Vecinos, enemigos y algo más Capítulo 9
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Capítulo 9

La mañana de la cita, Marta se probó tres conjuntos distintos antes de decidirse por el traje, cambiando de opinión cada vez con el argumento de que la ropa no debería importar tanto para un simple café, y sabiendo, al mismo tiempo, que sí importaba, porque quería que Álvaro la viera exactamente como ella quería ser vista: segura, próspera, indiferente.

—Es solo un café —se dijo frente al espejo, ajustándose la chaqueta por tercera vez—. No tienes que demostrarle nada a nadie.

La frase sonaba convincente en voz alta, aunque no del todo, y Marta decidió que no tenía tiempo de analizar la diferencia antes de que llegara el taxi.

Álvaro había elegido una cafetería de especialidad en el barrio de Salamanca, de esas con nombres en minúscula y café servido en vasos de cristal grueso, un detalle que a Marta le pareció, nada más entrar, absolutamente coherente con la persona que era.

Llegó diez minutos tarde, algo que en la época de la startup habría sido impensable en ella, pero que ahora hizo a propósito, con la misma deliberación con la que había elegido la ropa esa mañana: un traje que no era ni demasiado arreglado ni demasiado informal, el equilibrio exacto entre «no me importa lo que pienses» y «no pienso dejar que me pilles descolocada».

Lo vio antes de que él la viera a ella, sentado a una mesa junto a la ventana, revisando el móvil con la misma expresión de urgencia permanente que Marta recordaba de los últimos meses en la empresa, cuando cada notificación parecía anunciar una crisis.

Se permitió, durante los pocos segundos que tardó en cruzar la cafetería, observarlo con la distancia de quien mira un cuadro conocido en un museo: reconocible, incluso apreciable en su momento, pero ya sin ningún poder real sobre ella.

—Estás genial —dijo Álvaro, levantándose para saludarla con dos besos que ella aceptó con una tensión medida, ni fría ni cálida—. El nuevo trabajo te sienta bien.

—¿Cómo sabes que tengo un nuevo trabajo?

—LinkedIn. Vi la actualización. Marbex tiene buena reputación en el sector, felicidades.

Marta lo observó mientras hablaba, buscando en su cara algún rastro del hombre del que se había enamorado seis años atrás, cuando los dos compartían un piso de cuarenta metros cuadrados convertido en oficina y se turnaban para dormir en un sofá cama porque no había presupuesto para dos camas.

Encontró rastros, sí, pero también una capa nueva de barniz corporativo que no recordaba de entonces: el reloj demasiado caro, la manera de mirar el móvil cada pocos minutos, el vocabulario lleno de anglicismos que antes utilizaba con ironía y que ahora parecía haber adoptado en serio.

Se sentaron, pidieron sendos cafés que ninguno de los dos bebería con demasiadas ganas, y Marta esperó, con una paciencia que le costó un esfuerzo considerable, a que Álvaro llegara al motivo real de aquel encuentro sin necesidad de forzarlo.

Mientras esperaba, no pudo evitar que la memoria le devolviera fragmentos de los primeros años: la noche que decidieron dejar sus trabajos estables para lanzarse con la empresa, celebrándolo con una botella de cava barato en el suelo de aquel piso compartido; las madrugadas enteras diseñando el logo entre los dos, discutiendo por un tono de azul durante horas como si de ello dependiera el destino del mundo; la primera venta importante, que festejaron con una cena que no podían permitirse y que pagaron a medias, sin saber todavía que años después uno de los dos terminaría pagando mucho más caro aquel proyecto compartido que el otro.

Aquellos recuerdos ya no dolían del todo. Dolían lo justo para recordarle que habían sido reales, sin la intensidad que habrían tenido un año atrás, cuando cualquier mención a esa época la dejaba sin aire durante horas.

—Perdona, me he ido un momento a otro sitio —dijo, cuando notó que Álvaro llevaba un rato hablando sin que ella hubiera registrado una sola palabra.

—Decía que has cambiado. Se te ve distinta. Más tranquila, no sé cómo explicarlo.

—He tenido un año complicado. La tranquilidad ha llegado después de mucho trabajo, no por generación espontánea.

—Se nota. Y me alegro, de verdad, aunque suene raro viniendo de mí.

—Suena raro, sí. Pero te lo acepto.

—Voy a ir directo al grano —dijo él, al fin, después de un rodeo de diez minutos sobre el tiempo, el tráfico y lo cara que se había puesto la vida en Madrid—.

La empresa ha cerrado una ronda de financiación importante.

Vamos a triplicar el equipo en los próximos seis meses, y necesitamos a alguien que lidere marketing con visión estratégica de verdad, no solo ejecución.

—Tenéis un director de marketing. Lo contrataste tú mismo, hace cosa de ocho meses, si mal no recuerdo.

—Se ha ido la semana pasada. No encajaba con la cultura de la empresa.

—Qué casualidad, la de gente que no encaja con la cultura de tu empresa últimamente.

—Eso es un golpe bajo.

—Es una observación basada en datos. El anterior duró cuatro meses. El de antes, seis. Empiezo a ver un patrón que no tiene mucho que ver con la cultura de la empresa y sí bastante con quién dirige esa cultura.

