Capítulo 17
El aniversario llegó sin que ninguno de los dos lo planeara del todo: un año exacto desde la noche del jarrón, una fecha que Marta solo recordó porque Cova se la señaló con la precisión de quien lleva un calendario mental de hitos ajenos más organizado que el propio.
Un año. Doce meses que, vistos desde la distancia, parecían haber contenido más vida que los cinco anteriores juntos: el despido, la búsqueda desesperada de trabajo, la mudanza al edificio de la calle Alcántara, el jarrón, las actas de convivencia, la fiesta de la comunidad, el hospital, la oferta de Álvaro, el ascenso de Hugo, la mudanza conjunta.
Marta se sorprendió a sí misma, algunas noches, repasando mentalmente toda la secuencia como quien hojea un álbum de fotos que todavía no ha tenido tiempo de imprimir.
Hugo, por su parte, hacía balances parecidos a su manera, más metódica, casi profesional: llevaba un archivo mental de hitos importantes con la misma organización con la que archivaba informes en comisaría, y ese archivo, en el último año, había pasado de estar prácticamente vacío a contener más entradas relevantes que en toda la década anterior junta.
—Hace un año exacto rompiste el jarrón de tu abuela —le dijo por teléfono, una mañana de sábado—. Deberíais celebrarlo de alguna manera. Es casi un aniversario oficial.
—Qué manera más rara de medir el tiempo, la verdad. «Feliz aniversario de cuando casi le hago un boquete en la cabeza a mi vecino con un trozo de cerámica.»
—Todas las grandes historias de amor tienen un origen extraño si las miras de cerca. La vuestra al menos tiene un objeto conmemorativo real que podríais fotografiar para las redes sociales.
—El jarrón está roto, Cova. Lo tiré hace un año.
—Detalles. Compradle un jarrón nuevo a la relación, como símbolo.
Marta se rio y colgó, pero la idea se le quedó rondando el resto del día, y esa noche, mientras cenaban, se lo mencionó a Hugo con la misma ligereza con la que Cova se lo había planteado a ella.
—¿Sabías que hoy hace un año que nos conocimos? Bueno, técnicamente que discutimos por primera vez, que no es lo mismo que conocerse, pero para el caso viene a ser lo mismo.
Hugo dejó los cubiertos, con una expresión que Marta no supo interpretar del todo, entre la sorpresa y algo más que se guardó para sí mismo.
—Lo sabía, sí. Llevo contando los días desde hace una semana, aunque no pensaba decirte nada hasta ver si tú te acordabas primero.
—¿Por qué contabas los días?
—Por nada en particular. Simplemente me pareció una fecha que merecía la pena tener presente.
Marta sospechó, por el tono ligeramente evasivo, que había algo más detrás de esa respuesta, pero decidió no presionar, atribuyéndolo a la costumbre de Hugo de guardarse las cosas hasta que estaba listo para compartirlas.
—Deberíamos celebrarlo como se merece, aunque sea con un poco de retraso —propuso Hugo, cambiando de tema con una naturalidad que a Marta le pareció, en su momento, completamente inocente—. ¿Qué tal si reservo mesa en algún sitio bonito este fin de semana?
—Me encantaría. Aunque con lo desastre que eres reservando restaurantes con antelación, más vale que empieces ya.
—Ya lo tengo resuelto, para que lo sepas. Reservé la semana pasada.
—¿La semana pasada? ¿Antes incluso de que yo mencionara el aniversario?
—Ya te he dicho que llevaba contando los días.
Fueron a cenar ese sábado a un restaurante pequeño, no muy distinto del que habían elegido para su primera cita de verdad meses atrás, y pasaron la velada recordando anécdotas del año transcurrido con la misma facilidad con la que dos viejos amigos repasan una vida compartida.
—¿Te acuerdas de la fiesta de la comunidad? —preguntó Hugo, sirviéndole más vino—. Cuando apareció Sara y estuve a punto de tener un ataque de pánico en directo delante de todo el edificio.
—Cómo olvidarlo. Estuve a punto de esconderme detrás del puesto de empanadas.
—Menos mal que no lo hiciste. Habría sido raro besarte detrás de un puesto de empanadas delante de toda la comunidad.
—Habría sido memorable, al menos.
—¿Y te acuerdas de cuando doña Pura nos pilló con las manos entrelazadas en el rellano y montó una celebración improvisada que se oyó en tres pisos?
—Cómo no acordarme. Todavía tengo pesadillas con su grito de «¡lo sabía!».
Se rieron los dos, con esa facilidad que solo da compartir un año entero de anécdotas absurdas y momentos importantes entremezclados sin ningún orden particular.
—¿Sabes qué es lo que más recuerdo de esa primera noche?
—preguntó Marta, ya con el postre a medio terminar—.
No el jarrón, ni la discusión. Recuerdo que, después de cerrar la puerta, me quedé pensando en tu cara.
En que parecías la persona más seria del mundo, pero había algo en tus ojos que no encajaba del todo con esa seriedad.
—¿Ah, sí? ¿Y qué era eso que no encajaba?
