Capítulo XX #2
Y Miguel Serna Castán, que había ido al Ejército porque las oportunidades eran escasas y un sueldo fijo hacía falta, que había llegado a Huesca con un uniforme demasiado holgado y una carta a medio escribir en el bolsillo, que había vivido diecisiete meses y veintitrés días dentro de una ciudad sitiada bajo el fuego de aviones y cañones y había aprendido más de lo que creía que podía aprenderse sobre el valor y el miedo y lo que vale la pena, —ese muchacho se quedó sentado en la orilla de la acequia junto a Lola sin necesitar decir más.
Ya había sido dicho todo. En cuarenta y tres cartas, o en cuarenta y cuatro contando las que se habían perdido. En un diario de hule negro con las tapas gastadas. En los silencios de la guardia nocturna. En la postdata que guardaron en una caja de madera bajo el suelo del almacén.
Ya estaba todo dicho.
* * *
Epílogo
Lo que no se dijo
Hay cosas que las cartas no pueden decir.
Pueden decir los hechos: los bombardeos, las fechas, los nombres de los compañeros, el número de proyectiles en un solo día, las bajas que superaron los cuatro mil, los catorce meses del primer año y los seis del segundo.
Pueden decir las emociones: el miedo, el cansancio, la alegría pequeña de una partida de ajedrez ganada, la angustia de cinco semanas sin respuesta, el vértigo de decir por primera vez lo que se siente.
Pero hay cosas que solo se dicen con la presencia. El peso de una mano en el hombro cuando no hay nada que decir y sin embargo alguien está allí. El olor de la tierra mojada después de la lluvia. El sonido del agua en la acequia. El verde de unos ojos grises bajo el sol de abril.
El Boletín Oficial del Ministerio del Ejército número 146, de fecha 2 de julio de 1940, registró los hechos de la manera en que los documentos oficiales registran los hechos: con precisión, con respeto, con el lenguaje justo y medido de quien da cuenta de algo que ha ocurrido y merece quedar en la memoria pública.
Dijo que la guarnición de Huesca estuvo en todo momento dispuesta a morir antes de dejar paso al enemigo.
Dijo que no cedió un palmo de terreno. Dijo que el espíritu patriótico de los defensores no decayó ante los ataques continuos, ante el bombardeo durante catorce horas, ante los más de tres mil quinientos proyectiles en un solo día, ante las bajas que superaron los cuatro mil.
Lo que no dijo el Diario Oficial —porque los diarios oficiales no dicen estas cosas— es que dentro de esa guarnición había un muchacho de veinte años, alto y demasiado delgado para el uniforme, que nunca le había gustado correr ni competir, hijo de agricultores humildes que habían pasado su vida luchando contra la tierra, que llegó a Huesca sin saber exactamente por qué y que descubrió allí, entre los muros de piedra y el ruido incesante y la compañía de hombres que se convirtieron en algo más que compañeros, lo que era capaz de resistir y lo que valía la pena resistir.
Que dentro de esa guarnición había un sargento que leía historia romana en voz alta bajo el fuego.
Un valenciano que cocinaba milagros con media cebolla.
Un muchacho de Sariñena que rezaba en voz baja y que tardó dieciséis años en dejar de ver en sueños los aviones sobre Huesca.
Un hombre de Caspe que lloró por sus almendros el día que terminó el asedio.
Un chico de Almudévar con una risa que se oía desde el fondo del pasillo y un valor que funcionaba de manera diferente al de los demás.
Que dentro de esa guarnición había personas. Personas con cartas en el bolsillo y nombres en la memoria y la esperanza de volver a escuchar el agua de alguna acequia en algún pueblo que los esperaba.
La Medalla Militar colectiva fue concedida.
Era la recompensa correcta y merecida y los que la recibieron la merecían.
Pero la Medalla no sabe que el muchacho delgado fue a ver a Lola junto a la fuente el primer día que volvió, que caminaron hasta la acequia de los Álamos, que se sentaron en la orilla y hablaron durante horas de todo lo que no habían podido decirse en cuarenta y tres cartas.
La Medalla no sabe que la conversación larga que Lola llevaba ensayando desde enero resultó ser completamente diferente a lo que había ensayado y completamente mejor.
La Medalla no sabe que en la caja de madera bajo el suelo del almacén de la casa de los Ferrer, junto a los documentos de la casa, quedaron guardadas cuarenta y tres cartas, un diario de hule negro con las tapas gastadas, y una postdata escrita en tinta azul que decía «Te quiero también. Guardado queda.»
Ahora las tenéis vosotros.
* * *
Fin
Los méritos históricos recogidos en esta novela proceden íntegramente del Diario Oficial del Ministerio del Ejército, número 146, de fecha 2 de julio de 1940, sección de Recompensas, apartado «Méritos que se citan», relativo a las Unidades y Centros pertenecientes a la Guarnición de Huesca durante el asedio del 30 de septiembre de 1936 al 22 de marzo de 1938.
Todos los personajes principales son ficticios. La resistencia de Huesca es real.