Álvaro sonrió, esa sonrisa suya que en su día Marta había confundido con seguridad y que ahora, con la distancia, reconocía simplemente como incomodidad bien disimulada.

—Sé que suena raro que te lo pida a ti, después de todo. Pero nadie entiende esta marca como tú. La construiste desde cero. Y te ofrezco condiciones que no tenías antes: título de directora, equity real, no las migajas simbólicas que teníamos en los primeros años.

—¿Cuántas acciones, exactamente?

—Un dos por ciento, con vesting a cuatro años.

—Eso, en la práctica, si la ronda sale como esperáis, podría valer bastante dinero dentro de unos años.

—Podría, sí. No te voy a mentir diciéndote que es garantizado, esto es una startup, no un plan de pensiones. Pero las proyecciones son buenas.

—¿Y el título de directora viene con voto real en las decisiones estratégicas, o es como el «socia» que tenía yo antes, que sonaba bien en la tarjeta de visita pero no significaba nada cuando llegaba el momento de decidir de verdad?

Álvaro se removió, incómodo de nuevo.

—Vendría con voto real. Te lo puedo poner por escrito, en el contrato, si es lo que necesitas para creerlo.

—¿Y el sueldo?

—El doble de lo que ganabas antes. Más bonus por objetivos.

Marta se quedó en silencio un momento, dándole vueltas a la cifra, no porque le hiciera dudar de su decisión, sino porque necesitaba comprobar, con una especie de curiosidad científica, si todavía tenía algún efecto sobre ella. Descubrió, con alivio, que no demasiado.

—¿Por qué ahora? —preguntó—. Llevas ocho meses sin escribirme. Ni una llamada, ni un mensaje, nada. ¿Por qué justo ahora se te ocurre que soy imprescindible?

—Porque necesitamos crecer rápido y no tengo tiempo para formar a alguien nuevo desde cero. Eres la opción más eficiente.

—Eso es lo más sincero que me has dicho en toda la conversación.

—¿Te ofende?

—No. Me alivia, la verdad. Prefiero mil veces la sinceridad fría a que finjas que esto va de reconciliación o de reconocer lo que pasó.

Álvaro se removió en la silla, incómodo por primera vez desde que se habían sentado.

—Sobre eso —dijo—. Sé que no me porté bien contigo al final. La reestructuración fue... más brusca de lo que debería haber sido. Los inversores presionaban, y tomé decisiones rápidas que no fueron justas.

—Me quitaste el trabajo que había construido y dejaste que la empresa contara la historia como si yo hubiera decidido irme por voluntad propia.

—Sí.

—¿Y ahora quieres que vuelva, después de eso, como si nada?

—Quiero que vuelvas porque eres la mejor para el puesto. No te estoy pidiendo que finjamos que no pasó nada. Te estoy ofreciendo un trato justo esta vez, con todo por escrito, con abogados de por medio si hace falta para que te sientas segura.

—¿Y qué pasa con Nuria? Contrataste a alguien para llevar contenidos hace poco, ¿no seguiría ella ahí, bajo mis órdenes?

—Nuria es buena, pero le falta visión estratégica. Necesita a alguien por encima que sepa marcar el rumbo. Ese puesto es el que te ofrezco.

—O sea, que también voy a tener que gestionar el ego de alguien que probablemente sienta que le estoy quitando su sitio, igual que tú sentiste que yo tenía demasiado poder cuando entraron los inversores.

Álvaro se quedó callado un segundo, incapaz de rebatir la comparación con la misma soltura con la que rebatía todo lo demás.

—Puede ser. Pero esta vez serías tú quien tomaría esa decisión, no yo. Tendrías autonomía real.

—¿Autonomía real, o autonomía hasta que a los inversores les convenga otra cosa?

—No puedo prometerte que eso no vuelva a pasar nunca. Sería mentirte, y ya hemos hablado bastante de sinceridad hoy como para que empiece a mentirte ahora.

—Al menos eso lo agradezco.

—Hay algo más que deberías saber, antes de decidir nada —añadió Álvaro, con un tono que sonaba, por primera vez en toda la conversación, genuinamente incómodo—. Los inversores me han pedido explícitamente que te contactara a ti. No fue idea mía en un principio.

Marta se quedó mirándolo, procesando la información con una mezcla de sorpresa y una especie de justicia poética que no esperaba sentir.

—Así que ni siquiera esto es idea tuya.

—Es idea mía también. Pero no te voy a mentir diciéndote que se me ocurrió a mí solo, sentado una noche pensando en lo mucho que te echaba de menos profesionalmente. Fue una recomendación externa, y yo estuve de acuerdo con ella.

—¿Puedo preguntar quién, exactamente, se acordó de mí después de tanto tiempo?

—Uno de los nuevos inversores. Vio tu perfil en un análisis de mercado que hicimos sobre la competencia. Reconoció tu nombre de la época del lanzamiento inicial.

—Qué curioso que mi nombre siga apareciendo en análisis de mercado sobre una empresa de la que me echaron.

—No te echamos. Fue una reestructuración.

—Álvaro, llevamos toda la conversación siendo sinceros. No la estropeemos ahora con eufemismos corporativos.