Veinte meses de fuego Capítulo XX #3
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Capítulo XX #3

Tu padre ha arreglado la acequia en el tramo del molino donde había una fuga desde el verano. Dice que ya era hora. Tu madre dice que lo lleva pidiendo desde hace dos años. Tu padre dice que el momento oportuno para arreglar una acequia es cuando se puede arreglar, no antes.

Son exactamente como siempre. Es un alivio.

Cuídate.

Lola

* * *

Huesca, 1 de noviembre de 1936

Querida Lola:

Día de Difuntos. Alguien ha puesto flores en las ventanas del cuartel. No sé quién ha conseguido flores en un cuartel sitiado, pero ahí están: un ramo de claveles secos que alguien dejó en el alféizar de la ventana del pasillo.

Enciso ha leído esta noche un trozo de su libro sobre las legiones de Julio César en las Galias.

Hay un pasaje sobre una batalla en invierno que se parece demasiado a nuestra situación como para resultar enteramente cómodo, aunque Enciso lo leyó con un tono absolutamente neutro, como si leyera las instrucciones de un manual.

He hecho mis cuentas: en un año voy a tener veintiún años. Nunca me he planteado qué significa eso, tener veintiún años. Aquí me pregunto si lo tendré. Y luego me pregunto si es la primera vez que me hago una pregunta así de verdad, con toda su carga real, y creo que sí.

No te cuento esto para preocuparte. Te lo cuento porque eres la única persona a quien puedo decirle estas cosas sin sentir que estoy cargando a alguien con mi peso.

Gracias por eso.

Miguel

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Plasencia del Monte, 12 de noviembre de 1936

Miguel:

No eres una carga. Nunca lo has sido y no empieces ahora.

Lo de Día de Difuntos y los claveles en la ventana me ha llegado hondo. Hay algo en ese gesto —no sé quién, no sé cómo, pero con claveles— que me parece más valiente que muchas cosas que se consideran valientes.

Aquí también hubo flores. Puse unas en la tumba del abuelo Ferrer.

Estuve un rato largo allí, en el cementerio, que en noviembre con el viento del norte es el lugar más inhóspito que conozco, y pensé en él y en su historia y en la historia de todos los que están ahí.

Todos vivieron cosas que no eligieron y las vivieron de todas formas. Supongo que eso es lo que hacemos.

Tendrás veintiún años, Miguel. Eso te lo garantizo yo.

Lola

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Cartas adicionales — Primavera 1937

Huesca, 20 de marzo de 1937

Querida Lola:

Seis meses. Ha llovido toda la semana. El barro en los puestos avanzados es considerable. El Caspi dice que el barro es el aliado del defensor porque ralentiza al atacante, lo cual puede ser cierto, pero no hace el barro menos barro.

Tengo veintiún años desde ayer, treinta y uno de octubre. Te escribo con retraso porque la carta del cumpleaños la mandé en noviembre y no sé si llegó. Esta es la de los seis meses, que coincide con los cinco meses con diez días de retraso del cumpleaños.

Esteban me ha regalado —con toda la solemnidad del caso— un gorro de lana que alguien le había dado y que a él le quedaba pequeño. Me queda grande, pero cubre las orejas, que es lo que importa.

El Ángel ha rezado en público esta semana por primera vez desde que lo conozco.

Siempre lo había visto rezar en voz baja, casi en secreto.

Esta semana, durante un bombardeo especialmente intenso, rezó en voz alta, con la voz entera, y nadie dijo nada y todos lo escuchamos.

Cuando terminó había un silencio diferente al del bombardeo.

Enciso lo miró y dijo "amén", que es lo más inesperado que le he oído decir.

El mundo da sorpresas.

Miguel

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Plasencia del Monte, 5 de abril de 1937

Miguel:

Feliz cumpleaños con cinco meses de retraso. Aquí también rezamos por ti el treinta y uno de octubre, aunque no en voz alta.

La primavera ha llegado de manera definitiva. Los campos están verdes de una manera que este año me parece más intensa que otros años, aunque probablemente es la misma y soy yo la que los mira diferente. Tu padre ha empezado la siembra temprana. Tu madre dice que las habas le han salido muy bien.

He empezado a estudiar por mi cuenta. He encontrado unos libros de texto de bachillerato en casa de los Pueyo —que siguen siendo los únicos que se marcharon con todo lo que pudieron llevar y dejaron los libros— y estoy yendo por la tarde a casa de mi madre para estudiar con ella, que recuerda muchas más cosas de las que yo creía que recordaba.

No sé para qué exactamente. Pero se me hace necesario.

Lola

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Huesca, 25 de abril de 1937

Querida Lola:

Me alegra que estudies. Me parece lo más sensato que puede hacerse mientras se espera algo. Mantener la cabeza trabajando.

Aquí también intentamos hacer lo mismo. El sargento Enciso ha puesto en marcha algo que él llama "instrucción permanente", que consiste básicamente en que cuando no hay guardia ni trabajo de posiciones hay lección.

Táctica, geografía, historia, armamento.

El que sabe algo lo enseña. Ferando enseñó la semana pasada a hacer un nudo marinero que según él sirve para asegurar cargas y que hemos practicado durante una tarde entera con el mismo trozo de cuerda pasándose de mano en mano.

