Capítulo XX #4
La ciudad aguanta. La piedra de Huesca, que es muy antigua y muy compacta, aguanta los impactos de una manera que no deja de asombrarme. Hay edificios dañados, hay muros derrumbados, hay calles que ya no son como eran. Pero el núcleo de la ciudad está en pie. Y la guarnición está en pie.
He pensado mucho en el valor estos días. En qué es exactamente. He llegado a la conclusión de que el valor no es la ausencia de miedo —eso ya lo sabía— sino algo más específico: es la decisión de hacer lo que hay que hacer a pesar de que el miedo dice que no.
Y aquí hay mucho valor. En los mandos, en los compañeros, en los civiles que siguen en la ciudad. En el capitán Valls que opera bajo el bombardeo. En las mujeres que hacen cola para el racionamiento con la misma paciencia con que harían cola en tiempos de paz.
Y en ti, que aguantas desde allí.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 1 de noviembre de 1937
Miguel:
Segundo Día de Difuntos sin ti. He vuelto al cementerio. El viento del norte sigue siendo igual de inhóspito, pero ya lo espero.
He pensado mucho en lo que escribes sobre el valor.
Creo que el valor desde aquí es diferente: no es el valor de actuar, sino el valor de esperar.
De mantener el orden de la vida cuando el orden de la vida amenaza con deshacerse.
De levantarse por la mañana y hacer el pan y ir a por el agua y estudiar los libros de bachillerato que encontré en casa de los Pueyo y escribirte una carta, aunque no sepa si llegará.
No digo que sea lo mismo. Digo que también tiene su peso.
Esta noche mi madre ha hecho farinetes. Es el plato de Difuntos en nuestra familia desde que tengo memoria. Los farinetes de mi madre huelen a infancia y a cosas permanentes. Los he comido pensando en ti.
Trece meses, Miguel. Resiste.
Lola
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Huesca, 20 de noviembre de 1937
Querida Lola:
Los farinetes de tu madre. Los recuerdo. Los recuerdo de cuando éramos pequeños y yo me quedaba a comer en vuestra casa y tu madre nos llenaba los platos con una generosidad que yo entonces daba por supuesta y que ahora sé que no hay que dar por supuesto nada.
Enciso ha terminado su libro de historia romana. Lo ha cerrado esta tarde, en silencio, y lo ha guardado en la mochila. Nadie ha dicho nada, pero todos lo hemos visto. Ha sido como el final de algo que no teníamos nombre para llamar.
Luego Enciso ha sacado otro libro. Un libro más delgado, de tapas verdes, que resultó ser la Eneida de Virgilio en traducción castellana. Ha abierto por la primera página y ha empezado a leer. El Caspi ha dicho "ya estamos" y todos nos hemos reído y Enciso ha seguido leyendo sin inmutarse.
Seguimos.
Miguel
Cartas adicionales — Navidad 1937
Huesca, 24 de diciembre de 1937
Querida Lola:
Segunda Nochebuena del asedio. Enciso ha conseguido de algún sitio —seguimos sin preguntar— una pequeña botella de anís que ha pasado de mano en mano por toda la sección. A cada uno le ha tocado un sorbo. Ha sabido a Navidad exactamente.
El Caspi ha hecho algo esta noche que no esperaba de él.
Se ha sentado en un cajón en el centro del cuartel y ha cantado.
Ha cantado una jota, despacio, con la voz serena de alguien que canta para sí mismo pero que no tiene inconveniente en que otros escuchen.
Era una jota de Caspe, sobre los almendros y el río Ebro y las noches de verano, y la ha cantado entera, con todas sus coplas, sin perderse ni una.
Cuando ha terminado había un silencio que duraba.
El Ángel, que no había rezado en voz alta desde aquella vez en octubre, ha dicho al final de la canción del Caspi: "Eso también es una oración." Y yo creo que tenía razón.
Segunda Nochebuena. Espero que sea la última.
Feliz Navidad, Lola. Te deseo todo lo que mereces, que es mucho.
Miguel
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Plasencia del Monte, 28 de diciembre de 1937
Miguel:
La jota del Caspi me ha llegado al corazón, aunque no la haya escuchado. La imagino perfectamente.
Navidad aquí ha sido extraña: demasiado silenciosa para ser Navidad y demasiado llena de presencias ausentes.
Tu silla vacía en la cena de vuestros padres.
La foto que tu madre tiene en la repisa de la cocina, la del día que te dieron el uniforme, que te mira desde allí con esa sonrisa tuya incómoda ante las cámaras.
Te echo de menos de maneras que no esperaba.
Te echo de menos de las maneras obvias, claro.
Pero también te echo de menos de maneras pequeñas: la manera en que nunca sabías qué hacer con las manos cuando estabas parado.
La manera en que leías el periódico de mi padre empezando siempre por el tiempo, aunque el tiempo en el periódico siempre llega tarde.
La manera en que te ponías colorado cuando alguien te hacía un cumplido.
Esas cosas. Que no están en las cartas.
Feliz Navidad, Miguel. Segunda y última.
Lola
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Huesca, 15 de enero de 1938
Querida Lola:
Lo de las manos. Es verdad. Todavía no sé qué hacer con las manos cuando no tengo nada que hacer con ellas. Aquí al menos siempre hay algo que hacer, así que el problema se minimiza.
