Capítulo 13
El plazo de dos semanas, que al principio había sonado a tiempo generoso, se convirtió rápidamente en una cuenta atrás que ambos evitaban mencionar en voz alta, como si nombrarla directamente la hiciera más real de lo que ya era.
La noticia del ascenso había llegado un viernes, y para el lunes siguiente ya se había instalado entre ellos una especie de cuidado extremo en el trato mutuo, como si ambos caminaran sobre un suelo que podía romperse en cualquier momento si pisaban mal.
No discutían más de lo habitual, ni menos; simplemente había una capa de atención consciente en cada palabra que ninguno de los dos recordaba haber tenido que aplicar antes.
Marta llegó al trabajo el lunes siguiente con la sensación de llevar una mochila invisible cargada de piedras, una sensación que Elisa, su jefa, detectó casi de inmediato.
—¿Va todo bien? Llevas cara de estar resolviendo una ecuación imposible desde que has entrado por la puerta.
—Más o menos. Es un tema personal, nada que afecte al trabajo, te lo prometo.
—No me preocupa que afecte al trabajo. Me preocupa que no tengas con quién hablarlo. Si necesitas un oído neutral, aquí me tienes, aunque sea horario de oficina.
Marta le agradeció el gesto, aunque no llegó a contarle los detalles, y pasó la mañana entera saltando entre tareas de la campaña y búsquedas furtivas en el móvil sobre estadísticas de parejas que sobrevivían a traslados de larga distancia, un ejercicio que no le aportó ninguna claridad real pero que, al menos, le dio la sensación de estar haciendo algo productivo con la ansiedad.
Por las noches, la ansiedad se convertía en algo más concreto: pestañas del navegador, comparativas de precios, cálculos de tiempo de trayecto que examinaba con el mismo rigor que aplicaba a cualquier hoja de cálculo profesional.
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Su madre llamó el domingo siguiente, como cada semana, y bastaron apenas dos frases para que detectara que algo no iba bien.
—¿Qué te pasa? Tienes la voz rara.
—Nada, mamá. Cosas de trabajo.
—Marta, llevo treinta y un años reconociendo tu voz de «cosas de trabajo» y tu voz de «algo va mal de verdad». Esta es la segunda.
Marta suspiró, rindiéndose ante la insistencia materna, y le contó una versión resumida de la situación, sin entrar en todos los detalles emocionales que había compartido con Cova.
—¿Y si se va a Valencia? —preguntó su madre, con una practicidad que a veces resultaba reconfortante y a veces exasperante—. Podrías plantearte ir con él. No sería el fin del mundo, hay trenes.
—Lo sé, mamá. Estamos en ello.
—Solo digo que, si de verdad es el hombre que dices que es, una mudanza no debería ser motivo para dejarlo escapar. Yo me fui de mi pueblo con dieciocho años por tu padre y mira, cuarenta años después seguimos juntos.
—No es tan sencillo, mamá.
—Nunca lo es, hija. Pero a veces hay que decidir de todas formas.
Marta colgó con la sensación, ya familiar, de que su madre tenía razón en algo importante aunque su forma de decirlo dejara mucho que desear en cuanto a delicadeza.
Se quedó un rato más sentada en el sofá, con el teléfono todavía caliente en la mano, pensando en lo distinto que sonaba todo aquello viniendo de alguien que llevaba cuarenta años tomando exactamente ese tipo de decisiones y que, a pesar de la distancia generacional, seguía teniendo razón más veces de las que a Marta le gustaba admitir en voz alta.
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Ramón, con su habitual perspicacia de taxista acostumbrado a leer el ambiente de sus clientes en los primeros treinta segundos de trayecto, notó la tensión en el edificio antes de que nadie dijera una palabra.
—Vosotros dos estáis raros —les dijo, un día, encontrándolos a ambos en el portal con expresiones que no coincidían con la normalidad de las últimas semanas—. ¿Va todo bien?
—Hugo tiene que decidir si acepta un ascenso que le obligaría a mudarse a Valencia —resumió Marta, sin ánimo de ocultarlo, ya cansada de la tensión acumulada.
—Vaya. Eso sí que es un dilema serio. ¿Y qué se dice el cuerpo?
—El cuerpo todavía está decidiendo —contestó Hugo, con una media sonrisa cansada.
—Bueno, sea lo que sea, espero que decidáis lo que de verdad os haga felices, no lo que parezca más sensato sobre el papel. He conducido a mucha gente en mi taxi contándome arrepentimientos, y casi todos vienen de haber elegido lo sensato en lugar de lo que de verdad querían.
—Gracias, Ramón. Es un consejo sorprendentemente profundo para las nueve de la mañana.
—Doce años conduciendo un taxi de noche dan para acumular mucha sabiduría barata. Cortesía de la casa.
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Además de los horarios de trenes, Marta dedicó parte de una tarde a investigar, con la misma discreción con la que había investigado los precios de los billetes, la política de trabajo remoto de Marbex, preguntándose si existía la posibilidad, aunque remota, de trasladarse ella si la balanza terminaba inclinándose hacia Valencia.
