Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 20 #2
97%

Capítulo 20 #2

—Tendrá mesa de honor, doña Pura. Se lo ha ganado con creces.

—Lo sé, criatura. Pero se agradece que lo reconozcáis en voz alta.

•

La lista de invitados, elaborada conjuntamente por las dos familias sin apenas consultar a los novios, alcanzó una extensión que sorprendió incluso a Marta, acostumbrada ya a la capacidad de ambas madres para convertir cualquier tarea sencilla en un proyecto de dimensiones considerables.

—Ciento veinte invitados —anunció su madre, por teléfono, con el mismo tono con el que anunciaría un logro personal—. Y eso contando solo a la familia cercana. Si metemos a los primos segundos, se nos va a más de ciento cincuenta.

—Mamá, ni siquiera conozco a la mitad de esos primos segundos.

—Pero ellos sí te conocen a ti, hija. Es lo importante en estos casos.

Hugo, al enterarse de la cifra, se limitó a suspirar con la resignación de quien ya sabía, desde el principio, que aquello no iba a quedarse en una celebración íntima.

—¿Te imaginas si hubiéramos intentado organizarlo nosotros solos? —le preguntó a Marta, esa noche.

—Habríamos hecho algo pequeño, con quince personas y una cena tranquila. Y probablemente habría estado muy bien también.

—Pero esto tiene su encanto, ¿no? Todo el mundo implicado, todo el mundo emocionado. Es agotador, pero tiene su encanto.

—Tiene su encanto, sí. Aunque me reservo el derecho a estar completamente colapsada la semana antes de la boda.

—Ese derecho te lo concedo sin ninguna objeción.

—Y tú te reservas el derecho a desaparecer discretamente si doña Pura te acorrala con más preguntas sobre el traje.

—Trato aceptado. Firmado y sellado con este brindis improvisado.

•

Semanas después, ya con la fecha de la boda decidida y el compromiso asentado en la rutina diaria como un hecho tan natural como cualquier otro, Marta se encontró revisando unas cajas del trastero que llevaba tiempo posponiendo, entre ellas una con objetos de su antiguo piso que nunca había terminado de desempaquetar del todo.

Al fondo de la caja, envuelto en papel de periódico ya amarillento, encontró un pequeño trozo de cerámica que había guardado sin darse cuenta, un fragmento del jarrón de su abuela que se había roto aquella primera noche, hacía ya más de un año.

—Mira lo que he encontrado —le dijo a Hugo, esa noche, mostrándole el fragmento con una sonrisa nostálgica.

Hugo lo tomó entre las manos, examinándolo con el mismo cuidado con el que examinaba cualquier prueba importante, y sonrió al reconocerlo.

—El arma del crimen original.

—Deberíamos enmarcarlo. Como recuerdo de cómo empezó todo.

—¿Un trozo de cerámica rota enmarcado en el salón? Va a ser la decoración más rara que ha visto nunca cualquier invitado que venga a casa.

—Precisamente por eso merece la pena. Nadie más va a tener una historia así que contar.

Lo enmarcaron esa misma semana, en un pequeño cuadro con un cristal protector, colgado junto a la pared de fotografías familiares que ya presidía el salón, con una placa diminuta debajo que Marta insistió en encargar a medida: «Aquí empezó todo.

Octubre de hace un año. Con cariño, un jarrón que dio su vida por el amor. »

—Es ridículo —dijo Hugo, la primera vez que lo vio colgado en su sitio definitivo.

—Es perfecto. Es la historia de nuestra vida resumida en una placa de metacrilato.

—No sé si estoy de acuerdo con el resumen, pero no pienso discutir contigo sobre decoración un día tan bueno como hoy.

—Sabia decisión, agente.

—Ya no soy agente para ti, según recuerdo. Llevas meses llamándome Robocop cuando te conviene.

—Robocop prometido, entonces. Suena a título oficial.

Doña Pura, invitada a cenar esa misma semana como agradecimiento por su papel decisivo en la pedida, se detuvo frente al pequeño cuadro con una expresión de aprobación absoluta en cuanto lo vio.

—Esto es precioso, criaturas. Deberíais cobrar entrada para que la gente viniera a ver la historia completa. Yo misma podría hacer de guía turística, cuento la anécdota mejor que nadie a estas alturas.

—No creo que necesitemos guías turísticas para un trozo de cerámica rota, doña Pura.

—Nunca se sabe. La fama llega de maneras inesperadas.

Se quedaron un momento mirando el pequeño cuadro, con Freud tumbado a sus pies y el resto del piso lleno de las señales de una vida construida juntos con paciencia, discusiones, reconciliaciones y una cantidad considerable de suerte: la pared de fotos de la familia de Hugo, el sofá verde que Marta había insistido en comprar, la lista de la compra compartida pegada en la nevera, y ahora, también, un pequeño trozo de cerámica rota que resumía, mejor que cualquier discurso, cómo dos vecinos que se odiaban formalmente en actas de convivencia habían terminado construyendo, sin planearlo del todo, exactamente la vida que ninguno de los dos sabía que estaba buscando.

