Capítulo 19
La noche anterior al gran día, Hugo apenas durmió, dando vueltas en la cama con una mezcla de nervios y anticipación que Freud, atento a cualquier cambio en el estado de ánimo de su dueño, pareció percibir con una preocupación silenciosa, subiéndose a la cama en un gesto que normalmente tenía prohibido y que esa noche, excepcionalmente, Hugo no tuvo fuerzas para impedir.
—Mañana es el día, Freud —le susurró, en la oscuridad—. Espero no fastidiarla.
El perro, por toda respuesta, suspiró profundamente y se acomodó mejor contra su costado, lo cual Hugo decidió interpretar, una vez más, como una muestra de solidaridad canina incondicional.
El sábado elegido amaneció como cualquier otro, sin ninguna señal aparente de la magnitud de lo que estaba a punto de suceder, aunque Marta pasó la mañana con la sensación difusa de que Hugo estaba especialmente atento, casi solícito, de una manera que en cualquier otra persona habría resultado sospechosa pero que en él, dada su naturaleza generalmente atenta, no levantó ninguna alarma real.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó, mientras desayunaban, notándolo más callado de lo habitual.
—Perfectamente. Solo pensando en el trabajo.
—Es sábado, Hugo. No tienes turno.
—Precisamente por eso me extraña tanto pensar en ello.
Marta se rio, sin darle mayor importancia, y se marchó a hacer unos recados de la mañana sin sospechar que, mientras tanto, en el trastero comunitario dos pisos más abajo, Cova y doña Pura ya estaban desplegando guirnaldas de luces con la precisión de dos generales preparando una operación militar.
De camino a la frutería, Marta se cruzó con Cova, que llevaba una bolsa sospechosamente grande para tratarse, según ella misma explicó con una rapidez que en otro contexto habría levantado sospechas, de «unas cosas para donar a la parroquia».
—¿Desde cuándo donas cosas a la parroquia? Ni siquiera vas a misa.
—Uno puede ser generoso sin ser practicante, Marta. No juzgues mis obras de caridad.
—Estás rarísima hoy. Todo el mundo está rarísimo hoy, la verdad. Hugo también actuaba raro en el desayuno.
—Serán cosas del tiempo. Dicen que los cambios de presión atmosférica afectan al comportamiento de la gente.
—Eso te lo acabas de inventar.
—Puede ser. Pero suena convincente, ¿no?
Marta se despidió de Cova con una sonrisa divertida, sin darle mayor importancia al comentario, completamente ajena a que la bolsa sospechosa contenía, en realidad, la mitad de las guirnaldas de luces que en menos de una hora estarían decorando el trastero comunitario.
En la frutería, Marta se dejó tentar por un ramo de flores de temporada que le pareció bonito sin ningún motivo particular, decidiendo que su salón necesitaba algo de color esa semana.
No podía imaginar, mientras pagaba las flores, que apenas unas horas después estaría rodeada de un ramo de flores completamente distinto, sostenido por manos temblorosas de nervios, en un trastero transformado para la ocasión.
Pasó el resto de la mañana haciendo recados sin prisa, disfrutando del sábado tranquilo sin sospechar en absoluto que, en el edificio que dejaba atrás, la maquinaria de la sorpresa llevaba ya horas en marcha.
Marta llegó a casa esa tarde de sábado sin ninguna sospecha, cansada después de una semana especialmente intensa en Marbex, con la única idea en la cabeza de cenar algo ligero y ver una serie tirada en el sofá con Hugo y Freud.
—¿Puedes bajar al trastero un momento? —le pidió Hugo, nada más entrar ella por la puerta, con una naturalidad tan estudiada que a Marta, en su cansancio, no le levantó ninguna alarma—.
Doña Pura quiere revisar las cajas de la fiesta antes de la próxima reunión, y me ha pedido que la ayude, pero tengo que hacer una llamada de trabajo primero.
