Capítulo XX
Una ausencia de disparos.
Llevaba diecisiete meses y veintitrés días escuchando disparos.
Había aprendido a dormir con ellos, a comer con ellos, a pensar con ellos de fondo como ese ruido que dejas de oír porque se convierte en parte del silencio.
Y de repente no estaban, y el silencio que ocupó su lugar fue tan rotundo y tan extraño que Miguel tardó varios minutos en entender que era real.
El sargento Enciso fue el primero en verbalizar lo que estaba ocurriendo.
—El cerco ha cedido —dijo, con voz tranquila, como si estuviera informando del tiempo—. Las líneas exteriores están en manos de las fuerzas propias. El asedio ha terminado.
Hubo un silencio. Un silencio diferente a todos los silencios anteriores.
Luego el Ángel, el de Sariñena, se sentó en el suelo donde estaba y se tapó la cara con las manos y empezó a llorar.
No de dolor: de otra cosa. El Caspi se apoyó en el muro y miró al horizonte con los ojos entrecerrados como si intentara ver más allá de las líneas, hacia el este, hacia Caspe, hacia sus almendros.
Ferando dijo «ay, madre» en valenciano, que era lo más largo que se le escapaba cuando estaba muy emocionado.
Esteban puso la mano en el hombro de Miguel y no dijo nada.
Miguel tenía la garganta tan apretada que tampoco hubiera podido decir nada.
Se quedaron así un momento, los dos mirando el cielo de marzo sobre Huesca, ese cielo despejado y frío de primera primavera, sin una sola columna de humo, sin aviones, sin el ruido que durante diecisiete meses había sido el fondo de todo.
Limpio. El cielo estaba completamente limpio.
El sargento Enciso, que había cerrado su libro de historia romana en la última página por primera vez desde que empezó el asedio, se acercó a Miguel y le dijo:
—Serna. Escribe a tu chica.
—Sí, sargento.
—Hoy.
—Hoy, sargento.
Huesca, 22 de marzo de 1938
Querida Lola:
El asedio ha terminado.
Esta mañana, a las nueve y cuarenta y cinco aproximadamente, el último disparo que hemos escuchado fue el último disparo. No lo sabíamos cuando lo oímos, por supuesto. No se sabe que algo es el último hasta después. Pero ha sido el último.
Llevábamos diecisiete meses y veintitrés días dentro de esta ciudad de piedra.
Los ataques han sido continuos, la aviación nos ha bombardeado durante catorce horas seguidas en los peores días, han caído sobre nosotros más de tres mil quinientos proyectiles en una sola jornada, las bajas han superado los cuatro mil.
Todo eso es verdad. Y también es verdad que no hemos cedido.
Que la guarnición de Huesca ha resistido hasta que el frente general cambió y el cerco cedió desde fuera.
Estoy bien. Todos en mi sección estamos bien. El sargento Enciso está bien. Esteban está bien. El Caspi ha llorado —no se lo cuentes, aunque creo que él no lo negaría— al pensar en sus almendros. Ferando habla con su mujer en la cabeza en valenciano desde esta mañana sin parar.
Todavía no sé cuándo podré salir. Hay muchas cosas por hacer aquí todavía, muchas órdenes que esperar, muchos trámites. Pero el camino ya no está cerrado.
Voy para allá, Lola. Por fin voy para allá.
Miguel
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Capítulo XXI
La medalla
El Boletín Oficial del Ministerio del Ejército número 146, de fecha 2 de julio de 1940, publicó la concesión de la Medalla Militar colectiva a las unidades y centros pertenecientes a la Guarnición de Huesca por los meritorios servicios contraídos en el período del 30 de septiembre de 1936 al 22 de marzo de 1938.
El texto decía:
«Muchos y muy notoriamente distinguidos son los hechos de armas desarrollados durante los veinte meses que duró el asedio y bombardeo de la plaza de Huesca, plaza asediada por un enemigo muy numeroso, bien pertrechado, establecido de uno a dos kilómetros de la linde exterior de la ciudad y anhelante de conquistarla, como lo prueba que en su prensa llegó a darla como conquistada hasta catorce veces.
Los ataques e intentos de asalto fueron continuos, utilizando a veces intensamente la aviación, tanques y trenes blindados, llegando en ocasiones a bombardearla con aviación hasta catorce horas seguidas y otras a lanzar sobre la plaza más de tres mil quinientas en un solo bombardeo.
Ni la superioridad numérica enemiga, ni las numerosas bajas sufridas, que rebasaron la cifra de cuatro mil, ni el intenso paludismo allí desarrollado, ni la escasez de medios de defensa hicieron decaer el elevado espíritu patriótico de los defensores, que no sólo rechazaron los violentos ataques enemigos sin perder un palmo de terreno, sino que, a su vez, atacaban al adversario, le conquistaban posiciones y mejoraban continuamente las líneas de las mismas.
