Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 12
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Capítulo 12

El comisario le comunicó lo del ascenso un martes por la mañana, en una reunión de diez minutos que a Hugo le pareció, mientras la vivía, completamente irreal.

—Inspector jefe, unidad de nueva creación, Valencia —resumió el comisario, deslizando una carpeta sobre la mesa—. Tienes el perfil, el expediente y la experiencia. Es una oportunidad que no aparece dos veces en una carrera.

—¿Cuánto tiempo tengo para decidir?

—Dos semanas. Sé que es poco, pero los tiempos de la administración son los que son.

Salió de la reunión con la carpeta bajo el brazo y una sensación extraña en el pecho, mezcla de orgullo profesional y vértigo, que no supo nombrar del todo hasta que se sentó en el coche patrulla junto a Nando media hora después.

—Tienes cara de haber visto un fantasma —le dijo Nando, arrancando el motor.

—Me han ofrecido un ascenso. Inspector jefe. En Valencia.

Nando silbó por lo bajo, impresionado a su pesar.

—Eso es enorme, Hugo. Llevas años mereciéndote algo así.

—Lo sé. Y no sé qué hacer.

—¿Por Marta?

—Por Marta, por Freud, por este edificio lleno de vecinos que se han convertido en una especie de familia extendida sin que me diera cuenta de cuándo pasó. Llevo doce años en Madrid. No sé si quiero empezar de cero en otra ciudad, por muy buena que sea la oportunidad.

—¿Se lo has contado ya?

—Todavía no. Se lo voy a contar esta semana. Aprendí, no hace mucho, que las cosas importantes hay que contarlas pronto, antes de que se enteren por terceros.

—Suena a lección aprendida por las malas.

—Por las peores. Pero aprendida, al fin y al cabo.

Nando condujo un rato en silencio, dejando que Hugo procesara la noticia a su manera, antes de añadir algo que se le quedaría grabado durante los días siguientes.

—Sea lo que sea que decidas, que sea porque de verdad lo quieres, no porque tengas miedo de perder lo que tienes ahora. Los dos motivos parecen iguales desde fuera, pero llevan a sitios muy distintos.

—¿Y tú qué harías, en mi lugar?

Nando se lo pensó un momento, algo poco habitual en él, que solía tener una opinión lista para cualquier ocasión.

—No lo sé, la verdad. Yo no tengo a nadie esperándome en casa, así que mi cálculo sería mucho más sencillo que el tuyo.

Pero si te sirve de algo, llevo ocho años viéndote priorizar el trabajo por encima de todo.

Quizás esta sea la primera vez que la vida te pone a prueba de verdad sobre si eso sigue siendo cierto.

—Qué manera más incómoda de decir algo tan acertado.

—Es un talento que cultivo con esmero.

•

—Mis padres quieren conocerte —le dijo Hugo, ese mismo domingo por la mañana, con el mismo tono que habría usado para anunciar un parte meteorológico adverso, decidido a posponer la conversación sobre el ascenso un poco más, hasta encontrar el momento adecuado.

—Suena aterrador, dicho así.

—Lo es un poco. Mi padre es de pocas palabras y mucho escrutinio silencioso. Mi madre es lo contrario: habla por los dos y hace preguntas que no admiten evasivas.

—Un equipo completo.

—Llevan casados cuarenta y dos años. Algo estarán haciendo bien.

El taller de fontanería del padre de Hugo, ya medio retirado, ocupaba los bajos de una casa en las afueras de Madrid, un espacio que olía a metal y a grasa de máquina con una permanencia que parecía formar parte de la estructura del edificio.

Hugo había pasado allí buena parte de su infancia, aprendiendo a distinguir llaves inglesas antes que a distinguir las tablas de multiplicar, un dato que a Marta le encantó descubrir y que explicaba, de golpe, mucho más de lo que ninguna conversación anterior le había explicado sobre él.

—Así que tú eres la vecina del jarrón —dijo su padre, a modo de saludo, con una media sonrisa que se parecía asombrosamente a la de Hugo.

—La misma. Aunque prefiero que me presenten sin el jarrón, si es posible.

—Imposible. Aquí llevamos meses oyendo la historia. Mi mujer se la sabe con detalles que ni siquiera Hugo le ha contado, se los ha inventado ella sola.

—Espera a que te cuente la versión de doña Pura, entonces vamos a tener tres versiones distintas del mismo jarrón, ninguna coincidiendo del todo con lo que pasó de verdad.

—Me da igual la versión real —dijo la madre de Hugo, apareciendo desde la cocina con un delantal manchado de tomate—. La de mi hijo poniéndote un acta de convivencia el primer día que os visteis es tan buena que no pienso permitir que la realidad la estropee con detalles.

La madre de Hugo resultó ser, exactamente como él había prometido, una mujer de conversación torrencial y preguntas directas, que en menos de veinte minutos había averiguado el estado de la relación de Marta con su propia madre, sus planes profesionales a cinco años vista, y una opinión detallada sobre si Freud necesitaba o no un compañero de juegos canino.

—Un perro solo se aburre, aunque tenga buenos paseos —sentenció, sirviendo más café del que nadie había pedido—. Deberíais planteároslo.

—Mamá, llevamos cuatro meses juntos. No vamos a adoptar otro perro todavía.

