Capítulo 18
Reclutar a Cova resultó más fácil de lo que Hugo esperaba, aunque su reacción inicial fue, como era previsible, un chillido que Nando tuvo que sofocar tapándole la boca con la mano en mitad de la cafetería donde se habían citado para contárselo.
—¡Perdona! —susurró Cova, apartando la mano de Nando con una sonrisa que no podía contener—. Es que esto es enorme. Llevo esperando este momento desde el jarrón, literalmente.
—¿Cómo que desde el jarrón? —preguntó Hugo, genuinamente sorprendido.
—Marta me llamó esa misma noche para contarme lo del vecino cascarrabias que le había montado un numerito por la música. Le dije, textualmente, «ese hombre te va a dar mucho que hablar». No sabía que sería en este sentido, pero acerté de pleno.
—Vaya. No sabía que había pronósticos sobre nosotros desde el primer día.
—Hay pronósticos sobre casi todo, Hugo. Algunos simplemente tardan más en cumplirse que otros.
—Necesito que me ayudéis a organizarlo sin que Marta sospeche nada —dijo Hugo, todavía algo aturdido por la reacción—. Y sin que doña Pura lo estropee antes de tiempo.
—Doña Pura es un problema logístico complicado —admitió Cova—. Pero también es la única persona con acceso permanente a información de todo el edificio. Si la metemos en el plan desde el principio, se convierte de obstáculo en aliada.
—Es un riesgo calculado.
—Todo en la vida es un riesgo calculado, Hugo. Bienvenido a la logística de las sorpresas.
—Una cosa más —añadió Hugo, algo avergonzado—. No sé la talla del anillo. Lo compré aproximado, pero necesitaría confirmarlo antes de comprometerme del todo con el modelo definitivo.
—Yo me encargo —dijo Cova, con una seguridad inmediata que sorprendió a los dos hombres—. Conozco el truco perfecto. Dadme un par de días.
Cova cumplió su palabra invitando a Marta a una joyería con la excusa de ayudarla a elegir un regalo para su madre, y en el proceso, con una naturalidad pasmosa, consiguió que Marta se probara varios anillos «solo por curiosidad, para ver qué estilo le gustaba a la gente en general».
—¿Y este regalo para tu madre es exactamente qué? —preguntó Marta, mirando alrededor de la joyería sin ver nada que pareciera apropiado para una mujer de sesenta años—. Porque no veo mucho aquí que le pueda gustar.
—Un broche, creo. Todavía lo estoy pensando. Mientras tanto, aprovechemos para curiosear un poco.
—¿Por qué te interesa tanto mi talla de anillo? —preguntó Marta, en un momento de la excursión, con una sospecha que Cova consiguió desviar con una habilidad interpretativa que ni ella misma sabía que poseía.
—Curiosidad, nada más. Es interesante ver qué le queda bien a cada persona.
—Qué rara te has vuelto últimamente.
—Será la edad. Nos afecta a todos de maneras distintas.
—Con veintinueve años recién cumplidos, no sé yo si «la edad» es una excusa muy convincente.
—Es la excusa que tengo disponible ahora mismo. Acéptala con elegancia.
Marta, demasiado distraída admirando un anillo con una piedra azul que le pareció precioso pero completamente fuera de su presupuesto, no insistió más en el tema, algo que Cova agradeció profundamente mientras memorizaba discretamente el número que aparecía en el medidor de tallas para pasárselo a Hugo esa misma noche.
—Misión cumplida —le dijo a Hugo por mensaje, esa misma tarde, junto con el número exacto—. Ha sido más fácil de lo esperado. Marta estaba demasiado distraída soñando con un anillo de zafiro que nunca se va a comprar como para sospechar nada.
«Eres una espía nata», contestó Hugo, aliviado de tener por fin el dato que le faltaba.
«Lo sé. Deberíais considerar contratarme para futuras operaciones encubiertas en la comisaría.»
«Ya tenemos suficiente con Nando de bromista oficial. No creo que sobreviviéramos a los dos juntos.»
Doña Pura, informada esa misma tarde por Cova con todo el dramatismo que la ocasión merecía, reaccionó con una mezcla de orgullo y eficiencia que sorprendió a todos los presentes.
—Ya era hora —fue lo primero que dijo, sin ningún atisbo de sorpresa real—. Llevo meses diciéndolo. ¿Qué necesitáis de mí?
—Discreción, sobre todo —dijo Hugo—. Y quizás ayuda con las luces del trastero. Quiero que esté decorado, pero sin que se note demasiado antes de que llegue Marta.
—¿Y qué le vas a decir para que baje? Porque conociendo a esa chica, necesita un motivo bastante convincente para moverse del sofá un sábado por la tarde.
—Estoy pensando en algo relacionado con las cajas de la fiesta de la comunidad. Algo que suene aburrido pero razonable.
—Perfecto. Nada levanta menos sospechas que el aburrimiento genuino.
