Capítulo 14
El comisario había respondido a la última pregunta de Hugo con una franqueza que no esperaba, y salió del despacho con la sensación extraña de haber tomado una decisión enorme en apenas veinte minutos, después de semanas dándole vueltas sin parar.
Nando lo esperaba fuera, apoyado en el coche patrulla, fingiendo mirar el móvil con un desinterés que no engañaba a nadie.
—¿Y bien? —preguntó, en cuanto Hugo se acercó.
—Lo he rechazado.
Nando soltó un silbido, impresionado, y le dio una palmada en el hombro que casi lo desestabiliza.
—Vaya. No me lo esperaba, la verdad, aunque me alegro. ¿Cómo te sientes?
—Raro. Aliviado y raro a la vez. Como si acabara de quitarme un peso de encima y al mismo tiempo hubiera cerrado una puerta que no sé si algún día echaré de menos.
—Es normal sentir las dos cosas. No sería una decisión importante si no doliera un poco, en algún sitio.
—Filosófico te has vuelto, macho.
—Será el efecto Cova. Algo se pega, ya te lo he dicho más de una vez.
—¿Y tú qué habrías hecho, en mi lugar? Sinceramente, no como manera de darme la razón, sino de verdad.
Nando se quedó pensando la pregunta con más seriedad de la que solía dedicarle a nada, apoyado contra el coche patrulla con los brazos cruzados.
—Sinceramente, no lo sé. Nunca he tenido que elegir entre una carrera y una persona, así que no puedo decirte con certeza qué habría hecho. Pero sí sé una cosa: nunca te había visto tan seguro de una decisión tan rápido, ni siquiera cuando aprobaste las oposiciones. Eso, para mí, ya dice bastante.
—Gracias, Nando.
—De nada. Ahora vamos, que llevamos parados aquí diez minutos y todavía tenemos parte que rellenar del aviso de esta mañana.
—Lo he rechazado —le dijo Hugo a Marta, esa misma tarde, en el portal, sin poder esperar siquiera a subir las escaleras para contárselo.
Marta se quedó parada un segundo, procesando la noticia con una mezcla de alivio y preocupación que no supo, al principio, cómo verbalizar.
—¿Estás seguro? Quiero decir, de verdad seguro, no seguro porque acabas de tomar la decisión y todavía no has tenido tiempo de dudar de ella.
—Hablé con el comisario. Le pregunté todo lo que necesitaba saber. No es la única oportunidad que va a existir, y prefiero esperar a la siguiente, en lugar de desmontar mi vida por esta.
—¿Y no te vas a arrepentir?
—Puede que algún día tenga un mal día en el trabajo y piense «ojalá hubiera aceptado Valencia».
Pero eso pasará también si me hubiera ido, solo que entonces pensaría «ojalá me hubiera quedado».
No existe una decisión sin ningún riesgo de arrepentimiento, Marta.
Solo existen decisiones que se sienten correctas cuando las tomas, con la información que tienes en ese momento.
Marta lo abrazó, con una fuerza que sorprendió a los dos, sintiendo que algo se le aflojaba en el pecho que llevaba dos semanas enteras en tensión.
—Gracias por contármelo tan rápido. Sin esperar días, sin doña Pura de por medio.
—Aprendo rápido, cuando la lección merece la pena.
Subieron juntos las escaleras, cogidos de la mano, y se cruzaron con doña Pura en el segundo piso, que llevaba una bolsa de basura y una curiosidad evidente por la sonrisa que ninguno de los dos disimulaba.
—Se os ve contentos. ¿Buenas noticias?
—Muy buenas, doña Pura. Se lo contamos en la próxima junta de vecinos, con acta y todo, ya que tanto le gustan.
—No hace falta tanta ceremonia, criatura. Con que me lo cuentes ahora mismo me conformo.
—Hugo se queda en Madrid. Rechazó el ascenso.
Doña Pura dejó la bolsa de basura en el suelo, con un gesto teatral que dejaba claro que aquello merecía toda su atención.
—Lo sabía. Sabía que ese chico no iba a irse a ningún sitio, con lo bien que se le veía por aquí últimamente. El amor siempre gana, se lo digo yo, que tengo mucha experiencia acumulada.
—Gracias por el apoyo moral, doña Pura, aunque llegue con retraso.
—El apoyo moral nunca llega tarde, criatura. Llega cuando tiene que llegar.
Se despidieron de doña Pura y siguieron subiendo, y ya en el rellano de Marta, antes de entrar, Hugo se detuvo un momento con una expresión pensativa.
