Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 13 #2
69%

Capítulo 13 #2

—Contestaría que quiero una vida con raíces, no una vida de ascensos constantes. Llevo doce años persiguiendo la siguiente meta profesional sin pararme nunca a disfrutar de la anterior. Quiero, por primera vez, quedarme quieto en algún sitio el tiempo suficiente para que eche raíces de verdad.

—Eso no suena a una respuesta condicionada por mí.

—No lo es. Es lo que siento, con o sin ti en la ecuación. Que tú estés en la ecuación, eso sí, hace que la decisión sea mucho más fácil de tomar.

Marta sonrió, aliviada de escuchar la claridad con la que Hugo por fin conseguía expresar algo que llevaba días intuyendo sin que él lo verbalizara del todo.

•

Al día siguiente, en la oficina, Nuria se acercó a la mesa de Marta con la excusa de pedirle opinión sobre un diseño, aunque en realidad llevaba días notando su distracción.

—¿Sigues con lo del dilema personal? —preguntó, con la delicadeza de quien no quiere invadir pero tampoco ignorar lo evidente.

—Sigo. Aunque creo que ya casi está resuelto. Solo queda una conversación pendiente que no depende de mí.

—Espero que se resuelva como quieres.

—Yo también. Aunque he aprendido, este último año, que a veces lo que una quiere no es exactamente lo que necesita, y viceversa. Así que ya no sé muy bien qué es lo que espero, solo espero que sea lo correcto para los dos.

—Eso es una respuesta sorprendentemente sabia para las diez de la mañana con un café todavía sin terminar.

—Llevo semanas practicando la sabiduría forzada. Algo tenía que pegárseme.

•

Marta llamó a Cova esa misma noche, después de que Hugo se marchara a su antiguo piso a recoger algo de ropa para el turno del día siguiente, necesitando procesar la conversación con alguien que no fuera la persona directamente implicada en ella.

—Así que puede que se quede —resumió Cova, con un tono que dejaba entrever un alivio que no se molestó en disimular—. Menos mal. No es que no confiara en que ibais a encontrar una solución, pero lo de Valencia me tenía el estómago revuelto solo de pensarlo.

—A mí también. Aunque todavía no está decidido del todo. Mañana habla con el comisario.

—¿Y si el comisario le dice que esta es la única oportunidad que va a tener en su vida y que como la rechace se puede despedir de cualquier ascenso futuro?

—Entonces tendremos que volver a hablarlo desde cero, supongo. Pero prefiero que tenga toda la información antes de decidir, que decidir con miedo y luego pasarse años preguntándose qué habría pasado si hubiera preguntado.

—Sois tan sensatos que dais un poco de rabia, la verdad.

—La sensatez es agotadora, no creas. Preferiría con mucho poder simplemente decirle «quédate, no lo pienses más», pero sé que eso no sería justo para él a largo plazo.

—Eso es más maduro de lo que yo sería capaz en tu lugar.

—No sé si es madurez o simplemente que ya he aprendido, por las malas, lo que pasa cuando alguien toma una decisión importante sin toda la información necesaria.

—Oye, en serio, ¿cómo lo llevas tú? Todo este tiempo hemos hablado de lo que siente Hugo, de lo que debería hacer Hugo, pero casi no hemos hablado de cómo estás tú con toda esta incertidumbre encima.

Marta se quedó pensando la pregunta un momento, sorprendida de no haberse planteado la respuesta con tanta claridad hasta que Cova se la pidió directamente.

—Estoy más tranquila de lo que esperaba, la verdad.

Supongo que después de todo lo que hemos pasado juntos, el trastero, el hospital, lo de Álvaro, ya no me asusta tanto la incertidumbre en sí.

Me asusta más la idea de que dejemos de hablar de las cosas importantes, y eso, al menos, lo tenemos bastante controlado.

—Eso es un progreso enorme, viniendo de la mujer que hace un año se pasaba las noches llorando sola con una libreta de rechazos.

—No sabía que tenías estadísticas tan detalladas de mis noches de hace un año.

—Soy tu mejor amiga. Es mi trabajo llevar esa contabilidad emocional.

•

Al día siguiente, Hugo entró en el despacho del comisario con una lista mental de preguntas que había repasado durante todo el trayecto en coche patrulla, para irritación de Nando, que llevaba toda la mañana aguantando su silencio nervioso.

—Como no dejes de repasar esa lista mentalmente, se te va a grabar en la frente y el comisario se la va a leer antes de que abras la boca —le había dicho Nando, minutos antes, al dejarlo frente a la comisaría.

—Necesito hacerlo bien esta vez. Ya tomé una decisión importante hace unos meses sin pensarla del todo, y no salió bien.

—Te refieres a lo de mudarte a este barrio, ¿no? Porque a mí me parece que esa decisión salió bastante bien, teniendo en cuenta cómo ha terminado todo.

—Me refiero a otra cosa. Pero gracias por el optimismo.

—¿Puedo hacerle unas preguntas antes de darle mi respuesta? —dijo, una vez sentado frente a la mesa del comisario.

