Capítulo 16
Encontrar el piso resultó ser una búsqueda más rápida de lo que ninguno de los dos esperaba: el mismo edificio tenía un segundo piso vacío, más grande que los dos anteriores juntos, con una vista al patio interior que a Marta le pareció, en cuanto lo visitaron, exactamente lo que necesitaban.
—¿Estás segura de que quieres que sea aquí, y no en un edificio nuevo, sin historia previa de jarrones rotos ni actas de convivencia? —le preguntó Hugo, mientras recorrían el piso vacío con el casero explicándoles las condiciones del contrato.
—Segurísima. Este edificio es donde nos conocimos, donde hemos discutido, donde hemos hecho las paces, donde tenemos a Freud, a doña Pura, a Ramón. No me apetece empezar de cero en un sitio sin ninguna de esas cosas.
—Me alegra oírtelo decir. Yo tampoco quería mudarme lejos de todo esto, aunque no sabía cómo planteártelo sin sonar sentimental.
—Puedes sonar sentimental conmigo. Es parte del trato de vivir juntos.
El casero, un hombre mayor que llevaba gestionando el edificio desde hacía más de veinte años, los observaba con una sonrisa entretenida mientras firmaban los papeles sobre la encimera de la cocina vacía.
—Sois la tercera pareja que se forma en este edificio en los años que llevo de administrador —comentó, sin que nadie le hubiera preguntado—. Tiene algo este sitio, no sé qué es, pero la gente que vive aquí termina emparejándose entre ellos con una frecuencia que no es del todo normal.
—Será el agua —bromeó Marta, firmando la última página del contrato.
—Será doña Pura, más bien, que lleva de casamentera no oficial desde que yo tengo memoria.
—Eso explica bastante, la verdad —dijo Hugo, recordando con una sonrisa las innumerables intervenciones de la anciana en su propia historia.
Firmaron el contrato esa misma semana, con una rapidez que sorprendió incluso al casero, acostumbrado a procesos mucho más lentos, y empezaron a planear la mudanza con la misma energía organizativa que habían aplicado meses atrás a la fiesta de la comunidad.
La mudanza, como toda mudanza entre dos personas con opiniones firmes sobre la decoración, no estuvo exenta de fricciones que, meses atrás, habrían sido motivo de acta formal y ahora se resolvían con una facilidad que sorprendía a ambos.
—Esto no puede ir aquí —dijo Hugo, señalando una estantería que Marta había colocado, según él, en el peor sitio posible del nuevo salón—. Bloquea el paso hacia la cocina.
—Bloquea un poco el paso. Es cuestión de acostumbrarse.
—O de moverla treinta centímetros a la izquierda, que es lo que voy a hacer ahora mismo mientras tú finges no darte cuenta.
—Vale, vale. Muévela. Pero solo porque tienes razón, no porque cedas siempre en las discusiones de decoración.
—Nunca cedo siempre. Solo cedo cuando tienes razón, que es distinto.
Durante la mudanza surgieron, también, los pequeños descubrimientos que solo la convivencia real revela: que Hugo doblaba las toallas de una manera casi militar que a Marta le resultaba entrañable y ligeramente ridícula a partes iguales, que Marta era incapaz de dormir sin al menos una luz encendida en algún punto de la casa, un hábito que había desarrollado sola y que nunca se había molestado en explicar hasta ese momento, y que Freud, para sorpresa de ambos, había desarrollado una fijación inexplicable con una única baldosa del pasillo, sobre la que se tumbaba durante horas sin motivo aparente.
—¿Por qué le gusta tanto esa baldosa? —preguntó Marta, observando al perro instalado en su rincón preferido por tercer día consecutivo.
—Ni idea. A lo mejor está más fresca que las demás. O a lo mejor simplemente ha decidido que es su sitio y no pienso cuestionar la lógica de un perro que ha sobrevivido a doce mudanzas conmigo sin ningún trauma aparente.
—Es una filosofía de vida bastante envidiable, la verdad.
—Deberíamos aprender de él, la verdad. Elegir un rincón, quedarnos ahí, y dejar que el resto del mundo se organice a nuestro alrededor.
—Suena a un plan excelente para un domingo. Para el resto de la semana, me temo que vamos a tener que seguir siendo un poco más activos que Freud.
—¿Por qué necesitas una luz encendida? —preguntó Hugo, la primera noche, encontrando la lamparita del pasillo prendida a las tres de la madrugada.
—Cosas de la infancia. Mi hermano me convenció una vez de que había un fantasma en el armario y nunca superé del todo el miedo, aunque suene ridículo con treinta y un años.
—No suena ridículo. Suena a algo que podemos solucionar fácilmente sin necesidad de que te burles de ti misma por ello.
—Gracias por no reírte.
—Me estoy riendo por dentro, un poco. Pero no lo voy a admitir en voz alta.
—Podríamos comprar una lamparita bonita, en lugar de la lámpara de pie horrible que uso ahora como solución de emergencia.
—Me parece un uso perfectamente razonable de nuestro presupuesto doméstico conjunto.
—Qué bien suena eso de «presupuesto doméstico conjunto». Suena a que somos adultos de verdad.
—Aterrador, pero cierto.
