Capítulo 8 #2
Marta se dio cuenta, con un segundo de retraso, de lo que acababa de decir, y decidió que no tenía ningún sentido retirarlo ahora que ya estaba dicho.
—Sí. Alguien a quien quiero. Se me ha escapado antes de tiempo, pero ya que está dicho, no pienso desdecirme solo porque sea vergonzoso el momento.
—No es vergonzoso.
—Estás con la cabeza vendada y yo colocándote cojines como una enfermera novata. Es bastante vergonzoso, la verdad.
—Yo también te quiero —dijo él, sin ningún adorno, con la misma economía de palabras con la que redactaba sus partes—. Y prefiero decírtelo así, sin ceremonia, antes de que a alguno de los dos nos dé tiempo a convertirlo en otra cosa más complicada de lo que es.
Marta se sentó a su lado, con cuidado del brazo en cabestrillo, y se quedaron así un rato, en silencio, con Freud tumbado a los pies de los dos, mientras la mañana entraba despacio por la ventana del salón.
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Marta volvió a su piso ya entrada la tarde, dejando a Hugo dormido en el sofá bajo la vigilancia atenta de Freud, y solo entonces se acordó de que llevaba desde la madrugada sin avisar en el trabajo.
—Elisa, soy Marta —escribió a su jefa, que por suerte le había dado su número personal «para emergencias, aunque espero que nunca las necesites»—. Siento el aviso tan tarde, ha habido una urgencia familiar esta noche. ¿Podría trabajar desde casa hoy?
La respuesta llegó en pocos minutos, más comprensiva de lo que Marta esperaba después de un año entero de jefes que interpretaban cualquier imprevisto personal como una falta de compromiso.
«Claro, no te preocupes. Espero que todo se resuelva bien. Avísame si necesitas algo.»
Marta se quedó mirando el mensaje un momento, sorprendida todavía por lo sencillo que podía llegar a ser algo que en su antigua empresa habría requerido una justificación de tres párrafos y una disculpa adicional.
Otra prueba más, pensó, de que había cosas de su vida anterior que no echaba de menos en absoluto.
Solo entonces se encontró con un correo en el móvil que llevaba esperando, sin abrir, desde la noche anterior, cuando todavía tenía la cabeza en otra parte.
El remitente era Álvaro.
«Marta, sé que ha pasado tiempo y que las cosas no terminaron bien.
Te escribo porque la empresa está en un momento de cambio de imagen y necesitamos a alguien que entienda la marca desde dentro, mejor que nadie que podamos contratar fuera.
Sé que es mucho pedir después de todo, pero ¿tomamos un café? Solo para hablar.»
Marta se quedó mirando la pantalla, con el cansancio de la noche todavía instalado en el cuerpo y una sensación nueva, incómoda, de que la vida, después de meses de no ofrecerle absolutamente nada, había decidido de golpe ponerle sobre la mesa dos cosas a la vez: un hombre en una cama de hospital que la necesitaba entera, y un correo de la persona que le había enseñado, mejor que nadie, lo poco que valía confiar en las promesas bonitas.
No contestó. Se guardó el teléfono en el bolsillo, se preparó un café que no le apetecía, y decidió que ya tendría tiempo de pensarlo con la cabeza más despejada.
—¿Qué pasa? —preguntó Cova por teléfono esa misma tarde, notando algo raro en la voz de su amiga en cuanto contestó.
—Álvaro me ha escrito. Quiere que vuelva, o algo parecido. Un café «para hablar», que es la forma que tiene la gente como él de pedir las cosas sin comprometerse a nada.
—¿Y qué le vas a decir?
—No lo sé. Ni siquiera sé por qué me lo pienso, con lo de anoche todavía fresco. Tengo un trabajo nuevo que me gusta, tengo a Hugo, tengo una vida que por primera vez en un año no se siente prestada. Y aun así, hay una parte de mí que quiere saber qué tiene que decirme.
—Eso es normal. Le diste tres años de tu vida a ese proyecto. No pasa nada por sentir curiosidad, siempre que no confundas la curiosidad con la necesidad de que te reconozca algo que ya sabes que es verdad sin que él te lo diga.
—¿Cuándo te has vuelto tan sabia?
—Llevo un mes conociendo a Nando. Algo se pega.
Marta se rio, agradecida, como siempre, de tener a alguien capaz de hacerle reír incluso en mitad de la incertidumbre.
—¿Se lo vas a contar a Hugo? —preguntó Cova, ya con un tono más serio.
—No lo sé todavía. No quiero que suene a que le estoy pidiendo permiso, porque no lo necesito. Pero tampoco quiero que se entere por otra persona, como si fuera algo que tengo que esconder.
—Entonces cuéntaselo tú, a tu manera, cuando estés lista. No hay prisa. Ahora mismo tiene cosas más urgentes de las que preocuparse, como no reabrirse el punto de sutura.
—Tienes razón.
—Suelo tenerla. Es agotador para todos los que me rodean.
Esa noche, antes de dormir, releyó el correo de Álvaro tres veces, sopesando cada palabra con la misma minuciosidad que había aplicado, meses atrás, a cada rechazo de su libreta de espiral.
No le contestó todavía. Pero tampoco lo borró, y ese pequeño gesto, guardar el correo en lugar de eliminarlo, le pareció, incluso a ella misma, más revelador que cualquier otra cosa que hubiera hecho esa semana.
Al final, tecleó una respuesta corta, la borró, escribió otra, la borró también, y se quedó mirando la pantalla en blanco durante un buen rato antes de escribir, por fin, la versión que decidió enviar: «Podemos tomar ese café. Pero solo para hablar. No prometo nada más.»
Pulsó enviar antes de arrepentirse, apagó el móvil, y se quedó mirando el techo de su habitación con la certeza incómoda de que acababa de abrir una puerta que llevaba meses convencida de haber cerrado para siempre.
Lo que no podía saber, mientras se dormía por fin con esa decisión ya tomada, era que ese café iba a ser mucho más difícil de gestionar de lo que le hubiera gustado, ni cuánto iba a poner a prueba todo lo que con tanto cuidado había empezado a construir.