Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 10
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Capítulo 10

Los tres días siguientes al café con Álvaro transcurrieron para Marta en una especie de piloto automático incómodo: iba a trabajar, volvía a casa, cenaba con Hugo cuando los turnos coincidían, y en todo momento cargaba con la sensación de estar actuando en una obra de teatro donde ella era la única que conocía el guion completo.

Doña Pura tenía un talento particular para estar en el sitio equivocado en el momento más inoportuno, un don que ejercía con la misma naturalidad con la que otros respiraban.

—Te vi el otro día —le dijo a Marta, tres días después del café con Álvaro, mientras las dos esperaban el ascensor—. En Salamanca. Con un hombre trajeado muy guapo, la verdad, aunque no tan guapo como tu Hugo.

A Marta se le heló la sangre un segundo antes de recomponerse.

—Era una reunión de trabajo, doña Pura.

—Ya, ya. No hace falta que me des explicaciones a mí, criatura. Aunque espero que se las hayas dado a Hugo, porque estas cosas es mejor contarlas una misma antes de que se enteren por terceros.

El comentario se le quedó clavado durante el resto del día, como una advertencia que llegaba, por desgracia, con varios días de retraso, porque Marta llevaba desde el café evitando activamente el tema con Hugo, diciéndose que ya encontraría el momento adecuado, un momento que nunca terminaba de llegar entre los turnos de él y las entregas de ella.

Ese mismo día, sin embargo, doña Pura decidió, con la mejor de las intenciones y el peor de los criterios, mencionárselo también a Hugo, convencida de que estaba ayudando a que la pareja «se comunicara mejor», una frase que había sacado de algún programa de televisión de sobremesa y que repetía con la convicción de quien cree haber descubierto la piedra filosofal de las relaciones humanas.

—Qué bien que Marta haya quedado con su exjefe para hablar de negocios —le dijo, cargada de inocencia calculada, mientras Hugo bajaba a sacar la basura—. Es bueno que mantengáis las cosas claras entre vosotros, sin secretos.

Hugo se quedó parado en mitad de la escalera, con la bolsa de basura todavía en la mano, procesando la información con la velocidad de quien lleva años entrenado para detectar cuándo algo no encaja.

—¿Qué exjefe?

—Álvaro, el socio ese que tuvo la empresa. ¿No te lo ha contado? Vaya, pensé que ya estaría todo hablado entre vosotros.

Doña Pura, consciente demasiado tarde de haber metido la pata hasta el fondo, intentó arreglarlo con una retirada que solo empeoró las cosas.

—Bueno, seguro que tiene una explicación perfectamente razonable. Yo me voy a dar de comer al gato.

Desapareció escaleras arriba con una agilidad sorprendente para sus ochenta y dos años, dejando a Hugo con la bolsa de basura en la mano y una sensación en el estómago que reconoció, con desagrado, como algo muy parecido a lo que había sentido los últimos meses con Sara, cuando las explicaciones siempre llegaban después de que él ya se hubiera enterado por otra vía.

Llamó a Nando antes de subir, porque necesitaba oír una voz que no fuera la suya propia dándole vueltas al asunto en bucle.

—Marta ha quedado con su ex —le dijo, sin preámbulos, en cuanto Nando contestó—. El socio, el de la empresa. No me lo ha contado ella. Me lo ha contado doña Pura.

—Vale. Respira. ¿Sabes por qué han quedado?

—No. Ese es el problema. No sé nada, y llevo tres días viéndola rara y pensando que era yo quien hacía algo mal.

—A lo mejor hay una explicación sencilla. No te montes una película antes de hablar con ella.

—Ya me conoces, Nando. No me monto películas. Pero tampoco puedo evitar comparar esto con lo de Sara. El mismo patrón: secretos que no son técnicamente mentiras, pero que tampoco son la verdad completa.

—Marta no es Sara. Llevas meses diciéndomelo tú mismo, cada vez que sales con ella pareces otra persona. No tires eso por la borda por una información incompleta antes de tener la completa.

—Tienes razón. Es solo que me ha costado mucho llegar hasta aquí como para que me pille por sorpresa algo así.

—Habla con ella. Con calma, sin acusaciones. Y si necesitas desahogarte antes, ya sabes dónde vivo.

Colgó con la sensación de haber recibido el consejo correcto, aunque no por eso más fácil de aplicar cuando, un rato después, se encontró sentado en el rellano de Marta, con la bolsa de basura ya vacía en algún contenedor y el estómago todavía revuelto por la incertidumbre.

Repasó mentalmente, mientras esperaba, todas las conversaciones que había tenido con Marta sobre Álvaro: el desprecio genuino con el que hablaba de él, la manera en que se le tensaba la mandíbula cada vez que salía el tema, la libreta de rechazos que asociaba, sin decirlo directamente, con la ruptura de aquella sociedad.

Nada de eso encajaba con la idea de que quisiera volver.

Y sin embargo, el miedo no se movía de donde estaba instalado, terco, ajeno a cualquier razonamiento lógico.

•

Marta llegó a casa esa noche esperando, por fin, tener la conversación pendiente con calma, con tiempo, eligiendo bien las palabras. Lo que encontró, en cambio, fue a Hugo sentado en su propio rellano, esperándola, con una expresión que no había visto desde la primera noche que se conocieron.

