Capítulo 15
La vida, liberada ya del peso de la decisión sobre Valencia, recuperó un ritmo que a Marta le pareció, después de dos semanas de tensión acumulada, casi sospechosamente tranquilo.
En el trabajo, la campaña que había estado gestionando durante las semanas de mayor tensión personal se lanzó con un éxito que superó incluso las expectativas de Elisa, algo que Marta atribuyó, en parte, a la extraña capacidad que había desarrollado de concentrarse en el trabajo precisamente cuando su vida personal amenazaba con desbordarla.
—Los números son excelentes —le dijo Elisa, en la reunión de seguimiento—. Deberíamos replicar esta estrategia en la próxima campaña.
—Si encuentras la fórmula de «trabajar mejor cuando la vida personal es un caos», te la vendo encantada. Aunque no la recomendaría como método sostenible a largo plazo.
—Anotado. Buscaremos una versión menos dramática de la misma estrategia.
—Esto es raro —le dijo a Cova, un sábado por la tarde, mientras las dos paseaban por el Retiro con un café para llevar cada una—. Llevamos semana y media sin ninguna crisis. Ni exparejas, ni ascensos, ni hospitales. Empiezo a desconfiar.
—Eso se llama vida normal, Marta. Existe, aunque tú ya casi no la recuerdes.
—Es sospechoso, de todas formas.
—O quizás, y solo digo quizás, os habéis ganado un poco de tranquilidad después de superar tres crisis serias en cuatro meses. A veces el universo no está tramando nada, simplemente las cosas van bien.
Marta se rio, aunque una parte de ella, la que llevaba un año entero esperando el siguiente golpe, no terminaba de creerse del todo la teoría de Cova.
—¿Y cómo va todo con Nando? —preguntó Marta, cambiando de tema, consciente de que llevaba semanas sin preguntarle a Cova por su propia vida, absorbida como había estado en sus propios dramas.
—Sorprendentemente bien. Tan bien que casi me da miedo decirlo en voz alta, no vaya a ser que el universo, ese que según tú está siempre tramando algo, decida intervenir.
—Me alegro muchísimo. Os merecéis algo bueno después de aguantarnos a Hugo y a mí durante meses de dramas variados.
—No lo llamaría aguantar. Ha sido entretenido, sinceramente. Como ver una serie con muy buena escritura de personajes.
—Qué manera más rara de decir que te alegras por nosotros.
—Es mi manera. Tómala o déjala.
Siguieron paseando un rato más, hablando de cosas sin importancia real, disfrutando de la sensación poco habitual de no tener ningún drama urgente que resolver, hasta que el sol empezó a bajar y ambas decidieron que era hora de volver cada una a su vida.
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En comisaría, mientras tanto, Hugo notaba cómo sus compañeros habían empezado a tratarlo con una mezcla de sorpresa y respeto renovado desde que se supo lo del ascenso rechazado, algo que él no esperaba y que le resultaba, a partes iguales, halagador e incómodo.
—Así que el señor procedimiento tiene sentimientos, después de todo —le dijo un compañero de otra unidad, con una sonrisa que no escondía la broma cariñosa detrás—. Quién lo iba a decir.
—Siempre los tuve. Simplemente no los aireaba por los pasillos de la comisaría.
—Pues ahora todos sabemos que existen. Enhorabuena, por cierto. Se necesita valor para rechazar algo así.
—O se necesita tener muy claras las prioridades. Depende de cómo se mire.
La tranquilidad, sin embargo, resultó ser real, o al menos lo bastante real como para que ambos empezaran a plantearse, por primera vez, el futuro a medio plazo sin la sombra de una decisión urgente pendiente.
Freud, ajeno por completo a las implicaciones filosóficas de la tranquilidad recién adquirida, había desarrollado la costumbre de repartir sus noches entre los dos pisos con una lógica que solo él parecía entender del todo, apareciendo en la puerta de uno u otro con una expectación que nunca fallaba en conseguir que lo dejaran entrar.
—Este perro tiene mejor vida social que nosotros dos juntos —comentó Hugo, una noche, al encontrarlo esperando pacientemente frente a la puerta de Marta después de haber pasado la noche anterior en la suya.
—Es un perro con recursos. Sabe exactamente dónde consigue mejores premios.
—¿Insinúas que le doy mejores premios que tú?
—Insinúo que sabe jugar sus cartas. Como buen perro de familia policial que es.
—¿Has pensado alguna vez en cómo sería vivir juntos? —preguntó Hugo, una noche, mientras cenaban en el piso de Marta con Freud vigilando cada bocado desde su sitio habitual junto a la mesa.