Encontró, en la intranet de la empresa, una política de teletrabajo bastante generosa para ciertos puestos, aunque no para el suyo, que requería presencia física regular por la naturaleza colaborativa del equipo de contenidos.
Cerró la pestaña sin decírselo a nadie todavía, guardándose la información para el caso de que hiciera falta usarla, aunque en el fondo esperaba no tener que hacerlo.
Marta pasó los primeros días investigando, con la misma minuciosidad que aplicaba a sus campañas de marketing, todas las variantes posibles de una relación a distancia: aplicaciones de videollamada, horarios de trenes de alta velocidad entre Madrid y Valencia, el precio de los billetes con antelación frente a los de última hora, incluso un artículo sobre parejas que habían sobrevivido a traslados profesionales sin que la relación se resintiera.
—¿Y esto qué es? —preguntó Hugo, una noche, encontrándola con el portátil lleno de pestañas abiertas sobre horarios de AVE.
—Estoy investigando. Al parecer hay un tren que sale a las seis y cuarto de la mañana y llega en hora y treinta y ocho minutos. Podríamos vernos algunos fines de semana entre semana, no solo los fines de semana largos.
—Marta.
—¿Qué?
—No hemos decidido todavía que vaya a haber una relación a distancia. Todavía estamos decidiendo si acepto el ascenso.
—Ya lo sé. Pero prefiero tener toda la información posible antes de que decidamos nada, para no descartar opciones por desconocimiento.
Hugo se sentó a su lado, cerrando con suavidad el portátil, un gesto que en cualquier otro momento habría irritado a Marta pero que en ese momento le pareció, sencillamente, un acto de cariño práctico.
—Necesito que hablemos de esto sin listas ni horarios de tren, al menos una vez. Solo tú y yo, diciendo lo que de verdad sentimos, sin intentar resolverlo todo con logística.
—Vale. Empieza tú.
—No sé si quiero el ascenso —dijo, después de un silencio que pareció durar más de lo que realmente duró—.
Y no lo digo por ti, aunque suene raro decir eso ahora mismo.
Llevo toda la semana dándole vueltas, y cada vez que me imagino en Valencia, sin este edificio, sin Freud teniendo que adaptarse a un parque nuevo, sin las cenas improvisadas contigo, la ambición profesional se me queda pequeña comparada con lo que perdería.
—¿Y si dentro de un año, o de cinco, te arrepientes de no haberlo cogido?
—Puede que me arrepienta. Pero prefiero arrepentirme de haber elegido quedarme con algo que sí tengo, que arrepentirme de haber perseguido algo que ni siquiera sé si de verdad quiero, solo porque parecía la decisión profesionalmente correcta.
—¿Y qué pasa con la ambición? ¿No te preocupa quedarte estancado, profesionalmente hablando, si rechazas oportunidades como esta?
—Me preocupaba, antes de conocerte. Medía mi valía casi exclusivamente por lo que conseguía en el trabajo, porque era lo único que tenía que medir. Ahora tengo otras cosas que también cuentan, y no sé por qué debería seguir usando solo la vara de medir antigua.
—Eso es sorprendentemente profundo para un martes por la noche.
—Llevo toda la semana practicando el discurso en la ducha, por si acaso.
—Se nota que lo has ensayado. Ha sonado casi perfecto.
—¿Casi?
—El «casi» es lo que lo hace creíble. Si hubiera sonado perfecto del todo, habría desconfiado.
Marta se quedó pensando en eso, reconociendo en las palabras de Hugo una versión especular de su propia decisión sobre Álvaro semanas atrás.
—Eso es exactamente lo que yo sentí con la oferta de Álvaro. El dinero, el título, todo sonaba bien en abstracto. Pero al final me importaba más lo que ya tenía construido.
—Exactamente eso.
—Entonces, ¿ya lo has decidido?
—Casi. Pero quiero hacerlo bien esta vez, no de forma impulsiva.
Voy a hablar con el comisario mañana, plantearle algunas preguntas antes de dar una respuesta definitiva.
Quiero saber si esta es la única oportunidad que va a existir, o si dentro de un tiempo podría surgir algo parecido más cerca de casa.
—Me parece sensato.
—¿Y tú qué? ¿Habías dicho que estarías dispuesta a intentar la distancia, si yo decidía aceptar?
Marta se lo pensó, honestamente, antes de contestar.
—Lo habría intentado. No te voy a mentir diciéndote que habría sido fácil, ni que no me habría dado miedo.
Pero también he pasado un año entero reconstruyendo mi vida desde cero, y no me apetece nada hacerlo otra vez, ni aquí ni en Valencia.
Así que, si me preguntas qué prefiero, prefiero mil veces que te quedes.
Pero no quiero que sea mi preferencia la que decida por ti.
—No lo es. Es mi decisión, con toda la información que tengo, incluida la de saber lo que sentimos los dos.
—¿Y si te preguntara directamente qué es lo que de verdad quieres, sin pensar en mí, sin pensar en Freud, sin pensar en nada más que en ti mismo? ¿Qué contestarías?
Hugo se quedó callado un buen rato, mirando al techo, sopesando la pregunta con una seriedad que Marta ya reconocía como su forma particular de tratar las cosas importantes.