—Yo solo digo que Freud se llevaría bien con cualquiera. Es un perro con mucha paciencia. Le hace falta a alguien más nerviosillo por la casa.

Marta, que observaba el intercambio con una diversión que no se molestaba en disimular, se dio cuenta de que aquella familia, con toda su intensidad y su falta absoluta de filtro, tenía una calidez que contrastaba enormemente con la contención estudiada de la suya propia, y que Hugo, a pesar de su fama de hombre reservado, había salido de un hogar donde el cariño se expresaba a gritos, con detalles inventados y opiniones no solicitadas sobre mascotas futuras.

—¿Y cómo os conocisteis vosotros dos? —preguntó Marta, señalando a los padres de Hugo, aprovechando un hueco raro en el que nadie hablaba de ella durante más de diez segundos seguidos.

—En el taller —dijo el padre, sin levantar la vista de la llave de paso—. Vino a arreglar el grifo de su piso, se quedó mirando cómo trabajaba dos horas enteras sin decir nada, y al final le pregunté si pensaba pagarme por la reparación o por el espectáculo.

—Y yo le dije que por las dos cosas, si me invitaba a cenar —completó la madre, con una carcajada que resonó por todo el taller—. Cuarenta y tres años después, aquí seguimos.

—Cuarenta y dos, mujer.

—Cuarenta y tres, que yo cuento desde la cena, no desde la boda.

Marta observó a Hugo durante el intercambio, reconociendo en la escena una versión primitiva de la misma dinámica que ella misma vivía con él: alguien que necesitaba tiempo para expresar las cosas, emparejado con alguien capaz de traducir ese silencio en palabras sin hacerlo sentir invadido.

—¿Sabes lo que más me sorprende de todo esto? —le dijo a Hugo, en voz baja, mientras su madre se llevaba los platos a la cocina—. Que tú, con lo reservado que eres, hayas salido de una casa donde se habla tanto.

—Por eso mismo me volví reservado, según mi terapeuta.

—¿Tienes terapeuta?

—Tuve, durante un tiempo, después de lo de Sara. Un compañero me lo recomendó, y aunque me costó horrores ir la primera vez, terminó ayudándome bastante a entender algunas cosas de mí mismo que llevaba años sin querer mirar de frente.

—Eso no me lo habías contado.

—No había salido el tema. Pero no es ningún secreto, si te lo estás preguntando. Simplemente no es algo que suelte en la primera conversación con nadie.

—Me alegra saberlo. No por la terapia en sí, sino porque significa que tienes herramientas para procesar las cosas más allá de guardártelas hasta explotar.

—Estoy en ello. Algunos días mejor que otros.

—¿Y tus padres qué tal? —le preguntó la madre de Hugo, cambiando de tema con la naturalidad de quien no conoce la palabra tacto pero tampoco la necesita—. ¿Ya conocen a mi hijo?

—Lo conocieron hace unas semanas. Mi padre le dio una palmada en la espalda, que según Hugo es la máxima aprobación posible viniendo de él.

—Eso es que le ha caído genial. Mi marido hace lo mismo, pero con menos palabras todavía.

El padre de Hugo, que llevaba un rato reparando una llave de paso sin motivo aparente más allá de necesitar tener las manos ocupadas mientras escuchaba la conversación, levantó la vista un momento.

—Se te ve buena persona —le dijo a Marta, sin ningún preámbulo—. Y a mi hijo se le ve contento. Con eso me basta.

Fue, para Marta, la frase más significativa de toda la tarde, precisamente por su brevedad, y entendió, de golpe, de dónde había sacado Hugo su costumbre de decir las cosas importantes sin adornos, con la misma economía de palabras con la que redactaba sus actas de convivencia.

Antes de irse, la madre de Hugo insistió en enseñarle a Marta el álbum de fotos familiar, un ritual que Hugo intentó frenar sin éxito alguno.

—Mamá, no hace falta.

—Claro que hace falta. Mira, esta es tu primera comunión, con esa cara de que preferías estar en cualquier otro sitio del mundo.

—Odiaba ese traje.

—Y esta es la graduación de la academia de policía. Mírale la cara de orgullo, casi se le salen las lágrimas y no lo va a admitir jamás delante de ti.

—Mamá, en serio.

Había también una foto de un Hugo adolescente, larguirucho y con la cara llena de granos, sosteniendo un trofeo de un torneo local de fútbol con una sonrisa tan amplia que apenas se reconocía en ella al hombre serio que Marta conocía.

—¿Qué torneo era este? —preguntó, señalando la foto.

—El campeonato del barrio, categoría juvenil —contestó Hugo, resignado ya a que aquella tarde fuera, en su totalidad, un repaso completo de su vida sin filtros—. Marcamos el gol de la victoria en el último minuto. Fue, probablemente, el día más feliz de mis catorce años.

—Qué tierno.

—No te rías.

—No me estoy riendo. Me estoy enamorando un poco más, que es distinto.

Marta observó las fotografías con un interés genuino, reconstruyendo mentalmente, imagen a imagen, al niño serio que se convirtió en el hombre metódico que conocía, y sintiendo que cada fotografía la acercaba un poco más a entender por completo a la persona con la que estaba construyendo una vida.