Capítulo XX #6
Ferando regresó a Valencia y encontró a su mujer y a sus tres hijos.
El menor, que tenía cuatro años cuando empezó el asedio, no recordaba a su padre.
Tardó varios meses en llamarle papá con naturalidad.
Ferando decía después que esos meses habían sido los más importantes de su vida, que aprender a ganarte el título de padre por segunda vez le había enseñado cosas que la primera vez no había tenido tiempo de aprender.
Ángel el de Sariñena fue seminarista durante dos años después de la guerra.
Luego decidió que su fe era suficientemente sólida para no necesitar ordenarse y se convirtió en maestro rural.
Enseñó durante cuarenta y tres años en pueblos de la provincia de Huesca.
Nunca dejó de rezar en voz baja en los momentos difíciles.
Esteban Torralba de Almudévar volvió a Almudévar y se casó con una chica de Grañén que tenía una risa parecida a la suya.
Tuvieron cinco hijos. En las reuniones de familia, cuando llegaba el punto de la sobremesa en que los mayores contaban sus historias de guerra, Esteban contaba siempre la misma: el lagarto verde que encontraron en el patio del cuartel de Huesca en el verano del treinta y siete, un lagarto que se quedó mirándolos sin asustarse mientras ellos lo miraban sin decir nada.
El final de la historia era siempre el mismo: «Y luego el lagarto se fue, y nosotros nos quedamos, y así fue como lo hicimos. »
Miguel Serna Castán se quedó en Plasencia del Monte.
Aprendió a labrar la tierra de su padre con el mismo respeto que su padre, aunque también con algo diferente: una paciencia que no había tenido antes de Huesca y que tenía ahora, labrada en él por diecisiete meses de esperar y aguantar.
Llevó a su familia durante treinta años con el mismo sueldo fijo que había buscado al entrar en el Ejército y con algo más: la certeza, no siempre cómoda pero siempre presente, de lo que era capaz de resistir.
Su mayor batalla, dijo una vez —no a muchos, a los que merecían escucharlo—, no había sido la guerra. Había sido aprender a creer que valía lo que valía.
Lo había aprendido.
* * *
Lola Ferrer estudió por fin. Tardó años en poder hacerlo: primero la posguerra, luego el trabajo, luego las responsabilidades que la vida tiene la costumbre de acumular antes de que nadie pueda decir «ahora es el momento».
Pero lo hizo. Se graduó en Magisterio a los treinta y cuatro años, en 1950, y fue maestra rural durante veinte años en pueblos de la Hoya de Huesca y más tarde en la propia Plasencia del Monte, donde enseñó a leer a dos generaciones de niños con la misma paciencia que su madre había aplicado al bachillerato autodidacta y a los calcetines de lana de puntada irregular.
Guardó las cartas de Miguel. Las cuarenta y tres, o las cuarenta y cuatro contando las que llegaron fuera de orden.
Las guardó en la caja de madera bajo el suelo del almacén de la casa, junto a los documentos de la familia, junto al diario de hule negro.
Las guardó durante décadas, sin leerlas seguidas, sacando alguna de vez en cuando los días en que necesitaba recordar de dónde venían las cosas.
La postdata de la carta del primero de marzo de 1938 —«Te quiero también.
Guardado queda.»— la conservó separada de las demás, en el bolsillo interior del monedero que llevaba en el bolso.
No porque fuera la más importante —quizás no lo era, quizás lo era—, sino porque había cosas que no se guardan en cajas. Que se llevan encima.
* * *
La caja de madera fue encontrada años después de que ambos hubieran muerto, bajo el suelo de lo que había sido el almacén de la casa de los Ferrer.
Las dos fotografías sin fecha, el diario de hule negro, las cuarenta y tres cartas.
Y la postdata, que estaba doblada en cuatro y guardada aparte, en un sobre pequeño sin nombre ni dirección.
El editor que encontró los documentos los ordenó por fecha, los transcribió, los publicó con la nota que el lector ha leído al principio de este libro.
Lo que el editor no sabe —porque los editores no pueden saberlo todo— es que la tarde en que Miguel volvió de Huesca y fueron juntos a la acequia de los Álamos, Lola le dijo al final, cuando el sol ya había bajado y se levantaban para volver al pueblo:
—Escríbeme una carta más.
—¿Para qué? —dijo Miguel—. Si ya estoy aquí.
—Para que quede —dijo ella—. Para que dentro de mucho tiempo, cuando ninguno de los dos estemos, quede una carta que diga cómo fue este día.
Miguel la escribió esa noche. Era la carta más corta de las cuarenta y cuatro.
* * *
Plasencia del Monte, 12 de abril de 1938
Querida Lola:
Hoy ha sido el primer día.
La acequia corría. El agua sonaba como siempre. Tus ojos eran verdes bajo el sol de abril.
Me quedé en el pueblo. Tú también te quedaste.
Eso es todo lo que tenía que contar.
Con todo lo que tengo,
Miguel
* * *
FIN
Basada en los hechos reales recogidos en el Boletín Oficial del Ministerio del Ejército,
número 146, de fecha 2 de julio de 1940.
Guarnición de Huesca — 30 de septiembre de 1936 al 22 de marzo de 1938.
Todos los personajes principales son ficticios.
La resistencia de Huesca es real.