—Puedo conseguir guirnaldas de la fiesta de la comunidad, todavía guardadas en mi trastero particular. Y unas velas, aunque tendréis que apagarlas rápido si suena la alarma de incendios, que ese cacharro es sensible.
—Gracias, doña Pura.
—No me las des todavía. Dámelas cuando lo hayáis hecho oficial. Y ni se te ocurra estropearlo con nervios de última hora, que te conozco y sé que tiendes a sobreplanificar hasta paralizarte.
Ramón, informado por doña Pura porque «un buen plan necesita todas las manos disponibles», se ofreció voluntario para encargarse de un detalle que a nadie más se le había ocurrido: mantener alejados a los demás vecinos del trastero durante la tarde de la decoración, con la excusa de una supuesta fumigación urgente que él mismo se inventó con una convicción sorprendente.
—Nadie va a cuestionar una fumigación de urgencia —explicó, satisfecho con su propia estrategia—. La gente le tiene tanto miedo a las cucarachas que ni se plantea acercarse a comprobarlo.
—Eres un genio del engaño, Ramón —le dijo Cova, admirada.
—Doce años conduciendo un taxi de noche dan para desarrollar cierta creatividad situacional. Es un placer poder aplicarla a una causa tan bonita como esta.
El día de la fumigación falsa, Ramón se apostó literalmente en la puerta del trastero con un cartel improvisado y una actitud tan convincente que hasta el vecino del cuarto, el reponedor de supermercado que normalmente no se dejaba impresionar por nada, decidió posponer su visita rutinaria al trastero para otro día.
—Mejor no arriesgarse con las cucarachas —le dijo a Ramón, alejándose con paso apresurado—. Avísame cuando esté controlado.
—Lo haré, no te preocupes —contestó Ramón, aguantando la risa hasta que el vecino desapareció por las escaleras.
El propio Ramón, satisfecho con su actuación, se quedó un rato más apostado en la puerta por si acaso alguien más decidía aparecer, comentando con doña Pura, que pasaba por allí cargada de guirnaldas adicionales, lo bien que se le daba mentir cuando la causa lo merecía.
—Deberías haberte dedicado al teatro, Ramón —le dijo doña Pura, con admiración genuina—. Tienes un talento natural para el engaño con buenas intenciones.
—Es un don que cultivo en el taxi todos los días. La gente se sorprendería de las historias que hay que inventarse para justificar un atasco.
Aquello no era del todo falso, como Hugo descubrió en los días siguientes, mientras revisaba mentalmente el plan una y otra vez, cambiando detalles que ya estaban decididos, dudando de la fecha elegida, del momento exacto del día, de si el anillo era el adecuado o debería haber elegido otro modelo.
—Estás siendo ridículo —le dijo Nando, una tarde, encontrándolo revisando por quinta vez la lista de canciones que había preparado para poner de fondo—. Ya lo tienes todo decidido. Deja de darle vueltas.
—¿Y si dice que no?
—No va a decir que no.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo un año viéndoos juntos, Hugo. Porque esa mujer rechazó volver a una empresa que le ofrecía el doble de sueldo por quedarse cerca de ti. Porque tú rechazaste un ascenso importante por la misma razón. Si eso no es suficiente evidencia, no sé qué necesitas.
—Tienes razón. Es solo que... nunca había querido algo tan importante en mi vida, y la idea de que algo salga mal me paraliza más de lo que me gustaría admitir.
—Es normal tener miedo, Hugo. Significa que te importa de verdad. Lo raro sería que no lo tuvieras.
—¿Tú tienes miedo, con Cova?
—Todos los días. Pero prefiero ese miedo a la tranquilidad que tenía antes de conocerla, cuando no me arriesgaba a nada porque tampoco tenía nada que perder.
—Bienvenido al club de los enamorados aterrorizados. Yo llevo meses ahí, aunque Cova y yo todavía no hemos llegado a esta fase, para que conste.
—¿Vosotros también estáis pensando en algo así?
—Es demasiado pronto para eso. Pero no descarto que algún día lleguemos, si las cosas siguen como van.
•
Mientras tanto, completamente ajena a la operación en marcha, Marta pasó esa misma semana comentándole a Cova, por teléfono, lo tranquila y asentada que sentía la relación últimamente.
—Es raro decirlo así, pero llevamos meses sin ninguna crisis grande. Ni ascensos, ni exparejas, ni hospitales. Solo vida normal, aburrida en el mejor sentido posible.
—Suena maravilloso, la verdad —contestó Cova, con una voz que a Marta le pareció, sin saber bien por qué, ligeramente tensa.
—¿Estás bien? Suenas rara.
—Perfectamente. Solo cansada. Nando y yo llevamos toda la semana liados con lo del piso nuevo.
—Es verdad, con las mudanzas una nunca tiene tiempo para nada. Bueno, que sepas que me alegro muchísimo por vosotros dos.
—Y yo me alegro por vosotros, más de lo que te imaginas ahora mismo.
Marta no le dio mayor importancia al comentario, sin sospechar en absoluto cuánto significado escondía esa última frase.
