Veinte meses de fuego Capítulo VI #6
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Capítulo VI #6

En la primera semana de marzo llegó un paquete desde el pueblo —no de Lola, sino de su propia madre— con calcetines limpios y una nota que decía que todos estaban bien y que Lola también estaba bien y que el correo andaba revuelto últimamente.

La nota de su madre no mencionaba la carta, lo cual a Miguel le pareció que podía significar que su madre no sabía que había enviado una carta importante o que sí lo sabía y prefería no meterse.

El silencio era diferente de los silencios anteriores. Los silencios anteriores habían sido ausencia de cartas; este era ausencia de respuesta, que era otra cosa.

Esteban sí le preguntó esta vez.

—¿Pasa algo con tu chica? —dijo, con la honestidad que era marca de la casa en él.

—No lo sé —dijo Miguel.

—¿Qué le dijiste en la última carta?

Miguel se lo dijo.

Esteban lo consideró un momento.

—Eso es mucho —dijo—. A una persona así le das eso y necesita tiempo.

—Cinco semanas.

—Para algunas cosas, cinco semanas no son nada.

Miguel no sabía si Esteban tenía razón, pero necesitaba que la tuviera, así que decidió creer que la tenía.

La carta llegó el 12 de marzo. Ocho semanas después de la de Miguel.

Plasencia del Monte, 1 de marzo de 1938

Miguel:

Tu carta del veinticinco de enero llegó con tres semanas de retraso. No es excusa: debí haber respondido antes. He tardado porque me tomé en serio lo que decías y no quería responderte a la ligera.

Voy a responderte con la misma honestidad con que tú lo dijiste.

Sí. También yo. Desde hace más tiempo del que querría admitir. Desde antes de que te fueras, creo, aunque entonces no lo hubiera podido decir con palabras.

Cuando vuelvas vamos a tener una conversación larga en la que nos vamos a decir todo lo que no nos hemos dicho nunca. Y me da un poco de vértigo y mucha gana.

Alberto se ha marchado del pueblo. Solo era eso que te dije: un conocido en un mal momento. Gracias por no hacer más preguntas.

Vuelve, Miguel. Vuelve pronto.

Lola

P.D. Yo también te quiero. Guardado queda.

* * *

Capítulo XIX

Febrero y la esperanza

Hubo algo diferente en el ambiente de la ciudad durante las últimas semanas del asedio, aunque nadie podría haber dicho exactamente qué.

Eran rumores: noticias fragmentadas que llegaban por vías irregulares, conversaciones entre oficiales que los soldados captaban a medias, movimientos en las líneas exteriores que los observadores comunicaban con una insistencia diferente a la habitual.

Miguel no era de los que especulaban. Había visto demasiadas falsas alarmas en diecisiete meses para entregarse a la esperanza prematura.

Pero algo había, eso sí lo notaba: una vibración diferente en el modo en que los mandos se movían, una urgencia nueva en las instrucciones que llegaban de arriba, una atención diferente en los ojos del sargento Enciso cuando escuchaba los informes de los observadores.

En febrero llegaron noticias de que el frente general se estaba moviendo.

No solo en Huesca: en todo Aragón. El Ejército Nacional avanzaba en varios puntos simultáneamente, y la presión sobre Huesca comenzaba a tener correspondencia en otros lugares que hacían que el ejército sitiador tuviera que dividir su atención.

Enciso convocó a su sección una tarde y les explicó la situación con la misma ecuanimidad con que hubiera explicado cualquier otra cosa.

—La situación está cambiando —dijo—. No sé cuándo, no sé cómo. Pero sé que está cambiando. Y lo que necesito de vosotros ahora es exactamente lo mismo que os he pedido siempre: que os mantengáis en posición, que hagáis bien el trabajo, y que no os relajéis hasta que yo os diga que podéis relajaros.

—¿Vamos a salir de aquí, sargento? —preguntó Ángel, el de Sariñena, con una voz que llevaba toda su esperanza en las sílabas.

Enciso lo miró un momento.

—Vamos a hacer nuestro trabajo —dijo—. Y el trabajo ya se encargará de llevarnos donde tengamos que llegar.

No era la respuesta que Ángel quería oír, pero era la única que Enciso podía darle en honestidad.

Huesca, 10 de febrero de 1938

Querida Lola:

Hay algo en el aire. No sé decirte más porque no sé más. Pero hay algo.

Diecisiete meses. En diez días se cumplen diecisiete meses. Cuando empezó esto pensé que a lo sumo sería semanas. Luego pensé que meses. Ahora ya no pienso en términos de tiempo sino en términos de lo que queda por hacer hoy.

Tu carta del primero de marzo —que llegó ayer, lo cual es una velocidad de entrega casi milagrosa para los estándares del correo en asedio— la he leído seis veces. La postdata especialmente. Eso que guardaste: yo también lo guardo.

Vuelvo, Lola. No sé cuándo. Pero vuelvo.

Miguel

* * *

Plasencia del Monte, 25 de febrero de 1938

Miguel:

Ese algo que hay en el aire lo noto yo también desde aquí. Algo está cambiando.

Mi madre ha dicho esta mañana, mientras tendía la ropa, que este año los almendros van a florecer antes.

Mi padre ha dicho que los almendros florecen cuando tienen que florecer y que no hay manera de preverlo.

Mi madre le ha dicho que ella lo prevé de todas formas.

Es un intercambio típicamente suyo y me ha parecido el más reconfortante del mundo.

Estoy preparando la conversación larga que te prometí. Llevo semanas ensayándola mentalmente. Me sale diferente cada vez.

Vuelve, Miguel.

Lola

* * *

TERCER BLOQUE

EL FINAL DEL ASEDIO