Capítulo 16 #2
—Voy a hacer una lista compartida en el móvil —anunció Marta, una semana después de la mudanza, tras la tercera vez que ambos habían comprado leche el mismo día sin saberlo—. Así no volvemos a tener cuatro litros de leche caducando a la vez.
—Qué doméstico suena eso.
—Bienvenido a la convivencia real, Hugo. Se acabaron los meses de citas con final feliz garantizado. Ahora toca gestionar litros de leche.
—Prefiero mil veces gestionar litros de leche contigo que cualquier otra cosa sin ti.
—Eso ha sonado casi a frase de anuncio de lácteos.
—Tomo nota para la próxima vez que necesite ser romántico sin esfuerzo.
La lista compartida, una vez creada, reveló otro pequeño choque cultural doméstico: Hugo la usaba con la disciplina de quien redacta un parte operativo, anotando cada producto con cantidad exacta y urgencia asignada, mientras que Marta se limitaba a escribir cosas como «algo para cenar, ya se verá» o «snacks variados», categorías que Hugo consideraba, en sus propias palabras, «operativamente inútiles».
—¿Qué se supone que compro con «snacks variados»? —protestó él, mirando la lista en el supermercado con genuina perplejidad.
—Lo que te apetezca. Es el sentido de la palabra «variados», Hugo. Un poco de improvisación no le hace daño a nadie.
—Improvisar en el supermercado ha llevado siempre a comprar cosas que luego nadie come.
—Improvisar en el supermercado ha llevado siempre a descubrir productos maravillosos que de otra forma nunca habríamos probado. Es cuestión de perspectiva.
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El reparto de tareas surgió con menos fricción de la que ambos habían anticipado, aunque no sin algún desajuste inicial: Hugo, acostumbrado a vivir solo durante años, tendía a asumir que las cosas debían hacerse exactamente como él las había hecho siempre, mientras que Marta, después de meses de vivir con la casa hecha un caos productivo, tenía sus propias convicciones sobre el orden de prioridades domésticas.
—¿Por qué lavas los platos antes de cenar? —le preguntó Hugo, una noche, encontrándola fregando la sartén mientras la cena todavía se enfriaba en los platos.
—Porque si no lo hago inmediatamente, no lo hago nunca. Es una estrategia de supervivencia contra mi propia pereza.
—Podríamos comer primero y fregar después, como hace la gente normal.
—La gente normal no ha vivido sola un año entero acumulando platos sucios hasta que se convertían en un problema de salud pública. Confía en mi método.
—Vale, vale. Tu método, tus reglas de cocina.
—Gracias por la rendición sin condiciones.
Freud, mientras tanto, había decidido que la nueva casa merecía una investigación exhaustiva, olisqueando cada rincón durante los primeros días con una dedicación casi profesional, hasta que finalmente declaró satisfecho el territorio y se instaló en su baldosa preferida con la tranquilidad de quien ha completado con éxito una misión importante.
—Parece que ya se siente como en casa —comentó Marta, observándolo desde la cocina.
—Siempre se adapta rápido. Es una de sus mejores cualidades. Ojalá se me pegara un poco más a mí esa facilidad.
—A ti también se te da bien adaptarte, cuando quieres. Solo necesitas un poco más de tiempo que un perro.
—Eso es generoso por tu parte.
—Intento serlo, de vez en cuando.
La primera cena en el piso nuevo con toda la comitiva de amigos y vecinos resultó ser, como era de esperar, un caos entrañable: Cova y Nando discutiendo sobre qué música poner, doña Pura llegando con un plato de croquetas «para inaugurar como Dios manda», y Ramón trayendo una botella de vino que insistió en abrir personalmente porque «estas cosas hay que hacerlas con ceremonia».
—Un brindis —propuso doña Pura, alzando su copa en cuanto todos tuvieron una en la mano—. Por Marta y Hugo, que empezaron tirándose actas de convivencia a la cabeza y ahora comparten dirección postal. Si esto no demuestra que los milagros existen, no sé qué lo hace.
—Por los milagros con forma de jarrón roto —añadió Cova, alzando también su copa.
—Por el jarrón, entonces —brindó Nando, y todos se rieron mientras entrechocaban las copas.
—Un momento, un momento —interrumpió Ramón, alzando también su copa antes de que la conversación siguiera adelante—. Yo también quiero brindar. Por los taxistas que llevan doce años observando a sus vecinos desde el asiento delantero y saben reconocer una buena historia cuando la ven pasar.
—Por Ramón, el cronista oficial no solicitado de este edificio —añadió Marta, alzando también su copa.
—Acepto el título con orgullo.
Doña Pura, que no soportaba quedarse fuera de ningún brindis por mucho tiempo, levantó de nuevo su copa antes de que la conversación derivara hacia otro tema.
—Y por mí, que fui quien tuvo la visión de emparejarlos desde el principio, aunque algunos insistan en atribuírselo al azar o a un jarrón roto.
—Por doña Pura, la casamentera oficial de la comunidad —concedió Hugo, ya resignado del todo a dejarle ese mérito, real o inventado, sin más resistencia.