Capítulo 11
Marta no durmió esa noche, o durmió muy poco, dando vueltas en la cama con Freud instalado a los pies como un ancla peluda que no pensaba moverse pasara lo que pasara.
A las siete de la mañana, incapaz de seguir fingiendo que el sueño iba a llegar, se levantó, preparó café para dos, aunque no tenía ninguna garantía de que Hugo fuera a aparecer pronto, y se sentó a esperar con la libreta de espiral —la de los rechazos, que ya no usaba desde hacía semanas— abierta sobre la mesa, escribiendo, por primera vez en meses, no una lista de fracasos sino una lista de razones.
Razones para quedarse en Marbex. Razones para no volver con Álvaro. Razones, sobre todo, que no tenían nada que ver con Hugo, porque necesitaba estar segura, antes de hablar con él, de que su decisión era suya y no una simple reacción para evitar el conflicto.
Escribió también, aunque no pensaba enseñárselo a nadie, una lista más corta: cosas que había hecho mal en los últimos días.
Ocultar información importante por miedo a la reacción ajena.
Confundir necesitar tiempo con evitar una conversación incómoda.
Olvidar que la confianza no se demuestra solo con grandes gestos, sino con la costumbre pequeña de contar las cosas a tiempo.
Hugo llamó al timbre a las nueve, con el mismo aspecto cansado que ella imaginaba tener también, y los dos se quedaron un momento en el umbral, sin saber muy bien cómo empezar después de la primera noche que habían pasado separados desde que estaban juntos.
—He traído cruasanes —dijo él, levantando una bolsa de papel a modo de ofrenda de paz—. No sabía qué otra cosa traer.
—Los cruasanes están bien. Es un buen punto de partida.
Se sentaron en la mesa de la cocina, con el café ya frío de tanto esperar, y durante un rato ninguno de los dos dijo nada, ambos masticando cruasanes con más concentración de la que el momento requería, hasta que Marta decidió que alguien tenía que romper el hielo.
—Anoche escribí una lista —dijo, empujando la libreta hacia él—. De razones para quedarme donde estoy.
Hugo la leyó despacio, con la misma atención con la que leía un informe importante, y Marta observó su cara mientras pasaba los ojos por cada línea: «Porque en Marbex nadie se atribuye mi trabajo», «Porque prefiero ganar menos y dormir tranquila», «Porque volver sería admitir que Álvaro tenía razón sobre mí, y no la tiene», «Porque tengo una vida aquí que no tenía hace un año, y esa vida no cabe en la oferta de Álvaro».
—La última —dijo Hugo, señalando la línea con el dedo—. ¿A qué te refieres exactamente con «esa vida»?
—A ti. A Freud. A esta comunidad de locos con doña Pura incluida. A un trabajo que valora lo que hago sin que tenga que demostrarlo cada día. A no tener que fingir que estoy bien cuando no lo estoy.
Hugo dejó la libreta sobre la mesa con cuidado, como si fuera algo frágil.
—Siento cómo reaccioné anoche —dijo—. Tenía derecho a estar dolido por no habérmelo contado antes, pero no tenía derecho a compararte con Sara.
No es justo para ti, y tampoco lo es para ella, la verdad, porque cada situación es distinta y yo llevo arrastrando ese miedo como si todas las mujeres de mi vida fueran a repetir el mismo patrón.
—Entiendo el miedo. De verdad. Pero necesito que confíes en que, cuando tarde en contarte algo, no es porque esté decidiendo dejarte, sino porque a veces necesito ordenar las cosas dentro de mi cabeza antes de convertirlas en una conversación con otra persona, aunque esa persona seas tú.
—¿Y cómo sé la diferencia? ¿Cómo sé cuándo es solo que necesitas tiempo y cuándo es que te estás alejando de verdad?
Marta se lo pensó un momento, consciente de que la pregunta merecía una respuesta honesta y no una tranquilizadora sin más.