Capítulo IV-bis
El peso de lo no dicho
Había una costumbre antigua en Plasencia del Monte que Miguel recordaba desde pequeño: cuando alguien del pueblo partía a la guerra o a un destino lejano, las mujeres mayores del vecindario se reunían en la cocina de la casa familiar y hacían pan.
No un pan especial ni ceremonial, sino el pan de siempre, el pan de todos los días, y lo amasaban y lo cocían y llenaban la casa de ese olor que es el más antiguo y el más reconfortante de los olores humanos.
No era magia ni superstición —o no solo—: era una manera de hacer algo con las manos cuando las manos no sabían qué hacer, de mantener el mundo en pie cuando el mundo amenazaba con inclinarse.
La madre de Miguel, Pilar, amasó pan durante tres días seguidos antes de la partida de su hijo.
La cocina de la casa de los Serna olió a pan tres días enteros, y las vecinas vinieron a ayudar y a hablar de sus cosas y a no hablar de las otras cosas, de los trenes que salían llenos de jóvenes y volvían a veces vacíos o con hombres que ya no eran los mismos jóvenes que habían salido.
Lola ayudó también esa tarde, la penúltima antes de la partida. Amasó en silencio con la señora Pilar durante más de una hora, con las manos enharinadas y el pensamiento en otro sitio. La señora Pilar no le preguntó en qué pensaba. Las dos sabían perfectamente en qué pensaban la una y la otra.
—Va a estar bien —dijo Pilar finalmente, sin levantar la vista del trabajo.
—Sí —dijo Lola.
—Siempre ha tenido más de lo que él cree —dijo la señora Pilar—. Siempre ha creído que los demás eran mejores. No es verdad, pero eso tiene que descubrirlo él solo.
Lola pensó que la señora Pilar conocía a su hijo mejor que nadie, y también que probablemente lo conocía mejor que ella misma, y que eso no la sorprendía pero sí le daba algo de envidia, ese tipo de envidia que no es mala sino que señala lo que uno quiere.
Quería conocer a Miguel así. Con esa profundidad de años y conversaciones y presencia que no tiene sustituto posible.
Salió de la cocina de los Serna con las manos todavía blancas de harina y caminó sola hasta la acequia.
Era tarde y había luna llena y el agua brillaba entre las piedras con una luz que no tenía nada de melancólico pero que Lola interpretó de esa manera de todas formas, porque hay momentos en que la mente solo sabe leer una cosa.
Al día siguiente Miguel vendría a despedirse. Al día siguiente diría: escríbeme. Al día siguiente diría: cuídate. Al día siguiente cogería la mano de ella durante el tiempo exacto que se tarda en decir adiós sin decirlo, y luego se marcharía por el camino con su mochila y su abrigo.
Y ella tendría que quedarse.
Quedarse es también una decisión. Quedarse y esperar y seguir viviendo mientras otro se va es una forma de coraje que no tiene uniforme ni medalla y que sin embargo existe.
Cartas adicionales — Otoño e invierno de 1936
Huesca, 12 de octubre de 1936
Querida Lola:
Te escribo desde el patio del cuartel, sentado en un cajón de madera que alguien ha dejado junto a la pared del sur. Es el único sitio donde da el sol a esta hora y todos competimos por él en silencio, de manera no declarada pero perfectamente real.
Hay algo que no te conté en mi primera carta porque no quería que sonara a queja.
El día que llegué aquí, el día antes de que el cerco se cerrara, me asignaron el equipo completo y el sargento Enciso nos reunió a todos y nos explicó la situación.
Habló durante diez minutos, sin aspavientos, sin dramatismo.
Al terminar preguntó si había preguntas.
Nadie preguntó nada. Creo que todos estábamos procesando lo que implicaba lo que acababa de decir, que era básicamente que estábamos rodeados y que la misión era mantenernos en pie el tiempo que fuera necesario.
Al salir de la reunión, Esteban —que ya era Esteban en ese momento, aunque nos conocíamos desde hacía dos días— me dijo: "Bueno. Peor hubiera sido no enterarse." Es una manera de ver las cosas que luego me ha resultado muy útil.
Hoy he visto la catedral desde cerca por primera vez. Es impresionante. Tiene esa cualidad de las cosas muy antiguas que han visto mucho y no se inquietan por nada.
Somos un poco como la catedral, creo. Aprendiendo a no inquietarnos.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 20 de octubre de 1936
Miguel:
La señora Pilar me ha dado tu primera carta para que la leyera.
No sé si debí hacerlo, pero lo hice. Y luego pasé el resto del día con esa imagen tuya —en el patio, sentado en el cajón al sol— que era tan concreta y tan pequeña en el contexto de todo lo que está pasando que no supe qué hacer con ella.
En el pueblo hay noticias de diferentes sitios, algunas buenas y muchas malas. No las voy a reproducir aquí porque no quiero que esta carta sea un catálogo de preocupaciones. Solo te digo que aquí la vida sigue, con sus cosas ordinarias y sus angustias no tan ordinarias.