Ha empezado el año nuevo. El dieciocho. Cuando empezó el dieciséis no hubiera creído que estaría aquí en el dieciocho, y sin embargo aquí estoy.
Ha habido un acontecimiento importante esta semana: el Ángel ha aprendido a jugar al ajedrez.
El Caspi lo ha enseñado con una paciencia que no es su manera habitual de ser, así que todos estamos un poco sorprendidos.
Ángel resulta ser un jugador intuitivo, que mueve sin calcular demasiado, pero con un instinto que a veces acierta de maneras que dejan perplejo al contrario.
El Caspi dice que es peligroso jugar contra alguien que no sabe lo que está haciendo porque la imprevisibilidad del novato es más difícil de anticipar que la destreza del experto.
Creo que Enciso podría usar esto como metáfora táctica pero esta semana no ha abierto la Eneida, así que no ha habido ocasión.
Miguel
Cartas adicionales — Las últimas semanas del asedio
Plasencia del Monte, 3 de febrero de 1938
Miguel:
He recibido tres cartas tuyas juntas. Tres. Hice lo que cualquier persona sensata hubiera hecho en mi lugar: las puse en orden de fecha, las numere en el sobre, y las leí de una en una con calma. Tardé casi una hora. Fue la mejor hora de la semana.
Alberto Puértolas se ha ido definitivamente. Se ha marchado a Zaragoza a buscar trabajo. Le deseé buena suerte con sinceridad, que es la prueba de que lo nuestro era solo lo que te dije que era.
Tu hermana Celia ha conseguido oficialmente conducir el tractor de los Palacín.
El señor Palacín, que tiene setenta años y es el hombre más escéptico del pueblo, ha dicho que conduce "aceptablemente bien para ser mujer y tener dieciséis años".
Celia ha dicho que conduce "aceptablemente bien para cualquiera, sin distinciones".
El señor Palacín no ha sabido qué responder, que también es un triunfo.
Me alegra que el Ángel aprenda ajedrez. Que el Caspi le enseñe con paciencia. Que Enciso tenga la Eneida. Que Esteban siga siendo Esteban. Me alegra saber que estás rodeado de gente buena.
Pronto, Miguel. Que sea pronto.
Lola
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Huesca, 18 de febrero de 1938
Querida Lola:
Algo está pasando. No puedo decirte más porque no sé más, pero lo noto. Enciso está diferente estos días: más concentrado, más attento a las informaciones que llegan, más parco incluso de lo que es de costumbre, si eso es posible.
Las operaciones defensivas se han intensificado, lo cual al principio parecería mala señal pero en realidad no lo es: el enemigo también nota que algo está pasando y está presionando más, como el que aprieta antes de soltar.
Te cuento algo que me ha pasado esta semana.
Estaba de guardia la noche del lunes, solo, en el puesto del sector norte, y hubo un rato largo —dos horas, quizás, quizás más— en que no pasó absolutamente nada.
Sin disparos, sin movimiento, sin ruido.
El silencio más completo que he escuchado desde hace diecisiete meses.
Y en ese silencio me di cuenta de algo: que he aprendido a escuchar.
Que antes del asedio yo oía las cosas sin escucharlas de verdad.
Ahora escucho. El viento en la piedra, el paso de un centinela a cien metros, el sonido de la ciudad dormida.
Hay una calidad de atención que solo se aprende en el silencio que viene después de mucho ruido.
No sé si eso servirá de algo cuando todo esto acabe. Pero lo tengo.
Miguel
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Plasencia del Monte, 5 de marzo de 1938
Miguel:
Lo que describes, esa calidad de escuchar, lo entiendo.
Creo que yo también lo he aprendido, a mi manera, desde aquí.
Antes de la guerra yo oía las cosas de pasada, con la mitad de la atención, porque siempre había algo más urgente en la cabeza.
Ahora escucho. El cartero. El viento. La voz de tu madre cuando me pregunta si sé algo.
He terminado el segundo libro de texto. He empezado el tercero. Mi madre dice que si sigo así para el verano habré completado el equivalente a un bachillerato autodidacta, lo cual no servirá para ningún título oficial pero sí para muchas otras cosas. Tiene razón.
He hecho algo la semana pasada que no sé si tiene sentido contarte. Fui a la acequia. Sola, por la tarde. Me senté en el sitio de siempre. Estuve allí un rato largo sin hacer nada. Solo escuchando el agua.
Estabas allí, Miguel. De alguna manera estabas allí.
Lola
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Huesca, 12 de marzo de 1938
Querida Lola:
También yo estaba allí. Siempre estoy allí.
Diez días, Lola. En diez días se cumplen diecisiete meses y medio del asedio.
Pero algo me dice que no vamos a llegar a los dieciocho.
Algo en el aire de esta ciudad, en la manera en que los mandos se mueven, en las noticias que llegan fragmentadas pero consistentes: el frente se está moviendo.
Afuera, en otros sitios. El cerco tiene fisuras.
No me atrevo a decirte más porque no quiero prometerlo antes de que sea seguro. Pero necesitaba que lo supieras.
Guarda esta carta también en la caja.
Miguel