Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

—Me quedo con todas estas fotos —bromeó, guardándose el teléfono después de fotografiar media docena de páginas del álbum—. Material de chantaje para el futuro.

—Ya era hora de que alguien empezara a documentar sus vergüenzas como es debido —celebró la madre de Hugo, encantada con la idea.

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De vuelta en el coche, ya de noche, Hugo conducía en silencio con una media sonrisa que no se le borraba de la cara.

—Les has caído muy bien —dijo, al fin—. Mi madre ya está pensando en cómo organizarnos la Navidad, lo cual, viniendo de ella, es la señal de aprobación más alta que existe.

—Me han encantado. Sobre todo tu padre. Se parece mucho a ti.

—¿En qué sentido?

—En que los dos decís las cosas importantes con cuatro palabras y dejáis que el silencio haga el resto del trabajo.

—Es un método eficiente.

—Es un método que a mí me costó un tiempo aprender a leer, pero que ahora entiendo bastante bien.

—Mi madre me ha preguntado si teníais pensado ya la boda, por cierto. Se lo he dicho, para que lo sepas, con la esperanza de que dejaras de reírte de mí durante un par de minutos.

—¿Y qué le has contestado?

—Que llevamos cuatro meses. Que primero tenemos que sobrevivir a más de una fiesta de la comunidad antes de plantearnos nada tan serio.

—Sabia respuesta.

—Se me ocurren de vez en cuando.

Se quedaron en silencio el resto del trayecto, un silencio cómodo, de esos que ya no necesitaban llenarse con nada, hasta que Hugo, parado en un semáforo, dijo algo que Marta no esperaba.

—Me han ofrecido un ascenso.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Esta semana. Inspector jefe de una unidad nueva. Es una oportunidad que no se repite fácilmente.

—Eso es una noticia buenísima, Hugo. ¿Por qué lo dices así, tan serio?

El semáforo cambió a verde, y Hugo esperó a arrancar antes de contestar, como si necesitara las manos ocupadas en el volante para poder decir lo siguiente con normalidad.

—La unidad nueva no está en Madrid. Está en Valencia. Sería un traslado de al menos tres años, con posibilidad de prórroga.

Marta sintió que el estómago se le encogía de una manera que no tenía nada que ver con la cena que acababan de tomar, mientras las luces de la ciudad pasaban por la ventanilla del coche a una velocidad que, de pronto, le pareció completamente irrelevante comparada con la velocidad a la que su cabeza intentaba procesar lo que Hugo acababa de decir.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó, con una voz que le costó mantener firme.

—Todavía no lo sé. Tengo dos semanas para decidir. Y quería que lo supieras cuanto antes, sin esperar tres días, ni doña Pura de por medio, ni nada parecido. Aprendí la lección.

Marta sonrió, a su pesar, ante el detalle de que Hugo hubiera aplicado tan rápido lo que habían hablado apenas unos días atrás, incluso en mitad de una noticia que amenazaba con poner patas arriba todo lo que habían construido con tanto cuidado durante los últimos meses.

—Gracias por contármelo ya —dijo—. Aunque no sé si estoy preparada para lo que significa.

—Yo tampoco lo sé del todo. Pero prefiero que lo pensemos juntos a que lo decida yo solo y te lo comunique como un hecho consumado.

—¿Y si lo rechazas y dentro de dos años te arrepientes? ¿Y si te quedas por mí y luego, sin querer, me lo echas en cara en una discusión tonta sobre quién saca la basura?

—Entonces tendré que aprender a no hacer eso, del mismo modo que tú aprendiste a no dejar que Álvaro decidiera cómo te sentías contigo misma. No es una garantía perfecta. Es un compromiso de intentarlo.

—Odio que tengas respuestas razonables para todo.

—Once años de mediar en conflictos ajenos tienen que servir para algo en la vida personal, digo yo.

—¿Qué pasaría con Marbex, si tú te fueras? —preguntó Marta, pensando en voz alta, sin dirigirse realmente a él sino a sí misma—. Llevo cuatro meses ahí. Me encanta el trabajo, el equipo, todo. No podría simplemente pedir un traslado a una oficina en Valencia que ni siquiera existe.

—Lo sé. Y no espero que renuncies a eso por mí. Ni yo tengo intención de exigírtelo.

—¿Entonces qué opciones hay? ¿Una relación a distancia? ¿Tú allí, yo aquí, viéndonos los fines de semana que puedas librar?

—No lo sé, Marta. Por eso te lo he contado ya, en lugar de esperar a tenerlo resuelto yo solo. Porque esto no es solo mi decisión. Es nuestra.

—¿Y si te digo que no lo cojas? ¿Y si te pido directamente que te quedes?

Hugo se quedó pensando la respuesta más tiempo del que a Marta le habría gustado, aunque entendió, casi al instante, que el silencio no era indecisión sobre ella, sino sobre sí mismo.

—Si me lo pidieras así, directamente, probablemente me quedaría.

Pero no quiero que la decisión dependa de una petición tuya, de la misma manera que no quiero que tu decisión sobre Álvaro dependiera de mi reacción.

Quiero que decidamos las cosas mirando de frente lo que de verdad queremos, no reaccionando al miedo del otro.

—Eso es agotadoramente maduro para las once de la noche.

—Llevo practicando toda la semana.

—Se nota.

Marta apoyó la cabeza contra la ventanilla, sintiendo el frío del cristal contra la sien, intentando ordenar en su cabeza un problema que, apenas una hora antes, ni siquiera sabía que existía.

—Necesito procesarlo —dijo, con una punzada de ironía amarga al oírse repetir casi las mismas palabras que había usado con Álvaro semanas atrás—.

No es un no. Es que necesito tiempo, de verdad esta vez, y esta vez sí te prometo que te lo iré contando según lo vaya masticando, sin esperar días enteros.

—Trato hecho.

Llegaron al portal del edificio ya pasada la medianoche, y antes de subir se quedaron un momento sentados en el coche, sin ninguna prisa por enfrentarse todavía a las escaleras, a Freud esperando impaciente, a la vida normal que aguardaba arriba y que, de pronto, ya no parecía tan sencilla de sostener como unas horas antes.

—Sea lo que sea que decidamos —dijo Hugo, rompiendo el silencio—, quiero que sepas que la sola idea de perder esto me da mucho más miedo que rechazar cualquier ascenso.

—Eso suena a que ya has decidido algo.