—No lo sabrás siempre con seguridad total. Yo tampoco sé siempre si tú, cuando te callas algo de tu trabajo, lo haces para protegerme o porque te estás alejando. Es el riesgo de estar con alguien, ¿no? Tener que confiar sin garantías completas.
—Qué poco tranquilizador.
—Es la verdad más tranquilizadora que tengo. Prefiero dártela así que inventarme una promesa que no puedo cumplir.
—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Hugo, después de un silencio—. Que llevo doce años confiando en compañeros con los que me juego la vida cada turno, sin necesidad de garantías firmadas. Y contigo, en cambio, el miedo a que te vayas se me dispara sin ningún motivo racional.
—Porque el trabajo es predecible dentro de lo impredecible. Sabes las reglas, el procedimiento, lo que se espera de cada uno. Esto —dijo, señalándolos a los dos— no viene con manual.
—Ojalá viniera. Me ahorraría muchos disgustos.
—Te aburrirías en dos semanas. Te encanta improvisar, aunque finjas lo contrario.
—Puede que tengas razón. No se lo digas a nadie, mi reputación de hombre de procedimiento se resentiría.
Hugo estiró la mano por encima de la mesa y entrelazó los dedos con los de ella, un gesto simple que pesó, en ese momento, más que cualquier declaración grandilocuente.
—¿Paseamos a Freud? —propuso él, después de un silencio cómodo—. Creo que los dos necesitamos caminar un rato antes de seguir hablando de cosas serias.
Bajaron con el perro hasta el parque, con el sol de media mañana calentando lo justo, y durante un rato caminaron sin decir nada, dejando que Freud marcara el ritmo con su curiosidad habitual por cada árbol y cada esquina.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto?
—dijo Marta, al fin, rompiendo el silencio—.
Que en algún momento del café con Álvaro, mientras me ofrecía todo lo que hace un año habría hecho que me arrodillara de gratitud, lo único que pensaba era en si te ibas a molestar por haber quedado con él, no en si debía aceptar la oferta.
—¿Eso es bueno o malo?
—Es bueno, creo. Significa que ya no es él quien ocupa el centro de mis decisiones. Eres tú. Y esta vida. Aunque suene raro decirlo así, en voz alta, en mitad de un parque con un perro tirando de la correa.
—No suena raro. Suena a lo que necesitaba oír.
Freud eligió ese momento para intentar perseguir a una paloma con un entusiasmo que no correspondía en absoluto a su edad ni a su entrenamiento profesional, y los dos se rieron, aliviados de tener una distracción que rebajara la intensidad del momento antes de que se volviera demasiado solemne.
—Voy a rechazar la oferta —dijo Marta—. No por ti. Ya lo tenía decidido antes de que doña Pura metiera la pata. Pero quería que lo supieras de mi boca, sin dudas de por medio.
—No tenías que rechazarla por mí.
—No la rechazo por ti. La rechazo porque prefiero mi vida actual, con todo lo imperfecta que es, a volver a un sitio donde ya sé, de primera mano, cómo termino tratada. Tú eres parte de esa vida actual, pero no eres el motivo entero.
—Me parece justo.
—¿Estamos bien?
—Estamos bien. Aunque te voy a pedir una cosa, para la próxima vez que pase algo parecido.
—Dime.
—Un plazo. No te pido que me lo cuentes todo al momento, entiendo que necesites procesar las cosas a tu manera. Pero pongamos un límite razonable, veinticuatro horas, cuarenta y ocho como mucho, para que las cosas importantes no las sepa por doña Pura antes que por ti.
—Me parece justo también. Aunque vas a tener que reconocer que las probabilidades de que doña Pura se entere antes que tú de cualquier cosa que pase en este edificio son estadísticamente altísimas.
—Eso es innegable. Es casi un fenómeno paranormal.
Se rieron los dos, con el alivio de quien acaba de superar la primera pelea seria de una relación y descubre que, contra todo pronóstico, sigue en pie al otro lado.
—Una cosa más —dijo Hugo, ya de pie, listo para volver a su piso a ducharse y cambiarse antes del turno de esa tarde—. Álvaro. ¿Le has contestado ya?
