Capítulo VI #3
Ángel, el de Sariñena, rezaba en voz baja durante los bombardeos y en silencio en los intervalos.
Era el más joven de la sección después de Miguel, apenas dieciocho años, y tenía una cara que todavía parecía de niño, aunque sus ojos ya no lo parecían.
Miguel lo protegía sin que ninguno de los dos lo verbalizara: se ponía a su lado en los momentos de más tensión, le pasaba la ración extra cuando Ángel perdía el apetito por los nervios, le contaba chistes malos cuando el muchacho se quedaba en silencio demasiado rato.
El Caspi seguía siendo el Caspi: impasible, eficiente, misterioso en su capacidad de ganar al mus, aunque todos decían que hacía trampas.
Un día, durante una guardia larga de madrugada, le contó a Miguel que antes de la guerra tenía un huerto de almendros en Caspe y que lo que más deseaba en el mundo era volver a verlos florecer.
Lo dijo con una sencillez tan absolutamente desarmada que Miguel tuvo que mirar al otro lado para que el Caspi no lo viera emocionarse.
Y luego estaba Esteban. Esteban Torralba de Almudévar, que tenía veintiún años y una risa que se oía desde el final del pasillo y que era, sin duda, el hombre más bravo que Miguel había conocido nunca.
No el más valiente —valiente era otra cosa, valiente era el que tenía miedo y hacía las cosas de todas formas—, sino el más bravo en el sentido de que el miedo en Esteban parecía operar de una manera diferente a como operaba en los demás: como acelerador en lugar de como freno.
—Tú no tienes miedo o no te das cuenta de que lo tienes —le dijo Miguel un día.
—Me doy cuenta —dijo Esteban—. Me doy cuenta perfectamente. Lo que pasa es que pensar en el miedo me da más miedo que el miedo mismo, así que prefiero no pensar en él y seguir adelante.
Miguel consideró que esto era una filosofía perfectamente coherente, aunque radicalmente distinta a la suya propia, que consistía fundamentalmente en pensar demasiado en el miedo y luego hacerlo de todas formas porque no había alternativa.
Huesca, 15 de marzo de 1937
Querida Lola:
Llevamos casi seis meses de asedio. Alguien hizo la cuenta el otro día y lo dijo en voz alta en el patio del cuartel y hubo un momento de silencio general, como si todos lo estuviéramos procesando al mismo tiempo.
Seis meses. Cuento las cartas que te he escrito y son diecinueve. Cuento las tuyas y son dieciséis. Me pregunto si hay alguna que se habrá perdido en el camino o si simplemente eres más económica con la correspondencia que yo.
Hoy ha hecho un día raro: frío por la mañana, casi primaveral al mediodía, y luego vuelta al frío al atardecer. Enciso dice que es el tiempo de Aragón, que nunca sabe decidirse. Yo creo que el tiempo de Aragón y el carácter aragonés tienen más en común de lo que parece.
Esteban pregunta por ti. Le he hablado de ti muchas veces. Dice que cualquier persona que aparezca tanta vez en las cartas de alguien debe de ser importante.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 28 de marzo de 1937
Miguel:
Dieciséis cartas porque a una de las mías le puse mal la dirección y volvió a mí. Así que son diecisiete. Aunque, pensándolo bien, la ventaja la sigo teniendo yo.
Ha llegado la primavera aquí también. Los almendros del camino de las eras están en flor. He pensado en tu amigo el Caspi cuando los he visto.
Miguel, quiero preguntarte algo y quiero que me contestes con honestidad, no con la versión tranquilizadora que sueles darme: ¿cómo estás realmente? No me refiero al cuerpo. Me refiero a lo de dentro.
Lola
* * *
Huesca, 10 de abril de 1937
Querida Lola:
Me pides honestidad y me la mereces, así que voy a intentarlo.
Estoy cansado. No el cansancio de haber dormido poco, que también, sino otro cansancio más profundo que a veces siento como algo físico, como un peso en los hombros que no desaparece con el sueño.
Estoy asustado de manera permanente, aunque ya no lo noto tanto porque me he acostumbrado a sentirlo, que es lo más inquietante del miedo: que puedes acostumbrarte a él.
Y me pregunto cosas que antes no me preguntaba, sobre lo que vale la pena, sobre lo que quiero hacer cuando esto acabe, sobre si soy la persona que creía ser o alguna otra que todavía no conozco bien.
También hay otras cosas. Hay momentos buenos, te lo juro.
Risas con Esteban y el Caspi. Partidas de ajedrez con el Caspi donde ya a veces gano.
El rancho de Ferando, que puede hacer milagros con media cebollas y un hueso.
El libro de Enciso, que va en la página trescientos y pico de su historia romana y sigue pareciendo fresco.
Así estoy. Honestamente.
Miguel
Capítulo XII
Crisis en primavera
Abril y mayo de 1937 trajeron una intensificación del asedio que muchos dentro de la ciudad describieron después como el período más duro de todos.
