Capítulo 20
La noticia del compromiso se extendió por el edificio con una velocidad que ni siquiera doña Pura, en sus mejores días de cotilleo activo, había conseguido igualar jamás, y en menos de veinticuatro horas todos los vecinos, desde Ramón hasta la chica del quinto con su ya adulto y tranquilo perro, habían pasado por el piso de Marta y Hugo a felicitarlos con algún tipo de regalo improvisado o comentario cargado de cariño.
—Enhorabuena a los dos —les dijo Ramón, entregándoles una botella de vino que insistió en que debían guardar «para el día de la boda, no para gastarla en cualquier cena random»—. Sabía que ibais a acabar así desde la primera vez que os vi discutir por el aparcamiento.
—Nunca discutimos por el aparcamiento, Ramón.
—Es un decir. La memoria colectiva del edificio ya ha decidido que fue así, y contra eso no se puede luchar.
La chica del quinto, con su perro ya completamente adiestrado y considerablemente más tranquilo que en sus primeros meses de vida, se presentó también con una tarjeta hecha a mano por sus hijos, que habían dibujado, con evidente ayuda materna, dos figuras cogidas de la mano bajo un sol con forma de corazón.
—Los niños insistieron en hacerla ellos mismos —explicó, algo avergonzada por el resultado artístico—. Espero que os guste, aunque el dibujo deja bastante que desear.
—Es precioso —dijo Marta, con sinceridad, prendiéndolo inmediatamente en la nevera con un imán—. Se queda aquí para siempre, junto a la lista de la compra.
—Menudo honor, compartir espacio con la lista de la compra.
—El máximo honor posible en esta casa, te lo aseguro.
En Marbex, la noticia corrió casi tan rápido como en el edificio, después de que Marta llegara el lunes con el anillo puesto y Nuria lo detectara antes incluso de que se sentara en su mesa.
—¡Enséñame la mano ahora mismo! —exigió, cruzando la oficina con una urgencia que hizo que varios compañeros levantaran la vista de sus pantallas.
—¿Cómo lo has notado tan rápido?
—Soy responsable de contenidos, Marta. Detectar detalles es literalmente mi trabajo.
Elisa, su jefa, se acercó también, con una sonrisa genuina que Marta agradeció, sabiendo que en su antigua empresa una noticia personal así apenas habría merecido un comentario de pasillo.
—Enhorabuena, de verdad. Aunque espero que esto no signifique que nos vas a dejar tirados con la próxima campaña por estar organizando una boda.
—Ni en broma. La campaña sale adelante, boda o no boda.
—Esa es la actitud que me gusta ver.
La llamada a los padres de Marta produjo una reacción tan efusiva por parte de su madre que Marta tuvo que sostener el teléfono a cierta distancia de la oreja durante buena parte de la conversación, mientras su padre, en segundo plano, repetía «me alegro, hija» con la brevedad satisfecha que lo caracterizaba.
—Ya era hora —dijo su madre, sin ninguna sorpresa real en la voz—. Se lo dije a tu tía la semana pasada, «esos dos se casan antes de que acabe el año, ya lo veréis».
—Mamá, ni siquiera hemos puesto fecha todavía.
—Los detalles se resuelven solos, hija. Lo importante es que ya está decidido.
Su padre, tomando el teléfono un momento antes de que su madre colgara, añadió su propia contribución con la brevedad que lo caracterizaba.
—Me alegro, hija. Se te ve bien con él. Con eso me basta.
—Gracias, papá.
Los padres de Hugo, por su parte, recibieron la noticia con el mismo entusiasmo desbordante que habían mostrado en cada etapa anterior de la relación, con su madre planificando ya, en voz alta y sin ninguna vergüenza, el menú de la boda y la lista de invitados, mientras su padre se limitaba a decir «bien hecho, hijo» con una sonrisa que dejaba claro que el comentario contenía mucho más de lo que sus palabras expresaban.
—¿Puedo hacer una sugerencia? —añadió la madre de Hugo, sin esperar en realidad ningún permiso para hacerla—. Casaros en primavera. El jardín del restaurante que conozco está precioso en esa época, y además así tenéis tiempo de sobra para organizarlo todo con calma.
—Mamá, todavía no hemos hablado siquiera de la fecha entre nosotros.
—Pues habladlo pronto, que las buenas fechas de los buenos sitios se reservan con mucha antelación.
El padre de Hugo, en un gesto poco habitual en él, cogió el teléfono un momento para añadir su propia contribución a la conversación.
—Hijo, enhorabuena de verdad. Se te ve tan feliz como el día que ganaste aquel campeonato de fútbol del barrio. Y eso, viniendo de mí, es mucho decir.
—Gracias, papá. Significa mucho.
•
La búsqueda del vestido se convirtió, en las semanas siguientes, en una excursión mensual que incluía a Marta, su madre y Cova, una combinación que produjo tantas discrepancias de gusto como risas compartidas frente a los espejos de las tiendas.
—Ese no —sentenció su madre, ante el tercer vestido que Marta se probaba esa tarde—. Demasiados volantes. Pareces un pastel de boda, no la novia.
—Mamá, es un vestido de novia. Se supone que debe parecer especial.
