Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

—No he decidido nada. Solo te estoy diciendo lo que siento, que es distinto. Los próximos días tengo que separar las dos cosas, y no va a ser fácil.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio, un silencio ya no tan cómodo como el de antes, cargado de una pregunta que ninguno de los dos se atrevió a formular en voz alta esa noche, pero que ambos sabían que tendría que responderse antes de que pasaran las dos semanas: qué pasaba con todo lo que habían construido —el edificio, Freud, doña Pura, Marbex, la familia de Hugo, la de Marta— si uno de los dos tenía que empezar de nuevo a quinientos kilómetros de distancia.

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—¿Valencia? —repitió Cova, al teléfono, con una voz que no disimulaba en absoluto la sorpresa—. Eso son tres horas en tren. No es Australia, pero tampoco es precisamente la esquina de tu calle.

—Ya lo sé. Llevo desde anoche haciendo cálculos mentales de horas de tren y llamadas de fin de semana y todo me suena a plan desesperado antes incluso de haber decidido nada.

—¿Y qué es lo que de verdad te preocupa? Porque puedo notar que hay algo más, además de la logística.

Marta se quedó callada un momento, sorprendida, como cada vez, por la capacidad de Cova para encontrar la pregunta exacta debajo de las capas de excusas prácticas.

—Me preocupa que, si él se queda por mí, algún día me lo eche en cara, aunque sea sin querer. Y me preocupa que, si me pide que me vaya con él, tenga que volver a construir toda mi vida desde cero, otra vez, después de haber tardado un año entero en reconstruirla aquí.

—Son miedos válidos los dos. No tengo una respuesta mágica para dártelos, lo siento.

—No te pedía una respuesta mágica. Solo necesitaba decirlo en voz alta a alguien que no fuera yo misma, dando vueltas en la cama a las tres de la madrugada.

—Para eso estoy. Y para lo que decidáis, sea lo que sea, aquí seguiré, a un tren de distancia o a la vuelta de la esquina.

Marta colgó con una sensación extraña, mezcla de gratitud y vértigo, consciente de que las próximas dos semanas iban a poner a prueba, de una manera que ni el trastero ni el hospital ni el café con Álvaro habían conseguido, todo lo que llevaban meses construyendo con tanto cuidado.

Se quedó un rato sentada en el sofá, con Freud —que se había quedado con ella esa noche mientras Hugo terminaba su turno— apoyado contra su pierna, repasando mentalmente todo lo que habían construido en los últimos meses: la fiesta de la comunidad, el hospital, la reconciliación tras el café con Álvaro, las cenas improvisadas, la comida con su familia, la visita a los padres de Hugo.

Cada uno de esos momentos, por separado, parecía pequeño.

Juntos, formaban algo que ya no sabía cómo se llamaba, exactamente, si no era con la palabra que llevaba meses evitando pronunciar hasta consigo misma: un hogar.

—No puedo perder esto —le dijo al perro, en voz alta, como si Freud fuera a ofrecerle alguna solución práctica al dilema—. Sea cual sea la respuesta, tiene que incluir no perder esto.

Freud, fiel a su reputación de sabiduría canina completamente inventada por la familia de Hugo, se limitó a suspirar y acomodarse mejor contra su pierna, lo cual Marta decidió interpretar como una señal de acuerdo absoluto.

Se quedó despierta un rato más, mirando el techo del salón, pensando en las dos semanas que tenían por delante y en todas las conversaciones que todavía les faltaba tener, sobre trenes, sobre trabajos, sobre qué significaba exactamente construir una vida junto a alguien cuando esa vida podía tener que reinventarse de un día para otro.

No tenía respuestas todavía. Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía que tuviera que encontrarlas sola.

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Esa noche, ya tarde, se encontró a Hugo en el rellano, sentado en el primer escalón con Freud a su lado, los dos con la misma expresión pensativa, como si el perro también estuviera sopesando las implicaciones de una mudanza a Valencia.

—¿No entras? —preguntó Marta, sentándose junto a él sin necesidad de que se lo pidiera.

—Necesitaba pensar en un sitio neutral. Ni tu casa ni la mía. El rellano parecía la opción más democrática.

—Muy diplomático por tu parte.

—Se me da bien mediar en conflictos ajenos. Los propios ya son otra historia.

Se quedaron un rato en silencio, con Freud apoyando la cabeza alternativamente en la pierna de uno y otra, como si estuviera decidido a repartir su lealtad de forma exactamente equitativa.

—Sea lo que sea que decidamos —dijo Marta, al fin—, quiero que sepas que no voy a dejar que el miedo decida por mí. Ni el mío ni el tuyo.

—Eso suena a algo que debería llevar escrito en una libreta de espiral.

—Puede que lo escriba luego, ahora que lo dices.

Se rieron los dos, un poco más flojo que de costumbre, con el peso de la conversación pendiente todavía sobre los hombros, pero con la certeza compartida de que fuera cual fuera la respuesta, la buscarían juntos, escalón a escalón, del mismo modo en que habían resuelto todo lo demás desde aquella primera noche con un jarrón roto entre los dos.