Capítulo 10 #2
—Puede que tu intención fuera esa. Pero yo no vivo dentro de tu cabeza, Marta. Solo puedo juzgar por lo que veo, y lo que he visto estos tres días ha sido una versión tuya que se guardaba algo importante mientras me contaba con detalle lo que había comido en el trabajo.
—Tienes razón en eso. Me escondí en los detalles pequeños para no tener que enfrentarme al grande.
—¿Y por qué no simplemente me lo dijiste, aunque fuera a medias, aunque fuera solo «he quedado con Álvaro, necesito procesarlo»? Con eso me habría bastado para no sentirme como un idiota cuando doña Pura me lo soltó como quien no quiere la cosa.
—Porque tenía miedo de tu reacción. No de que te enfadaras. De que tuvieras razón en preocuparte, y de que esa preocupación me hiciera dudar de una decisión que en el fondo ya tenía clara.
—Eso es más sincero que todo lo demás que has dicho hasta ahora.
—Lo sé. Me ha costado llegar hasta aquí.
Hugo se pasó una mano por la cara, con el gesto de alguien que necesita un momento para procesar antes de seguir hablando.
—¿Sabes qué es lo que más me cuesta de todo esto? —dijo, al fin—. Que llevo meses pensando que había dejado atrás el miedo a que alguien me abandonara por elegir otra vida. Y resulta que solo estaba esperando la ocasión perfecta para que ese miedo volviera a activarse con todas sus fuerzas.
—Yo tampoco pensaba que Álvaro pudiera seguir teniendo ningún poder sobre mí. Y aquí estamos los dos, descubriendo que las heridas viejas no desaparecen solo porque encontremos a alguien nuevo.
—Qué deprimente conclusión para una noche de martes.
—Un poco, sí. Pero también es útil saberlo. Al menos ahora entendemos mejor con qué estamos lidiando cada uno.
—Supongo que eso es un progreso, aunque no se sienta como tal ahora mismo.
Se quedaron los dos en silencio, con la distancia de un salón entero entre ellos, una distancia que a Marta le pareció, de pronto, mucho más grande que la del trastero comunitario meses atrás.
—Necesito tiempo —dijo Hugo, al fin, con la voz más cansada que enfadada—. No para pensar si quiero seguir contigo. Eso lo tengo clarísimo. Sino para no decir, en caliente, algo de lo que luego me arrepienta.
—¿Te vas?
—Solo esta noche. Vuelvo mañana, y hablamos con la cabeza más fría. Pero necesito procesar esto solo, del mismo modo que tú necesitabas procesar lo tuyo sola. Espero que lo entiendas.
Marta asintió, aunque cada parte de su cuerpo quería pedirle que se quedara, que arreglaran aquello esa misma noche, porque la idea de dormir sin resolver las cosas le resultaba insoportable.
Pero entendía, también, la ironía cruel de exigirle a Hugo inmediatez cuando ella misma se había tomado tres días enteros para decirle la verdad.
—Vale —dijo, en voz baja—. Mañana.
Hugo se marchó, y Marta se quedó sola en su salón, con Freud —que se había quedado allí esa tarde, en uno de sus intercambios habituales— apoyando la cabeza contra su pierna con la solemnidad de un perro que entiende, aunque no pueda explicarlo, que algo se ha torcido entre las dos personas que más quiere.
•
Doña Pura llamó al timbre a las diez de la noche, todavía en bata, con una expresión de arrepentimiento que a Marta le pareció, a pesar de todo, sincera.
—He metido la pata hasta el fondo, ¿verdad? —dijo, sin esperar a que la invitaran a pasar—. Llevo toda la tarde dándole vueltas y cuanto más lo pienso, peor me siento.
—Ha sido un poco desafortunado, sí.
—Solo quería ayudar. Pensé que erais de esas parejas que lo hablan todo, que no había ningún secreto de por medio, y voy yo y meto la pata como una vieja cotilla sin remedio.
—No es culpa suya, doña Pura. La culpa es mía, por no habérselo contado a Hugo antes.
—Aun así, lo siento. Si sirve de algo, llevo doce años viendo pasar vecinos por este edificio, y nunca había visto a nadie tan enamorado como está ese chico de ti. Se le nota hasta cuando finge estar leyendo el periódico en el portal.
Marta sonrió, a su pesar, conmovida por el intento torpe pero genuino de doña Pura de arreglar algo que ella misma había roto sin mala intención.
—Gracias por decírmelo. Aunque ahora mismo no sé si va a servir de mucho.
—Servirá. Dale la noche para que se le baje el orgullo, que los hombres de esa generación tardan un poco más en admitir que han reaccionado mal, y mañana seguro que vuelve con cara de perro apaleado, con perdón de Freud.
—Ojalá tenga usted razón.
—Suelo tenerla, criatura. Ochenta y dos años dan para acumular cierta sabiduría, aunque también para meter la pata como he hecho hoy. Las dos cosas no son excluyentes.
Freud, al oír su nombre, levantó la cabeza con dignidad, como si entendiera perfectamente la comparación y decidiera no tomársela como algo personal.
Antes de irse, doña Pura se detuvo un momento en la puerta, con una expresión más seria de la que solía mostrar.
—¿Puedo darte un consejo de vieja, aunque no me lo hayas pedido?
—Adelante.
—Mi marido, que en paz descanse, y yo tuvimos una época horrible, hace muchísimos años, en la que casi lo dejamos todo por un malentendido parecido a este.
Un secreto pequeño que se hizo grande por callado, no por malo.
Lo que nos salvó fue que ninguno de los dos se fue a dormir enfadado del todo, aunque lo estuviéramos.
Siempre nos decíamos buenas noches, aunque fuera desde habitaciones separadas.
—Esta noche Hugo no está en ninguna habitación de esta casa, doña Pura.
—Ya lo sé, criatura. Pero nada te impide mandarle un mensaje deseándole buenas noches, aunque sea escueto. A veces el gesto pesa más que las palabras que lleva dentro.
Marta se quedó pensando en eso mucho después de que doña Pura se marchara, y finalmente, ya pasada la medianoche, le escribió a Hugo un mensaje breve: «Buenas noches.
Espero que descanses. Mañana lo arreglamos.
» La respuesta llegó unos minutos después, igual de escueta: «Buenas noches.
Yo también lo espero.» No era mucho, pero fue suficiente para que Marta pudiera, por fin, cerrar los ojos sin que el peso del día entero se lo impidiera del todo.