—Especial, no ridículo. Hay una diferencia.
Cova, sentada en el sofá de la tienda con una copa de cava que la dependienta les había ofrecido como parte de la experiencia, intervino con su habitual sentido práctico.
—Yo creo que el segundo era el bueno. Sencillo, sin exagerar, y se te veía cómoda moviéndote en él. Que es importante, porque vas a pasar horas de pie ese día.
—El segundo era precioso, la verdad —coincidió Marta, mirándose de nuevo en el espejo con el vestido en cuestión, un modelo sin adornos innecesarios que le recordaba, en su sencillez, al propio anillo que llevaba en el dedo.
—Pues ya está. Decisión tomada. Podemos ir a comer algo, que llevo dos horas sin probar bocado y la paciencia se me agota.
Hugo, por su parte, resolvió el asunto de su propio traje en una única tarde, con la eficiencia práctica que lo caracterizaba, ante la sorpresa de Nando, que había reservado toda una tarde libre para acompañarlo esperando un proceso mucho más largo.
—¿Ya está? ¿Un traje y ya?
—Me ha gustado el primero que me he probado. No veo motivo para complicarlo más.
—Sois polos opuestos en esto, tú y Marta. Ella lleva un mes entero de compras y tú lo resuelves en cuarenta minutos.
—Cada uno tiene su método. El mío es más eficiente, para que conste.
—El suyo probablemente sea más divertido, para que conste también.
Cova y Nando, presentes en casi todos los momentos importantes de la pareja durante el último año, no fueron una excepción en las celebraciones posteriores, aunque el propio Nando aprovechó la ocasión para hacer un anuncio que sorprendió, gratamente, a todos los presentes.
—Ya que estamos en modo anuncios importantes —dijo, una noche, durante una cena improvisada en casa de Marta y Hugo para celebrar el compromiso—, Cova y yo hemos decidido irnos a vivir juntos.
—¡¿Qué?! —exclamó Marta, con una alegría que no disimuló en absoluto—. ¿Desde cuándo?
—Lo decidimos la semana pasada. No queríamos robaros protagonismo con vuestro compromiso recién anunciado, así que esperamos al momento oportuno para contarlo.
—Menos mal que lo contáis ahora. Habría sido un crimen que os quedarais callados por educación.
—Contagio de buena influencia —admitió Cova, sonriendo—. Lleváis meses demostrando que la convivencia entre dos personas cabezotas puede funcionar. Hemos decidido intentarlo también.
—¿Y cómo os repartís vosotros las tareas? —preguntó Marta, con curiosidad genuina—. Porque a nosotros nos costó un poco al principio.
—Nando cocina, yo friego. Es la única división de tareas que no ha generado ninguna discusión hasta ahora, así que no pensamos tocarla.
—Es un sistema sólido —confirmó Nando—. Aunque también hemos descubierto que discrepamos violentamente sobre la temperatura ideal del aire acondicionado, así que ese sigue siendo un tema abierto.
—Bienvenidos al glamuroso mundo de la convivencia real —dijo Hugo, con la experiencia reciente todavía fresca—. Descubriréis muchas más batallas de las que imagináis, todas ellas absurdas y todas ellas, sorprendentemente, resolubles con un poco de paciencia.
—Por cierto —añadió Nando, con una sonrisa maliciosa—, hemos encontrado piso en un edificio a dos calles de aquí. Así que vais a seguir aguantándonos de cerca durante los próximos años, para vuestra desgracia.
—Para nuestra suerte, querrás decir —corrigió Hugo, levantando su copa en un brindis improvisado—. Por las parejas que se forman por casualidad y terminan siendo lo mejor que les ha pasado.
—Por eso —brindaron todos, entrechocando las copas con un entusiasmo que hizo que Freud, tumbado en su baldosa preferida, levantara la cabeza un momento antes de decidir que la conmoción no merecía la interrupción de su siesta.
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La cuestión de la fecha de la boda se resolvió, finalmente, de una manera que ninguno de los dos había anticipado: durante una comida familiar conjunta —la primera de muchas, sospechaban ambos, dado el entusiasmo de las dos familias por seguir organizando encuentros— las madres de Marta y Hugo terminaron coincidiendo, casi por casualidad, en que la primavera siguiente sería el momento perfecto, sin que ninguno de los futuros novios hubiera tenido demasiada participación real en la decisión.
—Creo que nos han organizado la boda sin preguntarnos —le susurró Marta a Hugo, observando a las dos madres intercambiar números de floristerías con una complicidad instantánea que parecía llevar años cultivándose.
—Creo que tienes razón. Y no sé si deberíamos alarmarnos o simplemente dejar que pase.
—Yo voto por dejar que pase. Total, la fecha que han elegido nos parece bien a los dos.
—Es la ventaja de tener madres eficientes. Ahorra mucho trabajo de planificación.
Doña Pura, informada de la fecha apenas veinticuatro horas después por canales que nadie consiguió identificar con certeza, ya había empezado a hacer planes propios para la ocasión.
—Espero una invitación formal, por supuesto —les dijo, la siguiente vez que se cruzaron en el portal—. Y quiero sentarme cerca de la tarta. A mi edad, hay prioridades que no se negocian.