Veinte meses de fuego Capítulo I
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Veinte meses de fuego

Veinte meses de fuego

Por Alejandro Montalban

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Capítulo I

El pueblo y sus luces

El pueblo se llamaba Plasencia del Monte y no tenía más de doscientas almas, aunque algunos domingos, cuando la gente de los caseríos bajaba a misa y los hombres se quedaban charlando en el porche de la cooperativa, podía parecer que tenía el doble.

Era un lugar de piedra gris y tierra roja, con una iglesia del siglo dieciséis que olía a cera y a humedad, y una plaza donde los niños jugaban hasta que el calor de julio los rendía o la voz de alguna madre los llamaba desde lejos.

Miguel era el segundo de cuatro hermanos.

El mayor, Ramón, se había marchado a Zaragoza a los diecisiete años a trabajar en una fábrica de jabones y enviaba dinero cuando podía.

Las dos pequeñas, Celia y Rosa, aún iban a la escuela del pueblo con el maestro don Aurelio, que tenía el bigote caído y una paciencia enorme con los alumnos que tardaban en aprender, y poca con los que no querían hacerlo.

La vida en Plasencia del Monte seguía el ritmo de las estaciones con una fidelidad casi religiosa.

La siembra en otoño, la vigilancia en invierno, la esperanza en primavera, y el trabajo feroz del verano que dejaba a los hombres con los brazos tostados hasta el hombro y los ojos irritados de sol.

No había mucho más. Una radio en el bar de Cipriano que a veces captaba música y a veces solo ruido blanco.

Un cine ambulante que llegaba dos veces al año con películas que ya habían visto en las ciudades y que aquí se recibían como si fueran nuevas. Y la acequia.

La acequia de los Álamos era el verdadero corazón del pueblo para los niños.

Corría paralela al camino de las eras durante casi un kilómetro y en verano el agua bajaba fría y limpia desde la sierra, suficientemente honda en el tramo junto al molino como para que un chico de diez años pudiera chapotear sin tocar el fondo con los pies.

Allí se jugaba, allí se hablaba, allí se aprendían las cosas importantes de la vida que la escuela del maestro don Aurelio no enseñaba.

Allí, en ese tramo junto al molino, Miguel conoció a Lola.

Tenía seis años y ella siete. Él intentaba cazar ranas con un palo y ella lo miraba con los brazos cruzados y la misma expresión levemente escéptica que mantendría durante el resto de su vida cuando alguien hacía algo que le parecía inútil pero pintoresco.

Le preguntó qué iba a hacer con las ranas si las cogía.

Él no lo sabía. Ella suspiró, se sentó a su lado en la orilla, y se quedaron callados un rato largo mirando el agua.

Desde ese día fueron inseparables.

Capítulo II

Dos niños en la acequia

Carmen Dolores Ferrer Ansón —Lola desde el primer día porque su madre decía que Carmen era nombre de mujer seria y ella de seria no tenía nada— era hija del herrero del pueblo y de la maestra sustituta que vino un invierno a cubrir la baja del maestro don Aurelio y se quedó porque se enamoró del herrero, lo cual nadie en el pueblo entendió del todo, pero todos respetaron.

Lola era alta para su edad, con el pelo oscuro y liso que le llegaba a los hombros y unos ojos grises que cambiaban de color según la luz: verdes bajo el sol de mediodía, casi negros en las tardes de tormenta.

Era más lista que la mayoría y lo sabía, aunque había aprendido pronto que en un pueblo pequeño conviene no demostrarlo demasiado abiertamente.

Leía todo lo que caía en sus manos: los libros de la biblioteca del maestro, los periódicos viejos que su padre usaba para envolver las piezas que forjaba, los prospectos de medicamentos, los manuales de agricultura, las novelas de folletín que su madre guardaba en una caja bajo la cama y que Lola encontró a los once años y leyó en secreto con una mezcla de fascinación y vergüenza que todavía le daba calor en las mejillas cuando lo recordaba.

Miguel y Lola crecieron con la misma naturalidad con que crecen los árboles del mismo bosque: cada uno a su manera, pero siempre sabiendo que el otro estaba cerca.

Jugaron juntos, discutieron juntos, se defendieron el uno al otro de los otros niños cuando hizo falta, compartieron meriendas y secretos y largos silencios junto a la acequia en las tardes de verano en que el tiempo parecía detenerse.

Había una diferencia fundamental entre los dos.

Lola sabía exactamente qué quería de la vida: quería estudiar, quería leer, quería salir del pueblo algún día y ver el mar, que ninguno de los dos había visto nunca.

Miguel, en cambio, no sabía qué quería. O más bien: sabía lo que no quería —no quería labrar la tierra como su padre, no quería irse a una ciudad a hacer un trabajo que no entendía— pero no sabía cómo llamar a lo que sí quería.

A veces creía que lo que quería era exactamente lo que tenía: el pueblo, la acequia, la compañía de Lola.

