Capítulo 20 #3
Freud, ataviado con una pajarita que Marta había insistido en comprarle para la ocasión pese a las protestas iniciales de Hugo sobre la dignidad canina, pasó la ceremonia entera tumbado bajo la mesa presidencial, indiferente por completo a la trascendencia del evento pero atento, en todo momento, a cualquier canapé que pudiera caer accidentalmente al suelo.
La ceremonia en sí, breve y sin ninguna pompa excesiva tal como ambos habían pedido expresamente, incluyó un momento que ninguno de los invitados olvidaría con facilidad: cuando el oficiante preguntó si alguien tenía alguna objeción, doña Pura, sentada en primera fila, levantó la mano con una solemnidad que hizo que medio jardín contuviera la respiración durante un segundo entero.
—Ninguna objeción —aclaró, bajando la mano casi de inmediato—. Solo quería comprobar que la pregunta se hacía en serio. Llevo viendo esta boda venir desde hace año y medio, no pensaba dejar que nadie la estropeara ahora.
La sala entera estalló en carcajadas, incluidos los novios, y el oficiante, después de recomponerse, continuó la ceremonia con una sonrisa que no se le borró hasta el final.
Los votos, breves y sin ningún adorno innecesario, resultaron perfectamente coherentes con las dos personas que los pronunciaban: Hugo prometió, entre otras cosas, «seguir aprendiendo a decir las cosas importantes en voz alta, aunque me cueste», y Marta prometió «no dejar nunca que el miedo decida por mí, ni por los dos», frases que sonaron, para quien conocía la historia completa, mucho más profundas de lo que su brevedad sugería.
El primer baile, que ninguno de los dos había ensayado con la seriedad que recomendaban todas las revistas de bodas que la madre de Marta había estado comprando durante meses, resultó ser una mezcla torpe de pasos improvisados y risas compartidas que arrancó, paradójicamente, más aplausos que cualquier coreografía perfecta habría conseguido.
—Se supone que teníamos que practicar esto —le susurró Marta al oído, mientras giraban sin demasiada coordinación por la pista.
—Lo sé. Se me olvidó completamente entre lo de organizar la pedida y lo de sobrevivir a la ansiedad de las últimas semanas.
—Está bien así. Improvisado nos ha funcionado siempre bastante bien, la verdad.
—Es nuestra especialidad, sin duda.
Doña Pura, observando el baile desde su mesa con una copa de champán que llevaba ya la tercera recarga, comentó a quien quisiera escucharla que aquel torpe primer baile era, con diferencia, «el más bonito que había visto en cuarenta años de bodas ajenas», una afirmación que nadie se molestó en cuestionar dado el entusiasmo genuino con que la pronunciaba.
Al final de la noche, ya con los invitados dispersos entre la pista de baile y las mesas, Marta y Hugo se escaparon un momento a un rincón tranquilo del jardín, necesitando un respiro de tanta celebración concentrada en un solo día.
—¿Sabes qué pensé, mientras caminaba hacia el altar? —dijo Marta, todavía con el vestido puesto, los pies ya doloridos después de horas de fiesta.
—¿Qué?
—Pensé en el jarrón. En lo ridículo que sonaría, contado en un discurso serio, que empezamos así. Y pensé que no cambiaría ni un solo detalle, ni siquiera el trozo de cerámica que casi te lanzo a la cabeza sin saberlo.
—Yo pensé algo parecido, la verdad. Que si aquella noche no hubiera subido a quejarme del ruido, probablemente seguiría solo, con Freud, sin saber que la vida podía ser tan buena como ha resultado siendo.
—Menos mal que eras tan cascarrabias con los horarios de descanso.
—Menos mal que tú eras tan desastre con el volumen de la música.
Se rieron los dos, apoyados el uno en el otro bajo las luces del jardín, con la fiesta todavía sonando de fondo y toda la gente que querían a su alrededor, y por un momento, antes de volver a la pista de baile donde Cova y Nando ya llevaban un rato bailando sin ningún pudor, Marta pensó que si alguien le hubiera dicho, un año y medio atrás, sentada entre los trozos de un jarrón roto con cuarenta y siete rechazos laborales a sus espaldas, que aquel sería su futuro, no le habría creído ni por un segundo.
Freud, que había pasado la noche entera bajo la mesa presidencial ignorando la trascendencia del evento, eligió ese preciso momento para acercarse a ellos con un trozo de tarta robado que llevaba en el hocico con una dignidad absoluta, como si fuera perfectamente normal que un perro asistiera a una boda cargado de pruebas de su propio delito.
—Freud, eso no es tuyo —lo regañó Hugo, sin mucha convicción real, mientras el perro los miraba sin ninguna intención de soltar su premio.
—Déjalo. Es su boda también, en cierto modo. Se lo ha ganado.
Volvieron a la pista de baile cogidos de la mano, con Freud pisándoles los talones y su trozo de tarta ya medio devorado, y se unieron a Cova y Nando en un baile que ninguno de los cuatro ejecutaba con demasiada elegancia pero que, precisamente por eso, resultaba exactamente perfecto para cerrar la noche más importante de sus vidas hasta ese momento.
Menos mal que la vida, de vez en cuando, decide sorprender a la gente con algo mejor de lo que se atrevían a imaginar.