En un momento de duda particularmente intenso, tres días antes de la fecha elegida, Hugo llamó a su madre buscando algo parecido a consuelo, aunque sabía perfectamente que lo que iba a recibir sería, más bien, una sobredosis de entusiasmo materno sin filtro.
—¿Y si digo algo mal? ¿Y si me quedo en blanco?
—Hijo, llevas toda tu vida siendo un hombre de pocas palabras y grandes gestos. No necesitas un discurso perfecto. Necesitas estar presente, decir la verdad, y dejar que ella vea lo que ya lleva viendo en tu cara desde hace meses.
—¿Y si lo estropeo con los nervios?
—No lo vas a estropear. Y si te trabas, si se te olvida algo, si el momento no sale exactamente como lo has planeado, tampoco pasa nada. Las mejores historias nunca salen exactamente como se planean. Mira la vuestra, empezó con un jarrón roto.
—Eso es cierto.
—Confía en ti mismo, hijo. Y confía en ella. Los dos os merecéis esto.
Colgó con una calma renovada que le duró, aproximadamente, hasta la mañana siguiente, cuando los nervios volvieron con toda su fuerza al comprobar que solo quedaban dos días.
La fecha elegida fue un sábado, tres semanas después de la conversación inicial con Nando, un tiempo que a Hugo le pareció eterno y a la vez insuficiente para preparar todo lo que quería tener listo.
El plan consistía en pedirle a Marta que bajara al trastero con la excusa de revisar unas cajas antiguas de la fiesta de la comunidad, un pretexto que Hugo había elegido precisamente porque no levantaría ninguna sospecha, dado que la comunidad seguía celebrando su fiesta anual y las cajas realmente necesitaban revisión.
—Esto tiene que salir perfecto —le dijo a Freud, la mañana del día elegido, mientras el perro lo observaba con una paciencia que parecía casi comprensiva—. No me falles ahora, que necesito toda la suerte que puedas transmitirme.
Freud, ajeno por completo a la trascendencia del día, se limitó a apoyar la cabeza en su regazo, un gesto que Hugo decidió interpretar, contra toda evidencia científica, como una muestra de apoyo canino incondicional.
Se pasó la mañana repasando el discurso que llevaba semanas preparando, cambiando palabras, tachando frases que le sonaban demasiado ensayadas, hasta que Nando, que había pasado a última hora a comprobar que todo seguía en marcha, le confiscó literalmente el papel donde lo tenía escrito.
—No vas a leer un discurso de una hoja de papel, Hugo. Esto no es una rueda de prensa.
—Necesito tenerlo claro, o se me va a olvidar todo en el momento importante.
—No se te va a olvidar nada. Llevas un año entero sintiendo esto. Sal ahí y dilo con tus propias palabras, aunque no sean perfectas. Las cosas imperfectas dichas de corazón valen mucho más que cualquier discurso ensayado.
—¿Desde cuándo eres tan sabio en temas del corazón?
—Desde que Cova entró en mi vida. Algo se pega, ya te lo he dicho unas cuantas veces.
Hugo respiró hondo, guardándose el papel en el bolsillo de todas formas, por si acaso, y se preparó para lo que sería, sin ninguna duda, el día más importante de su vida hasta ese momento.
Doña Pura, que llevaba toda la mañana subiendo y bajando las escaleras con excusas cada vez menos convincentes para comprobar el estado de los preparativos, apareció una última vez antes de que Marta volviera de sus recados, con una expresión de satisfacción absoluta.
—Todo listo abajo. Las velas encendidas, las guirnaldas colocadas, los cojines perfectamente dispuestos. Ni una boda real habría estado mejor organizada con tan poco tiempo.
—Gracias, doña Pura. En serio, no sé cómo agradecérselo.
—Ya se te ocurrirá algo, criatura. De momento, respira. Tienes cara de estar a punto de desmayarte, y necesito que sigas de pie al menos hasta que ella diga que sí.
—Eso espero conseguirlo.
—Lo vas a conseguir. Llevo ochenta y dos años viendo a la gente enamorarse, y sé reconocer cuándo algo va a salir bien. Esto va a salir bien.
Cova y doña Pura se encargaron de la decoración esa misma tarde, mientras Marta estaba todavía en el trabajo, transformando el trastero comunitario en algo que ya no se parecía en nada al espacio de sillas plegables y cartel amarillento que Marta recordaba: guirnaldas de luces recuperadas de la fiesta, velas colocadas con cuidado lejos de cualquier detector de humo, y una manta extendida en el suelo con cojines que Cova había traído de su propia casa.
—Esto parece sacado de una película —comentó doña Pura, satisfecha con el resultado—. Espero que ese chico sepa apreciar el esfuerzo que estamos poniendo en su momento romántico.
—Lo sabrá, doña Pura. Y si no lo dice explícitamente, se lo recordaremos cada junta de vecinos durante los próximos diez años.
—Me parece un plan excelente.