—¿Ahora mismo? Acabo de llegar.
—Cinco minutos, lo prometo. Doña Pura está esperando.
Marta suspiró, con el cansancio propio de quien preferiría no moverse del sofá pero sabe que negarse a doña Pura conlleva más esfuerzo emocional que ceder directamente, y bajó las escaleras hacia el trastero sin imaginar lo que la esperaba al otro lado de la puerta.
Notó, al acercarse, un resplandor tenue que se colaba por debajo de la puerta, distinto de la luz fluorescente habitual del pasillo, aunque lo atribuyó, sin darle mayor importancia, a alguna bombilla nueva que doña Pura habría decidido instalar por su cuenta sin consultar a nadie, como solía hacer con cualquier mejora que se le ocurriera para el edificio.
Al abrirla, se encontró con un espacio completamente transformado: las guirnaldas de luces que recordaba de la fiesta de la comunidad colgaban de las paredes, velas encendidas repartidas con cuidado por el suelo, y una manta con cojines en el centro, todo iluminado con una calidez que no tenía nada que ver con el trastero que ella conocía.
—¿Qué es esto? —preguntó, en voz alta, a una sala vacía, porque doña Pura no estaba por ningún lado y la sensación de haber caído en algún tipo de encerrona empezaba a instalarse en su estómago.
Fue entonces cuando oyó pasos detrás de ella, y al girarse encontró a Hugo, ya sin el móvil en la mano ni ninguna excusa de llamada de trabajo, con una expresión que combinaba el nerviosismo más genuino que le había visto nunca con una determinación que no dejaba lugar a dudas sobre lo que estaba a punto de pasar.
—Doña Pura no está aquí, ¿verdad? —dijo Marta, aunque la pregunta ya era más una constatación que una duda real.
—No. La excusa era mía. Espero que me perdones el numerito.
—Hugo, ¿qué está pasando?
Él respiró hondo, con esa expresión de quien ha ensayado un discurso durante semanas y de pronto siente que todas las palabras se le escapan de la cabeza al mismo tiempo.
—Hace un año, en este mismo edificio, una mujer me abrió la puerta con un trozo de jarrón en la mano, dispuesta a defenderse de mí como si fuera una amenaza real.
Han pasado muchas cosas desde entonces: actas de convivencia, goteras, una fiesta que organizamos juntos, un hospital, una oferta de trabajo que rechazaste, un ascenso que rechacé yo, una mudanza.
En algún punto de todo eso, sin que yo lo planeara, dejaste de ser la vecina problemática del tercero B y te convertiste en la persona con la que quiero construir absolutamente todo lo demás.
Hizo una pausa, buscando las siguientes palabras con la misma determinación con la que solía redactar sus informes, aunque esta vez ningún procedimiento establecido pudiera ayudarle a estructurar lo que sentía.
—Llevo doce años construyendo una vida basada en el control, en las normas, en saber siempre lo que iba a pasar a continuación.
Contigo eso se ha ido al traste por completo, y es la mejor cosa que me ha pasado nunca.
No sé qué va a pasar mañana, ni el año que viene, ni dentro de diez años.
Pero sé, con una certeza que no había sentido nunca sobre nada, que quiero que sea contigo, pase lo que pase.
Marta sintió que el corazón le latía con una fuerza que no recordaba haber sentido nunca, mientras veía a Hugo meterse la mano en el bolsillo y sacar una pequeña caja que ella reconoció, con un vuelco en el estómago, exactamente por lo que era.
—No se me da bien esto de las palabras bonitas, ya lo sabes. Prefiero las cosas concretas, los hechos, las decisiones tomadas con toda la información disponible. Y con toda la información que tengo, después de un año entero, la decisión más clara de mi vida es esta.
Se arrodilló, con la caja abierta entre las manos, mostrando un anillo sencillo que brillaba tenue bajo la luz de las velas.
—Marta, ¿quieres casarte conmigo?