La pregunta la pilló con la cuchara a medio camino de la boca.
—¿A qué viene eso ahora?
—A que llevamos meses repartiendo nuestra ropa entre dos pisos, a que Freud ya tiene su cama en tu salón además de en el mío, y a que pago dos alquileres en el mismo edificio cuando, en la práctica, solo uso uno de los dos pisos para dormir la mayoría de las noches.
—Eso es muy poco romántico, dicho así. Suena a argumento de eficiencia inmobiliaria.
—Puedo intentarlo de forma más romántica, si lo prefieres.
—Inténtalo.
Hugo dejó los cubiertos, se aclaró la garganta con una teatralidad que no era en absoluto propia de él, y Marta tuvo que contener la risa ante el esfuerzo evidente.
—Marta. Desde el día que me abriste la puerta con un trozo de jarrón en la mano, amenazándome sin saberlo con violencia doméstica leve, mi vida ha cambiado de una manera que no esperaba ni quería, hasta que descubrí que sí la quería, muchísimo.
Me gustaría vivir contigo. En un piso, con una única dirección postal, sin tener que decidir cada noche en cuál de los dos dormimos.
—Eso ha estado bastante bien, la verdad.
—Gracias. Llevaba un rato preparándolo.
—¿Y cuál de los dos pisos elegimos, el tuyo o el mío?
—Ninguno. Deberíamos buscar uno nuevo, que sea de los dos desde el principio, sin que ninguno tenga la sensación de mudarse a casa del otro.
—¿En este edificio, o en otro?
—En este edificio, si puede ser. No me imagino renunciando a doña Pura vigilando nuestra vida entera desde el portal. Sería como perder una mascota, aunque mucho más entrometida.
—¿Y si no hay ningún piso libre en el edificio?
—Entonces improvisamos. Pero prefiero intentarlo primero aquí antes de resignarme a otra opción. Este edificio tiene algo especial, aunque suene raro decirlo de un bloque de pisos con un ascensor que cruje como si fuera a caerse en cualquier momento.
—No suena raro. A mí también me lo parece, aunque también empecé odiándolo con toda mi alma el primer mes que viví aquí.
—El amor y el odio están más cerca de lo que la gente cree. Lo digo por experiencia profesional, además de personal.
Marta se rio, con esa risa completa que llevaba meses reservando para los momentos que de verdad le importaban.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo, cuando consiguió recomponerse—. Que hace cinco meses, si alguien me hubiera dicho que iba a estar planteándome vivir con el vecino que me denunciaba por poner la música alta, le habría preguntado qué se había fumado.
—Y yo, si alguien me hubiera dicho que iba a proponerle a mi vecina más problemática que viviéramos juntos, le habría recomendado ir a hablar con un profesional de la salud mental.
—Qué manera más bonita de describir nuestra historia de amor.
—Es una descripción precisa, no digo que sea bonita.
—Vale. Vivamos juntos. Pero con una condición.
—Dime.
—El sofá lo elijo yo. El tuyo es horrible, parece sacado de una comisaría de los años noventa.
—Es funcional.
—Es horrible, Hugo. Horrible y funcional pueden coexistir, pero en este caso solo aplica lo primero.
—Trato hecho. El sofá lo eliges tú. Yo me reservo el derecho de veto sobre cualquier cojín con frases motivacionales bordadas.
—Eso es muy específico.
—Sara tenía una fase de cojines con frases. Todavía tengo pesadillas.
Se quedaron un rato en silencio, saboreando la decisión recién tomada, hasta que Marta rompió el silencio con una pregunta que llevaba un rato dándole vueltas.
—¿Se lo decimos ya a nuestros padres, o esperamos a tener algo más concreto, como una fecha o una dirección?
—Yo prefiero esperar a tener algo concreto. Mi madre, si se entera ahora, va a empezar a planear la decoración del salón antes de que hayamos visto un solo piso.
—Es una posibilidad real, sí. Aunque tampoco creo que podamos ocultárselo mucho tiempo. Doña Pura se va a encargar de que se entere medio Madrid antes de que lo anunciemos nosotros.
—Es cierto. Empecemos a buscar piso mañana mismo, entonces, antes de que la noticia se nos adelante por canales no oficiales.
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La llamada a la madre de Marta, esa misma noche, arrancó con una reacción tan efusiva que Marta tuvo que apartarse el teléfono de la oreja durante varios segundos.
—¡Por fin! —exclamó su madre, con una alegría que no se molestó en disimular—. Ya era hora, hija. A tu edad, con lo bien que os va, no hacía falta esperar tanto para dar el paso.
