Veinte meses de fuego Capítulo VI #5
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Capítulo VI #5

Pienso en Lola. La pienso como se piensa en lo que más te importa cuando el mundo se cae a pedazos: no de manera sentimental sino de manera casi física, como el peso de algo real que te ancla al suelo.

Sigo aquí. Seguimos aquí.

Capítulo XVI

Más de cuatro mil bajas

Noviembre de 1937. Catorce meses de asedio.

Las bajas —muertos, heridos graves, enfermos que no volvían a la línea— superaban ya los cuatro mil en el cómputo total de los catorce meses.

El capitán Valls, el médico de la guarnición, llevaba el registro con una meticulosidad que él mismo reconocía como mecanismo de defensa: mientras hubiera algo que contar, había algo que controlar.

El hospital militar de Huesca funcionaba más allá de su capacidad, con el personal médico trabajando turno tras turno sin el descanso necesario, improvizando soluciones a problemas para los que los manuales de medicina de campaña no siempre tenían respuesta.

Miguel nunca había estado en el hospital.

Tres rozaduras, dos catarros fuertes y la semana de oídos que no le permitían escuchar bien: eso había sido todo en catorce meses, lo cual le parecía una suerte que no quería tentar demasiado nombrándola.

Esteban tampoco. El Caspi tenía el brazo izquierdo con una movilidad ligeramente reducida desde la esquirla de enero, pero se había negado en redondo a ser retirado de la línea por eso.

Ferando llevaba un vendaje permanente en el pie derecho desde agosto por razones que nunca explicó del todo.

Ángel tenía la cicatriz de la infección en la palma de la mano izquierda.

El sargento Enciso era el que aparentemente había salido ileso de todo, lo cual generaba entre los hombres una especie de superstición afectuosa: mantenerse cerca de Enciso era estadísticamente bueno para la salud.

Enciso, cuando le contaban esto, sonreía de manera muy leve —la única forma en que Enciso sonreía— y decía que la estadística solo funciona hacia atrás.

Huesca, 5 de noviembre de 1937

Querida Lola:

Noviembre. El segundo noviembre del asedio. He pensado mucho en escribirte sobre las bajas, sobre lo que significa ese número cuando lo dices en voz alta, pero luego he pensado que no quiero que esta carta sea solo eso.

Así que te cuento otras cosas.

El Caspi ha conseguido, no sé cómo, hacerse con un tablero de ajedrez de verdad para reemplazar el que teníamos dibujado en una tablilla.

Las piezas son de madera y están algo torneadas de manera irregular, pero funcionan.

Ha habido un pequeño torneo esta semana.

He llegado a semifinales. He perdido contra Enciso, que resulta que sabe jugar al ajedrez con una eficiencia que da miedo.

Ferando ha cumplido treinta y seis años. Le hemos cantado el cumpleaños con más entusiasmo que afinación. Ha fingido que le hacía ilusión, aunque todos sabíamos que lo que le hacía ilusión era estar en Valencia con su familia.

El invierno llega. Pero estamos aquí.

Miguel

* * *

Plasencia del Monte, 20 de noviembre de 1937

Miguel:

Cuatro mil. He leído ese número en tu carta del mes pasado y lo he estado mirando un rato largo sin saber qué hacer con él.

No te voy a pedir que dejes de contarme las cosas. Te pido lo contrario: que sigas contándomelas, aunque sean duras, porque necesito saber dónde estás de verdad, no en la versión que crees que debo escuchar.

Aquí tu hermana Rosa ha empezado a dar clases a los niños pequeños del pueblo porque la escuela sigue sin maestro. Tiene catorce años y más autoridad natural que cualquier maestro que yo haya conocido. Los niños la obedecen sin entender muy bien por qué.

Celia sigue con sus planes de conducir el tractor. Ya casi lo consigue.

Yo estoy bien, Miguel. Estoy esperando.

Lola

* * *

Capítulo XVII

El invierno del segundo año

El segundo invierno del asedio fue más frío que el primero o al menos así lo recordaron todos después.

Puede que el frío fuera el mismo y que la diferencia estuviera en el cuerpo: catorce meses de racionamiento, de guardias nocturnas, de dormir en espacios que nunca llegaban a calentarse del todo, habían reducido a los hombres a una versión más delgada y más resistente de sí mismos.

Resistente no significaba invulnerable: el frío llegaba más hondo cuando había menos capa entre él y los huesos.

Pero algo había cambiado en la manera en que los hombres de la guarnición vivían el asedio.

No era resignación —la resignación es pasiva y lo que había allí era activo—, sino una especie de competencia silenciosa con la adversidad: el asedio llevaba quince meses sin poder con ellos, y eso era un argumento que se retroalimentaba.

