Capítulo VI
El cerco se cierra
Miguel lo fue entendiendo gradualmente, igual que todos.
Al principio pensó que sería cuestión de días: un movimiento de tropas aquí, una acción allá, y las carreteras volverían a abrirse.
Luego pensó que sería semanas. Cuando se cumplió el primer mes y los puestos avanzados seguían iguales y los tiros nocturnos se habían vuelto tan rutinarios como el toque de diana, empezó a entender que esto era distinto.
El enemigo se había establecido a uno y dos kilómetros del límite exterior de la ciudad.
Desde esas posiciones podía vigilar cada movimiento, controlar cada camino, bombardear cada punto que considerara estratégico.
No habían entrado, pero tampoco necesitaban entrar: con el tiempo y el hambre y el agotamiento, calculaban, la guarnición cedería sola.
No contaban con el espíritu de la guarnición de Huesca.
Miguel fue asignado a una posición defensiva en el sector norte de la ciudad, en compañía de otros doce hombres al mando del sargento Enciso, un aragonés de Tarazona de cuarenta y dos años que había sobrevivido a la Gran Guerra en el norte de África y que tenía la particularidad de no levantar nunca la voz, aunque estuviera dando una orden urgente bajo el fuego, lo cual al principio desquiciaba a los reclutas y luego resultaba ser exactamente la calma que necesitaban.
—Tranquilos —decía Enciso invariablemente, cuando los obuses empezaban a caer—. El que te toca no lo oyes llegar.
Esto no era especialmente reconfortante, pero tenía la virtud de ser breve.
Entre los hombres de la sección había un valenciano llamado Ferando, el más viejo con treinta y cinco años; un chico de Sariñena que se llamaba Ángel y que se ponía a rezar en voz baja cada vez que empezaban los tiros; un maño de Caspe al que todo el mundo llamaba el Caspi y que había sido labrador y jugador de cartas y que era capaz de ganar siempre sin que nadie supiera exactamente cómo; y Esteban Torralba, el chico de Almudévar cuya madre no había parado de llorar en la plaza del pueblo la mañana de la partida.
Esteban y Miguel se hicieron amigos con la rapidez con que solo pueden hacerse amigos los hombres que comparten el mismo miedo.
Capítulo VII
Las primeras cartas
Huesca, 8 de octubre de 1936
Querida Lola:
Llevo ocho días aquí y solo ahora consigo un momento para escribirte. El tiempo no es el que creía que iba a ser: hay mucho esperar y poco dormir, y cuando por fin tienes un rato libre estás tan cansado que lo único que quieres es no pensar en nada.
No te voy a mentir: la situación no es fácil.
El enemigo está cerca, más cerca de lo que me hubiera imaginado.
Pero la guarnición está bien organizada y los mandos saben lo que hacen.
El sargento Enciso, que es el que manda mi sección, parece hecho de piedra de la misma con que está hecha la ciudad.
He conocido a un chico de Almudévar que se llama Esteban. Es buen compañero. Dice que conoce a tu primo Anselmo del servicio militar, así que el mundo es pequeño.
Escríbeme cuando puedas. El correo llega todavía, aunque con retraso.
¿Cómo están tus padres? ¿Y los míos? Cuídalos si puedes.
Tu amigo,
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 15 de octubre de 1936
Miguel:
Tu carta llegó ayer y la leí tres veces antes de doblarla. Tu madre también la leyó, te lo digo para que sepas que aquí estamos todos pendientes de ti.
En el pueblo estamos bien, aunque la cosa está revuelta.
El maestro don Aurelio ha cerrado la escuela definitivamente y se dice que se ha marchado a Zaragoza.
La tienda de ultramarinos de Blas ha empezado a racionar el aceite.
Tu padre trabaja la tierra igual que siempre: no creo que ninguna guerra lo convenciera de parar.
Me alegra que tengas un compañero bueno. Necesitas a alguien de quien fiarte.
Cuídate, Miguel. Y escribe. Aunque sea una línea.
Lola
* * *
Huesca, 22 de octubre de 1936
Querida Lola:
Esta noche ha habido tiros en el sector este. He aprendido ya a distinguir el calibre de los proyectiles por el sonido, lo cual no es el tipo de habilidad que uno espera adquirir en la vida, pero aquí resulta útil.
El Caspi —que así llamamos a un compañero de Caspe— me ha ganado al mus tres noches seguidas. Dice que el secreto está en la cara, que si no te delatas con la cara no te delatan las cartas. Yo creo que hace trampas, pero no tengo manera de probarlo.
Hoy hemos visto los primeros aviones. Sobrevolaron la ciudad dos veces sin soltar nada. Como si midieran. Enciso nos dijo que nos quedásemos en posición y no miráramos para arriba. Nadie hizo caso de lo de no mirar para arriba.
Pienso mucho en la acequia. En esa tarde antes de que me fuera. ¿Recuerdas que estuvimos callados un buen rato? Creo que tendría que haberlo llenado de palabras.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 3 de noviembre de 1936
Miguel:
Sí recuerdo esa tarde. Yo también pienso en ella.
