Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 16 #3
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Capítulo 16 #3

Marta observó la escena —su salón nuevo lleno de las personas que, sin planearlo, se habían convertido en su familia elegida durante el último año— y sintió una gratitud tan grande que por un momento le costó respirar con normalidad.

Pensó, mientras la conversación seguía a su alrededor con la mezcla habitual de bromas y cariño mal disimulado, en la Marta de un año atrás: la que rompía jarrones a las once de la noche por pura desesperación, la que llevaba una libreta de rechazos como quien lleva una cicatriz visible, la que no habría podido imaginar, ni en el mejor de sus días, que acabaría exactamente aquí, en este salón, rodeada de esta gente.

—¿Todo bien? —le preguntó Hugo, notando su expresión.

—Todo bien. Mejor que bien, la verdad. Hace un año estaba sentada sola en un salón mucho más pequeño, con una libreta llena de rechazos y sin saber si algún día las cosas iban a mejorar. Y ahora estoy aquí, con todo esto.

—Las cosas mejoran. A veces tardan más de lo que nos gustaría, pero mejoran.

—Eso suena a frase de galleta de la suerte.

—Cova me está pasando malas costumbres.

—Oye —protestó Cova desde el otro lado del salón, sin perder detalle de la conversación a pesar de estar enfrascada en su propia discusión con Nando—. Mis frases son de una calidad altísima, no las compares con galletas de la suerte baratas.

—Perdona, tienes razón. Frases de calidad prémium.

—Así me gusta.

Doña Pura, que había estado escuchando la conversación con la discreción habitual que la caracterizaba, es decir, ninguna, decidió intervenir con su comentario final de la noche.

—Ahora que ya vivís juntos, el siguiente paso lógico es la boda. Lo digo para que lo vayáis pensando con tiempo, que estas cosas no se organizan de un día para otro.

—Doña Pura —protestaron Marta y Hugo al unísono, con la misma expresión de resignación cariñosa que ya empezaban a compartir de forma automática ante los comentarios de la anciana.

—Solo digo que lo penséis. Yo ya tengo el salón comunitario reservado mentalmente para el convite.

—Llevamos cinco meses juntos, doña Pura.

—El tiempo pasa volando, criatura. Antes de que os deis cuenta, seré yo la que os organice la fiesta de comunión de los niños.

—¡Doña Pura!

—Ya me callo, ya me callo. Pero apunta lo que te digo en algún sitio, que luego decís que no os avisé con tiempo.

—¿Y si le decimos a doña Pura que se calme un poco con los planes de futuro? —le susurró Marta a Hugo, mientras la anciana se alejaba ya hacia la mesa de las croquetas.

—Podríamos intentarlo. Pero llevo meses comprobando que decirle a doña Pura que se calme tiene el efecto contrario exacto al deseado.

—Es un fenómeno curioso, la verdad.

—Un fenómeno bastante consistente, en todo caso.

La anciana se limitó a sonreír, satisfecha con el efecto de su comentario, y se sirvió otra croqueta con la tranquilidad de quien sabe que, tarde o temprano, la vida terminará dándole la razón.

Ramón, antes de irse esa noche, se detuvo un momento junto a la puerta para dedicarles una última mirada al salón, todavía lleno de cajas a medio desembalar y risas flotando en el ambiente.

—Buena vida os habéis montado, los dos —dijo, con una sinceridad poco habitual en su tono habitualmente bromista—. Disfrutadla. No todo el mundo tiene la suerte de encontrar esto.

—Gracias, Ramón. Viniendo de ti, que llevas doce años viéndolo todo desde el asiento delantero de un taxi, significa mucho.

—He visto de todo ahí fuera, creedme. Y esto que tenéis vosotros, aunque empezara con un jarrón roto y un acta de convivencia, es de lo mejor que he visto en mucho tiempo.

•

Cuando el último invitado se marchó, pasada la medianoche, Marta y Hugo se quedaron solos en el salón, rodeados de vasos por recoger y las sobras de una cena que había durado mucho más de lo planeado, demasiado cansados para empezar a limpiar de inmediato pero demasiado felices para que les importara.

—¿Sabes qué? —dijo Marta, dejándose caer en el sofá verde que tanto le había costado convencer a Hugo de comprar—. Doña Pura tiene razón en una cosa, aunque me cueste admitirlo.

—¿En cuál?

—En que el tiempo pasa volando. Hace cinco meses ni siquiera sabía tu apellido completo, y ahora vivo contigo, con tu perro, en un piso que hemos elegido juntos, rodeada de gente que se ha convertido en mi familia sin que me diera cuenta del momento exacto en que pasó.

Hugo se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros, y los dos se quedaron mirando el salón todavía desordenado, con las cajas sin desembalar en un rincón y la pared de fotos ya colgada, testigo silencioso de todo lo que habían construido en tan poco tiempo.

—No tengo ni idea de qué va a pasar de aquí a un año —dijo Hugo, después de un rato—. Pero por primera vez en mucho tiempo, no me da miedo no saberlo.

—A mí tampoco. Y eso, viniendo de la mujer de la libreta de rechazos, es un progreso considerable.

—El mayor progreso que he visto hacer a nadie, la verdad.

Freud, ajeno por completo a la trascendencia del momento, decidió en ese instante reclamar su sitio en el sofá entre los dos, y ninguno tuvo el corazón, ni las ganas, de negárselo.