Pero en otras ocasiones eso le parecía muy poco y se avergonzaba de pensar que podía bastarle.

Lo que sí tenía claro, con una certeza que nunca se atrevió a formular en palabras, era que Lola era la persona más importante de su vida.

No lo dijo. Nunca lo dijo. En el pueblo de Plasencia del Monte, los sentimientos importantes no se decían: se suponían, se intuían, se dejaban flotar en el aire como el olor a pan recién hecho o a tierra mojada después de la lluvia.

Decirlos en voz alta hubiera sido una extravagancia, casi una indecencia.

Así que Miguel se calló y Lola también se calló, y los dos siguieron creciendo juntos como si hubiera tiempo de sobra.

En julio de 1936 Miguel tenía diecinueve años y estaba a punto de cumplir los veinte.

Trabajaba en la finca de su padre y los domingos ayudaba al herrero Ferrer en el taller a cambio de unas pesetas que entregaba a su madre sin que nadie se lo pidiera.

No era feliz ni infeliz. Era joven en un pueblo pequeño en el que la Historia, con mayúscula, parecía ocurrir siempre en otro sitio.

Hasta que dejó de ocurrir en otro sitio.

Capítulo III

El uniforme

Las noticias llegaban a Plasencia del Monte con retraso y distorsionadas, como la señal de aquella radio del bar de Cipriano que nunca acababa de sintonizar bien.

En julio hubo algo en Madrid, luego algo en Marruecos, luego algo en Zaragoza.

Los hombres mayores se ponían serios y bajaban la voz.

Las mujeres se santiguaban. Los jóvenes escuchaban y no siempre entendían.

Lo que sí entendió Miguel fue que su hermano Ramón no había escrito en tres semanas, que su padre escuchaba la radio con el ceño fruncido cada noche, y que el maestro don Aurelio no había vuelto a abrir la escuela después de las vacaciones de verano.

En agosto llegó la movilización.

No fue una sorpresa para nadie, aunque todo el mundo fingió que lo era.

Miguel recibió el llamamiento una mañana de martes, con el sol ya alto y su madre amasando pan en la cocina.

El sobre era oficial, con el sello del Ejército impreso en rojo, y Miguel lo tuvo en la mano un buen rato antes de abrirlo, como si el simple acto de no abrirlo pudiera mantener la realidad en suspenso.

Su madre lo abrió ella. Lo leyó dos veces. Luego lo dejó sobre la mesa de la cocina, se dio la vuelta hacia el fregadero y siguió amasando. A Miguel le pareció que los hombros de su madre eran los hombros más valientes que había visto nunca.

Las semanas siguientes transcurrieron en una extraña aceleración del tiempo.

Hubo trámites, declaraciones, el viaje a Huesca en el autobús de línea con otros seis jóvenes del pueblo y de los pueblos cercanos, el reconocimiento médico, la espera en un patio bajo el sol de agosto.

Miguel era, como siempre, el más delgado.

El médico militar que lo reconoció lo miró de arriba abajo con una expresión que hubiera podido interpretarse como escepticismo, pero que al final resultó ser simplemente cansancio.

—Apto —dijo, y estampó un sello.

Le dieron un uniforme que le quedaba ancho en los hombros y largo en los pantalones, y que olía a otro hombre que lo había usado antes que él.

Le dieron también unas botas que le rozaban el tobillo derecho, una mochila de lona con el equipo reglamentario, y un número de matrícula que convirtió su nombre en una cifra.

Miguel Serna Castán. Soldado. Regimiento de Infantería. Destino: Huesca.

Huesca estaba a cuarenta kilómetros de Plasencia del Monte. A cuarenta kilómetros de la acequia, de sus padres, de sus hermanas, y de Lola.

Cuarenta kilómetros que en los meses siguientes se convertirían en el abismo más infranqueable del mundo.

Capítulo IV

La última tarde

Tuvo dos días antes de incorporarse. Cuarenta y ocho horas para despedirse de todo lo que conocía.

Su madre le preparó la ropa limpia y le cosió los botones que le faltaban al abrigo.

Su padre le habló poco y le apretó el hombro en silencio, que para Jacinto Serna era la forma más elocuente de hablar.

Sus hermanas pequeñas, Celia y Rosa, lloraron sin disimulo, lo cual hizo que a Miguel le resultara más difícil no llorar él también.

La tarde antes de marcharse fue a buscar a Lola.

La encontró en el huerto de su casa, recogiendo tomates tardíos con un delantal atado a la cintura. Cuando Miguel entró por la cancela, ella se incorporó y lo miró, y en esa mirada había algo que Miguel no supo nombrar entonces y que tardaría mucho tiempo en entender.

—Ya sé para qué vienes —dijo Lola.

—He venido a despedirme.

Ella asintió y dejó la cesta de tomates en el suelo.

Caminaron hasta la acequia, como habían hecho cientos de veces, y se sentaron en la orilla.

