Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Él suspiró, derrotado en ese punto concreto, y asintió sin añadir nada más al respecto.

—Aprendo, aunque sea despacio.

Marta le dio un sorbo al café, ya frío, mientras procesaba la oferta con la parte de su cerebro que llevaba un año entero acostumbrada a calcular riesgos y beneficios con precisión casi obsesiva.

—Necesito pensarlo —dijo, al fin, sorprendiéndose a sí misma con la frase, porque en el fondo ya sabía cuál iba a ser su respuesta, y sin embargo algo la empujaba a no cerrar la puerta del todo, todavía, sin entender del todo por qué.

—Tómate el tiempo que necesites. Pero no demasiado. La ronda cierra en tres semanas y necesitamos tener el equipo directivo definido antes de eso.

Se despidieron con la misma tibieza con la que se habían saludado, y Marta salió a la calle con la sensación de llevar encima algo pesado que no sabía todavía cómo nombrar del todo.

Caminó varias manzanas antes de coger el metro, necesitando el movimiento físico para procesar el torbellino de pensamientos contradictorios que la oferta le había dejado, pasando por delante de escaparates que apenas registraba, con la cabeza puesta por completo en la conversación que acababa de mantener.

•

No se lo contó a Hugo esa noche. Se dijo a sí misma que era porque llegó tarde a casa y él ya estaba dormido después de un turno largo, lo cual era cierto, pero también sabía, en el fondo, que había una parte de ella que necesitaba procesarlo sola antes de convertirlo en una conversación de pareja, antes de que la reacción de otra persona —por razonable que fuera— influyera en lo que ella misma pensaba de verdad.

Se sentó en su propio salón, con el jarrón nuevo que había comprado para sustituir al de su abuela —más feo todavía, a propósito, como un chiste privado consigo misma— y repasó mentalmente la oferta de Álvaro desde todos los ángulos posibles.

Sacó papel y bolígrafo, algo anticuado que solo hacía cuando un problema le parecía demasiado grande para resolverlo únicamente en la cabeza, y dibujó una línea vertical en mitad de la hoja: a un lado, todo lo que ganaría volviendo con Álvaro; al otro, todo lo que ya tenía y que perdería, o al menos pondría en riesgo, si aceptaba.

La lista de la izquierda era impresionante en números: sueldo, título, equity, reconocimiento público de una etapa que durante mucho tiempo pareció borrada de la historia oficial de la empresa.

La lista de la derecha era más difícil de cuantificar, pero mucho más larga cuando empezó a escribirla de verdad: Hugo, Freud, Cova, un trabajo que la trataba como profesional sin necesidad de demostrarlo cada semana, un edificio entero de vecinos que se habían convertido, sin que se diera cuenta del momento exacto, en algo parecido a una familia elegida.

El dinero importaba. No podía fingir que no importaba, después de un año entero calculando cada gasto con una precisión casi patológica.

El título importaba también, esa validación pública de que su trabajo había sido tan bueno como ella siempre había sabido que era, algo que Álvaro nunca le había reconocido en público mientras estuvieron juntos en la empresa.

Pero había otra cosa, más difícil de pesar en una balanza: la sensación, todavía frágil, de estar construyendo algo nuevo desde cero, sin la sombra de Álvaro encima, sin la ansiedad constante de si su trabajo sería reconocido o robado.

Esa sensación no tenía precio fácil de calcular, y por primera vez en su vida adulta, Marta se preguntó si eso, precisamente, era lo que la gente quería decir cuando hablaba de «saber lo que uno vale» sin que nadie tuviera que ponerle una cifra encima.

Freud, que se había quedado a dormir esa noche porque Hugo tenía turno, subió al sofá con el sigilo culpable de quien sabe que tiene prohibido hacerlo, y Marta, demasiado distraída para regañarlo, dejó que se acomodara junto a ella mientras seguía dándole vueltas a la conversación con Álvaro.

—¿Tú qué harías? —le preguntó al perro, que la miró con esa expresión suya de sabiduría antigua que Hugo insistía en atribuirle sin ninguna base científica—. Ya, ya lo sé. Tú te quedarías donde está la comida y los paseos largos. Filosofía simple, la tuya.

El perro bostezó, profundamente de acuerdo con su propia lógica, y Marta se rio sola en el salón vacío, pensando que quizás Freud tenía más razón de la que ella quería admitir: a veces las decisiones más complicadas se resolvían mirando, simplemente, dónde estaba el cariño de verdad.