—¿Alguna vez te imaginaste que acabaríamos así? —preguntó Marta, apoyando la cabeza en su hombro.

—Ni en mis mejores sueños. Y eso que, en su momento, tenía muy claro que eras la vecina más problemática que había tenido nunca.

—El sentimiento, para que conste, era mutuo.

—Menos mal que los dos nos equivocábamos.

—Menos mal.

•

La boda llegó, como habían prometido las dos madres, en primavera, en un jardín que Marta reconoció, nada más verlo, como el que la madre de Hugo había mencionado meses atrás con tanta insistencia.

El día amaneció despejado, sin ni una nube que amenazara la ceremonia, algo que doña Pura, presente en primera fila con un sombrero que competía en tamaño con el ramo de la novia, atribuyó de inmediato a su intervención personal ante fuerzas superiores que solo ella parecía tener línea directa para negociar.

Marta se vistió esa mañana en casa de su madre, rodeada de las mujeres de su familia y de Cova, que ejerció de dama de honor con una mezcla de eficiencia práctica y emoción contenida que solo se rompió del todo cuando Marta se puso el vestido definitivo.

—Estás preciosa —le dijo Cova, con la voz ya tomada—. Y no me refiero solo al vestido. Me refiero a que se te nota, en la cara, lo feliz que eres. No tenías esa cara hace dos años.

—Lo sé. Ha sido un camino largo hasta aquí.

—Y ha merecido la pena cada tramo, hasta el más difícil.

La madre de Marta, entrando en la habitación con los últimos retoques del ramo, se detuvo un momento a mirar a su hija con una emoción que llevaba semanas conteniendo y que finalmente se le escapó en forma de lágrimas discretas.

—Estás preciosa, hija. Tu abuela estaría muy orgullosa, con lo que le costó a aquel jarrón suyo llegar hasta aquí de una manera tan indirecta.

—Mamá, no me hagas llorar antes de tiempo, que se me va a correr el maquillaje.

—Perdona, perdona. Es que estas cosas me superan.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, Hugo se ajustaba la corbata por tercera vez frente al espejo, con Nando a su lado ofreciendo un apoyo moral que consistía, principalmente, en recordarle chistes malos para distraerlo de los nervios.

—Si te desmayas en el altar, te prometo que lo cuento en cada aniversario durante el resto de vuestra vida de casados —le advirtió Nando, ajustándole el nudo de la corbata con más cuidado del que sus palabras sugerían.

—Gracias por el apoyo incondicional.

—Para eso están los padrinos. Para amenazar con humillaciones públicas si algo sale mal.

—¿Estás nervioso? —preguntó Nando, cambiando por un momento a un tono más serio.

—Muchísimo. Pero es un nervio bueno. Como el de antes de una operación importante, cuando sabes que has hecho todo el trabajo previo y solo queda ejecutarlo.

—Esa es una comparación bastante policial para tu propia boda.

—Es la única manera que tengo de procesarlo sin que se me note demasiado el nudo en el estómago.

—Pues no se te nota nada. Estás perfecto. Vamos, que Marta te está esperando y no pienso ser yo quien te haga llegar tarde a tu propia boda.

—Se lo dije al universo con tiempo —le confió a Ramón, sentado a su lado—. Estas cosas hay que pedirlas con antelación.

—No me cabe ninguna duda, doña Pura.

Cova ejerció de dama de honor con una mezcla de emoción y sarcasmo que resultó, para sorpresa de nadie que la conociera, exactamente la combinación perfecta para el discurso que dio durante el banquete, arrancando lágrimas de risa y lágrimas de las otras a partes iguales entre los invitados.

—Conocí a Marta hace diez años, cuando todavía creía que el amor verdadero se parecía a las películas —dijo, copa en mano, frente a una sala llena—.

Le ha costado un jarrón roto, un ascenso rechazado, una oferta de trabajo declinada, y una cantidad de actas de convivencia que ningún archivo municipal debería tener que gestionar, pero por fin ha encontrado algo mejor que cualquier película: algo real, con discusiones y todo.

Por Marta y Hugo. Que sigan discutiendo por tonterías durante muchos años más, porque está claro que a ellos les funciona.

Nando, junto a Hugo en calidad de padrino, ofreció un brindis considerablemente más breve pero no menos sentido.

—Llevo doce años compartiendo coche patrulla con este hombre, y nunca lo había visto sonreír tanto como en el último año y medio. Gracias, Marta, por hacerle ese favor a toda la comisaría. Se había vuelto insoportable de tan serio.