Quedó palpablemente demostrado que la guarnición de Huesca estuvo en todo momento dispuesta a morir antes de dejar paso al enemigo y en apoyo de la misma estuvo siempre la población civil, por lo que a su escudo se le concedieron títulos honrosos. »
Miguel Serna Castán leyó este texto cuando fue publicado. Lo leyó sentado en la cocina de la casa de sus padres en Plasencia del Monte, con la radio encendida en el fondo y el olor al guiso de su madre llegando desde los fogones. Lo leyó en voz alta, despacio, para que cada palabra tuviera su peso.
Pensó en Francisco Roca, el hombre que murió aquella tarde de abril de 1937 saliendo del ángulo del muro.
Pensó en los cuatro mil. Pensó en el sargento Enciso leyendo su historia romana a la luz de una vela.
Pensó en Ángel rezando en voz baja durante los bombardeos.
Pensó en el Caspi llorando por sus almendros el día que terminó el asedio.
Pensó en Lola.
Dobló el periódico con cuidado. Luego llamó a Lola, que vivía ahora a dos calles de la casa de sus padres, y le dijo que tenía algo que leerle.
* * *
Capítulo XXII
El regreso
El viaje de vuelta de Huesca a Plasencia del Monte duró menos de lo que Miguel hubiera esperado teniendo en cuenta que había tardado diecisiete meses y veintitrés días en poder hacerlo.
El autobús de línea salió a las ocho de la mañana, con el sol todavía bajo y la sierra nevándose los picos, y llegó al pueblo a las diez y cuarto de una mañana de abril que olía exactamente como tenía que oler.
No había llegado a darse cuenta, mientras estaba dentro de la ciudad sitiada, de cuánto había extrañado el olor del campo abierto.
No era un olor particular, nada que pudiera nombrarse con precisión: era la mezcla de tierra y hierba húmeda y algún árbol en flor y el viento limpio que bajaba de la sierra, y cuando el autobús abrió la puerta y ese olor entró de golpe, Miguel tuvo que apoyarse en el marco un momento para no tambalearse.
Sus padres estaban en la plaza. Su madre, que había prometido no llorar, lloró.
Su padre, que no había prometido nada, no lloró, pero le apretó el hombro durante mucho más tiempo de lo habitual.
Rosa y Celia, que habían crecido más de lo que las cartas transmitían, lo abrazaron las dos a la vez y casi lo tiran al suelo.
Miguel dejó pasar el abrazo familiar, toda su extensión y su calor, sin pensar en nada más que en estar allí. Luego, cuando el grupo empezó a disolverse hacia la casa, buscó con la mirada entre la gente que se había congregado en la plaza.
Lola estaba en el borde de la plaza, cerca de la fuente, con el pelo recogido y un vestido azul que Miguel no le había visto nunca. Lo miraba con los brazos cruzados y esa expresión suya que podía ser muchas cosas a la vez.
Miguel cruzó la plaza hacia ella sin decir nada a nadie.
* * *
Capítulo XXIII
El reencuentro
No fue el reencuentro que ninguno de los dos había ensayado mentalmente.
No hubo grandes discursos ni declaraciones solemnes.
Fue simplemente: él cruzando la plaza, ella esperando junto a la fuente, y cuando llegó a su altura los dos se quedaron mirándose un momento como si estuvieran verificando que el otro era real.
—Estás más delgado —dijo Lola.
—Tú tienes el pelo más largo —dijo Miguel.
—Sí.
—Sí.
Lola lo cogió de la mano, como aquella tarde antes de que se fuera.
Pero esta vez no lo soltó después de un instante.
Se quedaron así, de pie junto a la fuente, con la plaza llenándose poco a poco de la mañana ordinaria del pueblo: el panadero que abría, los perros que cruzaban, el sonido lejano del tractor que alguien —probablemente Celia— había conseguido finalmente aprender a conducir.
—¿Tienes tiempo ahora? —preguntó Lola.
—Todo el tiempo —dijo Miguel.
Caminaron juntos, sin dirección particular al principio, y luego con la dirección que tenían desde siempre: hacia el camino de las eras, hacia la acequia de los Álamos.
Era abril y el agua bajaba alta y fría y sonora, con la plenitud de la primavera.
Las hierbas de la orilla estaban verdes de una manera que a Miguel le pareció casi violenta después de los meses en que el verde había escaseado en sus ojos.
Se sentaron en la orilla. El mismo tramo de siempre, junto al molino.
—Dijiste que teníamos que tener una conversación larga —dijo Miguel.
—Sí.
—¿La empezamos?
Lola lo miró. Sus ojos grises eran verdes bajo el sol de abril, que era la versión que más le gustaba a Miguel, aunque hasta ese momento no había sabido que era la que más le gustaba.
—Creo que ya la empezamos —dijo ella—. Hace diecisiete meses, con una carta desde el cuartel.
Miguel pensó en eso un momento.
—Entonces lo que queda es el final.
—Lo que queda es el principio —dijo Lola, con la precisión tranquila que tenía para las palabras importantes—. Los finales son para los que se cansan. Nosotros no nos cansamos.
El agua de la acequia corría. Los pájaros hacían el ruido de abril. Algún almendro, en alguna parte del camino de las eras, tendría las flores abiertas al sol de primavera. El Caspi, en Caspe, estaría mirando los suyos.