El silencio que siguió duró, para Hugo, una eternidad angustiosa, aunque en realidad no pasaron más de dos o tres segundos antes de que Marta, con los ojos ya llenos de lágrimas que no intentó contener, contestara con una claridad que no dejaba lugar a ninguna duda.
—Sí. Sí, quiero.
Hugo se levantó y la abrazó con una fuerza que la levantó ligeramente del suelo, y se besaron entre risas y lágrimas, con las guirnaldas de luces parpadeando alrededor y las velas proyectando sombras cálidas sobre las paredes del trastero que, apenas un año atrás, había sido escenario de discusiones sobre cartón mal doblado y perros que ladraban demasiado pronto por las mañanas.
—¿Cómo se te ha ocurrido hacerlo aquí? —preguntó Marta, cuando por fin consiguió recomponerse lo suficiente como para hablar con claridad.
—Porque aquí fue donde casi nos besamos por primera vez. Porque aquí es donde, en el fondo, empezó todo esto de verdad, más que en el jarrón. Me pareció el sitio correcto para que también terminara —bueno, no termine, sino que dé el siguiente paso— de la manera correcta.
—Es la cosa más bonita que me han dicho nunca, y viene de un hombre que hace un año me amenazaba con ordenanzas municipales.
—La gente cambia. Algunas personas más rápido que otras, cuando encuentran el motivo adecuado.
Se quedaron un momento más en silencio, simplemente mirándose, con el anillo ya puesto en el dedo de Marta y las guirnaldas todavía parpadeando alrededor, disfrutando de ese instante suspendido antes de que el mundo exterior, inevitablemente, reclamara su atención.
—Gracias —dijo Marta, de pronto, con una voz mucho más suave que la que había usado hasta entonces.
—¿Por qué?
—Por elegirme. Por elegir esto, con toda su imperfección, en lugar de la vida más ordenada y predecible que probablemente habrías tenido sin mí.
—No hay ninguna vida que prefiera a esta. Ni la más ordenada, ni la más predecible, ni ninguna otra.
En ese momento, la puerta del trastero se abrió de golpe, revelando a Cova, Nando y doña Pura apiñados en el marco, incapaces de seguir esperando fuera con la paciencia que se les había pedido.
—¡¿Y bien?! —gritó Cova, sin ningún disimulo—. No hemos podido aguantar más tiempo fuera. ¿Qué ha dicho?
Marta les enseñó la mano izquierda, con el anillo ya puesto, y el grito colectivo que siguió probablemente se oyó en todo el edificio, incluidos los pisos que no tenían ningún interés directo en el asunto.
—¡Lo sabía! —proclamó doña Pura, con las manos entrelazadas sobre el pecho en un gesto de triunfo absoluto—. Lo supe desde el primer acta de incidencias. Se lo dije a todo el mundo.
—Doña Pura, técnicamente usted no sabía que esto iba a pasar hasta hace tres semanas, cuando Cova se lo contó —le recordó Hugo, sin mucha esperanza de que aquello cambiara la narrativa oficial.
—Los detalles son irrelevantes, criatura. Lo importante es el resultado, y el resultado me da la razón.
Nando se acercó a felicitar a Hugo con un abrazo que incluyó una palmada en la espalda con más fuerza de la estrictamente necesaria, mientras Cova examinaba el anillo en el dedo de Marta con la atención minuciosa de una experta.
—Buen gusto, Hugo. Reconozco mi propia influencia en la elección del modelo.
—Tú solo diste tu aprobación sobre una foto, Cova. No te atribuyas más mérito del que corresponde.
—La aprobación es una forma de mérito. Acéptalo con elegancia.
Doña Pura, que llevaba un rato observando la escena con lágrimas discretas que se secaba con disimulo, se acercó a Marta para darle un abrazo que la sorprendió por su fuerza, considerando la edad de la anciana.