—¿Sabes qué es lo curioso de todo esto? Hace cinco meses, esa mujer me parecía la persona más entrometida que había conocido en mi vida. Ahora mismo, su aprobación me ha importado más de lo que esperaba.
—Se cuela en el corazón sin que una se dé cuenta. Es su superpoder.
—Un superpoder aterrador, la verdad.
—El más aterrador de todos. Peor que la telepatía.
Esa noche, sin embargo, algo empezó a inquietar a Marta mientras se preparaba para dormir, una sensación pequeña pero persistente que no la dejaba disfrutar del todo del alivio de la decisión.
—¿Estás bien? —le preguntó Hugo, notando su silencio inusual mientras cenaban algo ligero en la cocina de ella.
—Sí. No. No lo sé. Me preocupa que hayas tomado esta decisión demasiado rápido, sin darte el tiempo suficiente para asegurarte de que no la tomas por mí.
—Ya te he dicho que no es por ti.
—Lo sé, y te creo. Pero también sé, por experiencia propia, lo fácil que es convencerse a una misma de que una decisión es completamente racional cuando en realidad está influida por el miedo a perder algo que quieres.
Me pasó con Álvaro. Casi me convenzo de que necesitaba «pensarlo» cuando en realidad ya sabía la respuesta, solo que no quería admitir que el miedo formaba parte de la ecuación.
—¿Y crees que a mí me está pasando lo mismo?
—No lo sé. Por eso te lo pregunto directamente, en lugar de dejar que la duda se quede rondando sin decirla en voz alta, que es justo el error que cometimos la última vez.
Hugo se quedó pensando la pregunta con la seriedad que Marta ya reconocía como su forma particular de tomarse en serio algo importante.
—Sí, hay miedo en la ecuación. No te voy a mentir.
Pero el miedo no es el motivo principal.
El motivo principal es que, cuando me imagino la vida que quiero de aquí a diez años, esa vida está aquí, en este edificio ridículo con doña Pura vigilando cada movimiento, con Freud durmiendo en un sofá que no debería pisar, contigo.
El ascenso no encajaba en esa imagen, con miedo o sin él.
—Vale. Te creo.
—¿Y tú? ¿Estás seguro de que no te sientes culpable por que yo haya rechazado algo tan grande?
—Un poco, sí. Es difícil no sentirse culpable cuando alguien renuncia a algo importante y una parte de la ecuación es tu propia vida.
—Pues no lo hagas. Rechacé el ascenso porque era la decisión correcta para mí, no como un sacrificio que ahora tengas que compensarme de alguna manera.
Si empezamos a llevar la cuenta de quién ha renunciado a qué por el otro, esto se va a convertir en una contabilidad agotadora que no le hace bien a nadie.
—Tienes razón. Es una trampa fácil de caer, la de convertir el amor en una hoja de balance.
—Sobre todo para dos personas tan dadas a hacer listas como nosotros.
—Un peligro ocupacional evidente.
Marta se rio, aliviada por la claridad con la que Hugo conseguía, casi siempre, poner en palabras exactamente lo que hacía falta decir.
—¿Sabes qué? Creo que somos buenos en esto. En lo de resolver las cosas hablando, digo. Se nos ha dado mejor de lo que esperaba cuando empezamos.
—Hemos tenido bastante práctica en poco tiempo.
—Una cantidad indecente de práctica, la verdad.
Se quedaron un rato en silencio, cómodo, terminando de cenar, hasta que Marta retomó el hilo de su inquietud anterior, decidida a no dejarla sin resolver del todo.
—¿Puedo decirte una cosa, aunque suene un poco contradictoria con todo lo que acabamos de hablar?
—Dime.
—Una parte de mí, muy pequeña, se pregunta si deberíamos habernos planteado más en serio que fuera yo quien buscara la manera de trabajar en remoto desde Valencia, en lugar de que tú rechazaras el ascenso sin más. Marbex tiene una política flexible, podría haber preguntado.
—¿Y por qué no lo planteaste, si lo has estado pensando?
—Porque en el fondo sabía cuál iba a ser tu respuesta, y no quería que pareciera que te estaba presionando a base de plantear alternativas que en realidad no quería que se llevaran a cabo.
Hugo se quedó pensando en eso, con la misma seriedad que aplicaba a todo lo que Marta consideraba verdaderamente importante.
