en la estantería del fondo, un ejemplar de la Eneida de Virgilio y uno de Historia de Roma de Mommsen. Nunca los puso a la venta.

El Caspi volvió a Caspe y encontró sus almendros.

Habían sobrevivido al invierno del asedio y a los inviernos siguientes con la misma terquedad silenciosa que él mismo.

Cultivó su huerto durante veinte años más.

El belén de barro de su madre tenía ahora dos figuras nuevas, modeladas por el Caspi mismo con torpeza evidente pero con voluntad clara: un pastor delgado que podría ser cualquiera, y un soldado con gorro de lana.