Capítulo VI #4
Seis semanas. Cuarenta y dos días en los que Miguel repasó mentalmente lo que había escrito buscando qué podría haber salido mal, en los que se preguntó si la carta había llegado, en los que oscilaba entre la interpretación más esperanzadora —que Lola estaba pensando su respuesta con el mismo cuidado con que él había escrito la pregunta— y la más devastadora —que la respuesta era no y que Lola no sabía cómo decírselo.
Esteban, que sabía lo suficiente de la situación para entender el silencio de esas semanas, no hizo preguntas.
Solo, en los momentos en que Miguel estaba visiblemente en el pensamiento, se ponía a su lado y le pasaba lo que hubiera: una ración de tabaco, un trozo de pan, un cuento largo y aparentemente innecesario sobre algo que le había pasado en Almudévar antes de la guerra.
El simple ruido de la voz de alguien de confianza.
La carta llegó el 2 de agosto.
Plasencia del Monte, 20 de julio de 1937
Miguel:
He tardado en responderte porque no sabía cómo hacerlo. He escrito cuatro versiones de esta carta y las he tirado todas porque ninguna decía lo que quería decir de la manera en que quería decirlo.
Así que voy a intentar la quinta y voy a decirlo directamente.
Lo que escribiste en tu última carta —lo que quieres que yo esté allí— me lo sé desde hace mucho tiempo. Más tiempo del que querías o yo quería admitir. Y no sé si eso me asusta o me alegra o las dos cosas a la vez, que es probablemente la respuesta más honesta que puedo darte.
Lo que sí sé es esto: vuelve. Vuelve entero y sano y con todas las palabras que llevas guardando desde que te fuiste, y ya hablaremos de lo demás cuando estés aquí.
Mientras tanto, escribe. No te calles.
Lola
* * *
Miguel leyó la carta cuatro veces seguidas. Luego la dobló con mucho cuidado y la guardó en el bolsillo interior de la guerrera, junto al corazón, que era literalmente donde estaba, lo cual le pareció a Miguel o demasiado poético o exactamente lo correcto y no supo decidir cuál de las dos cosas.
Esteban, que lo vio leer y releer y doblar la carta, esperó a que guardara la letra y dijo simplemente:
—¿Buenas noticias?
—Las mejores —dijo Miguel.
Esa noche, por primera vez en muchos meses, durmió sin pesadillas.
* * *
Capítulo XIV
Los aviones
El verano de 1937 trajo algo que los hombres de la guarnición no habían experimentado con tanta intensidad: los aviones.
Ya había habido aviación antes —los sobrevuelos de reconocimiento del principio del asedio, los bombardeos esporádicos de los meses de invierno—, pero en los meses de julio y agosto de 1937 la aviación enemiga operó de una manera diferente: sistemática, organizada, sostenida.
Los aviones llegaban en formaciones de tres o cuatro aparatos, cruzaban la ciudad en pasadas bajas que hacían vibrar los cristales que quedaban enteros, y soltaban su carga sobre los puntos que el mando enemigo había identificado como prioritarios.
Pero lo que más impactó a Miguel —y a todos— no fueron los bombardeos en sí sino la duración de las operaciones.
Había días en que la aviación enemiga operaba durante horas sin interrupción, turnando los aparatos para que nunca hubiera un período de descanso real.
Y según pudo saberse después, hubo jornadas en que los aviones estuvieron activos durante catorce horas seguidas sobre la ciudad, alternando el bombardeo con el metrallamiento de los puestos defensivos.
Catorce horas. Desde el amanecer hasta el anochecer, prácticamente sin parar.
La defensa antiaérea que tenía la guarnición era escasa: algunos emplazamientos de ametralladora, poco más.
No podía derribar los aviones, pero podía hacerlos volar más alto, reducir su precisión, obligarlos a tomar precauciones que limitaban su eficacia.
Cada ametralladora que disparaba contra los aviones era, en la práctica, una herramienta de supervivencia para la ciudad.
Miguel fue asignado a uno de esos puestos durante una semana de agosto. Lo recuerda, o así lo describe en su carta a Lola, como la semana más larga de su vida.
Huesca, 20 de agosto de 1937
Querida Lola:
Ha habido una semana que no puedo explicarte del todo. Llevo tres días con los oídos pitando, lo cual dicen que pasa y que se cura, aunque de momento el silbido no da señales de querer ceder.
Los aviones son otra dimensión del miedo. Son distintos a los cañones: más inmediatos, más visibles, más rápidos. Un obús lo oyes llegar y te da unos segundos para cubrirte. Un avión lo ves llegar y tienes que estar ya cubierto. Es la diferencia entre el miedo con margen y el miedo sin él.
He estado en un puesto antiaéreo durante seis días.
He dormido cuatro horas por noche y las otras veinte las he pasado apuntando al cielo o esperando para apuntar al cielo.
Enciso dice que hemos hecho bien el trabajo.
Yo creo que hemos sobrevivido, que en las circunstancias actuales viene a ser lo mismo.