Si habían aguantado quince meses, podían aguantar dieciséis.

Si aguantaban dieciséis, podían aguantar diecisiete.

El sargento Enciso había llegado a la página cuatrocientos y tantos de su libro de historia romana y ahora leía en voz alta los pasajes que hablaban de las guerras púnicas, que él encontraba especialmente pertinentes.

«Cartago tardó ciento veintisiete años en rendirse a Roma», decía, con aquella ecuanimidad suya.

«Y al final no se rindió: cayó.» Nadie estaba del todo seguro de si esto era reconfortante o no, pero se había convertido en una especie de ritual colectivo que nadie quería interrumpir.

Miguel escribía a Lola dos veces por semana cuando podía.

A veces las cartas llegaban juntas, a veces se perdían en el camino y Lola las recibía en orden diferente al que habían sido escritas, lo cual creaba a veces pequeñas confusiones narrativas que Miguel encontraba, en retrospectiva, casi tiernas: la carta en que mencionaba el torneo de ajedrez llegó después de la carta en que mencionaba haber perdido en semifinales, así que Lola supo el resultado antes de saber que había torneo.

Huesca, 6 de enero de 1938

Querida Lola:

Reyes. El segundo asedio de Reyes. Enciso ha conseguido de algún sitio —no preguntamos— una botella de vino que hemos compartido entre seis, lo que da a cada uno una cantidad de vino que en otras circunstancias hubiera parecido ridícula y que aquí ha parecido abundante.

El Caspi nos ha contado que en Caspe en Reyes hacían un belén con figuras de barro que su madre modelaba ella misma.

Ha descrito las figuras con una minuciosidad extraordinaria: el pastor con el cayado torcido, el buey con una oreja más alta que la otra, el Niño Jesús que su madre rehacía cada año porque el frío del invierno cuarteaba la arcilla.

Ha contado todo esto con voz tranquila y sin que se le quebrara en ningún momento, que es el tipo de valor que menos ruido hace y más pesa.

Quince meses, Lola. Llevamos quince meses.

Miguel

* * *

Plasencia del Monte, 20 de enero de 1938

Miguel:

He pensado mucho en el Caspi y su belén de barro. Ojalá pueda volver a ver los almendros en flor y el belén de su madre.

Tengo que contarte algo que no sé cómo decirte bien.

Alberto Puértolas —¿lo recuerdas? el hijo del veterinario, el que jugaba al fútbol con vosotros de pequeños— ha vuelto al pueblo.

Ha estado en el frente de Teruel y ha vuelto con el brazo en cabestrillo y una historia que no quiere contar.

Ha venido a verme dos veces esta semana.

No sé por qué te lo cuento. Supongo que porque no quiero que lo sepas por otra persona. No es nada, Miguel. Es simplemente un conocido de toda la vida que está pasando un mal momento.

Pero me parecía importante que lo supieras.

Lola

* * *

Miguel tardó cuatro días en contestar esa carta.

Cuatro días en que la llevó consigo a todas partes y la releyó varias veces buscando en las palabras algo que pudiera dejarle más tranquilo o más inquieto, sin decidirse por ninguna de las dos cosas.

Esteban lo vio releer la carta el segundo día y no dijo nada.

El tercer día le trajo un trozo de pan y tampoco dijo nada.

El cuarto día Miguel finalmente escribió.

Huesca, 25 de enero de 1938

Querida Lola:

Gracias por contármelo. Sí recuerdo a Alberto. Era buen delantero y peor estudiante.

No voy a preguntarte qué significa que haya venido a verte porque creo que si fuera algo que yo debiera saber ya me lo habrías dicho. Confío en ti. Confío en ti desde la acequia, desde la tarde de las ranas, desde todos los años que llevamos siendo lo que somos el uno para el otro.

Pero sí voy a decirte esto: no te he dicho en ninguna carta lo que quiero decirte. Lo he insinuado, lo he rodeado, lo he dejado caer entre líneas. Y si hay algo que este asedio me ha enseñado es que no siempre hay tiempo de dejar las cosas para después.

Así que lo digo ahora: te quiero, Lola. No como amigo de la infancia, no como compañero de acequia. Te quiero como se quiere a la persona que quieres que esté cuando llegas a casa.

Guarda eso también en la caja de madera.

Miguel

* * *

Capítulo XVIII

La carta que no llegó

La carta de Lola en respuesta a la del 25 de enero tardó más de lo normal.

Miguel esperaba que tardara: era una carta importante y Lola era una persona que no respondía a las cosas importantes sin pensar.

Pero pasaron tres semanas y luego cuatro y luego cinco, y Miguel empezó a preguntarse si algo había salido mal.