—Adelante.

—¿Es esta la única vacante de este tipo que va a surgir en los próximos años, o es razonable pensar que aparecerán oportunidades similares más adelante, quizás en Madrid?

El comisario se recostó en la silla, evaluando la pregunta con la misma seriedad con la que evaluaría un informe operativo.

—Sinceramente, es poco frecuente, pero no única. La reestructuración de unidades especializadas está en marcha en varias comunidades autónomas. Dentro de dos o tres años, es probable que se abra algo similar en Madrid, aunque no puedo garantizártelo con fecha exacta.

—¿Y si rechazo esta, afecta a mis posibilidades futuras de ascenso?

—No debería. Tu expediente sigue siendo el mismo. Simplemente esta oportunidad concreta no se repetirá exactamente igual, pero las oportunidades, en general, seguirán apareciendo para alguien con tu hoja de servicios.

Hugo asintió, sintiendo que una parte del peso que llevaba encima se aligeraba considerablemente con esa información.

—Entonces voy a rechazarla. Con todo el respeto, y agradecido por la consideración, pero no es el momento adecuado para mí.

—¿Puedo preguntar por qué, sin que sea indiscreción?

—Tengo una vida aquí que no estoy dispuesto a desmontar por una oportunidad que, según usted mismo dice, no es la única que voy a tener.

El comisario sonrió, con un gesto que sorprendió a Hugo por su calidez inesperada.

—Es la primera vez en quince años que veo a alguien rechazar un ascenso citando su vida personal como motivo principal, sin ninguna vergüenza al decirlo. Me parece, para qué mentirte, bastante admirable.

—Gracias, señor.

—Espero verte en la próxima convocatoria, cuando sea que llegue. Y espero que la razón por la que rechazas esta merezca la pena.

—La merece.

—¿Y si le digo que la persona que me lo ha hecho reconsiderar todo esto es, en realidad, una vecina que me denunció formalmente por romper un jarrón a las once de la noche?

El comisario soltó una carcajada genuina, la primera que Hugo le había oído en los tres años que llevaba bajo su mando.

—Entonces diría que la vida tiene un sentido del humor mejor del que la mayoría de la gente le reconoce. Anda, vete ya, que tienes turno dentro de media hora.

El comisario asintió, dando por cerrada la conversación con un gesto que Hugo interpretó como respeto genuino, y le tendió la mano antes de que saliera del despacho.

—Una última cosa —dijo, cuando Hugo ya estaba en la puerta—. No es habitual que te lo diga un comisario, pero espero que quien sea que te haya hecho tomar esta decisión lo sepa valorar. No todo el mundo antepone su vida personal a una oportunidad así, y menos sin resentimiento en la voz.

—Lo sabe. Y yo lo sé también, cada día un poco más.

Salió de la comisaría con una ligereza en el paso que Nando notó de inmediato, incluso antes de que Hugo dijera una sola palabra.

—Se te ve bien. Decisión tomada, ¿no?

—Decisión tomada.

—Me alegro, tío. En serio. Aunque esto significa que voy a tener que aguantarte de compañero unos años más, cosa que ya no sé si celebrar o lamentar.

—El sentimiento es mutuo, no te preocupes.

Esa tarde, mientras esperaba a Hugo en el piso, Marta se descubrió mirando el calendario colgado en la nevera, contando mentalmente los días que faltaban para que se cumpliera el plazo de las dos semanas, aunque ya sospechaba, por el tono de la última conversación, cuál iba a ser el desenlace.

Freud, que llevaba toda la tarde con ella esperando también el regreso de Hugo, se acercó a la puerta minutos antes de que sonara la llave en la cerradura, con esa capacidad canina de anticipar regresos que ni Marta ni Hugo habían conseguido explicarse del todo.

—Sabe que vienes antes que yo —le dijo Marta a Hugo, en cuanto entró por la puerta, señalando al perro que ya tenía la cola moviéndose a toda velocidad—. Es sospechosamente bueno prediciendo tus horarios.

—Es un perro con talento. Deberíamos plantearnos alquilarlo a la Guardia Civil para labores de detección.

—Ya trabaja de policía, técnicamente. Está jubilado, no se le puede pedir horas extra.

Cenaron esa noche con la tranquilidad de quien sabe que una respuesta está a punto de llegar, sin necesidad de forzarla, hablando de cosas sin importancia real —una serie que habían empezado a ver juntos, un chiste malo de Nando que Hugo insistía en repetir mal— hasta que llegó la hora de dormir sin que ninguno de los dos mencionara Valencia ni una sola vez, un silencio que a Marta le pareció, por primera vez en semanas, completamente relajante en lugar de cargado de tensión.

—Mañana lo sabremos —dijo Hugo, ya con la luz apagada, en la oscuridad del dormitorio.

—Mañana lo sabremos —repitió Marta, y por primera vez en dos semanas se durmió sin dar vueltas en la cama, confiando en que, decidiera lo que decidiera Hugo, lo afrontarían juntos.