El enemigo había recibido refuerzos —de hombres, de materiales, de artillería— y los usó con una metodicidad que resultaba casi más aterradora que el caos: los bombardeos se volvieron más precisos, más largos, más sistemáticos.
Fue en esas semanas cuando Miguel vio caer a un hombre por primera vez.
No fue durante un combate directo, sino durante una de las rutinas de refuerzo de posiciones: estaban colocando sacos terreros en el sector norte bajo un fuego de hostigamiento esporádico pero constante, y el soldado que estaba dos puestos a la derecha de Miguel —un hombre de treinta años de quien Miguel apenas sabía el nombre, Roca, Francisco Roca— se movió un momento de manera inesperada, salió del ángulo de protección del muro, y el siguiente proyectil fue el último que oyó.
Miguel pasó esa noche sin dormir. Enciso lo encontró sentado en el frío con los ojos abiertos y se sentó a su lado sin decir nada durante un rato largo. Luego dijo:
—Lo que sientes ahora es lo que debes sentir. Si no sintieras nada, estaría mal.
—No lo conocía bien —dijo Miguel.
—No hace falta conocer bien a alguien para sentir su ausencia —dijo Enciso—. A veces la ausencia de un desconocido es más pesada que la de alguien que conoces, porque con el desconocido te quedas sin la posibilidad de conocerlo. Y eso es otra pérdida encima de la primera.
Miguel pensó en eso muchas veces en los meses siguientes.
También fue en la primavera de 1937 cuando surgió la primera grieta seria en las cartas con Lola.
Plasencia del Monte, 2 de mayo de 1937
Miguel:
Han pasado tres semanas sin carta tuya. Tres semanas exactas. He contado los días.
Sé que no siempre es posible escribir, sé que hay circunstancias que lo impiden y que el correo tiene sus propios problemas.
Lo sé. Pero necesito que sepas que tres semanas sin noticias tuyas son tres semanas en las que cada día que pasa me imagino cosas que no quiero imaginar, y que cuando finalmente llega una carta, que puede tardar otros diez días en llegar, habrán pasado casi cinco semanas de silencio y yo habré vivido esas cinco semanas con el corazón apretado.
No te estoy reprochando nada. Te estoy explicando cómo es esto desde aquí.
Lola
* * *
Huesca, 18 de mayo de 1937
Querida Lola:
He recibido tu carta del dos de mayo y entiendo tu enfado. Tienes razón en todo lo que dices. Han sido semanas muy difíciles y no he podido escribir. No te daré los detalles, pero hubo días en que la posibilidad de escribir quedó muy lejos de la lista de prioridades inmediatas.
Estoy bien. Todos en la sección estamos bien excepto el Ángel, que lleva una semana con una infección en la mano que el capitán Valls está tratando y que parece que mejora. Esteban está bien, el Caspi está bien, Enciso está bien.
Lo que sí quiero decirte, y perdona si lo digo de manera torpe, es que tres semanas sin carta no significa tres semanas sin pensar en ti. Significa lo contrario.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 1 de junio de 1937
Miguel:
Gracias por explicarlo. Lo entiendo.
Hay algo que llevo queriendo preguntarte desde hace tiempo y que siempre dejo para la próxima carta y nunca pregunto. Así que lo pregunto ahora: ¿qué quieres hacer cuando esto acabe? No dónde quieres ir ni cómo piensas volver. Qué quieres hacer. Cómo quieres vivir.
Yo sé lo que quiero. Quiero estudiar. Quiero salir del pueblo y ver cosas y leer todos los libros que existen y hablar con personas que piensen diferente a las personas del pueblo. Y quiero volver al pueblo a contarlo todo. Pero primero quiero irme.
¿Tú qué quieres?
Lola
* * *
Huesca, 15 de junio de 1937
Querida Lola:
Me haces una pregunta difícil. No porque no tenga respuesta, sino porque la respuesta que tengo me da un poco de vergüenza decirla.
Quiero volver al pueblo. Quiero estar cerca de mi familia. Quiero la acequia y los campos y las noches claras del verano en que se ven las estrellas sin que ninguna ciudad las tape con su luz. Quiero las cosas pequeñas y quietas.
Sé que eso suena poco ambicioso. Sé que tú quieres más, y que tienes razón en querer más, y que el mundo tiene cosas mejores que ofrecer que un pueblo de doscientas almas en la Hoya de Huesca.
Pero aquí, en este cuartel, rodeado de ruido y de miedo, lo único que se me ocurre desear con toda la fuerza que tengo es exactamente eso: la quietud.
Y también —y esto es lo que más me cuesta escribir— quiero que tú estés allí.
Miguel
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Capítulo XIII
El silencio de Lola
La carta que Miguel escribió el 15 de junio de 1937 fue la más honesta que había escrito hasta entonces.
La última frase le costó tres intentos y media hoja de papel borrador antes de encontrar la forma de escribirla sin que pareciera demasiado ni demasiado poco.
Cuando finalmente la envió se quedó con una sensación de ligereza mezclada con vértigo, como la de alguien que ha saltado de algo alto y todavía no sabe si hay agua debajo.
La respuesta de Lola tardó seis semanas en llegar.