Aquí las noches son frías ya. Mi madre ha sacado los colchones de lana del almacén y los ha puesto a airear. Tu madre me ha pedido que te diga que te pongas el jersey de cuello alto si hace frío, que el pecho del norte aragonés es traicionero. Me lo encargó así, con esas palabras exactas.
He empezado a leer una novela que encontré en casa de los Pueyo, que se han marchado y dejaron casi todo. Se llama «Sin novedad en el frente». Me pregunto si fue buena idea empezarla.
Esteban, tu amigo de Almudévar, ¿es hijo de Matías Torralba? Creo conocer a su familia.
No pares de escribir.
Lola
* * *
Capítulo VIII
Aprender a sobrevivir
Noviembre llegó con lluvia y frío y una intensificación de los bombardeos que cogió a todo el mundo por sorpresa, aunque en cierto modo todos la esperaban.
Los cañones del enemigo eran buenos: calculaban bien las distancias, buscaban los puntos donde el impacto causaría más daño —los cruces de calles, los edificios que podían albergar depósitos o tropas, las torres desde las que se observaba—, y los proyectiles llegaban con una regularidad que acabó teniendo algo de reloj: por la mañana temprano, a mediodía, al atardecer.
Como si el ejército sitiador tuviera también sus horarios.
La guarnición aprendió a vivir con ello.
No porque los bombardeos fueran aceptables —no lo eran, nunca lo serían—, sino porque la alternativa a aprender a vivir con ellos era no vivir en absoluto.
Miguel aprendió, como aprendieron todos, cuándo era seguro cruzar una calle y cuándo había que esperar.
Aprendió dónde estaban los refugios más sólidos y cuánto tardaba en llegar a ellos desde cada punto de la ciudad.
Aprendió a dormir con ruido y a mantenerse despierto con silencio, que paradójicamente era más difícil.
El sargento Enciso los mantenía activos.
Además de las guardias en los puestos defensivos, había patrullas, trabajos de refuerzo de posiciones, instrucción cuando el tiempo lo permitía.
Enciso creía que el soldado parado es el soldado que piensa demasiado, y que pensar demasiado en el asedio era exactamente lo que el asedio buscaba.
—Aquí hay que ocupar las manos —decía—. Las manos ocupadas no tiemblan.
Miguel escribía a Lola siempre que podía.
A veces eran cartas largas, de dos o tres páginas, con descripciones de la ciudad y de sus compañeros y de las pequeñas cosas que estructuraban los días.
A veces eran notas breves, escritas a la luz de una vela porque la electricidad fallaba cada vez más, apenas unas líneas para decir que seguía vivo y pensaba en ella.
Ambas cosas eran igualmente importantes.
Lola respondía con puntualidad. Sus cartas llegaban con irregularidad —a veces dos seguidas después de semanas de silencio, otras con intervalos de pocos días—, pero llegaban siempre, y cada vez que llegaban Miguel las leía en privado, en el rincón menos expuesto de su puesto de guardia, con la misma concentración con que otro hombre podría leer las Escrituras.
Huesca, 14 de noviembre de 1936
Querida Lola:
Escribo deprisa porque en media hora hay guardia. Han bombardeado esta tarde la zona del mercado. Dos civiles heridos, ningún muerto esta vez. El médico militar, el capitán Valls, trabaja sin parar.
El Caspi me ha enseñado a jugar al ajedrez. Dice que el ajedrez y las cartas son iguales: se trata de pensar dos movimientos por delante del otro. He perdido todas las partidas, pero voy aprendiendo.
Esteban está bien. Dice que sí es hijo de Matías de Almudévar y que le mandes saludos a su madre si la ves.
Miguel
* * *
Plasencia del Monte, 25 de noviembre de 1936
Miguel:
He visto a la señora Torralba en el mercado. Le he dicho que Esteban está bien y que manda recuerdos. Ha llorado, pero de alivio, creo. Ha llorado todo el rato que hemos estado hablando, que ha sido bastante.
Aquí el frío ha llegado de golpe. Hemos recibido una circular del Ayuntamiento diciendo que hay que economizar la leña. Mi padre dice que para eso hubiera bastado el sentido común de siempre.
Cuéntame más de la ciudad. Huesca me parece muy lejos y quiero entender dónde estás.
Lola
* * *
Huesca, 2 de diciembre de 1936
Querida Lola:
Me pides que te cuente la ciudad. La ciudad de Huesca es de piedra.
Quiero decir que todo en ella es de piedra: las calles, los edificios, las iglesias, los muros.
Cuando llueve la piedra se vuelve gris oscura y brilla, y cuando hace sol se vuelve casi blanca.
La catedral está en el centro y es enorme, mucho más grande de lo que aparece en las fotografías.
El enemigo no la ha bombardeado todavía, aunque todos sabemos que es solo cuestión de tiempo.
Los civiles que quedan en la ciudad son valientes.
Las mujeres hacen cola para el racionamiento y no se quejan en voz alta.
Los niños, los que hay todavía, juegan en los portales cuando pueden.
Hay algo que me emociona en esa obstinación por seguir viviendo como si el asedio fuera un inconveniente temporal que hay que aguantar con paciencia.