—No lo sabía entonces. Ahora creo que era esto. Lo que tenemos ahora. Ya estaba ahí, esperando a que los dos dejáramos de discutir el tiempo suficiente como para notarlo.
—Qué manera más bonita de decirlo.
—Llevo un año entero practicando contigo. Algo tenía que aprender.
Hugo levantó su copa, con una sonrisa que Marta ya conocía bien, esa que reservaba para los momentos en los que decidía que las palabras, por una vez, merecían un poco más de esfuerzo del habitual.
—Por el año que ha pasado, y por todos los que faltan por pasar.
—Por eso —brindó Marta, chocando su copa con la de él, sin sospechar en absoluto que aquella frase, «todos los que faltan por pasar», tenía un significado mucho más concreto de lo que ella imaginaba en ese momento.
Esa noche, ya en la cama, con Freud instalado en su baldosa preferida y la casa en el silencio característico de después de una buena cena, Marta se quedó despierta un rato más de lo habitual, pensando en el año que habían tenido, en la libreta de rechazos que ya no usaba, guardada en un cajón como recuerdo de una época que parecía pertenecer a otra vida.
Sacó el móvil y buscó, entre las fotos antiguas, la primera que se había hecho con Hugo, una imagen borrosa tomada por Cova durante la fiesta de la comunidad, los dos riendo por algo que ya no recordaba con exactitud.
Comparó mentalmente aquella foto con la persona que tenía dormida a su lado en ese momento, y se sorprendió de lo distinta que era su propia cara en ambas imágenes: más cansada, más a la defensiva en la primera; más tranquila, más plena en la segunda.
Se durmió con esa comparación todavía dándole vueltas en la cabeza, sin sospechar en absoluto lo que se estaba cociendo, apenas unos días después, en un bar alejado de la comisaría.
•
Al día siguiente, en la oficina, Nuria le preguntó a Marta si tenía planes especiales para el fin de semana, y Marta, sin darle mayor importancia, mencionó de pasada lo del aniversario con Hugo.
—Un año ya. Qué rápido pasa el tiempo cuando las cosas van bien.
—¿Y cómo era él al principio? Nunca me has contado los detalles completos, solo la versión resumida del jarrón.
Marta se rio, recordando con una nitidez sorprendente la primera noche: el trozo de cerámica en la mano, la mirada seria de Hugo, la sensación de estar hablando con la persona más rígida e insoportable que había conocido en años.
—Era insufrible. Un cascarrabias con una libreta de ordenanzas municipales memorizada. Si alguien me hubiera dicho entonces que un año después estaríamos donde estamos, le habría recomendado ir a que le revisaran la vista.
—Y ahora mírate. Con esa sonrisa boba que se te pone cada vez que menciona su nombre.
—No tengo ninguna sonrisa boba.
—Marta, llevas toda la conversación sonriendo así. Es entrañable, no te avergüences.
—Vale, puede que tenga razón. Es que ha sido un año raro, la verdad. Lleno de cosas que no me esperaba, casi todas buenas.
—Eso es lo mejor que le puede pasar a alguien, ¿no? Que la vida te sorprenda para bien de vez en cuando.
—Sí. Definitivamente sí.
Nuria se quedó pensando un momento, con una sonrisa cómplice que no supo disimular del todo.
—Con esa cara, no me extrañaría que pronto tuvieras más noticias que dar. Ya sabes, si algún día pasa algo grande.
—Quién sabe. De momento, disfrutemos del año que llevamos.
•
Dos semanas antes de esa conversación, Hugo había entrado en la joyería cerca de la comisaría casi por casualidad, de camino a comprar el pan, y se había quedado mirando el escaparate más tiempo del que pretendía, hasta que la dependienta, una mujer mayor con gesto amable, le preguntó si buscaba algo en particular.
—No estoy seguro —admitió, sintiéndose extrañamente expuesto por la pregunta—. Algo sencillo. Nada ostentoso. Para alguien a quien no le van los gestos exagerados.
—Suena a que ya conoce bastante bien a esa persona.
—Llevo un año entero aprendiendo, sí.
La dependienta le enseñó varios modelos, descartando uno tras otro hasta que Hugo se detuvo frente a un anillo de líneas simples, sin piedras llamativas, con un diseño que le pareció, sin saber muy bien explicar por qué, exactamente lo que buscaba.
—Este —dijo, con una seguridad que le sorprendió a él mismo—. Este es el correcto.
—Una elección excelente —confirmó la dependienta, envolviendo la caja con un cuidado casi ceremonial—. Se nota cuando alguien elige con el corazón y no solo con el catálogo.
—Espero que ella opine lo mismo.
—Por cómo habla de ella, dudo mucho que vaya a fijarse en el anillo antes que en usted.
Salió de la joyería con la caja guardada en el bolsillo interior de la chaqueta, sintiendo su peso durante todo el trayecto de vuelta a casa como si llevara encima algo mucho más grande de lo que en realidad ocupaba, y sin decir una palabra a nadie durante días, hasta que decidió que necesitaba ayuda para lo que venía después.