Aprendemos. En medio de todo, aprendemos.

Algo sobre lo que llevamos juntos, Lola. Lo que quiero decirte es algo que solo se puede decir de frente y que sin embargo llevo semanas guardando aquí dentro. Cuando vuelva, cuando estemos en la acequia otra vez, hay una conversación que necesito que tengamos.

Solo te pido que no la tengas con nadie más antes de tenerla conmigo.

Miguel

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Plasencia del Monte, 10 de mayo de 1937

Miguel:

Solo contigo. Lo prometo.

Aunque no sé exactamente qué es lo que quieres decirme, creo que lo sé. Y si es lo que creo que es, necesitas saber que llevo tiempo esperando que lo dijeras.

Pero también necesitas saber que tengo miedo.

No de ti. Del tiempo, de la distancia, de todo lo que puede cambiar entre una persona y otra durante diecisiete meses de separación y silencio y cartas que llegan tarde o que se pierden.

La distancia hace cosas a los sentimientos: a veces los afina y a veces los distorsiona, y desde aquí nunca sé cuál de las dos cosas está haciendo.

Así que mi respuesta a tu promesa es: sí. Cuando vuelvas. Junto a la acequia. Con tiempo.

Lola

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Cartas adicionales — Verano 1937

Huesca, 5 de julio de 1937

Querida Lola:

Diez meses. Calor en Huesca, que es un calor diferente al de los pueblos: la piedra lo acumula durante el día y lo suelta de noche, así que nunca hay frescor real. Dormimos con lo mínimo puesto y aun así.

Ha habido una noticia buena esta semana: el capitán Valls ha conseguido medicamentos.

No sé cómo, no sé de dónde, pero en el hospital tienen ahora más recursos que hace un mes.

Valls es un hombre al que nunca he visto perder la calma.

Trabaja con una concentración absoluta, como si el mundo fuera de paredes para adentro y lo que hay más allá de sus manos no existiera.

El Caspi me ha ganado de nuevo al ajedrez. Lleva cuatro partidas seguidas. Enciso dice que el ajedrez, como la guerra, lo gana quien controla el centro. No sé si esto es un consejo de ajedrez o una lección de táctica o las dos cosas a la vez.

Ángel ha cumplido diecinueve años. Le hemos cantado el cumpleaños y Ferando ha conseguido hacer una especie de buñuelo con lo que había, que no era buñuelo exactamente, pero estaba caliente y tenía azúcar encima, lo cual en estas circunstancias equivale a pastel de cumpleaños.

Todo bien, Lola. Seguimos.

Miguel

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Plasencia del Monte, 20 de julio de 1937

Miguel:

Diez meses. Lo he marcado en el calendario de la cocina con un círculo, aunque mi padre me ha preguntado qué marca esa fecha y he tenido que explicarle que es cuando lleváis diez meses en Huesca.

Ha dicho "ah" y ha seguido comiendo el guiso de la cena.

Mi padre es un hombre de pocas reacciones externas pero intensas por dentro.

He tenido una conversación larga con tu hermana Rosa.

Tiene catorce años y habla ya como alguien de veinte.

Me ha preguntado si sé cuándo vas a volver.

Le he dicho que no lo sé. Me ha dicho que ella tampoco lo sabe y que lo que hace cuando no sabe algo es prepararse para cuando llegue, que eso al menos está en su mano.

Le he dicho que es muy sabia para su edad.

Me ha dicho que eso lo han dicho toda su vida y que ya casi le molesta.

Aprendo de Rosa.

El calor aquí también. La acequia está baja, casi como en septiembre cuando te fuiste. La miro y pienso en ti.

Lola

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Huesca, 3 de agosto de 1937

Querida Lola:

Ha habido una semana difícil. No voy a darte los detalles, pero te digo que el Ángel ha rezado más que de costumbre y que Enciso ha cerrado el libro de historia romana durante tres días, lo cual es una señal que todos interpretamos correctamente.

Lo que sí te cuento es lo que pasó al final de la semana, el jueves por la tarde, cuando por fin hubo un intervalo largo sin disparos. Salimos al patio del cuartel —los que pudimos, los que no estaban de guardia— y nos quedamos allí en el sol de agosto haciendo nada. Solo estar. Solo respirar.

Esteban encontró un lagarto debajo de una piedra del patio.

Un lagarto verde pequeño que se quedó quieto mirándonos, sin entender qué hacíamos allí, sin asustarse.

Lo miramos todos durante un buen rato. Luego Ferando dijo "tiene más cara de tranquilo que nosotros" y nos reímos, y fue una de esas risas que son de alivio más que de humor, de esas que limpian algo por dentro.

El lagarto se fue. Nosotros nos quedamos. Así está la cosa.

Miguel

Cartas adicionales — Otoño 1937

Huesca, 15 de octubre de 1937

Querida Lola:

Trece meses. Los bombardeos de estos días han sido los más intensos de todo el asedio.

No exagero cuando te digo que ha habido días en que el suelo no ha dejado de temblar durante doce horas seguidas.

Doce horas. He contado los minutos en algunos tramos para tener algo en lo que concentrar la mente.