Lola, guarda mi última carta. La que te mandé en junio. Y la tuya del veinte de julio. Guárdalas donde estén seguras. Son importantes.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 8 de septiembre de 1937
Miguel:
Guardadas están. En la caja de madera donde mi madre guarda los documentos de la casa, bajo el suelo del almacén. Allí no llega nada.
¿Cómo están los oídos?
Aquí ha habido novedad. El herrero Villar, que era el único médico que nos quedaba en el pueblo, se ha marchado a no sabemos dónde.
Mi madre se ha convertido, por defecto y por necesidad, en la persona que sabe algo de medicina en Plasencia del Monte.
Cosa que ella misma parece encontrar tan sorprendente como todos los demás, aunque no le falta disposición.
Tu hermana Rosa ha aprendido a coser. No de manera brillante todavía, pero con dedicación. Celia dice que las clases de costura son aburridas y que ella prefiere aprender a conducir el tractor de los Palacín, lo cual dice mucho de su carácter.
Miguel, ¿un año. Lleváis un año ya. ¿Cuándo acaba esto?
Lola
* * *
Huesca, 22 de septiembre de 1937
Querida Lola:
Los oídos están mejor, gracias.
Mañana se cumple un año exacto del asedio.
Lo sé porque Enciso lo ha puesto en la pizarra del cuartel, con el número de días y todo.
Trescientos sesenta y cinco. Por un momento nadie dijo nada.
Luego el Caspi dijo «pues ya lleváis un año ganando al mus» y la tensión se rompió y todos nos reímos, que era lo que hacía falta.
¿Cuándo acaba? No lo sé. Nadie aquí lo sabe. Pero te digo lo que sí sé: no hemos cedido un palmo en un año. Ni un palmo. Y eso no lo digo por orgullo militar sino porque es la realidad y la realidad aquí importa mucho. El enemigo lleva un año intentando tomarnos y aquí seguimos. Y seguiremos.
Un año. Parece imposible y sin embargo aquí estamos.
Miguel
* * *
Capítulo XV
Catorce horas de cielo negro
El otoño de 1937 trajo una operación que quedó grabada en la memoria de todos los que la vivieron como la prueba definitiva de que el enemigo había decidido cambiar de táctica: en lugar de esperar a que la guarnición cediera por agotamiento, optó por intentar destruirla de una sola vez.
Durante varios días de octubre, la combinación de artillería y aviación operó de manera coordinada sobre Huesca con una intensidad que los mandos de la guarnición calificaron después de «máxima».
No había precedente en los trece meses de asedio para lo que ocurrió en esas jornadas.
Los proyectiles cayeron sin interrupción durante períodos de doce y catorce horas.
La aviación sobrevoló la ciudad durante esas mismas horas, sin tregua, alternando formaciones para que el cielo sobre Huesca nunca estuviera vacío.
Más de tres mil quinientos proyectiles en un solo día.
Miguel lo escribió en su diario con ese número subrayado, como si la cifra necesitara énfasis para ser creíble.
Tres mil quinientos. Estaba en la guardia cuando empezó y cuando acabó, con un turno interrumpido en medio para comer algo que el Ferando había preparado en el refugio del cuartel, y durante esas horas el suelo no dejó de temblar bajo sus pies ni un solo momento.
La piedra de Huesca absorbió el impacto de esos proyectiles con la misma terquedad con que absorbía todo lo demás.
Hubo bajas. Había que ser honesto: hubo bajas.
Las bajas de la guarnición en esos meses eran ya una cifra que todos conocían pero que nadie pronunciaba en voz alta, no por censura sino por una especie de respeto instintivo hacia los que habían caído.
Las bajas superaban ya los cuatro mil. Cuatro mil hombres heridos, enfermos, muertos en defensa de una ciudad de piedra que el enemigo quería rendir y que se negaba a ceder.
Y después del día más largo, cuando los cañones callaron por fin y el silencio volvió con esa extraña calidad de vacío que tiene el silencio después de mucho ruido, los hombres salieron de los refugios y se miraron los unos a los otros y el sargento Enciso recorrió la sección contando cabezas con aquella expresión suya de ecuanimidad impenetrable, y cuando terminó de contar dijo sencillamente:
—Todos. Seguimos todos.
Y eso fue suficiente.
Del diario personal de Miguel Serna Castán
Huesca, octubre de 1937
No sé qué número de día es. He perdido la cuenta de los días individuales y solo conservo la de los meses, que es lo más que necesito saber. Llevamos trece meses. Trece meses y la ciudad sigue en pie y la guarnición sigue en pie.
Hoy han sido más de doce horas seguidas de bombardeo. No voy a escribir lo que he visto porque hay cosas que no se deben escribir para que no queden registradas y por tanto no se vuelvan más reales de lo que ya son.
Voy a escribir esto en cambio: cuando acabó, el Ángel que siempre reza antes de los combates salió del refugio, miró el cielo que estaba limpio y lleno de estrellas porque ya era de noche, y dijo «gracias».
Solo eso. «Gracias.» Y yo no sé a quién se lo decía, pero entendí exactamente lo que quería decir.