Veinte meses de fuego Capítulo VI #2
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Capítulo VI #2

Eso somos aquí: una ciudad que aguanta con paciencia.

Tu amigo,

Miguel

* * *

Capítulo IX

Invierno bajo el fuego

El primer invierno del asedio fue el más duro porque nadie había tenido tiempo de prepararse para él.

La ciudad tenía provisiones para un tiempo, pero no para un tiempo indefinido, y la racionalización empezó en enero con una frialdad burocrática que chocaba con la urgencia de lo que representaba: a cada persona le correspondía una cantidad determinada de pan, de aceite, de legumbres.

La carne era un lujo escaso. El azúcar casi no existía.

El café era una aspiración más que una realidad.

Los soldados tenían su ración militar, que era algo mejor que la civil, pero tampoco abundante.

Miguel, que siempre había sido delgado, perdió durante ese invierno los pocos kilos que le sobraban y quedó reducido a una figura casi esquemática: huesos cubiertos de músculo, sin nada superfluo.

El frío era constante. Los edificios en que alojaban a las tropas no eran los más calefaccionados de la ciudad, y las noches de enero con temperaturas bajo cero en el interior de un edificio con las ventanas reforzadas con sacos terreros no invitaban al optimismo.

Pero el optimismo, contra toda lógica, resistía.

Había en la guarnición de Huesca una cualidad difícil de nombrar y fácil de reconocer: una especie de terquedad jovial que impedía que el agotamiento y el miedo y el hambre y el frío se convirtieran en derrota moral.

Los hombres se ayudaban. Compartían la ración cuando alguien no podía comer, se cubrían las guardias cuando alguien caía enfermo, contaban chistes malos en los peores momentos.

El sargento Enciso leía en voz alta, cuando había luz suficiente, fragmentos de un libro de historia romana que llevaba consigo desde el principio de la guerra y que había leído ya tantas veces que las tapas estaban deshechas.

—Roma tardó siglos en caer —decía Enciso, con aquella voz ecuánime que tenía—. Nosotros llevamos tres meses. Hay margen.

Miguel escribió a Lola en Navidad con una carta que tardó más de dos semanas en llegar, según supo después.

La carta de Lola para Navidad llegó en enero, junto con un pequeño paquete que contenía unos calcetines de lana que Lola había tejido ella misma —nunca había tejido antes y se notaba en la irregularidad de las puntadas, que era precisamente lo que hacía que los calcetines fueran los más valiosos que Miguel había tenido nunca—, y un terrón de azúcar envuelto en papel de periódico con un mensaje escrito en tinta morada que decía: «Por si necesitas algo dulce. »

Huesca, 24 de diciembre de 1936

Querida Lola:

Nochebuena en Huesca sitiada. Hemos recibido una ración extra de rancho y el cocinero del cuartel —que se llama Burriel y tiene fama de hacer maravillas con materiales mínimos— ha preparado algo que dice que es cocido y que en otros tiempos podría haber pasado por una aproximación al cocido, y que en estos tiempos es el mejor cocido que he comido en mi vida.

El sargento Enciso nos ha leído en voz alta un trozo de su libro de historia romana. El que corresponde a la resistencia de Numancia. No sé si lo ha escogido a propósito o por azar. Tampoco preguntamos.

Esta noche hay tiros en el sector sur, como casi todas las noches. Pero más espaciados. Como si también ellos celebraran algo.

Pienso en el pueblo. Pienso en tu casa, con la lumbre encendida y el olor a anís que siempre tenía en Navidad. Pienso en mis hermanas pequeñas abriendo los regalos.

Pienso en ti.

Miguel

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Plasencia del Monte, 28 de diciembre de 1936

Miguel:

El terrón de azúcar era para ti, no al revés. Pero te agradezco el pensamiento.

Navidad ha sido tranquila aquí. Tu familia ha venido a casa para la cena del veinticuatro.

Tu madre trajo un pollo que guardaba para estas fechas y mi madre hizo el arroz con leche.

Rosa y Celia han crecido mucho. Rosa ya tiene diez años y habla con una seriedad que da respeto.

Celia sigue siendo igual de loca que siempre.

Te mando los calcetines. Sé que no son perfectos. El primero me salió más largo que el segundo porque no calculé bien, pero los dos abrigan, que es lo que importa. Mi madre me ayudó con los puntos del talón.

Cuídate, Miguel. Pienso en ti también.

Lola

P.D. El terrón de azúcar me lo he comido yo. Lo siento.

* * *

Capítulo X

La ciudad resiste

Con el año nuevo de 1937 llegó también una nueva intensidad en el asedio.

Como si el enemigo hubiera tomado conciencia, al cerrar el año, de que la ciudad no había caído en el tiempo que esperaba y hubiera decidido acelerar el proceso con los medios que tenía a su disposición.

Y los medios que tenía eran considerables.