Dobló la hoja con las dos listas y la guardó en el cajón de la mesita, junto a la libreta de espiral, dos documentos que, pensó con una sonrisa cansada, algún día tendría que enseñarle a alguien como prueba física de lo compleja que puede llegar a ser una decisión que, en el fondo, ya tenía tomada desde el primer minuto del café.

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Al día siguiente, en la oficina, Marta se sorprendió a sí misma revisando el borrador de una campaña con más entusiasmo del que había sentido en meses, como si la oferta de Álvaro, en lugar de tentarla, le hubiera recordado por comparación todo lo que valoraba de su trabajo actual.

—¿Todo bien? —le preguntó Elisa, su jefa, asomándose a su mesa con dos folios en la mano—. Llevas toda la mañana con esa cara de estar librando una batalla interna.

—Todo bien. Bueno, más o menos. Me han hecho una oferta de otra empresa, del tamaño de las que hacen ronditas de financiación con champán incluido.

—¿Y la vas a aceptar?

—No. Pero necesitaba decírselo a alguien de aquí, para terminar de convencerme de que la decisión es la correcta.

Elisa se apoyó en el borde de la mesa, con una sonrisa que a Marta le pareció genuinamente cómplice.

—Te voy a decir algo que quizás no debería decirte como jefa, pero te lo digo como persona: las ofertas grandes que llegan de repente, sin que nadie las pidiera, suelen tener truco. Si de verdad valorasen tanto tu trabajo, no habrían esperado a que te fuera bien en otro sitio para darse cuenta.

—Es prácticamente lo mismo que pensé yo.

—Pues confía en tu instinto. Y ahora, si no te importa, necesito que me revises estos dos folios antes de la reunión de las cuatro, que la inspiración empresarial está muy bien pero las fechas de entrega no entienden de dilemas existenciales.

Marta cogió los folios, agradecida por la excusa de volver a algo concreto y manejable después de una conversación tan cargada de implicaciones personales, y se sumergió en la revisión con un alivio que solo el trabajo bien hecho podía ofrecerle en ese momento.

A media tarde, su compañera Nuria —que no tenía nada que ver con la Nuria de la empresa de Álvaro, salvo la coincidencia del nombre, algo que a Marta le pareció una ironía menor pero irritante— se acercó a su mesa con dos cafés.

—Te veo pensativa hoy.

—Cosas de trabajo antiguo que se cruzan con el nuevo. Nada grave.

—Si necesitas hablar, aquí me tienes. Aunque te aviso de que mi consejo va a ser sesgadísimo, porque quiero que te quedes en este equipo para siempre.

—Anotado. Gracias, Nuria.

Marta se rio y volvió al trabajo con una ligereza que llevaba días sin sentir, convencida, por primera vez desde el café con Álvaro, de que ya no necesitaba más tiempo para decidir nada.

•

Llamó a Cova al día siguiente, durante la pausa de la comida, sentada en un banco cerca de la oficina de Marbex con un táper a medio comer sobre las rodillas.

—¿Y no le has dicho nada a Hugo? —preguntó Cova, con una voz que dejaba entrever más preocupación que curiosidad.

—Todavía no. Necesito tenerlo claro yo primero.

—Marta, llevas un año enseñándome lo importante que es no cargar sola con según qué cosas.

No te lo digo para que te sientas mal, te lo digo porque te conozco y sé que ahora mismo estás haciendo exactamente eso que tanto le criticabas a Álvaro: decidir cosas importantes sin consultar a la gente a la que le afectan.

—No es lo mismo. Álvaro decidía cosas sobre mi trabajo sin contar conmigo. Esto es sobre mi propia cabeza, sobre entender qué siento antes de convertirlo en un problema de pareja.

—Puede que tengas razón. Solo te pido que no tardes demasiado, porque el silencio, aunque tenga buenas intenciones detrás, casi nunca se interpreta bien cuando sale a la luz.

—Lo sé. Se lo voy a contar esta semana, te lo prometo.

—Más te vale. Porque como me entere yo antes que Hugo, te juro que le monto una encerrona para contárselo yo misma, con toda la delicadeza de un elefante en una cacharrería.

Marta se rio, agradecida como siempre por la honestidad de su amiga, aunque no pudo evitar sentir, mientras colgaba, el peso incómodo de saber que Cova tenía razón y que cada día que pasaba sin contárselo a Hugo hacía que la eventual conversación fuera un poco más difícil.