—Todavía no. Pero lo voy a hacer esta tarde.
—¿Quieres que esté presente cuando lo hagas? No para controlar lo que escribes, solo... para acompañarte, si te ayuda.
Marta se lo pensó un momento, sorprendida por el ofrecimiento.
—No hace falta. Pero gracias por preguntarlo en lugar de dar por hecho que lo necesito o que no lo necesito.
—Voy aprendiendo.
—Los dos estamos aprendiendo.
•
Esa tarde, Marta le escribió a Álvaro un correo breve, sin rencor pero sin ambigüedad: «Gracias por la oferta, pero he decidido que mi lugar está donde estoy ahora.
Te deseo suerte con la ronda.» Lo envió sin releerlo tres veces, sin borrarlo y volverlo a escribir, con una seguridad que meses atrás le habría parecido imposible de alcanzar frente a cualquier cosa relacionada con Álvaro.
—¿Y bien? —preguntó Cova por teléfono, esa misma noche, después de que Marta le contara la versión resumida de los últimos tres días—. ¿Cómo te sientes?
—Ligera. Como si me hubiera quitado un abrigo que llevaba puesto sin darme cuenta.
—Me alegro mucho, de verdad. Y lo de la pelea con Hugo, ¿superado del todo?
—Superado, y creo que hasta hemos salido más fuertes. Descubrimos que los dos tenemos nuestras propias mochilas de desconfianza, y que hace falta hablarlo en voz alta en lugar de fingir que no existen.
—Sois insoportablemente maduros para llevar tan poco tiempo juntos.
—Llevamos toda la vida practicando con nuestros propios desastres anteriores. Algo hemos aprendido.
—Por cierto —añadió Cova, cambiando el tono a uno más ligero—, ¿has pensado en cómo le vas a explicar todo esto a tu madre? Porque como se entere de que has tenido una crisis con Hugo, va a montar una expedición de rescate en menos de veinticuatro horas.
—No pienso contárselo. Bastante tuvo con enterarse de lo de Álvaro la primera vez como para que ahora piense que la historia se repite con otro hombre.
—Sabia decisión. Algunas cosas es mejor guardárselas para las madres, por mucho que predique una la transparencia total con el resto del mundo.
—Contigo no me la guardo. Con mi madre, prefiero elegir mis batallas.
—Me parece perfectamente razonable.
•
Nando, por su parte, recibió la versión de Hugo esa misma noche, en un mensaje escueto que decía simplemente: «Resuelto. Todo bien. Gracias por escucharme ayer.»
«Me alegro, tío. ¿Vais a venir el sábado a la quedada con Cova o seguís en modo cueva de pareja reconciliada?», contestó Nando, con la irreverencia que llevaba años caracterizando su amistad.
«Ahí estaremos. Y no es modo cueva, es procesamiento emocional maduro.»
«Ya, ya. Cueva con nombre elegante.»
El sábado, los cuatro se reunieron en el mismo bar de siempre, y Cova, que ya conocía toda la historia por boca de Marta, no pudo resistirse a comentarlo delante de todos en cuanto se sentaron.
—Así que habéis tenido vuestra primera crisis de pareja seria y habéis sobrevivido. Enhorabuena, sois oficialmente una pareja de verdad ahora, con baches incluidos.
—Gracias, Cova, muy oportuno el comentario —dijo Marta, aunque sin poder evitar una sonrisa.
—Es un cumplido. Las parejas que no discuten nunca me dan más miedo que las que discuten y saben arreglarlo.
—Coincido completamente —añadió Nando, levantando su cerveza en un brindis improvisado—. Por las crisis superadas y las actas de convivencia que ya no hacen falta escribir.
Brindaron los cuatro, entre risas, y Marta pensó que, fuera lo que fuera lo que le deparara el futuro con Hugo, tenía la suerte de estar rodeada de gente capaz de convertir hasta las peores semanas en material para una broma cariñosa, lo cual, se dijo, era una de las formas más honestas de cariño que existían.