—¿Qué haces aquí fuera?

—Esperarte. Llevo un rato.

—Podrías haber entrado, tienes llave de repuesto.

—No me apetecía entrar en tu casa a esperarte sin que lo supieras. Me pareció que ya había suficientes cosas que yo no sabía en esta relación como para añadir una más.

El tono, más que las palabras, le dijo a Marta exactamente de qué iba aquello.

—Doña Pura te lo ha contado.

—Doña Pura me lo ha contado, sí. Con toda su inocencia habitual, que es la peor combinación posible cuando el tema en cuestión no es nada inocente.

—No es lo que crees.

—No sé qué creo, Marta, porque no me has contado nada. Llevas tres días actuando con normalidad, contándome tu día a día con todo lujo de detalles, y en ningún momento se te ha ocurrido mencionar que has quedado con el hombre que te hizo pedazos hace un año.

—Iba a contártelo.

—¿Cuándo?

—No lo sé. Cuando tuviera claro qué pensaba de todo esto. No quería que mi decisión estuviera condicionada por tu reacción, fuera la que fuera.

—Eso suena razonable en teoría, pero en la práctica se llama ocultarme algo importante durante tres días.

Entraron en el piso de Marta porque ninguno de los dos quería seguir teniendo aquella conversación en el rellano, delante de la puerta de doña Pura, que probablemente escuchaba cada palabra con la oreja pegada a la puerta.

—Álvaro me ha ofrecido volver a la empresa —dijo Marta, decidiendo que ya no tenía sentido dosificar la información—. Puesto de directora, el doble de sueldo, equity real. Una oferta que hace un año habría matado por recibir.

Hugo se quedó callado un momento, con la mandíbula tensa, procesando la noticia con la misma cara con la que procesaba los partes complicados en comisaría.

—¿Y qué le has dicho?

—Que necesitaba pensarlo.

—¿Todavía te lo estás pensando?

—No de la manera que crees. No me lo pienso porque dude de si quiero volver con él, o de si prefiero mi vida actual.

Me lo pienso porque necesitaba entender por qué, después de todo lo que pasó, una parte de mí seguía queriendo saber si era verdad que me consideraba imprescindible.

Es un tema mío, Hugo, sobre mi propia herida, no sobre nosotros.

—¿Y cuánto te ofrece, si no te importa que pregunte?

—El doble de lo que ganaba antes. Título de directora. Equity real.

Hugo soltó una risa corta, sin nada de humor en ella.

—Es una barbaridad de oferta. No me extraña que necesites pensarlo.

—No es por el dinero, Hugo.

—Ya lo sé. Pero no puedo evitar que me dé rabia que la única razón por la que te valoran así sea porque decidiste hacerte valiosa en otro sitio primero, con un sueldo bastante más humilde y sin que nadie te lo reconociera hasta ahora.

—Eso es exactamente lo injusto de todo esto, sí. Pero no cambia mi respuesta.

—Pues a mí sí me afecta a mí, porque llevo tres días viéndote rara, distraída, y pensando que era yo quien había hecho algo mal, cuando en realidad estabas decidiendo si volver a la vida de la que tanto trabajo te costó salir.

—No estaba decidiendo eso.

—Pues lo parece, Marta. Y perdona que me ponga así, pero he pasado por esto antes.

Sara también me decía que necesitaba «su espacio» para pensar cosas que luego resultaban tener mucho que ver conmigo, y siempre me enteraba tarde, siempre por otra persona, siempre cuando ya era demasiado tarde para opinar sobre algo que me afectaba directamente.

—Yo no soy Sara.

—Lo sé. Pero el silencio se parece mucho, venga de quien venga.

—Eso no es justo.

—Puede que no. Pero es lo que siento, y llevas semanas pidiéndome que te cuente lo que siento en lugar de guardármelo, así que perdona si esta vez te toca oírlo aunque no sea agradable.

—Tienes razón. Es solo que me duele que me compares con la persona que te hizo tanto daño, cuando yo he pasado los últimos cuatro meses intentando demostrarte que no funciono así.

—Y lo has demostrado, la mayor parte del tiempo. Por eso esto me ha dolido tanto, precisamente. Porque no me lo esperaba de ti.

Marta sintió que las lágrimas se le agolpaban, no de tristeza exactamente, sino de la frustración particular de sentirse malentendida en el peor momento posible.

—No llores —dijo Hugo, ablandándose un poco al verla así, aunque sin acercarse todavía—. No es mi intención hacerte sentir mal. Solo necesito que entiendas por qué esto me remueve tanto.

—Lo entiendo. De verdad que lo entiendo. Pero eso no hace que duela menos que me metas en el mismo saco que a alguien que te abandonó.

—No te he metido en el mismo saco. He dicho que el silencio se parece, no que tú seas ella.

—Para mí ahora mismo es la misma sensación de estar siendo juzgada por errores que no cometí yo.

—Cometí un error no contándotelo antes. Lo reconozco. Pero el error fue de tiempos, no de intenciones. Nunca pensé en volver con Álvaro de ninguna manera que te excluyera a ti.