—Llevamos cinco meses, mamá.
—Cinco meses bien aprovechados, por lo que cuentas. Yo con tu padre, a los cinco meses ya estábamos buscando piso también. Algunas cosas se saben, o no se saben, no hace falta que pase un año para comprobarlo.
—Me alegra que lo veas así.
—Claro que lo veo así. Y dile a Hugo que en Navidad lo esperamos en casa, ya que va a ser oficial lo vuestro.
—Se lo diré, mamá.
La llamada a los padres de Hugo fue, como era de esperar, bastante más ruidosa, con su madre pidiendo detalles sobre el piso, el barrio, la fecha de mudanza, y su padre, en segundo plano, limitándose a decir «bien hecho, hijo» con la brevedad que lo caracterizaba.
—Mi madre ya está preguntando si puede venir a ayudar con las cajas —le dijo Hugo a Marta, tapando el micrófono del teléfono con la mano—. Te aviso, por si prefieres decir que no.
—Que venga. Después de lo bien que me trató la primera vez, no le voy a negar el placer de supervisar personalmente cómo colocamos los muebles.
—Te vas a arrepentir. Tiene opiniones muy firmes sobre la disposición de los sofás.
—Con lo firmes que son las mías, nos vamos a llevar de maravilla.
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La vecina del cuarto, con el cachorro ya adulto y considerablemente más tranquilo, les mencionó de pasada, unos días después, que el piso de la segunda planta llevaba unas semanas vacío tras la marcha de su antiguo inquilino a Barcelona.
—Podríais preguntarle al administrador —les sugirió, mientras paseaba al perro por el portal—. Creo que todavía no lo ha puesto en el mercado abierto, a lo mejor tenéis suerte y os lo ofrece antes que a nadie.
Marta y Hugo se miraron, con la misma expresión de quien reconoce una señal cuando la ve, y esa misma tarde ya habían concertado una visita.
Doña Pura recibió la noticia de la mudanza conjunta con un entusiasmo que rozaba lo desproporcionado, convocando una especie de comité de bienvenida improvisado en cuanto se enteró de que había un piso libre en la segunda planta, justo encima del suyo.
—Es el destino —declaró, con una solemnidad que no admitía réplica—. Llevo meses diciendo que esta pareja necesitaba consolidarse bajo un mismo techo, y el universo, siempre generoso conmigo, ha decidido premiar mi paciencia con un piso libre justo a tiempo.
—El piso está libre porque el inquilino anterior se ha mudado a Barcelona por trabajo, doña Pura. No creo que el universo tenga mucho que ver.
—El universo trabaja de maneras misteriosas, criatura. No le quites mérito.
Ramón, que pasaba por allí con la bolsa de la compra, se sumó a la conversación con su comentario habitual cargado de sorna cariñosa.
—Enhorabuena a los dos. Aunque ahora tendréis que aguantar a doña Pura con la excusa perfecta para subir a vuestra casa cada dos por tres a supervisar cómo va todo.
—No necesito excusas para preocuparme por mis vecinos favoritos —protestó doña Pura, con una dignidad que no engañaba a nadie.
—Ya, ya —dijo Marta, sonriendo—. Le tomamos la palabra, doña Pura. Pero al menos avise antes de subir.
—Eso nunca lo he prometido.
—Por cierto —añadió doña Pura, ya con un tono más confidencial—, ¿sabéis quién más se va a alegrar mucho con esta noticia? El vecino del cuarto, el reponedor de supermercado. Lleva meses quejándose de que el piso de la segunda planta llevaba vacío demasiado tiempo y atraía humedades al suyo.
—Bueno, pues ya tiene solución. Nosotros nos encargamos de mantenerlo habitado y sin humedades.
—Estupendo. Se lo comunico en cuanto lo vea, le va a alegrar el día.
Ramón se despidió con la bolsa de la compra ya pesándole en el brazo, no sin antes añadir un último comentario que resumía, a su manera, el sentir general del edificio.
—Ya solo falta la boda para que esta historia esté completa, ¿eh? Aunque me imagino que doña Pura ya lo tiene todo organizado mentalmente.
—Ya lo creo que sí —confirmó doña Pura, sin ninguna vergüenza—. Tengo hasta el menú pensado. Nada de canapés raros, comida de verdad para que la gente no se quede con hambre.
—Doña Pura, llevamos cinco meses juntos. Un piso nuevo no es una boda.
—Es el penúltimo paso, criatura. Confía en mi experiencia.