—Me alegro tanto por vosotros, criatura. De verdad. Este edificio necesitaba una buena historia de amor de vez en cuando, y vosotros dos la habéis dado por partida doble.
—Gracias, doña Pura. Por todo. Por las actas, por las intromisiones, por juntarnos en la organización de la fiesta, por esto de hoy. Sin usted, probablemente no habríamos llegado hasta aquí ni la mitad de rápido.
—Lo sé, criatura. Llevo diciéndolo desde el principio.
Ramón, avisado a toda prisa por un mensaje grupal que Cova había enviado nada más salir Marta con el anillo puesto, llegó al trastero apenas diez minutos después, todavía con el uniforme del taxi puesto, sin haber podido cambiarse siquiera.
—No me lo podía perder —explicó, sin aliento—. He dejado al último cliente tirado a dos calles de aquí. Espero que lo entienda.
—Ramón, eso es un abandono de servicio en toda regla —bromeó Hugo.
—Es una prioridad superior, agente. O expareja de agente en todo esto de las actas, ya no sé cómo llamarte.
—Hugo está bien. Llevamos meses siendo solo vecinos con beneficios de amistad, olvídate de las actas.
—Con beneficios de compromiso, ahora —corrigió Ramón, señalando el anillo con una sonrisa enorme—. Enhorabuena de corazón, a los dos.
En medio de la celebración, Marta se apartó un momento para llamar a su madre, incapaz de esperar hasta el día siguiente para darle la noticia en persona.
—Mamá, tengo que contarte algo.
—¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?
—Todo bien, mamá. Mejor que bien. Hugo me ha pedido matrimonio.
El grito que soltó su madre al otro lado de la línea fue tan fuerte que Hugo, desde el otro lado del salón, lo oyó perfectamente sin necesidad de que Marta pusiera el altavoz.
—¡Lo sabía! Se lo dije a tu padre la semana pasada, «esos dos se casan antes de fin de año, ya lo verás». ¿Cuándo ha sido? ¿Cómo te lo ha pedido? Necesito todos los detalles, ahora mismo.
—Mamá, dame un segundo para respirar, que llevo diez minutos siendo la protagonista de mi propia noticia y todavía no me he sentado.
—Perdona, perdona. Es que estoy tan contenta, hija. De verdad.
—Yo también, mamá. Yo también.
La celebración se trasladó, esa misma noche, al piso de Marta y Hugo, donde improvisaron una cena con lo que encontraron en la nevera y una botella de cava que Ramón, avisado a última hora por un mensaje de Cova, apareció con ella bajo el brazo apenas veinte minutos después, alegando que «una noticia así no se celebra con agua del grifo».
—A ver, contadlo todo con detalle —exigió Ramón, sirviendo el cava en copas que no hacían juego entre sí porque nadie tenía suficientes iguales—. Quiero la versión completa, sin escatimar en ningún detalle romántico.
Marta y Hugo se turnaron para contar la historia, interrumpiéndose mutuamente para añadir matices que el otro había olvidado, mientras Cova y Nando escuchaban como si no hubieran estado presentes en la parte final, y doña Pura asentía con satisfacción en cada punto donde su intervención había resultado decisiva.
—Y pensar que todo empezó porque a alguien se le rompió un jarrón —comentó Ramón, cuando terminaron el relato—. La vida tiene un sentido del humor mejor del que la gente le reconoce.
—Es lo mismo que dijo el comisario de Hugo, cuando se enteró de todo el contexto —añadió Nando, riéndose—. Parece que todo el mundo coincide en eso.
La noche se alargó hasta bien pasada la medianoche, entre risas, brindis repetidos y una cantidad de anécdotas del último año que ninguno de los presentes se cansaba de repetir, hasta que, uno a uno, los invitados fueron despidiéndose, dejando a Marta y Hugo solos en su salón, rodeados todavía de copas por recoger y con el anillo brillando suavemente bajo la luz tenue de la lámpara del pasillo.