Lo que Marta no sabía era que, esa misma semana, Hugo había quedado con Nando en un bar alejado de la comisaría, en su día libre, con un propósito muy concreto que no tenía nada que ver con tomar unas cañas.
—Necesito que me ayudes con algo —le dijo, nada más sentarse, con una seriedad que hizo que Nando dejara la broma que tenía preparada a medio camino.
—¿Qué pasa? ¿Va todo bien con Marta?
—Todo bien. Mejor que bien, de hecho. Por eso necesito tu ayuda.
Sacó el móvil y le mostró una foto que llevaba guardada desde hacía días, de un anillo sencillo, sin ostentación, que había visto en el escaparate de una joyería cerca de la comisaría y al que llevaba dando vueltas desde entonces.
Nando se quedó mirando la pantalla un segundo entero antes de reaccionar, y cuando lo hizo, fue con un entusiasmo que atrajo la atención de la mesa de al lado.
—¿En serio? ¿Vas a pedirle matrimonio a Marta?
—Baja la voz, por favor.
—Perdona, perdona. Pero, tío, esto es enorme. ¿Cuándo? ¿Cómo?
—Todavía no lo sé. Por eso necesito tu ayuda. Se me da fatal planear cosas románticas que no impliquen una carpeta azul y un horario establecido.
—Eso es quedarse corto. Se te da fatal planear cualquier cosa que no tenga que ver con procedimiento.
—Gracias por el apoyo moral.
—Es la verdad, y la verdad es lo primero que necesitas ahora mismo. Vamos a pensarlo con calma. ¿Qué es lo que más le gusta a Marta? Algo específico de vosotros, no una genérica cena con velas que podría hacer cualquiera.
Hugo se quedó pensando, repasando mentalmente los últimos meses, hasta que la respuesta le llegó con una claridad que le sorprendió a él mismo.
—El trastero comunitario.
—¿El trastero? ¿En serio? Tío, es un trastero con sillas plegables y un cartel de prohibido fumar del siglo pasado.
—Es donde casi nos besamos por primera vez. Es donde organizamos la fiesta de la comunidad juntos. Es donde, técnicamente, empezó todo esto de verdad, más que en el jarrón.
—Vale, vale, entiendo el simbolismo. Pero un trastero sigue siendo un trastero, Hugo. Necesitas al menos poner algo de ambiente, si no quieres que parezca que la llevas ahí para hacer inventario de sillas.
—Eso es lo que necesito que me ayudes a resolver. Ambiente. Detalles. Todo lo que a mí no se me ocurre de forma natural.
Nando sonrió, con la satisfacción de quien encuentra por fin un problema digno de su ingenio.
—Vale. Cuenta conmigo. Pero te advierto que voy a involucrar a Cova, porque ella tiene mejor gusto que los dos juntos, y probablemente también a doña Pura, porque sin ella nada en ese edificio sale bien del todo.
—Doña Pura no puede saberlo. Se le va a notar en la cara antes de que me dé tiempo a preparar nada.
—Doña Pura ya lo sabe todo antes de que pase, Hugo. Es mejor tenerla de tu lado que en contra.
—Hablando del anillo —añadió Nando, cogiendo el móvil de Hugo de nuevo para mirar la foto con más detenimiento—. ¿Cómo vas a saber la talla exacta? Porque esto es información crítica que no puedes fastidiar a estas alturas.
—Ese es justo el tipo de cosa para la que necesito ayuda. No tengo ni idea de cómo conseguir esa información sin que sospeche nada.
—Ahí es donde entra Cova, entonces. Se le van a ocurrir cien maneras de conseguirlo sin despeinarse.
—Ya trabaja en marketing. Técnicamente ya hace operaciones encubiertas todos los días, solo que para vender productos en vez de organizar pedidas de mano.
—Es lo mismo, con distinto envoltorio.
—Una cosa más me preocupa —confesó Hugo, bajando un poco la voz aunque no había nadie cerca que pudiera oírlos—. ¿Y si ella prefiere que se lo pida de otra manera? ¿Y si el trastero le parece una idea rara en lugar de romántica?
—Hugo, llevas un año entero demostrando que la conoces mejor que nadie. Confía en ese conocimiento. Si crees que el trastero es el sitio correcto, probablemente lo sea.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces te equivocas con las mejores intenciones del mundo, y ella lo va a entender perfectamente, porque para entonces ya sabrá que la pregunta importa mucho más que el escenario.
Se quedaron un rato más terminando las cervezas, con Hugo repasando mentalmente cada detalle del plan mientras Nando, más relajado, disfrutaba del momento con la satisfacción de quien sabe que está a punto de presenciar algo importante en la vida de su mejor amigo.
—Gracias por esto, Nando. En serio.
—Para eso están los compañeros de patrulla. Y los amigos, cuando tienen la suerte de coincidir en la misma persona.
—No sé qué haría sin ti en momentos así.
—Probablemente algo mucho más torpe y con menos posibilidades de éxito. Menos mal que me tienes a mí para pulir los detalles.
—Cierto. Aunque no pienso admitirlo en voz alta más de una vez.
—Con una vez me basta. Lo tengo grabado mentalmente para sacarlo en cada aniversario a partir de ahora.