Los bombardeos de artillería aumentaron en frecuencia y en calibre.

Ya no eran solo al amanecer y al atardecer: eran también a media mañana, a media tarde, a cualquier hora que el mando enemigo considerara oportuna para sembrar el desorden y el agotamiento.

Los proyectiles cayeron sobre tejados, sobre calles, sobre el mercado, sobre los muros de la ciudad.

En algunos días se contaron más de doscientos impactos.

En los peores días, el número superaba los quinientos.

La guarnición respondía como podía. Las posiciones defensivas se reforzaban continuamente, los hombres trabajaban turno tras turno para reparar los daños antes de que pudieran ser aprovechados, y los tiradores mantenían bajo fuego permanente los accesos al exterior para impedir que el enemigo se acercara demasiado a las líneas.

Hubo operaciones de salida —incursiones controladas hacia las posiciones enemigas para aliviar la presión, para destruir emplazamientos de artillería, para mantener al adversario en la incertidumbre sobre lo que la guarnición era capaz de hacer—, y estas operaciones eran las más peligrosas porque implicaban salir de la protección relativa de la ciudad y adentrarse en un terreno controlado por el enemigo.

Miguel participó en su primera operación de salida el 14 de enero de 1937.

Lo que recordaría de ella, más que el frío o el miedo o el ruido, sería la extrañeza de ver Huesca desde fuera por primera vez desde que comenzara el asedio: los muros, las torres, las siluetas oscuras de los edificios recortadas contra un cielo de invierno sin estrellas.

La ciudad vista desde fuera parecía más pequeña de lo que era por dentro, y al mismo tiempo más sólida, más determinada, más real.

—Es que desde fuera se ve lo que vale —dijo Esteban, que iba a su lado, cuando se lo dijo—. Desde dentro solo se ve lo que cuesta.

Miguel pensó que Esteban tenía razón, y también pensó que eso era más profundo de lo que Esteban solía ser, y se lo dijo, y Esteban se rió y dijo que el frío le ponía filosófico.

La operación fue exitosa. Volvieron todos, aunque el Caspi traía el brazo izquierdo rozado por una esquirla que Valls, el médico, limpió y vendó con la misma eficiencia sistemática con que hacía todo. El Caspi dijo que no le dolía y todo el mundo fingió creerle.

Huesca, 20 de enero de 1937

Querida Lola:

Ha habido días difíciles. No te daré los detalles porque no quiero preocuparte más de lo necesario, pero te digo que estoy bien y que todos en mi sección estamos bien, aunque el Caspi lleva el brazo vendado porque tuvo un roce con una esquirla y el Ángel ha estado tres días con fiebre.

Lo que sí te cuento es esto: hay en esta ciudad una voluntad de resistir que me asombra todos los días.

Los civiles que quedan, los soldados, el personal médico, los mandos.

Nadie habla de rendirse. Nadie habla de ceder.

No porque no haya miedo —hay miedo, mucho miedo— sino porque parece que todos hemos llegado a la misma conclusión: que esto es lo que hay que hacer y punto.

No sé si cuando vuelva —cuando vuelva— sabré explicarte lo que es esto. No sé si hay palabras para ello.

Miguel

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Plasencia del Monte, 5 de febrero de 1937

Miguel:

Tu carta del veinte de enero me llegó ayer. Veintiséis días. Estaba a punto de escribirte una carta muy poco serena cuando apareció el cartero.

No me digas que no me preocupe. Preocuparme es mi derecho y mi trabajo mientras tú estás allí. Lo que sí te pido es que me cuentes lo suficiente para que la preocupación sea real y no imaginada, porque lo que imagino suele ser peor que lo que es.

Aquí también hay cosas. Mi padre ha tenido que dejar el taller dos semanas por un problema en la rodilla. Mi madre lo ha cuidado con una paciencia que ninguno de los dos sabíamos que ella tenía. Ya está mejor.

Sigo leyendo. He terminado «Sin novedad en el frente». No debí empezarla.

Lola

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Capítulo XI

Los camaradas

Los hombres de la sección de Enciso se convirtieron, a medida que avanzaba el invierno y la primavera llegaba con la lluvia, en algo más parecido a una familia que a un grupo de soldados.

Las familias que uno elige suelen ser así: forjadas por la circunstancia más que por la elección, pero no menos reales por ello.

Ferando, el valenciano, era el hombre que mejor cocinaba.

Con los ingredientes más escasos conseguía hacer comida comestible, lo cual era una habilidad más preciada que el tiro o la marcha en aquellas circunstancias.

Tenía una mujer y tres hijos en Valencia de los que hablaba con una frecuencia que revelaba cuánto los echaba de menos, aunque siempre en tono ligero, casi burocrático: «La señora Ferando hará esto a estas horas», «los críos estarán en la escuela».

Como si hablar de ellos en presente los mantuviera más cerca.