•
La madre de Hugo cumplió su palabra y se presentó el día de la mudanza con un delantal ya puesto y opiniones firmes sobre absolutamente todo, tal como Hugo había advertido.
—Ese armario va contra la pared del fondo, no donde lo habéis puesto. Se pierde toda la luz natural así.
—Mamá, llevamos toda la mañana colocando cosas. No podemos moverlo todo otra vez.
—Un armario se mueve en cinco minutos, hijo, no seas dramático. Mira, entre los tres lo cambiamos ahora mismo.
Marta, que observaba la escena con una mezcla de diversión y cariño, se encontró a sí misma moviendo el armario sin rechistar, entendiendo de golpe de dónde había sacado Hugo su tendencia a ceder ante argumentos bien planteados, aunque vinieran acompañados de una insistencia inquebrantable.
—Gracias por venir a ayudar —le dijo a la madre de Hugo, durante una pausa para el café que ella misma había insistido en preparar en una cocina que todavía no tenía ni los armarios organizados.
—No hay de qué, hija. Además, así aprovecho para conocer bien el piso, que algún día será donde crezcan mis nietos, digo yo, sin meter prisa a nadie.
—Mamá.
—Ya me callo, ya me callo. Pero lo digo con cariño.
El nuevo piso, más grande que los dos anteriores juntos aunque todavía modesto para los estándares de Madrid, fue tomando forma poco a poco durante las semanas siguientes: el sofá elegido por Marta —de un verde que a Hugo le pareció, al principio, demasiado atrevido y que terminó adorando en secreto—, la cama de Freud en un rincón estratégico desde el que podía vigilar tanto la puerta como la cocina, y una pared entera dedicada a las fotografías que Marta había ido acumulando del álbum familiar de Hugo, impresas y enmarcadas como regalo de bienvenida al nuevo hogar.
—No puedo creer que hayas hecho esto —dijo Hugo, la primera noche que durmieron oficialmente en el piso nuevo, mirando la pared de fotos con una expresión que Marta no le había visto nunca del todo, algo parecido a la vulnerabilidad sin ninguna coraza de por medio.
—Tu madre me pasó los archivos digitales. Dijo que cualquier cosa con tal de que alguien por fin documentara tus vergüenzas de infancia como Dios manda.
—Voy a tener unas palabras con mi madre.
—No te atrevas. Es la mejor aliada que tengo en esta familia.
Hugo la abrazó por detrás, mirando juntos la pared llena de fotografías —el niño serio de primera comunión, el adolescente del trofeo de fútbol, el joven graduado de la academia con lágrimas contenidas, y ahora, añadida por Marta sin que él lo supiera hasta ese momento, una foto reciente de los dos en la fiesta de la comunidad, sonriendo como dos personas que todavía no sabían del todo en qué se estaban metiendo.
—Gracias —dijo, simplemente, con esa economía de palabras que Marta ya reconocía como su forma más sincera de decir las cosas importantes.
—De nada.
Se quedaron un rato así, abrazados frente a la pared de fotografías, hasta que Freud, incapaz de soportar más tiempo sin ser el centro de atención, se subió al sofá nuevo con una torpeza calculada que hizo reír a los dos y rompió, con su habitual oportunismo, cualquier exceso de solemnidad en el ambiente.
—Baja de ahí, que es nuevo —protestó Hugo, sin mucha convicción.
—Déjalo. Al fin y al cabo, es tan de él como nuestro. Ha vivido más mudanzas que los dos juntos.
—Eso es cierto.
Más tarde, ya en la cama, con las cajas todavía sin desembalar apiladas en un rincón del dormitorio y el silencio propio de una casa nueva que todavía no ha aprendido sus propios ruidos, Marta se quedó mirando el techo, pensando en lo rápido que habían pasado las cosas desde aquella primera noche del jarrón roto.
—¿En qué piensas? —preguntó Hugo, notando su silencio.
—En que hace cinco meses vivíamos en pisos separados, discutiendo por decibelios, y ahora estamos aquí, en una cama que hemos comprado juntos, en un piso que hemos elegido juntos, con un perro que técnicamente es de los dos aunque el papeleo diga que es solo tuyo.
—Deberíamos arreglar lo del papeleo de Freud, ahora que lo dices.
—Es lo primero que voy a hacer mañana. Quiero constar oficialmente como copropietaria de este perro.
—Trato hecho. Aunque eso significa que también compartes la responsabilidad de sus visitas al veterinario y de recoger lo que deja por la calle.
—Un pequeño precio a pagar por la copropiedad legal de un pastor belga retirado.
Se quedaron en silencio un rato más, cómodos, escuchando los sonidos nuevos del edificio a esas horas, hasta que el sueño empezó a ganar la partida sin que ninguno de los dos opusiera mucha resistencia.
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Los primeros días en el piso nuevo trajeron consigo la lenta negociación de los pequeños rituales domésticos que ninguna pareja discute hasta que se ve obligada a compartir un mismo espacio veinticuatro horas al día: quién sacaba a Freud por la mañana, en qué lado de la cama dormía cada uno, cómo se organizaba la compra semanal sin que ninguno de los dos terminara comprando dos veces lo mismo.