—Para que conste, si en algún momento tú necesitas mudarte a otra ciudad por trabajo, quiero que sepas que consideraría en serio acompañarte, o buscar un traslado, o lo que hiciera falta. No es que yo esté anclado aquí de forma permanente y tú tengas que adaptarte siempre a mis decisiones.
—Lo sé. Pero me alegra oírtelo decir en voz alta.
—Además, seamos sinceros, Marbex está en Madrid. El problema hipotético de tu traslado no existe todavía. Estamos discutiendo escenarios imaginarios a las once de la noche, lo cual es agotador incluso para nuestros estándares de sobreanálisis.
—Es verdad. Perdona, se me ha ido un poco la cabeza.
—No pasa nada. Prefiero que se te vaya la cabeza hablando conmigo a que se te quede rondando en silencio hasta que explote en forma de crisis inesperada.
—Aprendes rápido.
—Tengo una buena maestra.
Se quedaron un rato más en la cocina, ya sin necesidad de seguir hablando del tema, simplemente disfrutando de la compañía del otro con esa tranquilidad que solo llega después de haber atravesado juntos algo difícil.
—¿Sabes qué echo de menos, ahora que lo pienso? —dijo Marta, de pronto, con una sonrisa traviesa.
—¿Qué?
—Las actas de convivencia. Ya no me pones ninguna desde hace meses. Empiezo a sentir que he perdido mi toque para sacarte de quicio.
—No has perdido nada. Simplemente ya no necesito escribir un acta para expresar lo que siento. He evolucionado.
—Qué manera más pomposa de decir que te has ablandado.
—Prefiero llamarlo crecimiento personal.
—Llámalo como quieras. Yo lo llamo ablandamiento, y me encanta.
—Si tanto lo echas de menos, puedo escribirte una última acta simbólica. Algo así como «se hace constar que la vecina del tercero B ha conseguido, contra todo pronóstico, que el suscribiente rechace un ascenso profesional relevante por motivos exclusivamente sentimentales».
—Eso suena a algo que enmarcaría y colgaría en el salón.
—Puedo redactarlo formalmente esta noche, si insistes.
—Insisto muchísimo.
•
Cova, informada de la resolución esa misma noche por teléfono, no pudo evitar un comentario que resumía, a su manera, todo el proceso.
—Así que ha rechazado un ascenso de inspector jefe por ti, y tú te sientes culpable por ello, y los dos habéis tenido una conversación madura sobre el reparto justo de sacrificios en una relación. Sois insufribles.
—Es la reacción que esperaba de ti, sinceramente.
—No, en serio, me alegro muchísimo. Solo que me hacéis sentir que mi última relación, en la que discutíamos por quién dejaba los platos sin fregar, fue un fracaso comparado con el nivel de comunicación emocional que manejáis vosotros dos.
—Fregar los platos también es importante, Cova. No infravalores la logística doméstica.
—Touché.
—Por cierto —añadió Marta, antes de colgar—, ¿cómo lleva Nando lo de que su mejor amigo policía haya rechazado un ascenso importante? Imagino que tendrá opinión al respecto.
—Dice que está orgulloso, aunque también dice que va a tener que aguantar a Hugo de compañero unos años más, cosa que según él es «un precio alto mezclado con un alivio considerable».
—Qué manera más ambigua de expresar cariño entre hombres.
—Es el único lenguaje que conocen, al parecer. Hay que aceptarlo tal cual viene.
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Doña Pura, que se había enterado de la decisión final por boca de Ramón antes incluso de que Marta o Hugo tuvieran tiempo de contárselo personalmente, los interceptó al día siguiente en el portal con una sonrisa de satisfacción que no necesitaba palabras para ser evidente.
—Así que se queda —dijo, sin ningún preámbulo—. Lo sabía. Se lo dije a la del cuarto la semana pasada, «ese chico no se va a ningún lado, tiene demasiado bien montada la vida aquí».
—Doña Pura, técnicamente todavía no se lo habíamos contado a nadie del edificio.
—El edificio tiene sus propias fuentes de información, criatura. No hace falta que nadie confirme nada oficialmente para que la verdad circule.
—Eso suena preocupante, la verdad, viniendo de alguien que vive justo debajo de nosotros.
—Preocúpate lo justo. Yo solo uso mis poderes para el bien de la comunidad.
Marta y Hugo se miraron, resignados ya a que cualquier intento de mantener algo en privado en aquel edificio estaba condenado al fracaso desde el principio, y siguieron su camino hacia las escaleras entre risas.