El agua estaba baja en septiembre, casi un hilo entre las piedras, pero todavía corría y el sonido era el mismo de siempre: ese murmullo continuo que Miguel llevaba tan dentro que a veces lo escuchaba en sueños.

Estuvieron callados un rato largo. El sol bajaba despacio hacia la sierra y teñía el cielo de naranja y morado, y las sombras se alargaban sobre la hierba seca de la orilla.

—¿Tienes miedo? —preguntó Lola.

Miguel consideró la pregunta. Hubiera sido más fácil decir que no. Pero Lola era la única persona en el mundo a quien no podía mentirle sin que ella lo notara de inmediato.

—Sí —dijo.

Ella asintió como si esa fuera la única respuesta correcta.

—¿Y tú? —preguntó Miguel.

—También —dijo ella. Y luego, después de una pausa—: Escríbeme.

—Claro.

—En serio, Miguel. Escríbeme, aunque solo sea una línea. Aunque sea para decirme que estás bien.

—Lo haré.

Hubo otro silencio. Un silencio que estaba lleno de todas las cosas que ninguno de los dos dijo.

Miguel pensó en decirlas. Tuvo la boca abierta un momento, con las palabras llegando hasta la garganta, y luego algo —la costumbre, el miedo, la incapacidad crónica que tenía para decir lo que importaba— lo detuvo.

Las palabras bajaron de nuevo y se quedaron donde siempre: dentro.

Lola lo miraba. Sus ojos grises eran casi negros en la luz del atardecer.

—Cuídate —dijo ella finalmente.

—Tú también.

Cuando Miguel se levantó para marcharse, Lola lo cogió de la mano un instante.

No fue un abrazo, no fue un beso. Fue simplemente eso: una mano en la otra, durante el tiempo exacto en que se tarda en decir adiós sin decirlo.

Luego la soltó, recogió la cesta de los tomates, y se fue hacia la casa sin volver la cabeza.

Miguel se quedó mirando cómo se alejaba hasta que la puerta de la cancela se cerraba detrás de ella.

No supo entonces que aquella tarde junto a la acequia sería la última imagen de paz que conservaría durante veinte meses.

Capítulo V

La despedida

El autobús salía a las seis de la mañana desde la plaza del pueblo.

Miguel llegó con su mochila y su abrigo y sus botas que le rozaban el tobillo, y encontró a sus padres y a sus hermanas ya en la plaza, aunque él les había dicho que no hacía falta que vinieran.

Había también otras familias: la madre de Esteban Torralba, que era de Almudévar y que no paró de llorar en ningún momento; el padre de Tomás Gracia, que miraba hacia la sierra con la expresión de alguien que intenta no mirar lo que tiene delante.

Había seis jóvenes en total, seis uniformes nuevos en el polvo gris de la plaza.

No había rastro de Lola.

Miguel la esperó hasta el último momento.

El autobús arrancó y él se asomó por la ventanilla y barrió la plaza con la mirada una vez, dos veces.

Nada. Se dijo que era mejor así, que las despedidas largas eran peores.

Se dijo que era normal que ella no viniera, que ya se habían despedido la tarde anterior.

Se dijo muchas cosas mientras el autobús tomaba la carretera y el pueblo empezaba a empequeñecer detrás del cristal empañado.

Cuando el pueblo ya no era más que un manchón gris entre los campos, Miguel creyó ver una figura de pie en la cuneta de la carretera, con el pelo oscuro y un delantal azul.

Pudo haber sido Lola. Pudo haber sido cualquier mujer del pueblo.

El autobús pasó demasiado rápido para saberlo con certeza, y Miguel no se atrevió a preguntar a nadie si la habían visto porque hacerlo hubiera significado admitir lo mucho que le importaba que estuviera allí.

El autobús llegó a Huesca dos horas después. La ciudad recibió a los reclutas con el ruido sordo de la actividad militar, el ir y venir de camiones, el ladrido de las órdenes en los patios de cuartel. Miguel bajó con su mochila y su abrigo y se dejó arrastrar por el movimiento de los demás.

Esa noche, en el catre de la litera del cuartel, con el olor a hombre y a lona que llenaba la habitación y el ronquido de los compañeros empezando a sonar alrededor, Miguel sacó del bolsillo del abrigo el bloc de cartas que su madre le había metido entre la ropa sin decirle nada.

Encima del bloc había un lápiz y una nota escrita con la letra de su madre que decía solo: «Para que no te olvides de dónde vienes. »

Miguel pensó en escribir a Lola esa misma noche. Luego pensó que era tarde y que no tenía mucho que contar todavía. Rápidamente se durmió.

Al día siguiente, el 30 de septiembre de 1936, las fuerzas republicanas completaron el cerco sobre Huesca.

Nadie dentro de la ciudad lo sabía todavía con toda su dimensión. Lo supieron poco a poco, a medida que los caminos se cerraban y los mensajeros no regresaban y el silencio de fuera se volvía cada vez más espeso.

El asedio había comenzado.